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viernes, 3 de mayo de 2024

Sátiras

Mirando con "Sardinillas", que no está precisamente en los huesos, doy con esta lectura enternecedora de Ariosto que nos recuerda el alcance de la libertad. No es sólo que haya que saber decir que no cuando lo que te proponen no encaja en tu lista de propósitos o prioridades, sino que hay empezar por abstenerse de engrosar en demasía nuestra vida antes de acabar encadenados a ella. Más vale la abstención que vaciarse como lo hizo el asno del poema.



«Sátiras», Ludovico Ariosto (1474-1533)

“Hubo una vez un asno, todo huesos
y nervios, tan delgado, que entró un día por una grieta a un almacén de grano;

tanto llegó a comer, que la barriga
se le llenó como un tonel enorme
(aunque no fue de golpe) hasta saciarlo.

Temiendo que los huesos le molieran,
quiso salir de donde había entrado,
pero ya no cabía por el hueco.

Mientras pugnaba por huir en vano
le dijo un ratoncillo: «Compañero,
para salir has de vaciar la tripa:
ahora es necesario que vomites
lo que has tragado para enflaquecerte;
no hay otro modo de pasar la grieta»."

sábado, 25 de noviembre de 2023

La silla rota

A veces, los objetos nos hablan, nos dicen cosas, a quien sabe escucharlos. Objetos fragmentados, rotos, frágiles, que nos recuerdan que la vida es demasiado valiosa como para malgastarla rompiendo sillas, o viéndolas romper. En este día tan señalado, Día de la eliminación de la violencia contra la mujer, comparto este microrrelato que nos regala Anni, alumna de 1º de Bachillerato. 

                                                                



                                                        LA SILLA ROTA

Ella se miraba en el espejo; sus dedos pasaban delicadamente sobre aquel círculo rojizo-morado que yacía en su mejilla.

-Solo fue esta vez - pensó, sin embargo una lágrima se resbaló justo por encima de la marca.

Unas manos bruscas la limpiaron con falsa delicadeza.

-Prometo que no volverá a pasar - habló abrazándola. Ella se quedó en sus brazos sin decir nada.

Una semana después la volvió a sujetar con más fuerza de la necesaria; luego rompió el plato en el que comía porque “esto está frío”, y al mes rompió una silla porque la hizo sentar de un manotazo.

En ese momento ella ya no tenía el pequeño círculo morado, de hecho ya era casi imperceptible, pero en su lugar estaban las marcas rojas de unos dedos en su brazo, tenía el labio roto y un moratón en sus costillas.

La silla se veía en el reflejo del espejo y eso hizo que un pensamiento resonara en su cabeza.

- Tengo que irme - esa tarde tomó una decisión difícil.

“No te puedes ir”, “¿Me dejarás solo?”, “ No volverá a pasar”. Esas frases invadieron su mente mientras guardaba con prisa sus cosas en una maleta; no tenía mucho tiempo, él volvería pronto. “No puedo vivir sin ti”. Esa última frase la hizo detenerse por un momento, pero entonces recordó aquella silla rota.

-¿Y si la próxima vez no es la silla y soy yo?

Decidida salió de allí con una maleta, un corazón hecho añicos y desilusión. Él llegó horas después con un peluche, la buscó por todas partes, pero ella ya no estaba. El peluche terminó destrozado junto a la silla.

¿Y ella? Ella buscó ayuda y ahora está feliz viviendo una nueva vida, una vida que creía que no existía. Todo, gracias a la silla rota.

 

Anni Roa (alumna de 1º de Bachillerato)

martes, 27 de junio de 2023

Te amo -dijo El principito

¿Se quieren o se aman los cielos? ¿Se mira lo que se ama o se ama lo que se mira? Uno de mis autores, Antoine de Saint-Exupéry, diferencia entre querer y amar. Del primero dice que es un gesto interesado, pues va en juego sufrir si no se consigue lo que se quiere, a diferencia del segundo, que es desinteresado y supone abrirse al otro deseándole siempre el bien. Una maravilla de diálogo el que mantienen El principito y la rosa, y que tanto convendría recordar en esta sociedad tan sumamente obcecada en la conquista y la acumulación, y tan invisible para el misterio y la dación.

