jueves, 25 de octubre de 2007

Sentidos de 'lo infinito'

Os prometí un post sobre 'lo infinito' y con ocasión de ello se me ha ocurrido introduciros en algunas ideas que trabajaréis durante el curso que viene:
Se ha pensado mucho (y se sigue haciendo) sobre el origen de la idea de 'infinito'. Han sido numerosos los momentos de la historia del pensamiento occidental en los que se ha debatido la cuestión del origen de esta idea, por otra parte, muy ligada a la idea del Dios cristiano. Algunos filósofos, como el racionalista René Descartes, pensaron que se trataba de una idea innata, constitutiva de la razón, una propiedad de ésta que había sido ahí puesta por Dios para posibilitar en última instancia una fe inquebrantable en el conocimiento científico. Otros, como el empirista John Locke, pensaron que se trataba únicamente de un concepto surgido de la combinación de la idea de 'finito' y de su 'negación', y que éstas habían sido aprendidas de la experiencia sensible (un reto para los empiristas consiste en explicar cómo puede formarse la idea de 'negación' a partir de la experiencia sensible, si ésta no hace más que proporcionar información positiva)
En cualquier caso, pensad que para que cualquier debate filosófico o científico pueda llegar a buen término y florecer en una explicación satisfactoria (al menos provisionalmente) es necesario definir rigurosamente los conceptos con los que se trabaja y aclarar el sentido que se les está dando. De otra forma se llegará a malentendidos y el esfuerzo habrá resultado vano. En concreto, el concepto de infinito se ha entendido de muy diversas maneras. Por ejemplo, en los albores del pensamiento griego (pienso en Jenófanes, Anaxágoras, o Anaxímenes) se entendía como lo 'indefinido', lo que no es definible, porque carece de determinación, porque no está determinado; otros filósofos durante el Helenismo (Epicuro, por ejemplo) atribuyeron al Universo la propiedad de ser infinito, entendiendo ese Universo infinto como 'lo ilimitado', lo que carece de límites, pero no porque tenga una extensión inabarcable, sino porque por definición el Universo (o 'todo cuanto hay') no puede tener límites que lo separen y distingan de cualquier otra entidad (si tuviera esos límites ya no sería el Universo, en todo caso una parte de él)
Pero esto es sólo una pequeña muestra de algunas ideas relativas a este concepto que tanto interés y fascinación sigue suscitando.

lunes, 22 de octubre de 2007

Franco Volpi y el nihilismo

Aprovecho este momento para anunciaros un ensayo recién publicado del ensayista y profesor de filosofía Franco Volpi, que actualmente trabaja en la Universidad de Padua. Lleva por título El nihilismo (Siruela, Madrid, 2007, 219 págs) y por lo que sé de alguna reseña que he leído realiza un análisis conceptual e histórico del concepto de 'Nihilismo' que puede resultar interesante. Este pensador es un gran conocedor de la obra de filósofos como Nietzsche, Heidegger y Jünger. Sobre este último también ahora se han reeditado las conversaciones que F. Volpi y A. Gnoli mantuvieron con el escritor alemán y decidieron publicar con el título Ernst Jünger, Los titanes venideros, Ideario último recogido por A. Gnoli y F. Volpi (Península, Barcelona, 1998, 140 páginas.) Interesante ensayito para introducirse en el pensamiento de Jünger.

domingo, 7 de octubre de 2007

Educación y nuevos ciudadanos

Os dejo aquí un ya célebre artículo que publicó no hace mucho el filósofo y escritor español Fernando Savater justificando la conveniencia para la sociedad española de la introducción de la nueva asignatura Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos. En síntesis, la razón fundamental que el pensador da para justificar la necesidad de dicha asignatura es que es un deber moral del Estado instruir en valores morales a sus ciudadanos para permitir y fomentar un marco de convivencia democrático y plural. De lo que se trata es de fortalecer una educación que prepare y conciencie a los futuros ciudadanos de los principios que deben imperar en países, como el nuestro, democráticos; algo similar a lo que en otro tiempo trataron los filósofos sofistas, aunque en un contexto muy diferente. El tiempo dirá si este tipo de iniciativas logrará resultados, ¿vosotros qué pensáis?
El artículo de Fernando Savater que a continuación se reproduce íntegro fue publicado por EL PAÍS el 12/08/2006.

