martes, 10 de febrero de 2026

Aprender a soñar

Ayer vi –o vimos, según se mire- Jacquot de Nantes, de la directora Agnès Varda. La película es la historia de un niño que aprende a soñar estando despierto, mientras que con la manivela de su pequeño cinematógrafo hace bailar a las figuras, y moverse, y susurrarles al oído en lo oscuro de la casa. La película es, también, la historia de un refugio que transforma a un niño en una vida de pasión y movimiento. Y cuando tiene a punto la proyección baja al cuarto de abajo para que los demás vean su sueño.

 


El caso es que viendo la película recordé estas palabras de George Steiner, pensando que también los profesores deberían soñar, y equivocarse, y despeñarse. Y así crear, acompañados: “Estoy asqueado con la educación escolar de hoy. Veo cómo se ha convertido en una fábrica de incultos, donde no se respeta la memoria, el silencio ni el valor del error. Me duele ver cómo se entrena a los niños para repetir sin pensar, para vivir acelerados, sin tiempo para tener tiempo. Yo siempre he creído que la poesía, la filosofía y la literatura forman el alma, y que aprender de memoria no es una pérdida, sino una forma de llevar dentro lo esencial. Me preocupa que estemos criando generaciones incapaces de soñar, de equivocarse y, por lo tanto, de crear. La educación debería formar seres humanos completos, no consumidores vacíos.”

lunes, 9 de febrero de 2026

Cuando las cosas se mostraban

En un mundo en que se nos escamotean las cosas, con su luz y sus sombras, traigo este hermoso poema que escribe mi padre, y que recuerda al tiempo dibujado de memoria y deseo. Pudo ser un instante, un atardecer en el mar perezoso, un día entero, cuando las cosas se mostraban y no había donde esconderse salvo en ellas.


viernes, 6 de febrero de 2026

Aquí hay conocimiento

Nueva experiencia inolvidable la decimotercera Olimpiada de Filosofía. Viéndola crecer, uno se siente parte de algo. Reencuentros acompañados. Hojas y hojas de guiones y esquemas previos a la ejecución. Luces dirigidas al papel valioso. Bolígrafos relevando a otros. Miradas atónitas de que aquí hay conocimiento. Semillas del mañana que son ya el hoy. Alumnos y alumnas venidos de todas partes para abordar desafíos y dilemas que, a trompicones o de una vez, los acercarán a ellos mismos.



Personas que se hacen más personas por confiarse a su pensamiento. Miradas que se elevan porque ha llegado la palabra buscada. Palabras que no llegan y que, por eso mismo, ceden a la siguiente. Líneas completas que hay que seguir para dar con el conjunto y cuidar la última de las comas. Caminos de vuelta porque hay que reescribir esa letra de dedos torpes, o doblar la idea que quedó huérfana. Aventuras de quien marcha solo confiando en el conocimiento que una vez proveyeron profesores y familiares. Colegas anónimos que están en las mismas que tú y que, por eso mismo, formamos la decimotercera olimpiada aragonesa de Filosofía.

domingo, 1 de febrero de 2026

Luz de sueño, luz de la razón

¿Cómo es posible que lo inerte produzca tanta fascinación como lo vivo? ¿O que Leibniz demostrara en el siglo XVII que lo único que se necesitaba para realizar todas las operaciones de la lógica y la aritmética eran el uno y el cero? ¿O que un vacío -un agujero, una ausencia-, debidamente encajada, fuera capaz de dar vida con los primeros telares mecánicos a la cornucopia de guirnaldas, rosas, leones, corderos, vírgenes, ángeles y santos que adornaban las paredes de los hogares más lujosos de Europa? ¿O que un telar, que es una máquina primitiva según los estándares modernos, como revela Benjamín Labatut en el capítulo que dedica a 'Nicholas Augustus von Neumann' en Maniac, “pudiera encerrar en su interior la semilla de una tecnología que iba a afectar, para bien y para mal, todos los aspectos de la experiencia humana”?



Fascinación y espanto es lo que el mismo telar mecánico -convertido en insecto metálico de diez mil patas para una mirada literaria- produce en dos hermanos que lo reciben de su padre plantado en medio de su casa. En el mayor la fascinación lo lleva a querer saber todo de él, a perderse en su infraestructura y a querer desentrañar cada uno de sus secretos y entresijos: “No dejó de hurgar dentro del aparato, desarmándolo pedazo a pedazo, llegó a estar tan inmerso que el segundo día se saltó el té y la cena, y todavía estaba intentando descifrar sus secretos, arrastrándose por el suelo para meterse dentro del mecanismo principal, o reptando a cuatro patas para encontrar dónde iba la pieza que había sacado, cuando yo me rendí y dejé de insistir en que lo dejara en paz y viniera conmigo a jugar al jardín antes de que nos obligaran a irnos a la cama.”


Mientras, el pequeño, más temeroso y retraído, sueña angustiado con el gran artefacto de diez mil patas cobrando vida y, montado encima su hermano mayor, queriéndolo devorar.