"-Te amo - le dijo El principito.


-Yo también te quiero - respondió la rosa.


- Pero no es lo mismo - respondió él, y luego continuó - Querer es tomar posesión de algo, de alguien. Es buscar en los demás eso que llena las expectativas personales de afecto, de compañía. Querer es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es adueñarnos o desear algo para completarnos, porque en algún punto nos reconocemos carentes.

Querer es esperar, es apegarse a las cosas y a las personas desde nuestras necesidades. Entonces, cuando no tenemos reciprocidad hay sufrimiento. Cuando el “bien” querido no nos corresponde, nos sentimos frustrados y decepcionados.

(...) Amar es desear lo mejor para el otro, aún cuando tenga motivaciones muy distintas. Amar es permitir que seas feliz, aún cuando tu camino sea diferente al mío. Es un sentimiento desinteresado que nace en un donarse, es darse por completo desde el corazón. Por esto, el amor nunca será causa de sufrimiento.

Amar es darte un lugar en mi corazón para que te quedes como padre, madre, hermano, hijo, amigo y saber que en el tuyo hay un lugar para mí. Dar amor no agota el amor, por el contrario, lo aumenta. La manera de devolver tanto amor, es abrir el corazón y dejarse amar.

- Ya entendí - dijo la rosa.


- No lo entiendas, vívelo - dijo El principito".


- Antoine de Saint-Exupéry –


 

lunes, 19 de junio de 2023

El ciego

Cuando se dice de los profesores que descansan en verano, como queriendo decir que en su profesión solo está dar clase a sus alumnos y que, a falta de estos, ya no pueden ejercer, se olvida un aspecto esencial de cualquier forma de enseñanza.

Se olvida que los veranos, además de tiempo de familia y amigos, es tiempo de renovación y depuración, y es que, esas ideas y conocimientos que ya fueron amorosamente transmitidos en el curso que se deja, han de dejar paso a los nuevos que esperan ser estrenados. Y así es como he dado con esta maravillosa edición de las fábulas de Esopo, ilustradas por Arthur Rackham, que, a buen seguro, darán para nuevas y enriquecedoras reflexiones y comentarios.

Y, si no, id pensando sobre lo que nos pueden decir el tacto y el gesto, que es tanto, que pueden llegar a descubrir lo que no dice la palabra.



lunes, 29 de mayo de 2023

Lo que no dice y enseña el cuento

Los cuentos se sostienen en lo que no dicen, en lo que dicen silenciosamente, inadvertidamente. Se pronuncian sobre un fondo apenas advertido, en todo caso sugerido, aludido, pero que está lleno de significado y da sentido y estructura al relato. Habría que diferenciar lo relatado de lo silenciado, lo explícito de lo implícito. Y es que se ha reparado en el aspecto moralizante del cuento, y se ha visto en él una manera de advertir o de enseñar algo. Por ejemplo, a no confiar en los desconocidos, a no mentir gratuitamente, a no desviarse del camino que dicta el mundo adulto. Sin embargo, el cuento –con ese aspecto moralizante- es solo la punta del iceberg que vemos, y que supone toda una estructura de significados y connotaciones que no vemos pero que sostienen el iceberg. Se trata de hacerla visible, de bucear bajo el iceberg y ver hasta dónde podemos llegar. Y, en este sentido, el cuento se convierte en un puente que nos transporta a mundos que habían quedado al otro lado, a puertas secretas que a veces la historia empolva y esperan ser abiertas. Por eso se dice que son clásicos de la literatura, porque siguen cargados de significados, de historias, de narraciones que van descubriéndose conforme lo hacen sus lecturas.

Una delicia este estudio al que nos invita la profesora Ana Carrasco-Conde, sobre la filosofía de los hermanos Grimm:

https://www.youtube.com/watch?v=yBl6E_ZSftM


martes, 17 de enero de 2023

La luciérnaga y el sol

En un pueblo lejano había una luciérnaga especialmente luminosa. Destacaba sobre las demás a quien las comparaba, y en la noche era capaz de hacer el día y devolver a las cosas su color.

