domingo, 25 de septiembre de 2022

¿Qué es poesía?

Uno de los trabajos de carrera más estimulantes que recuerdo lo realicé para las clases de Estética que impartía en Salamanca nuestro querido José Luis Molinuevo, que luego además fue mi director de tesis. Fue un trabajo sobre la otredad, con lecturas de Octavio Paz, y alguna que otra divagación psicoanalítica del cine que, con mi padre –psicoanalista de profesión-, entonces estaba descubriendo de Robert Aldrich, Milos Forman, Luis Buñuel, Kubrick, y algunos personajes como Travis de Taxi Driver o Marnie, de Marnie, la ladrona. Fue un trabajo –lo recuerdo muy bien- que me llevó luego a seguir leyendo sobre el origen del arte y, más concretamente, sobre la difícil cuestión de la autoría y la responsabilidad del autor en la obra. ¿Hasta qué punto es responsable el creador de lo que crea? ¿Qué papel juega la subjetividad en el proceso creador? ¿Qué elementos de la biografía intervienen en el fenómeno poético-visionario? ¿A partir de qué momento termina la yoidad, o voluntad, y comienza la otredad? Fueron ya preguntas que se instalaron en mi porvenir de joven filósofo.



Y el caso es que ahora, cuando va a cumplir setenta y dos años, mi padre me (nos) regala este poema que, como el demonio de la mitología, hace referencia a un ser misterioso, a cuya esencia forma parte el saber hablar. Pero se trata de una comunicación que, como decía otro visionario, no precisa ni de una lengua materna ni de un vocabulario –más aún, apenas necesita del sonido articulado. “Pudo ser un lenguaje del cual se ha conservado un eco en la música” –Jünger.

Dice el poema que la poesía es como aquello. La poesía es la otra lengua. La siempre otra.

Con un abrazo,

Más o menos, (Miguel Porcel, 19 de septiembre de 2022)

sábado, 24 de septiembre de 2022

El joven que quiso aprender lo que era el miedo

A los hermanos Grimm se les conoce por cuentos como Caperucita Roja, Hänsel y Gretel, La Cenicienta, Pulgarcito, Los músicos de Bremen, El sastrecillo valiente, y tantos otros que llenaron nuestra infancia en aquellas largas noches de colegio. Y es interesante el modo como en otros muchos de sus relatos, la mayoría desconocidos –pienso ahora en La niña de María, El fiel Juan, Hermanito y hermanita, Los tres hombrecillos del bosque…-, trata temas muy presentes en la filosofía y el pensamiento de la época, como las tensiones entre el amor y el odio –como fuerzas cosmológicas, pero también psicológicas-, el papel combativo de virtudes como el valor y la curiosidad frente a la adversidad, o el valor de la amistad y la lealtad como vínculos que sobreviven a los poderes presentes corroyentes. Es muy interesante el modo como los hermanos Grimm plantean lo que en su tiempo, y antes que ellos, otros filósofos estaban tematizando con arduas y sesudas teorías sobre el ser humano y las emociones.

Todavía no ha llegado el segundo tomo, pero ha habido un cuento, o más precisamente, un fragmento que me ha llamado especialmente la atención. Es un cuento titulado Cuento del que fue a aprender lo que era el miedo. Trata de un hijo que, debido a una estupidez natural, y que a los ojos de su padre era minusvalorado frente a su hermano mayor, no podía comprender ni aprender nada. Sin embargo, y he aquí lo genial del cuento, este joven algo testarudo y falto de luces, por un afán natural de aprender a sentir el miedo –pues no podía hacerse una idea de lo que significaba la expresión “se me ponen los pelos de punta”-, termina envuelto en una situación por la que acaba viviendo en sus carnes el secreto del dolor, y del amor. De alguna manera, este joven personaje, por el que nadie daba un duro, descubre en él mismo lo que otros en una vida llena de sesudas y arduas reflexiones nunca llegaron a comprender:



“Ése es el problema del protagonista del Cuento del que fue a aprender lo que era el miedo, un muchacho al que todo le da igual porque desconoce lo que es el miedo. Hasta que termina casándose con una princesa, y ésta, con ayuda de una de sus doncellas, le arroja por encima un balde lleno de agua y de pececillos, que al moverse sobre su cuerpo le hacen temblar por primera vez. Una cama empapada, un mundo de aletas y colas, escalofríos, una novia que quiere jugar… Sea lo que sea lo que significa todo eso, es indudable que tiene que ver con el amor. Por eso tiembla, porque no sabe lo que le pasa ni lo que tiene que hacer, que es lo que suele sucedernos cuando descubrimos que amamos a alguien.” (Gustavo Martín Garzo)

viernes, 23 de septiembre de 2022

Sueños

Una de las noches más deliciosas es aquella en la que las palabras se amontonan en lo inconsciente, cuando la consciencia baja la guardia, y de ellas aparecen sueños formados, que si de soles que aparecen en la noche, o de lunas que bajan a la tierra y puedes pasear en ellas. La noche es tiempo de descanso, de somnolencia, cuando los párpados caen y la vigilia se cierra con intermitencia. Pero es también tiempo de sedimentación, de generación, y de luz que no se puede clausurar. Así de clarividente era Victoria Cirlot en una entrevista que le hice sobre el asunto, publicada íntegramente la Revista Ábaco Nº 108/109, y que ahora ocuparán mis clases de Psicología:

P. Hablemos ahora de otro de los grandes misterios: los sueños. La luz del sueño es de una intensidad diferente a la luz de la vigilia. Es, además, una luz que no podemos apagar. Si la luz de la razón aporta inteligibilidad, ¿qué aporta la luz del sueño?