"Aunque el trazo grueso y la exageración truculenta son el pan nuestro de cada día en los comentarios políticos de los medios de comunicación españoles, las descalificaciones que ha recibido la proyectada asignatura de Educación para la Ciudadanía superan ampliamente el nivel de estridencia habitual. Los más amables la comparan con la Formación del Espíritu Nacional franquista y otros la proclaman una "asignatura para el adoctrinamiento", mientras que los feroces sin complejos hablan de "educación para la esclavitud", "catecismo tercermundista" y lindezas del mismo calibre. Muchos convienen en que si entra en vigor esta materia, el totalitarismo está a la vuelta de la esquina: como una imagen vale más que mil palabras -en especial, para los analfabetos, claro-, el suplemento piadoso Alfa y Omega del diario Abc ilustraba su denuncia de la Educación para la Ciudadanía con una fotografía de un guardia rojo enarbolando el librito también bermejo del camarada Mao. En fin, para qué seguir.

Con tales planteamientos, no puede extrañar que algunos clérigos y otros entusiastas recomienden nada menos que la "objeción de conciencia" docente contra semejante formación tiránica (desde que no hay leones en la arena, los voluntarios para el martirio se van multiplicando). Quienes abogamos desde hace años profesionalmente -es decir, con cierto conocimiento del tema- por la inclusión en el bachillerato de esta asignatura que figura en los programas de relevantes países democráticos europeos podríamos sentirnos ofendidos por esta retahíla de dicterios que nos pone quieras que no al nivel abyecto de los sicarios propagandistas de Ceaucescu y compañía. Pero lo cochambroso y raído de la argumentación empleada en estas censuras tremendistas demuestra que su objetivo no es el debate teórico, sino el más modesto de fastidiar al Gobierno y halagar a los curas integristas, por lo que haríamos mal tomándolas demasiado a pecho.

La objeción más inteligible contra esta materia viene a ser que el Estado no debe pretender educar a los neófitos en cuestiones morales porque ésta es una atribución exclusiva de las familias. Como ha dicho monseñor Rouco, la asignatura culpable no formaría a los estudiantes, sino que les transmitiría "una forma de ver la vida", que abarcaría "no sólo el ámbito social, sino también el personal". Francamente, no me resulta fácil imaginar una formación educativa que no incluya una forma de ver la vida, ni una educación de personas que omita mencionar la relación entre la conciencia de cada cual y las normas sociales que comparte con su comunidad. Pero de lo que estoy convencido es de que la enseñanza institucional tiene no sólo el derecho sino la clarísima obligación de instruir en valores morales compartidos, no para acogotar el pluralismo moral, sino precisamente para permitir que éste exista en un marco de convivencia. Los testigos de Jehová tienen derecho a explicar a sus hijos que las transfusiones de sangre son pecado; la escuela pública debe enseñar que son una práctica médica para salvar vidas y que muchas personas escrupulosamente éticas no se sienten mancilladas por someterse a ellas. Los padres de cierta ortodoxia pueden enseñar a sus hijos que la homosexualidad es una perversión y que no hay otra familia que la heterosexual; la escuela debe informar alternativamente de que tal "perversión" es perfectamente legal y una opción moral asumible por muchos, con la que deben acostumbrarse a convivir sin hostilidad incluso quienes peor la aceptan.

Los alumnos deben saber que una cosa son los pecados y otra los delitos: los primeros dependen de la conciencia de cada cual; los segundos, de las leyes que compartimos. Y sólo los fanáticos creen que no considerar delito lo que ellos tienen por pecado es corromper moralmente a la juventud. Por otro lado, es rotundamente falso que la moral sea un asunto estrictamente familiar: no puede serlo, porque nadie vive solamente dentro de su familia, sino en la amplia interacción social, y no serán sólo sus parientes quienes tengan que soportar su comportamiento. Hace tiempo escribí que las democracias deben educar en defensa propia, para evitar convertirse en semillero de intransigencias contrapuestas y de ghettos incomunicados de dogmas tribales. Nada veo hoy en España ni en Europa que me incline a cambiar de opinión.

Resulta verdaderamente chocante que la oposición considere la Educación para la Ciudadanía un instrumento doctrinal que sólo puede beneficiar al Gobierno. Deberían ser los más interesados en preparar futuros votantes bien formados e informados que no cedan a seducciones demagógicas. En un artículo que analiza muy críticamente la situación política actual en nuestro país ("Cómo se estropean las cosas", Abc, 18/7/06), Álvaro Delgado-Gal se pregunta: "¿Estamos los españoles educados democráticamente? La pregunta es pertinente, ya que la buena educación democrática no se adquiere así como así, ni florece, como las malvas, en terrenos poco trabajados". No parece por tanto que tronar contra la asignatura que pretende remediar estas carencias sea demasiado lógico.