Todo el pueblo estaba tan agradecido, que hicieron una fuente de piedra en su honor en el centro de la plaza.

Mientras, la luciérnaga, acostumbrada a dar luz a su paso, vivía ajena a las ocupaciones y preocupaciones de sus gentes.

Pero un día la luciérnaga se fue del pueblo, dejando a la noche huérfana y a sus habitantes bajo un cielo profundamente gris. Y se fue con la naturalidad con la que viene la luz.


Hastiados de vivir sin luz, el poeta, el agricultor y el niño del pueblo decidieron consultar al gran sabio por si este podía conocer el paradero del coleóptero y hacerlo volver.

Al escuchar sus plegarias, el sabio les preguntó:

- ¿Qué echáis tanto de menos que ya solo la buscáis a ella?

Y el poeta replicó: - tan bellas formas y figuras, con sus colores y relieves, que así inspiran mis poemas y a mi naturaleza.

A lo que añadió el agricultor: - y el vigor y maduración de los frutos, visibles a la luz de la luna, incluso en los días de lluvia y tormenta.



El sabio, al observar que el niño no decía nada y permanecía mudo, se dirigió a él:

- Y tú, niño. ¿Qué echas tanto de menos que vienes hasta mí?

- ¡Qué ya no puedo soñar! ¡La luz interior!, es lo que se me ha llevado.


En ese momento el sabio comprendió, y dirigiéndose al niño, en voz alta, replicó:

- ¿Acaso viste a la luciérnaga lamentarse de perder su luz cuando sale el sol?

sábado, 4 de junio de 2022

El joven que bajó del monte Azul

“A veces, estar en paz, es mejor que tener razón.” (El principito)

 

En lo alto del monte Azul había un pueblo, y en lo alto del pueblo un joven de quien todo el mundo decía que estaba paralizado por la rabia, la ira y el miedo.

Un día el joven decidió bajar del monte para hablar con uno de los maestros, a quien le confesó:

- Maestro, no logro liberarme de la rabia, la ira y el miedo que, como sedimentos en el río, impiden que mi karma fluya.



El maestro no dudó en responder:

- ¡Suéltalos! La rabia no te va a morder, la ira no te va a agredir, el miedo no te va a destruir.

jueves, 13 de enero de 2022

Ángeles

El mal se presenta de tantas formas que a veces es difícil descubrir los ángeles que nos rodean. En ocasiones incluso se molesta en disfrazarse, como el lobo de nuestros recuerdos, y entonces no lo vemos venir, o si lo vemos, nos avergüenza vernos engañados y preferimos que siga su parodia. Otras se presenta a lo bruto, sin previo aviso, y de pronto lo que creíamos horizonte se hunde para siempre. Pero cuando alguien descubre a un ángel, a este hay que cuidarlo, y cuidarse de que esté bien, sin atosigarlo, no vaya a molestarse. Ángeles los hay sobre las ventanas, en los sueños de los niños, o en los museos de las noches iluminadas. Los hay también en quienes nos rodean, aunque muchos no lo saben y se pavonean de lo que en verdad son defectos. Los hay solitarios y que prefieren las multitudes, gráciles y toscos, esbeltos y diminutos. Los hay bellos y feos, aunque para la gran mayoría pasan desapercibidos.

A veces, sólo a veces, un ángel te mira, y te implora.


martes, 4 de enero de 2022

Compasión

En un pueblo apacible de hombres que trabajaban la tierra y miraban al mar las noches de verano, apareció de entre las rocas un joven que empezó a dictar su propia ley. Mandó cambiar el modo de gestionar la riqueza del país, cerró las escuelas y privó de voto a los más sabios del lugar. Se dice que su poder era tan grande que en la oscuridad las fieras le protegían y en el día las nubes le cortejaban. Nadie nunca lo nombró y todo el mundo le conocía como el Amo.