R. Estupenda la metáfora de la luz para entender lo que es el conocimiento. Siempre ha habido, y hay, conflicto de luces. Me vuelvo a referir al mito del grial. Cuando Chrétien de Troyes imaginó a su protagonista, Perceval, delante del cortejo del grial, lo sometió a un conflicto de luces: por un lado, los candelabros con las velas que iluminaban con gran intensidad la sala, pero por otro, el grial, que cuando apareció sostenido por una doncella hizo palidecer la luz de las velas, tanta era la claridad que arrojaba. Una luz natural se opone aquí a una luz sobrenatural. También existe una luz de la razón que puede oponerse a la luz del sueño, el reino en que la razón está suspendida. Para responder a su pregunta, diría que la luz del sueño también aporta conocimiento, como la de la razón, pero se trata de un conocimiento diferente, que tiene que ver con el sentimiento y las emociones.

P. Del sueño podría aplicarse aquello que dijo Epicuro de nuestra relación con la muerte: Mientras el sueño está presente yo no soy, y cuando yo estoy presente el sueño no es. Sin embargo, como la realidad de la muerte, el sueño nos afecta, nos incumbe, hasta el punto de llegar a elaborar todo tipo de filosofías sobre él, o utilizarlo como fuente de conocimiento –por ejemplo, en la técnica psicoanalítica-. ¿Cómo explica el hecho paradójico de que el sueño no vaya con nosotros y, al mismo tiempo, que nos afecte hasta el punto de querer asimilarlo a nuestras vidas?

R. Habría que añadir que cuando yo estoy presente el sueño no es, "pero lo recuerdo". Quiero decir que aunque en realidad no soy “yo” quien sueña, sino el sueño quien me sueña a mí (como se dice en lengua alemana), queda la memoria. La vida onírica puede dejar en muchas ocasiones una profunda huella en la vida de vigilia, y no resulta extremadamente difícil lanzar los puentes entre una vida y otra. Integrar la vida onírica en la vida de vigilia ensancha la realidad. En la vida onírica vemos otros mundos, todos los elementos de la llamada realidad son combinados de otra forma (como en un collage) y, sobre todo, sentimos de otra manera, a veces con una intensidad desconocida en la vida diurna. Mi padre, Juan Eduardo Cirlot, le confesaba a André Breton en una carta que en los sueños amaba de un modo mucho más intenso que en la vida real. Pero quizás lo más interesante de todo sea adoptar la mirada onírica en la vida despierta, esa que, como decíamos antes con Louis Aragon, tiñe el mundo de color salmón. Giorgio de Chirico llamó ‘metafísica’ a esa mirada que ve la realidad, incluso la más banal, envuelta en el misterio.



sábado, 17 de septiembre de 2022

Invitación a los hermanos Grimm

Una delicia el prólogo a los Cuentos completos de los hermanos Grimm que hace Gustavo Martín Garzo. Dibuja la esencia de la narración, de la búsqueda y el deseo.


"Sea lo que sea lo que significa todo eso, es indudable que tiene que ver con el amor. Por eso tiembla, porque no sabe lo que le pasa ni lo que tiene que hacer, que es lo que suele sucedernos cuando descubrimos que amamos a alguien. Eso es un personaje de cuento, alguien que tiembla. Y los personajes de los cuentos de los hermanos Grimm lo hacen sin parar. También de frío, de miedo, de placer, de pena. Pero ¿acaso es posible otra cosa? No, porque la vida es deseo, y los deseos nos llevan al encuentro con los demás, incluidos los miembros de las otras especies; y por eso nos exponen, pues nos enfrentan a lo incierto y lo desconocido de la vida y el mundo. Puede que nuestra razón no tenga mucho que decir, por ejemplo, sobre el deseo, tan antiguo como el pecado original, de comprender mágicamente la lengua de los animales, pero los cuentos empiezan justo donde nuestra razón se detiene. Por eso son tan necesarios. Nos enseñan que la vida está llena de reinos con los que el hombre ha roto sus relaciones y que debemos explorar."