Al menos los críticos deberían distinguir entre la necesidad de este estudio, que es evidente, y la orientación temática que finalmente reciba, sobre la que puede haber mayores recelos y objeciones. En cualquier caso, la menos válida de éstas es sostener que cada familia tiene el monopolio de la formación en valores de sus vástagos... mientras se expresa preocupación por la posible apertura de escuelas de orientación islámica en nuestro país. O nos preocupa el silencio de Dios o nos alarma el guirigay de los dioses, pero todo a la vez, no. Los mismos que reclaman homogeneidad entre los planes de estudio de las diferentes autonomías no pueden negar al ministerio su derecho a proponer un común denominador ético y político en que se base nuestra convivencia. También por coherencia, quienes exigen a Ibarretxe que sea lehendakari de todos los vascos y no sólo de los nacionalistas no deberían censurar que Gallardón se comporte como alcalde de todos los madrileños y no sólo de los heterosexuales. Por lo tanto, produce cierta irritada melancolía que el líder de la oposición, tras una conferencia en unos cursos de verano dirigidos por el cardenal Cañizares, afirmase (según la prensa) que "la laicidad y la Educación para la Ciudadanía llevan al totalitarismo". Vaya, hombre: y seguro que la electricidad y el bidé son causantes de la decadencia de Occidente.

Sin duda, hay muchos malentendidos en torno a la asignatura polémica que deberán ser cuidadosamente discutidos. Como vivimos en una época enemiga de las teorías, cuyo santo patrono es Campoamor ("nada es verdad ni mentira, todo es según el color..., etc."), es de temer que predomine ante todo el afán práctico de lograr comportamientos recomendables. Pero a mi juicio, la Educación para la Ciudadanía no debería centrarse en fomentar conductas, sino en explicar principios.

Para empezar, en qué consiste la ciudadanía misma. Podríamos preguntárselo a los inmigrantes, por ejemplo, pues lo que vienen a buscar en nuestros países -sean más o menos conscientes de ello- no es simplemente trabajo ni aún menos caridad o amparo, sino precisamente ciudadanía; es decir, garantía de derechos no ligados a la etnia ni al territorio sobre los que poder edificar su vida como actores sociales. Los neófitos oyen hablar a todas horas de las carencias de nuestro sistema, pero no de sus razones ni de la razón de sus límites. La ciudadanía exige constituir un "nosotros" efectivo que no sea "no a otros", por utilizar el término propuesto antaño por Rubert de Ventós. Ser ciudadano es estar ligado con personas e instituciones que pueden desagradarnos: obliga a luchar por desconocidos, a sacrificar nuestros intereses inmediatos por otros de gente extraña pero que pertenece a nuestra comunidad, y a asumir como propias leyes que no nos gustan (por eso es imprescindible intervenir en política, ya que luego el "no en mi nombre" es un subterfugio retórico y equívoco). Vivir en democracia es aprender a pensar en común, hasta para disentir: algo que con la moda actual de idolatrar la diferencia no resulta precisamente fácil ni obvio.

No soy de los que dan por hecho el despedazamiento de España a corto plazo, pero la verdad es que también veo apagarse más luces de las que se encienden. Con una izquierda cautiva de los nacionalistas y una derecha cautivada por los obispos, la imbecilización política del país es más que probable. Afortunadamente, gran parte de la ciudadanía no se siente obligada al cien por cien a alinearse con unos o con otros. Hay votantes del PSOE que consideran injustificable la mesa de partidos que nadie se molesta en justificar y votantes del PP que prefieren el teléfono móvil a las palomas mensajeras, a pesar del comprobado parentesco de éstas con el Espíritu Santo. A los hijos de todos estos relapsos les vendrá muy bien aprender Educación para la Ciudadanía, aunque no sea la panacea mágica de nuestros males. Para tantos otros, ay, llega la asignatura demasiado tarde. "

FERNANDO SAVATER. Catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Sed de justicia