*

Esta fue la actitud que asumí cuando recibí el primer Cinexin de mis padres. En lugar de querer saber de su funcionamiento destripándolo y matando sus secretos, seguía una y otra vez aquellas dulces proyecciones en el cuarto oscuro de las dos camas, a veces a solas, otras acompañado, pero siempre girando una y otra vez la manivela para recrear la misma historia a la velocidad que dictara la mano. ¿Qué contenía esa luz que me hacía seguir viéndola?

jueves, 29 de enero de 2026

Espacios de vida (Idea para un aniversario)

Una de las grandes riquezas de los centros de Formación profesional es el modo como enseñan los valores que luego harán de los profesionales verdaderas personas. Cuando un alumno te quiere mostrar el taller donde trabaja y ejecuta los movimientos recién aprendidos, o las cocinas donde con sus fogones realiza los platos que su maestro le enseña, en realidad te quiere mostrar algo de él mismo que ha estado aprendiendo durante sus años de formación. Un taller, una cocina, un laboratorio, mucho más que una clase cerrada diseñada como receptáculo donde a alumnos y alumnas se les dispone a sentarse y apoyar sus apuntes sobre una mesa no elegida, son «espacios de vida» forjadores de valores que, muy especialmente las enseñanzas prácticas, pueden llegar a transmitir. El alumnado ha de convivir para aprender, y ha de poder equivocarse, meter la mata, mezclar lo que no debe, quejarse cuando yerra la ejecución, ayudar al que se queda atrás, o correr más aprisa cuando el timbre amenaza con sonar. Como escenarios de vida construidos para su aprendizaje, los talleres de formación profesional funcionan como hacedores de valores imprescindibles para cualquier vida fuera de la academia.



Extendiendo este concepto a toda la educación, sería hermoso ver a cada enseñanza, a cada familia profesional, mostrando de qué manera sus contenidos, prácticas, teorías, metodologías, contribuyen a la formación integral del alumnado, inculcando este o aquel valor fundamental para su desarrollo como personas. Por ejemplo, a la materia de Lengua y literatura, fomentando la amabilidad a través del uso responsable y respetuoso del lenguaje; a la Filosofía, estimulando la curiosidad mediante la comprensión de los fundamentos y el sentido de las cosas; al estudio del inglés y del francés, potenciando la integración de lenguas y culturas; a la Historia, promoviendo el valor de la libertad a partir del reconocimiento de las ventajas de los sistemas democráticos frente a otras formas de gobierno; al Dibujo, estimulando la belleza mediante el desarrollo de la sensibilidad estética; a la Biología, impulsando el progreso a través de la observación de la naturaleza como fuente de aprendizaje para el avance científico; a Formación y orientación laboral, reforzando el respeto al derecho mediante el conocimiento de las obligaciones y responsabilidades en el ámbito laboral; a los talleres de Automoción, fomentando valores como la precaución con sus protocolos de seguridad y una ética profesional responsable, a Cocina, con sus productos, hornos y fogones, favoreciendo el amor y cuidado por los alimentos y los comensales. Y así, con el resto de enseñanzas y familias profesionales...

sábado, 24 de enero de 2026

Forja de valores

También las ideas necesitan reposo para cuajar, y así luego conformar paisajes que, de otra manera, no tendrían lugar. Y ayer, escuchando a nuestro alumnado de Formación Profesional en la preparación del Certamen de Debates sobre Igualdad, salió a relucir esta idea que ahora me gustaría reposar: ¿Cómo puede contribuir el conocimiento práctico a la asimilación de valores fundamentales para la convivencia, como es el valor de la igualdad? ¿De qué manera el ejercicio de los saberes prácticos y técnicos puede contribuir a crear sociedades más justas e igualitarias? Desde las enseñanzas de Bachillerato se insiste en la importancia de la teorización para la promoción de valores (fundamentación y legitimación de valores, expresión en declaraciones de derechos y deberes...), y va llegando el momento de considerar esta otra vía práctica para contribuir, sin duda, a una educación más completa e integral.


martes, 20 de enero de 2026

Momentos de vida

Hay momentos en la vida en que uno se confía a su interioridad y espera sacar de ella lo que ningún tratado, regla o fórmula es capaz de contemplar. Son momentos implacables, que llegan de las zonas más recónditas para recordarte que "eso eres tú". Son momentos que para el sentido común se presentan bajo el signo de lo torpe, lo ingenuo o lo ridículo, pero que, en realidad, contienen misterios quizá sólo entreabiertos. Son momentos en que el decir se vuelve verdadero decir, y saca al hablante del parloteo y monótono coloquio con los que va zarandeándose por el mundo:



“-Es que es verdad, al final es muy duro. Uno piensa que tendrá tiempo de decir las cosas, y cuando se quiere dar cuenta ya es demasiado tarde. Uno piensa que basta con dar muestras de cariño, con hacer gestos, pero no es verdad, hay que decir lo que se siente. `Decir´, esa palabra que tanto te gusta, Michka.” (Las gratitudes)