lunes, 29 de agosto de 2022

Nuevo curso. Vida nueva

El nuevo curso escolar se avecina como los nacimientos, con la pereza de quien ha vivido un tiempo largo de sol y playa, pero con la ilusión temblorosa de quien no sabe con qué va a encontrarse. Y es que no hay curso que sea viejo ni novedad que no se dé en curso. Desde que andamos en esto de la enseñanza –aventura y búsqueda desde su inicio- no ha habido curso que no haya encontrado su impronta, o estilo, por novedoso. Cada uno de los dieciocho que llenan mi carrera profesional ha ido recorrido por un hilo que casi se ha formado al principio y terminado al final. Un hilo con el que se han tejido las ramas que luego compondrán hojas, ramillas y árbol entero. Ese hilo a veces lo ha compuesto un grupo singular de alumnos, del que comenzamos asumiendo su tutoría y acabamos tan entremezclados con sus vidas que salimos del curso con más amigos de los que entramos. Otras veces el hilo se ha caracterizado por alguna de tantas novedades legislativas que sacuden nuestra educación y entonces, desde el comienzo, y todos los profesores a una, nos llenamos de tropezones y trompicones para plantear cualquier iniciativa o saber qué decidir en las reuniones. Hay años en los que uno ha tenido que estrenarse como Jefe de Estudios, los más desafortunados, por decreto de Inspección –con eso de que está en la función pública atender cuantas necesidades requieran los centros-, y ya se sabe que el veranito, en lugar de ser de amigos y playa, lo será de deberes e informes, como cuando de críos arrastrábamos alguna asignatura y con el Libro gordo de Petete o el de Santillana nos marcaban un horario veraniego de repaso.



También hay cursos en los que al comienzo, muy al comienzo, ocurre algo, diríamos que insólito, sorpresivo, increíble. Quizá el comportamiento extraño de algún adolescente, de esos que desbaratan cualquier tentativa de comprensión de los equipos orientadores, o una idea genial de algún lumbrera, fuera de tiempo, propio de aventajados, que aviva nuestro cuerpo neuronal y ya hay materia de reflexión para el resto del curso. O quizá al poco se presenta un compañero o compañera de trabajo de una categoría moral excepcional, que rebosa generosidad por su brillo empático e intelectual y sabes que ganarás el curso si logras su amistad. Sí, los amigos de la verdad son los mejores compañeros.

El caso es que el nuevo curso es siempre aventura, tejimiento y crecimiento, para profesores, equipos, padres y alumnos. Y ahora, mientras damos los últimos coletazos de diversión y nos zambullimos buscando los últimos restos de verano, todos y a una nos preparamos para ver qué nos deparará eso que, de inicio, llamamos nuevo curso escolar.

jueves, 25 de agosto de 2022

Suelos movedizos

Sigue siendo válida la tesis que a comienzos de siglo enunciara el norcoreano Byung-Chul Han en su ya célebre La sociedad del cansancio. Recuerdo que cuando leí la traducción que llegó a España enseguida lo recomendé a colegas y amigos por la claridad y lucidez de sus palabras. Es verdad que tiene algo de producto comercial, de panfleto político (apenas son cuarenta páginas), pero sin duda dice algo que, desde entonces, se ha agudizado en nuestras sociedades hiperconsumistas: el trabajador de hoy quiere trabajar más, y más concienzudamente. Como sin pretenderlo se ha convertido él mismo en el verdadero sujeto de rendimiento decidido a explotarse a sí mismo. La explotación del trabajador que tan bien clarificó Marx se traduce ahora en autoexigencia y autoexplotación. En muchas ocasiones, es uno mismo quien se impone los niveles tan altos de exigencia a los que estamos habituados.



Lo llamativo del asunto no es que se produzca, sino el hecho de que sea extensible a todos los ámbitos de la vida. También el tiempo de ocio se ve afectado por esta autoexigencia de rendimiento, como tan bien refleja la nueva oleada de publicaciones que, desde la crítica social –muy recomendable Esperando a los robots, del sociólogo francés Antonio A. Casilli-, pone en evidencia el engaño que hay detrás de formas aparentes de ocio consistentes en entrenar y regular concienzudamente las inteligencias artificiales que invaden nuestro espacio, y ofrece una mirada crítica de la realidad que se esconde bajo la máscara de la libertad de uso y consumo de los productos digitales: la explotación que se imponen miles de personas con sueldos de subsistencia -cuando los hay-, y sometidos a la gestión algorítmica de las plataformas. En este contexto, también labores vocacionales como la enseñanza, que se les supone impregnadas de aventura, riesgo y deseo, están siendo más dictadas por verdaderos burócratas y gestores del conocimiento, reducidos a información y conducidos por canales que se ajustan a los nuevos lenguajes algorítmicos. Cada vez veo más en el panorama que a comienzos de siglo dibujaba Byung-Chul Han suelo movedizo que nos va engullendo sin pretenderlo.


Una invitación: resiliencia e innovación

Muy interesante el nuevo número de la Revista Ábaco donde colaboramos reflexionando sobre los desafíos éticos en la era digital, a propósito del último libro de la colección joven Nandibú Zeta: ¿En qué piensan los robots? Disponible en versión digital o impresa.