 


Uno de los labriegos más trabajadores, harto ya de la situación, invocó al hechicero del lugar para ver qué podía aconsejarle. Y así, reunidos los dos allí donde no alcanzaban las nubes, el mago aconsejó:

- El miedo que infunde es el mismo del que se alimenta. Por él es como tendréis que acabar con él.

Al oír estas palabras, el labriego se compadeció del joven y ya nunca supo más de él.

sábado, 25 de diciembre de 2021

Los ojos de Chiyono

En un monasterio había una monja, llamada Chiyono, muy trabajadora, disciplinada y responsable, pero enormemente insegura en sus labores y quehaceres. Nunca sentía que hacía bien su trabajo, y ello aunque las gentes de su alrededor así se lo hicieran ver. Los más sinceros elogios de amigos y compañeros no bastaban para que se sintiera bien y todos los días se retiraba convencida de que no había realizado bien su trabajo.

Uno de sus compañeros monjes, observando su pesar, decidió llevarla al maestro de la Montaña, de quien se decía que curaba todas las penas y pesares.



Habiendo escuchado su historia, el maestro de la Montaña quiso ayudar a Chiyono:

- Te voy a dar mis ojos para que dejes a un lado los tuyos y te veas como te ven los demás. Y te voy a dar mi corazón, para que te sientas como te sienten los demás.

- ¿Y cómo verás y sentirás entonces, si tus ojos y corazón ya no están en ti? -interrumpió la monja-

Al escucharla, el maestro comprendió la bondad del mundo y se convirtió en el primer discípulo de la monja Chiyono.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

La fuente

En un reino no muy lejano llegó a oídos de un rey la noticia de un niño que cada día caminaba hasta una misma fuente. Los pastores de la noche le veían atravesar los mismos valles a la caída del Sol. Los ángeles aguardaban escondidos mientras bebía su sorbo de agua. Y las mujeres asomadas, mientras el río corría, lamentaban cada mañana que no entrara a su puerta.

Y el caso es que llegó a oídos del rey que aquel niño se había hecho hombre caminando cada día a la misma fuente. Siguió el curso de los años y el rey, siendo tan viejo que apenas podía sostenerse, mandó llamar al "hombre que acude a la misma fuente a beber de su agua."

¿Por qué cada día acudes a la misma fuente a beber de su agua? - Le preguntó.

El hombre, que ya era casi tan anciano como el rey, le respondió:

No es por el agua por lo que voy, que es diferente a la que ahora corre. No es por el placer de atravesar el camino, cuyas piedras y surcos son ya otros. Tampoco por la sombra del olmo que me da descanso. 

¡Ni el Sol es el mismo que el de aquel día!


miércoles, 30 de junio de 2021

El niño que se escondía tras los arbustos

De niño, se escondía tras un arbusto, de esos que recorren vallados en las urbanizaciones más lujosas, o a las afueras, reclinado bajo algún puente abandonado, y podía pasar ahí horas. Se preguntaba qué sería de sus amigos ahora que él ya no estaba. Incluso si el mundo habría podido cambiar en algo. Cuando anochecía, salía de su escondrijo y volvía a su cotidianidad con la tranquilidad de quien se ha tomado unas pequeñas vacaciones. Sabía que nadie habría notado su ausencia, aunque siempre llevaba una historia inventada por si alguien preguntaba. ¿Pero por qué habría de inventarla si no había hecho nada malo? En las noches de invierno, cuando el sol se escondía y el frío helaba las hojas, buscaba lugares cerrados, como agujeros por donde entrar a las Iglesias o ventanas de aire abandonadas. Entonces la reclusión se hacía más difícil, y es que el frío no dejaba salir los pensamientos.


