Publicado en El Imparcial:
Mientras el mundo adulto centra el
debate social en si la inteligencia artificial constituye una fuente de
oportunidades o de amenazas para la humanidad, las nuevas oleadas de jóvenes y
adolescentes incorporan a su vida las nuevas aplicaciones con la misma
naturalidad con la que el hombre prehistórico hacía uso del fuego o el moderno,
de la imprenta. Para los neófitos el debate no es si es o no bueno para la
humanidad el desarrollo de la inteligencia artificial, sino qué modelo de
inteligencia utilizar para llevar a cabo las tareas que se les encomiendan. Y
es una realidad que se están habituando a no pensar, a no mirar, a no aprender
vocabulario y con ello a simplificar el mundo, sin que les importe un pepino
que esto ocurra, porque tampoco tienen vocabulario para conformarse un sentido
moral de la vida.
Se acomodan al ventajoso plan vitalicio
de no tener que esforzarse para hacer casi nada, haciendo de las nuevas
inteligencias artificiales un paliativo para lo que ellos consideran una tarea
fastidiosa propia de los pringados, esos que todavía se empeñan en conservar su
humanidad exigiéndose el tedioso esfuerzo de escribir correos electrónicos,
responder a citas de amor de pretendientes anónimos, o defender una tesis
doctoral en la Conchinchina. Los nuevos neófitos aseguran que pueden vivir
exactamente igual si hacen uso de su menguante inteligencia que si se apoyan en
el smartphone que llevan en sus bolsillos. Contraviniendo al bueno del
Principito, se suman a la opinión del tramposo vendedor de que más vale
consumir la píldora que te ahorra ir a beber agua que experimentar la delicia
del camino para llegar a la fuente.
Y conforme avanza esta oleada de nuevos
«superhombres» –esos que auguró Nietzsche cuando entendió que el tiempo lo
hacen, precisamente, quienes no son educados en él-, ríos de tinta
fluyen en el mundo adulto centrando el debate social en si la inteligencia
artificial constituye una fuente de oportunidades o de amenazas para la
humanidad. Pero lo centran vanidosamente, como si en nuestra mano estuviera
decidir el horizonte hacia el cual cabalgar y marcar algo así como unos «objetivos
de época». Algunos optimistas, otros alarmistas, se sitúan todos ellos desde el
punto de vista del que se plantea sujetarse a la cuerda descubriendo luego que
esta no se sujetaba a nada.
Hay una sentencia de Stanislaw Lem,
autor de Solaris, que merece aquí especial atención: “El hombre, al
contrario de lo que aparenta, no se inventa objetivos. Se los impone la época
en que nació, puede estar a su servicio, o bien rebelarse contra ellos, pero
tanto el objeto de la entrega como el de la rebelión vienen dados desde fuera”.
Por ello, frente a los nuevos adeptos
que se entregan acríticamente al credo de la época, permaneciendo ciegos al
origen de aquello en lo que creen y sin mirar más allá de la punta de su nariz;
y frente a los ilusos incrédulos, que, victoriosos o alarmados, temen no estar
a la altura de su tiempo mientras lo cuestionan sin cesar, conviene posar la
mirada en este hecho elemental en el que repara Lem y preguntarnos, en un
alarde de libertad, si realmente queremos otorgar a los objetivos de la
época el peso suficiente como para convertirlos en objeto de adopción o de rebelión.
Y, si no lo queremos realmente, si no es preferible continuar pensando en lugar
de perdernos con tanta filigrana y artificio, no vaya a ser que el pensamiento
nos ponga, de nuevo, en camino de ser.