Se ha dicho que Sed de mal (1958) es una película sobre la traición, y es que los personajes se traicionan unos a otros sin importarles el sentido de la ley, de la integridad, de la amistad: Orson Welles encarna el detective Hank Quinlan, tachado de corrupto y de padecer un incurable alcoholismo, cuyos métodos policiales más que dudosos son fatalmente descubiertos por su fiel amigo (Akim Tamiroff); el policía Mike Vargas (Charlon Heston) traiciona los procedimientos administrativos y policiales para obtener pruebas que inculpen los métodos utilizados por el detective Quinlan en sus investigaciones; éste transforma a su conveniencia los escenarios del crimen añadiendo pruebas falsas para culpar a los criminales... Indudablemente la traición, tema fetiche en la filmografía de Orson Welles, está muy presente en el desarrollo de la cinta.
En la entrevista que el director neoyorkino Peter Bogdanovich realiza a Orson Welles en Ciudadano Welles (Grijalbo Mondadori S.A. Barcelona, 1995), éste declara que el personaje del detective Quinlan actúa en todo momento desde fuera de los dominios de la ley - la que regula la sociedad, se entiende - porque sólo así puede llevar a cabo sus investigaciones con éxito. Este personaje, en efecto, se otorga el derecho a juzgar de culpables a los presuntos sospechosos basándose en el sola fuerza de su intuición. Quinlan se guía por la intuición, dejando a un lado las reglas del juego policial públicas. Se sitúa al margen de éstas. Se erige por tanto como monarca supremo en un mundo en el que los derechos y deberes no tienen para él ninguna significación, no le atan ni vinculan a nada, tan sólo pueden favorecerle o entorpecerle. Es su intuición y no otro el único criterio del que hace uso para juzgar sin miedo a errar a los sospechosos. Y por un fiel sentido de la justicia hace todo lo posible para incriminar a los sospechosos que cree culpables, manipulando y tergirversando pruebas, ya que los procedimientos ordinarios de la justicia común resultan en muchas ocasiones insuficientes para culpar a los sospechosos.
La película deja claro que la experiencia y la intuición de Quinlan son armas más poderosas y eficientes que los métodos policiales usuales a la hora de inculpar con éxito a los criminales. En este sentido queda claro que el detective contribuye a los fines últimos de la ley y al bien de la sociedad, pero incumpliendo con ello el conjunto de las leyes que regulan la vida de los ciudadanos, criminales o no. Enseguida por tanto se plantea el problema de la legitimidad del uso de estas armas y de su validez, de si debe ser castigado (como al final ocurre) o no este personaje que actúa de acuerdo a los fines de la ley por medio de procedimientos prohibidos. En este caso, ¿el fin justifica los medios?

jueves, 27 de septiembre de 2007

Un alumno incómodo

Comentando en clase de filosofía la influencia de Reglas para la dirección del espíritu del genial matemático y filósofo René Descartes en la ciencia moderna, un alumno se quejaba del malestar anímico que produce la invasión de bienestar propiciado por la ciencia aplicada y el uso de las nuevas tecnologías. A su entender el hombre contemporáneo lo que busca es sencillamente bienestar, cuidarse exclusivamente para alargar una vida que resulte placentera y vacía de preocupaciones, en definitiva, eliminar toda forma de dolor. Esta obtención de bienestar es fácil de conseguir, basta tener dinero para comprarla, y es precisamente lo que interesa a las grandes multinacionales que busquemos. Ahora bien, añadía entonces, este bienestar nos aleja de la verdadera felicidad, que no es susceptible de comprarse, no es un valor de cambio, todo lo contrario, requiere esfuerzo y una cuantía indefinida de decisiones equivocadas. La felicidad, pues, presupone dolor en muchas de sus manifestaciones.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Milan Kundera, La identidad

