sábado, 4 de febrero de 2023

Del amparo y la intemperie

En la sección del jueves de Artes y Letras del Heraldo se habló de mi librito. ¡Qué feliz me hace sentir que llega a lectores! Siempre amigos.




viernes, 3 de febrero de 2023

Disertación sobre el Dios cartesiano

Comparto esta magnífica reflexión de una pareja de jovencísimos filósofos de 2º de Bachillerato, que me llega de forma generosa. Diríamos que pone en cuestión algunos de los postulados fundamentales explicados en clase sobre la argumentación cartesiana de la existencia de Dios, y, en el fondo, una invitación al clásico dilema de si es preferible ser feliz en el engaño o infeliz en la verdad. ¡Enhorabuena a los dos!

 


¿Es Dios la confirmación de que el mundo en el que vivimos es verdadero, o puede ser la propia explicación a un engaño sobre el mundo?

Descartes propuso en su pensamiento que la única manera de dejar a un lado la duda metódica, pudiendo afirmar que nuestra realidad sí es verdadera, es mediante la prueba de la existencia de Dios. A lo largo de esta reflexión, trataremos de dilucidar si esta idea podría ser válida o si la existencia de Dios es aquello que confirma que nuestra realidad no es la verdadera. Para ello, comenzaremos preguntándonos por qué Dios querría mentirnos a pesar de su bondad. Posteriormente, nos centraremos en los motivos que llevarían a Dios a mostrarnos la verdad, mencionaremos por qué consideramos que Dios es bueno en ambos casos y concluiremos argumentando cuál de las dos opciones nos parece más probable.

En cuanto a los motivos que llevarían a un ser perfecto a ocultarnos la existencia de la verdad, obligándonos a vivir en esta realidad engañosa, podemos teorizar dos hipótesis. Por un lado, ¿y si Dios tratara de protegernos, colocándonos en una realidad más positiva que la verdadera? De este modo, afirmaríamos que la realidad verdadera es negativa, quizá cruel o dañina para nosotros. Por tanto, este ser perfectamente bueno pretendería evitar nuestro sufrimiento a costa de la verdad.

Por otro lado, sería posible creer que este ente superior habría considerado positivo para nosotros dejarnos al margen de la verdadera realidad no necesariamente porque esta fuese nociva y nuestro mundo fuera mejor, sino porque fuese incomprensible para nuestra mente humana. Siguiendo esta hipótesis, Dios habría considerado que, como humanos, habríamos tratado de entender lo que nos rodeaba y, al ser una realidad terriblemente compleja, habríamos terminado liquidando nuestra cordura habiendo sido incapaces de entender lo que nos rodeaba. Esto habría llevado a Dios a elegir un mundo que satisficiera nuestras necesidades intelectuales a la vez que no fuese excesivamente complicado, lo que nos llevara a caer en la frustración intelectual.

En contraposición, debemos también tener en cuenta los motivos por los que Dios podría habernos dado la verdad. En primer lugar, como base para el resto de argumentos, debemos explicar que, si Dios es bueno, entonces necesariamente va a querer compartir lo bueno con nosotros, pero también lo verdadero. Es decir, si Dios es completamente bueno, va a querer ser sincero con nosotros.

Adicionalmente, en contraposición a la segunda hipótesis sobre el buen hacer, discutida anteriormente, si este es un mundo mejor, creado por Dios (que, recordemos, es perfecto) ¿por qué no nos proporcionó, directamente, un mundo igual de perfecto que él? Ya que vamos a protegernos de lo nocivo, ¿por qué no protegernos de todo ello y no solo de una parte? No obstante, ¿podemos verdaderamente afirmar que este mundo no es perfecto? En realidad, quizá cualquier hecho dañino o negativo que podamos encontrar haya sido generado por nuestra propia existencia. Esto es, nuestra realidad no es imperfecta, somos nosotros quienes somos imperfectos y por tanto la convertimos en imperfecta. Este argumento del mundo perfecto volvería a confirmar el buen hacer de Dios por encima de la verdad.

