¿DE QUÉ COLOR TIENES LOS OJOS?
Gato con ojos de colores en Van.
A veces la realidad exige que preguntemos de nuevo, que afinemos la pregunta, que incluso modifiquemos la forma de preguntar. Saber preguntar es tan importante como saber responder.
Filosofía, cultura y educación
¿DE QUÉ COLOR TIENES LOS OJOS?
Gato con ojos de colores en Van.
A veces la realidad exige que preguntemos de nuevo, que afinemos la pregunta, que incluso modifiquemos la forma de preguntar. Saber preguntar es tan importante como saber responder.
Comparto este hermoso poema de una de mis antiguas alumnas, allí donde estaba ella la clase se llenaba de libretas y cuadernos negros, y de lápices nerviosos.
Errores perfectos 16oct2026 3:35am
Si ya me cansé de la incoherencia
de contradicciones eternas
que en mi corazón ya no cabe paciencia
tan solo vivir sufriendo las consecuencias,
con la brisa efímera de los impulsos
vivo en la tormenta de crisis y sustos
a veces solo hay que darse un respiro
para que la determinación salve a tu Ser íntimo.
Quiero secarte los ojos,
quiero, por una vez, aplastarlos contra el suelo
que sientas tus tripas arder
al ver que tu mundo de ideales se cae
se corrompe, se oscurece
y por favor no lagrimees, esta masacre es por tu bien.
Mira hacia dentro, más allá de las carnes y huesos
danza con tus miedos, con las ilusiones rotas como espejos parejos,
hoy siento que algo quiebra por dentro
siento una tensión recorrer mi cuerpo entero
la ira ya araña por salir
puños cerrados, venas carmesí
tu puto corazón ingrato
no siente que me derrumbo por estar a tu lado.
Camina, vamos, camina,
busca la ventana, busca la luz del día
mi ira saliva, mi mente aturdida,
la masacre de la oscuridad roza mis nervios
los antiguos, los remanentes del pico del infierno
los que recuerdan el fuego propagarse
acabando con el llorica llamado cobarde.
Ahora vago por los prados secos
extiendo mis manos y no las encuentro
dime para qué vivir con prisa
con miedo a mostrar tu imperfecta sonrisa
si al final la sangre se diluye con el cielo
al final, tu coraza se acaba deshaciendo.
Laura Serban
Cuando uno puede
pasear por el mundo y quedar vacante para que aquellos pensamientos que antes
punzaban se desenganchen y quedes libre de ellos, los días se hacen más amables
y los caminos más transitables. El sol luce con nueva alegría y las nubes ya no
amenazan como antes. Es la fiesta de quien vive sintiendo el placer de vivir.
¿Para qué más o por qué menos?
Hay muchas maneras de caminar, todo tipo de caminantes, y todos han necesitado del coraje para iniciar la marcha. Ponerse a caminar es el primer acto de humildad, en tanto que por el camino salimos de nosotros mismos. Es la primera estación que abandonamos, el yo con sus habladurías. Y así es como «en camino» luego podemos vivir. Sobre esto, y otras ideas, escribo en dos artículos que espero saldrán publicados en el próximo invierno.
Quien vive siendo impulsado -como el escritor, que lo anima un impulso secreto de creación y transformación- vive ajeno a cualquier forma de paraíso. Le divierten o entretienen, en todo caso. Juega con ellos como elementos de su imaginación. Quien vive, sin embargo, siendo expulsado -como cualquiera que se pasee por el mundo sintiéndose rechazado o apartado- se aferra al paraíso como el que busca sujetarse a una pared para no caer y estamparse contra el suelo ("paraíso" es una traducción del persa de paradaesa, jardín cercado).
Pero lo que
muchas veces no sabe quien vive cayéndose es que el paraíso al que con tanta
fuerza se aferra es mera pared, hueco en el vacío, exterior sin interioridad,
abrigo que desnuda.