Por el amor nos sentimos implicados en el mundo, nos sentimos formando parte de él; por él experimentamos más vivamente la soledad y el aislamiento respecto a los demás, que un día dejarán de mirarnos y les resultaremos ya indiferentes. El amor, en todas sus manifestaciones, es lo que nos hace sobrevivir, porque si por un instante sentimos perder nuestro ser amado, el mundo se vuelve inhóspito, feroz, y el tiempo ahí desnudo insoportablemente aburrido.
Os invito a la lectura de Identidad, una novela del escritor checo Milan Kundera (1929 - ), llena de reflexiones que como la que acontinuación transcribo retoman el asunto del amor y de su implicación para el ser humano:
"Jean-Marc miraba a Chantal, cuyo rostro, de pronto, se iluminó con una secreta alegría. No tenía ganas de preguntarle cuál era el motivo, contento con sabotear el placer de mirarla. Mientras ella se perdía en imágenes cómicas, él se decía que Chantal era su único vínculo sentimental con el mundo. Cuando le hablan de prisioneros, perseguidos y hambrientos, no conoce otra manera de sentirse personal y dolorosamente afectado por sus desgracias que la de imaginarse a Chantal en su lugar. Si le hablan de mujeres violadas durante una guerra civil, es a Chantal a quien violan. Ella y nadie más lo sacude de su indiferencia. Sólo por mediación suya es capaz de compartir.
Hubiera querido decírselo, pero le avergonzaba mostrarse patético. Sobre todo cuando le sobrevino otra idea, del todo contraria: ¿y si perdiera a ese ser único que le une a los humanos? No se refería a la muerte, más bien a algo más sutil, inasible, cuya idea le perseguía estos últimos tiempos: un día, el no la reconocería; un día, se daría cuenta de que Chantal no es la Chantal con la que ha vivido, sino aquella mujer de la playa por quien la había tomado; un día, la certeza que representaba Chantal para él se revelaría ilusoria y ella pasaría a serle tan indiferente como todas las demás."

lunes, 27 de agosto de 2007

Doce hombres y ningún culpable

Siempre he considerado que el cine proporciona la posibilidad de mostrar problemas interesantes que otras formas de conocimiento, como la filosofía, han abordado durante su desarrollo histórico. Es el caso de la película Doce hombres sin piedad (1957), del director Sidney Lumet, que recomiendo que veáis, porque proporciona un interesante ejercicio de reflexión en torno a la idea de evidencia y de verdad. En esta película Henry Fonda interpreta a un arquitecto que logra convencer a cada uno de los otros once miembros de un jurado de que existe un motivo razonable para dudar de la culpabilidad del acusado. Cada uno de ellos concluye que tiene una duda razonable por la cual debe emitir el veredicto de inocencia. El protagonista logra demostrar en un apasionado ejercicio dialéctico que las pruebas y hechos acusadores que se suponían claros e inconmovibles no lo son tanto y que, consecuentemente, lo razonable es emitir la inocencia del acusado.
La pregunta que suscita la película es la siguiente: de acuerdo con el método que sigue el protagonista consistente en buscar siempre una explicación que, siendo compatible con los hechos, permita dudar de la culpabilidad del acusado, ¿es posible encontrar algún modo para inculpar al acusado de forma irrefutable y definitoria?, ¿o por el contrario existe siempre la posibilidad de encontrar una duda razonable que le exculpe, de forma que la responsabilidad del jurado debe consistir en desmontar la presunta claridad e irrefutabilidad de las pruebas inculpatorias, tal como hace el protagonista?
Si esto fuera así, la estrategia de un buen jurado debería consistir en buscar una teoría que, siendo compatible con los hechos, permitiriera además pensar en la inocencia del acusado. Si el acusado fuera hallado culpable, se debería a la falta de pericicia e ingenio del jurado, incapaz de encontrar una reconstrucción de los hechos favorable al acusado. Porque, como es natural pensar, si asuminos que para un número finito de hechos pasados es posible hallar un número infinito (o casi) de explicaciones satisfactorias, entonces resulta imposible (o casi) que, aun siendo realmente culpable el acusado, pueda determinarse segura y necesariamente su culpabilidad. Siempre cabrá la posibilidad de encontrar una explicación que admita una duda razonable de su inocencia.
Podemos concluir entonces que todos los acusados, con independencia del número de pruebas inculpatorias y de su grado de incriminación, son en potencia inocentes y culpables. El fallo último va a depender del ingenio y capacidad imaginativa del jurado. Por tanto, la decisión acerca de la inocencia o culpabilidad depende en último término de algo ajeno a los testigos, las pruebas, la argumentación del fiscal o incluso de la defensa del abogado, ya que cualesquiera sean éstos, el factor decisivo a la hora de dictaminar la inocencia o culpabilidad del acusado será la reconstrucción que al final explique los hechos acaecidos. En este sentido, puede entenderse la película como un discurso que cuestiona, no sólo la validez del sistema judicial en su conjunto, sino la idea de evidencia como criterio de culpación. Porque..., ¿alguien me puede decir un medio para asegurar (sin riesgo a error) la culpabilidad de cualquier acusado?