En referencia a la primera hipótesis planteada, y continuando con los motivos de un ente perfecto para mostrar la verdad, debemos ser conscientes de que, si tomamos a Dios como ente creador, suponemos que los humanos no somos sus únicas creaciones. Por tanto, deberíamos descartar la idea antropocentrista que poseemos sobre este ser. Si la descartamos, podemos percatarnos de que el argumento utilizado anteriormente posee cierta soberbia (sofrosyne), pues nos considera superiores al resto de creaciones, los predilectos de Dios. Si consideramos a Dios como alguien que aprecia sus creaciones por igual, ¿por qué iba a esforzarse en darnos un mundo distinto al real? Podría haber creado un mundo mejor (según el parecer humano) que el que tenemos, pero nos ha dado un mundo imperfecto porque es el real y no ha reparado en que quizá, para nosotros, no sea la mejor opción.

En resumen, en ambos casos contemplados la conclusión más clara es que Dios es bueno. La diferencia entre ambos son los motivos por los que se le considera así. En el primer caso, es bueno porque pretende protegernos y cuidar de nosotros. En el segundo caso, es bueno porque nos da la verdad. Que nos dé la verdad implica que no solo posee bondad, sino también sinceridad. De este modo, siguiendo el razonamiento de que este ente debe ser lo más perfecto, ser sincero y bondadoso es más perfecto que ser sencillamente bondadoso. Por ende, podríamos afirmar que Dios nos está dando la verdad porque eso lo haría todavía más perfecto.

No obstante, tras esta conclusión, no creemos la discusión cerrada. En nuestra opinión, el concepto de Dios es increíblemente complejo y difícil de abordar. Hemos obtenido una solución en cierto modo provisional, hasta donde nos ha llevado nuestra reflexión. Sin embargo, somos perfectamente conscientes de que una reflexión más profunda podría llevar a conclusiones distintas, pues sobre este tema solo es posible teorizar. Asimismo, no solo dejamos esta pregunta abierta a futura reflexión, sino que también ponemos en duda algo igual de relevante: ¿podemos estar seguros, en realidad, de la existencia de Dios?

 

 

Pablo Lavilla y Ángela Marco

martes, 31 de enero de 2023

Educación plena

A la filosofía se puede llegar de muchas maneras. También, a través de los cuentos y relatos de ficción. Quizá fuera una de aquellas historias que nuestro padre nos contaba en la niñez de la manta, cuando el mundo de las cosas apenas se distinguía de los lugares imaginados. Quizá fuera un relato de Borges, o de Casares, o de Poe, lo que nos sumergió en las reflexiones sobre el tiempo, o el instante, o la muerte. O quizá fueran Las mil y una noches, cualquiera de ellas, que ya presentíamos antes de leer sus páginas.

Aquí podéis leer mi artículo para El Imparcial.


lunes, 23 de enero de 2023

Ganadores que perdieron

También la vida está hecha de momentos para el gozo y la perdición. Momentos en los que uno se pierde, hasta olvidarse incluso de sí mismo y de cuanto le rodea, en un sobresalto vital que, abrupta pero deliciosamente, nos instala a la espalda de las cosas, dejándolas de lado, desposeyéndolas de porvenir y de la obligada obediencia a tener que usarlas.

Aquí podéis leer mi artículo para El Imparcial.



domingo, 22 de enero de 2023

Entre risas y vinos

En sociedades construidas sobre los pilares del éxito y la conquista, de la competitividad y la marca, cuando apenas los sueños nos dejan escuchar otras voces que no sean ¡has llegado! o ¡lo has conseguido!, entre risas y vinos, un grupo de amigos discutíamos si llevan razón quienes creen que somos proyecto. ¿Verdaderamente tenemos que mirar hacia delante o, en un esfuerzo de sublime renuncia, podemos soltarnos hasta ir a la deriva? Ir la deriva, sin llegar ni objetivar. Hacer de ella casa, quizá el origen de poetas y vagabundos del saber.