"Escribimos para vencer la brevedad
de la vida, para dialogar con los muertos y para regalarle un refugio al lector
del futuro que se sienta tan solo como nosotros" (Orhan Pamuk, Discurso de
aceptación Premio Nobel de Literatura: La maleta de mi padre)
El camino enseña lo que pasa cuando no marchamos a caminar. ¿Por qué seguir instalados cuando podríamos soltarnos? ¿En qué relato se habla de que la vida va de llegar a tiempo? ¿Qué nos retiene a pisar la tierra o a escuchar su canto? ¿Por qué renunciar a la luz de nuestra existencia? ¿Qué capricho es ese que nos apoltrona en sillones, grandes y pequeños, fluorescentes o chiquitos, para seguir fabricando la ilusión de que somos algo? ¿Por qué no marchar, de vez en cuando, al sendero de los que solo caminan y permitirnos un instante de eternidad?
Publicado en El Imparcial:
Mientras el mundo adulto centra el
debate social en si la inteligencia artificial constituye una fuente de
oportunidades o de amenazas para la humanidad, las nuevas oleadas de jóvenes y
adolescentes incorporan a su vida las nuevas aplicaciones con la misma
naturalidad con la que el hombre prehistórico hacía uso del fuego o el moderno,
de la imprenta. Para los neófitos el debate no es si es o no bueno para la
humanidad el desarrollo de la inteligencia artificial, sino qué modelo de
inteligencia utilizar para llevar a cabo las tareas que se les encomiendan. Y
es una realidad que se están habituando a no pensar, a no mirar, a no aprender
vocabulario y con ello a simplificar el mundo, sin que les importe un pepino
que esto ocurra, porque tampoco tienen vocabulario para conformarse un sentido
moral de la vida.
Se acomodan al ventajoso plan vitalicio
de no tener que esforzarse para hacer casi nada, haciendo de las nuevas
inteligencias artificiales un paliativo para lo que ellos consideran una tarea
fastidiosa propia de los pringados, esos que todavía se empeñan en conservar su
humanidad exigiéndose el tedioso esfuerzo de escribir correos electrónicos,
responder a citas de amor de pretendientes anónimos, o defender una tesis
doctoral en la Conchinchina. Los nuevos neófitos aseguran que pueden vivir
exactamente igual si hacen uso de su menguante inteligencia que si se apoyan en
el smartphone que llevan en sus bolsillos. Contraviniendo al bueno del
Principito, se suman a la opinión del tramposo vendedor de que más vale
consumir la píldora que te ahorra ir a beber agua que experimentar la delicia
del camino para llegar a la fuente.
Y conforme avanza esta oleada de nuevos
«superhombres» –esos que auguró Nietzsche cuando entendió que el tiempo lo
hacen, precisamente, quienes no son educados en él-, ríos de tinta
fluyen en el mundo adulto centrando el debate social en si la inteligencia
artificial constituye una fuente de oportunidades o de amenazas para la
humanidad. Pero lo centran vanidosamente, como si en nuestra mano estuviera
decidir el horizonte hacia el cual cabalgar y marcar algo así como unos «objetivos
de época». Algunos optimistas, otros alarmistas, se sitúan todos ellos desde el
punto de vista del que se plantea sujetarse a la cuerda descubriendo luego que
esta no se sujetaba a nada.
Hay una sentencia de Stanislaw Lem,
autor de Solaris, que merece aquí especial atención: “El hombre, al
contrario de lo que aparenta, no se inventa objetivos. Se los impone la época
en que nació, puede estar a su servicio, o bien rebelarse contra ellos, pero
tanto el objeto de la entrega como el de la rebelión vienen dados desde fuera”.
Por ello, frente a los nuevos adeptos
que se entregan acríticamente al credo de la época, permaneciendo ciegos al
origen de aquello en lo que creen y sin mirar más allá de la punta de su nariz;
y frente a los ilusos incrédulos, que, victoriosos o alarmados, temen no estar
a la altura de su tiempo mientras lo cuestionan sin cesar, conviene posar la
mirada en este hecho elemental en el que repara Lem y preguntarnos, en un
alarde de libertad, si realmente queremos otorgar a los objetivos de la
época el peso suficiente como para convertirlos en objeto de adopción o de rebelión.
Y, si no lo queremos realmente, si no es preferible continuar pensando en lugar
de perdernos con tanta filigrana y artificio, no vaya a ser que el pensamiento
nos ponga, de nuevo, en camino de ser.
Comparto este artículo de opinión que me publica El Imparcial, a propósito de los resultados recientes del informe PISA.