A esta práctica, que le fue dando forma con los años, incorporándola a su vida adulta, llena de obligaciones y responsabilidades, la llamó la emboscadura. Irse al bosque, decía él. Irse al bosque significaba salir de los usos, convenciones y obligaciones de su vida presente, recluirse secretamente en un universo donde sólo lo intemporal podía tener lugar. Sólo aquello que no envejece, ni pasa, ni deviene. Sólo aquello que verdaderamente nos tiene, pero que por ello mismo nos protege, y nos salva. Donde las palabras no interpelan y los pájaros no cantan para nadie. Irse al bosque, para él, era el modo de hacer más pequeño el mundo, a la medida de unos ojos que siempre necesitaron distancia y algo de calor.

viernes, 25 de junio de 2021

La historia que todo lo sana

En un reino lejano había un joven conocido como el hombre que contaba “la historia que todo lo sana”. A quienes se sentían tristes alejaba la tristeza para siempre, a los melancólicos les devolvía la esperanza, y a los enfermos la vitalidad de los cuerpos sanos. Tal fue su fama que llegó a oídos de un rey que veía cómo su reino se debilitaba por el contagio de una extraña enfermedad.

El rey, antes de que se marchitara el último de sus tulipanes, imploró al joven que entonara “la historia que todo lo sana”. 

Cuando éste la hubo entonado y los pájaros reanudaron su canto, el rey pudo gobernar como gobiernan las estrellas el cielo y las olas los océanos.

domingo, 13 de junio de 2021

El rey obstinado

En un reino lejano había un hombre que se vanagloriaba de conocer todos los idiomas, caracteres, valores, costumbres, virtudes y defectos. Allí por donde iba todos se admiraban de la facilidad con la que generaba amigos y se adaptaba a los hábitos del lugar. Si pisaba ciudades en poco tiempo protagonizaba plazas e iglesias, si viajaba a pueblos todos se confiaban a él, y si andaba con nómadas sus labores eran las que mejor descubrían la belleza de la Naturaleza. Tanto se extendió su fama que el rey le mandó traer a la corte para ver si verdaderamente era como decía ser.


Cuando se presentó ante él, el joven muchacho le confesó:

-"veo en sus ojos la tristeza de quien tiene todo lo codiciable pero le falta lo que más anhela."

"¿Y qué es lo que más deseo?" - preguntó intrigado el rey.

Aquello que ningún mortal puede conseguir.

sábado, 24 de abril de 2021

Cualidades de aprendiz

Un cuento zen, llamado El zen de Joshu, dice así:

    Joshu inició el estudio del zen cuando tenía setenta años
y lo prosiguió hasta los ochenta, cuando comprendió lo que
era el zen.
    Enseñó desde los ochenta años hasta los ciento veinte.
Cierta vez, un alumno le preguntó:
- ¿Qué debo hacer si no tengo nada en la mente?
- Arrojarlo -replicó Joshu.
- Pero si no tengo nada, ¿cómo puedo arrojarlo? -insistió
el que interrogaba.
- Bueno -dijo Joshu-, entonces llévalo a cabo.

(101 cuentos zen, Al cuidado de Nyogen Senzaki y Paul Reps)






Está visto que al intrépido alumno todavía le queda mucho por saber. Porque no escucha, no plantea las preguntas adecuadas. Esta puede ser la lección del cuento, y de la vida de Joshu: aprende a escuchar antes de preguntar. También, que la perplejidad es el origen de la búsqueda. Humildad y afección para la confusión. Quizá, las dos cualidades que hicieron de Joshu un maestro, y del joven un aprendiz.

jueves, 30 de abril de 2020

Cómo ahogarse de una forma segura

Mientras los mares todavía escuchaban un capitán de barco navegaba rodeado de mapas, instrucciones y estadísticas. Aturdía a sus marineros con protocolos, cálculos y formularios, que pensaba, muy obstinado él, servirían a los suyos para afrontar cualquier adversidad del océano y sus criaturas. Era tanta la insistencia con la que instaba a los suyos a memorizarlos que estos, hartos ya de no practicar lo que más amaban, comenzaron a recelar del capitán. Algunos hablaban de motines, y otros, los más temerosos o cautos, preferían cumplir servilmente las órdenes de aquel. 

Pero llegó un día en que una fuerte tormenta se apoderó del barco y el mástil cayó partiendo en dos la nave. El caso es que, y aquí lo llamativo de la historia, mientras el capitán, muy obstinado él, y también muy ciego, continuaba instando a los marineros a memorizar pautas sobre cómo achicar el agua o preparar los botes salvavidas, y mientras los suyos seguían asintiendo o discutiendo sobre ellas, fueron todos llenándose de agua, y llenándose, hasta casi desaparecer...