«Los perdedores y los autodidactas siempre saben mucho más que los ganadores. Si quieres ganar, tienes que concentrarte en un solo objetivo, y más te vale no perder tiempo en saber más: el placer de la erudición está reservado a los perdedores.» (Umberto Eco)

jueves, 19 de enero de 2023

Ángeles

El mal se presenta de tantas maneras que a veces es difícil descubrir los ángeles que nos rodean. Y cuando estos aparecen, como la luz del sol al prisionero, deslumbran nuestros ojos que no están habituados. Y nos los frotamos, y siguen ahí mientras seguimos frotándolos. Pero cuando alguien descubre a un ángel, a este hay que cuidarlo, y cuidarse de que esté bien, sin atosigarlo, no vaya a molestarse. Ángeles los hay sobre las ventanas, o los tejados de quienes más duermen, en los sueños de los niños, o en los museos de las noches iluminadas. Los hay también en quienes nos rodean, aunque muchos no lo saben y se pavonean de lo que en verdad son defectos. Los hay solitarios y que prefieren las multitudes, gráciles y toscos, esbeltos y diminutos. Los hay bellos y feos, aunque para la gran mayoría pasan desapercibidos. Ángeles hay en las grandes ciudades, pero también en la oscuridad de los pueblos más helados.



Ángel es un compañero que de pronto te da la mano, o te susurra al oído lo que hizo el último domingo. Es quien te confía el penúltimo secreto, y espera que tú lo recibas con el abrazo de siempre. Ángel es también el profesor que ve al alumno desvalido, desorientado, y abandona su rutina para tenderle su mano. Y el que ama a sus pupilos para desnudar ante ellos el libro de las mil vidas, y los alumnos ríen, y él con ellos. Ángel es la persona que calla y espera que las palabras sigan su curso, incluso atropelladas, o amotinadas, hasta que los gritos dejan de oírse porque el tiempo se los ha llevado. Ángel es quien no espera nada, ni del rico su limosna ni del pobre su riqueza. Ángel es quien siempre mira de frente, aunque sea para decirte que no te va a mirar. Y te pregunta si le puedes acompañar, o cruzar un puente, o volar juntos hasta disolveros en las estrellas. Es quien te pone ante el misterio de las cosas, de las pequeñas y de las grandes, y te recuerda lo poco que somos, o lo mucho que aprendimos pero que ahora no vale de nada.

A veces, solo a veces, un ángel te mira, y te implora.

martes, 17 de enero de 2023

La luciérnaga y el sol

En un pueblo lejano había una luciérnaga especialmente luminosa. Destacaba sobre las demás a quien las comparaba, y en la noche era capaz de hacer el día y devolver a las cosas su color.

Todo el pueblo estaba tan agradecido, que hicieron una fuente de piedra en su honor en el centro de la plaza.

Mientras, la luciérnaga, acostumbrada a dar luz a su paso, vivía ajena a las ocupaciones y preocupaciones de sus gentes.

Pero un día la luciérnaga se fue del pueblo, dejando a la noche huérfana y a sus habitantes bajo un cielo profundamente gris. Y se fue con la naturalidad con la que viene la luz.


Hastiados de vivir sin luz, el poeta, el agricultor y el niño del pueblo decidieron consultar al gran sabio por si este podía conocer el paradero del coleóptero y hacerlo volver.

Al escuchar sus plegarias, el sabio les preguntó:

- ¿Qué echáis tanto de menos que ya solo la buscáis a ella?

Y el poeta replicó: - tan bellas formas y figuras, con sus colores y relieves, que así inspiran mis poemas y a mi naturaleza.

A lo que añadió el agricultor: - y el vigor y maduración de los frutos, visibles a la luz de la luna, incluso en los días de lluvia y tormenta.



El sabio, al observar que el niño no decía nada y permanecía mudo, se dirigió a él:

- Y tú, niño. ¿Qué echas tanto de menos que vienes hasta mí?

- ¡Qué ya no puedo soñar! ¡La luz interior!, es lo que se me ha llevado.


En ese momento el sabio comprendió, y dirigiéndose al niño, en voz alta, replicó:

- ¿Acaso viste a la luciérnaga lamentarse de perder su luz cuando sale el sol?