Todavía se cuenta de un superviviente, que no sabía leer, que vio al capitán por última vez lamentándose de haber olvidado un manual que llevaba por título Cómo ahogarse de una forma segura.


miércoles, 1 de abril de 2020

Hacedores de luz

A mi madre, también hecha de luz

La aceleración que espera afuera es más tenebrosa que la caverna de Platón, pues esta escondía al menos una promesa de luz y de verdad. Tanto ha castigado aquella nuestros corazones que ahora, atosigados y atolondrados, ya no sabemos clamar sosiego. ¿Cuándo nos convirtieron en sobrantes y reciclados? ¿Cuándo hicieron de nosotros velocímetros de nuestro cuerpo? Es algo que ni las mejores escuelas nos supieron explicar.


                                  José Antonio Porcel, Ventana

De niño, en las noches de tormenta, cuando los cristales recobraban su fragilidad en la casa del pueblo, la luz solía "irse" (así decía mi abuela, "ya se ha ido la luz", y lo decía porque sabía que tendría que volver), y nos quedábamos todos reunidos en torno a una vela que, por lo general, no tardaría en consumirse. La majestuosidad del momento radicaba en su poder para desplazar nuestras diferencias y protegernos de la oscuridad de las cosas. Una de aquellas noches, como digo, cuando el miedo más apretaba y miraba a mi abuela ensombrecida, pensé que si Dios existía tendría, a la fuerza, que estar hecho de luz.

lunes, 30 de marzo de 2020

Habitantes de caminos

A veces nos cruzamos con ellos. Se dirigen siempre al mar, aunque ellos no lo saben, y cuando encuentran un acantilado lo bordean para seguir caminando. Nadie les adelanta ni pueden dejar nada atrás. Cuentan que había culturas que se servían de su movimiento para dictar sus quehaceres, aunque ellos no ven llegar las estrellas. Y si en el camino alguien daña alguna piedra se pellizcan el cuerpo hasta hacerlo sangrar, incluso si ha sido un niño quien se lo ha hecho. No atraviesan ciudades porque temen que les arrebaten el paso y el viento.

                                 José Antonio Porcel. Camino.

Entre sus enseres no hallarás nada que organice sus días, pues caminan hasta que se pone el sol, o incluso de noche si la luz es oscura. No portan ni producen imágenes. En realidad, aun estando parados no cesan. Hay quienes aseguran haberlos visto sin pieles ni botas, desnudos como el frío, y solo abandonan el sendero para dejar de escucharse el corazón.

domingo, 29 de marzo de 2020

Habitantes de árboles

Los hay también que habitan los árboles, y solo por la noche salen para esconderse. No los veras mirando las hojas ni subiéndote a sus ramas, pues solo cuando no estamos respiran en ellos. A veces incluso construyen nidos, como los pájaros, y extienden sobre ellos sus extremidades para sentir que están vivos. No te dirán nada si te mueves con el viento, pero huirán si te escondes como ellos. Algunos que han vuelto dicen que son más silenciosos que la muerte y que no tienen sombra. Tampoco sabemos de su origen, y hay quienes aseguran que vienen de los bosques, y que los necesitan. No usan insignias para reconocerse porque todos llevamos uno dentro.

                                           José Antonio Porcel, Sabina.

sábado, 28 de marzo de 2020

Habitantes de ventanas

A veces los habitantes de las ventanas podrán ser ajenos, pero no deben asustarnos. Llorarán toda la noche y sólo habremos de recoger su lluvia. No nos pedirán nada, ni querrán invadir nuestros salones. Nos taparán algo la luz. Eso es todo. Y habremos de dejarles llorar, hasta que cesen las lágrimas y echen de nuevo a volar. ¿De dónde vendrán? Es algo que nunca sabremos, porque de hecho son indiferentes a los adentros. Ni siquiera se volverán cuando amasemos el pan. Y cuando en la cama nos miremos permanecerán silenciosos.

                                               José Antonio Porcel, Ventanal.