miércoles, 19 de mayo de 2010

Los pájaros

Me ha gustado mucho el poema que aquí nos deja nuestro colaborador ocasional Miguel Porcel. Su lectura me ha recordado enseguida al sueño autobiográfico de Ingmar Bergman en Fresas salvajes, en el que el personaje Isak se ve a sí mismo en un ataúd: verse ahí fuera, desdoblado, en observador y observado, es la única forma de percibir, de vivenciar la propia muerte. La escena me sugiere al mismo tiempo un retorno a lo primigenio, donde la niñez y la senectud se confunden, casi se identifican y desaparecen como tales: "Era una figura diminuta. Parecía un niño. ¿Una mujer?, dudé. O, tal vez, era un viejo, muy viejo."
En este sentido, el poema me recuerda también a algo que leí de Goethe y que decía algo así como que no hay mayor dicha que la de volver en el final de tus días a revivir el comienzo de tu vida. No se trata de vivir del pasado (de vivir en la nostalgia), sino de revivir nuestro pasado, hasta el punto que la propia historia desaparece reviviéndose ese instante de bienvenida a la vida...Así, la inocencia de la escena que aquí se describe la podría vivir tanto un niño -sin historia todavía y por ello sin nada que recordar-, como un viejo, muy viejo -con su historia ya acabada, pero por eso mismo sin tiempo ya para convertirlo en historia, en recuerdo-. En fin....disfrútenlo:


Los pájaros
Alrededor había pájaros.
Los vi, picoteando, mirando arriba, abajo.
También había alguien echándoles migas de pan.
Era una figura diminuta.
Parecía un niño.
¿Una mujer?, dudé.
O, tal vez, era un viejo, muy viejo.
Miré bien: nada de eso.
Era yo.
La figura diminuta que echaba pan a los pájaros era yo.
¿Qué hacía yo allí fuera?
El hombre diminuto no sería capaz, pensé,
de sentirse observado.
Yo, el verdadero yo, era el que miraba
no sólo a él, también miraba a los pájaros
y quien reconocía que la figura diminuta era yo.
¿Qué hago -pensé- reconociéndome ahí fuera?
¿Estás seguro de que te reconoces? Me pregunté.
Yo, que siempre entorno los ojos
cuando me miro al espejo.
Sin embargo, lo que veía,
los pájaros y la figura diminuta,
-que era yo-
era lo puramente real,
era puro porque era real.
Yo estaba mirando con los ojos bien abiertos,
con mis mejores ojos,
con mis ojos vivos.
Vi a los pájaros volar
en vuelos cortos.
Saltar.
Unos desaparecían, para mí es como si desaparecieran para siempre,
otros volvían y picoteaban de nuevo.
La figura diminuta, en un momento dado,
extendió las manos,
se sacudió las manos.
Se acabó el pan, deduje,
se acabó.
La figura diminuta se fue yendo,
despacio.
Y ya no quedaba nada de ella,
ya no quedaba nada de él.
Entonces no sólo vi a los pájaros,
también los oí cantar:
un canto largo y picudo como un alambre de espino.
Ahora, yo estoy solo,
mirando.
Yo ya no estaba fuera,
no.
Miguel Porcel,
28 de marzo de 2010

sábado, 8 de mayo de 2010

La vida fuera de sí

En la actualidad se practican medidas para evaluar y cuantificar casi todo. Todo se considera medible, cuantificable, incluso fenómenos íntimos como el dolor, la ira, el aprendizaje o la creatividad, que ya no escapan a esas técnicas programadas para categorizar, cuantificar y evaluar todo cuanto existe. ¿Qué es lo que hoy no se puede medir? Todo aquello que no pueda ser objetivado.....¿pero qué hay que no pueda serlo?
Desde luego parece que hay fenómenos que no pueden ser medidos sencillamente porque no admiten ningún tipo de gradación. Son los fenómenos que se producen o no se producen, que no admiten grados. Uno de éstos, que sería interesante considerar si de veras se pretendiera realizar un diagnóstico de nuestro tiempo, es el de la ensimismación. Entiendo por ensimismación la capacidad de recluirse el ser consigo mismo con el fin de iniciar un diálogo interior destinado a resolver alguna urgencia vital. Digo que sería interesante atender a esta capacidad para valorar nuestro presente porque sin ella no sería posible la realización de ningún tipo de actividad espiritual ni de ninguna forma de progreso:
Por eso, si el hombre goza de ese privilegio de libertarse transitoriamente de las cosas, y poder entrar y descansar en sí mismo, es porque con su esfuerzo, su trabajo y sus ideas ha logrado reobrar sobre las cosas, transformarlas y crear en su derredor un margen de seguridad siempre limitado, pero siempre o casi siempre en aumento. Esta creación específicamente humana es la técnica. Gracias a ella, y en la medida de su progreso, el hombre puede ensimismarse. Pero también, viceversa, el hombre es técnico, es capaz de modificar su contorno en el sentido de su conveniencia, porque aprovechó todo respiro que las cosas le dejaban para ensimismarse, para entrar dentro de sí y forjarse ideas sobre ese mundo, sobre esas cosas y su relación con ellas, para fraguarse un plan de ataque a las circunstancias; en suma, para construirse un mundo interior. (Ortega y Gasset, Ensimismamiento y alteración)
Lo contrario de la ensimismación es lo que llama el filósofo la alteración, que consiste justamente en vivir atendiendo únicamente a las demandas y llamadas procedentes del mundo exterior, de nuestro mundo circundante, que primigeniamente se manifiesta como fuente de deseos y peligros. El hombre que vive alterado vive en todo momento alerta, atento a lo que le puede deparar su mundo circundante, y entonces renuncia a toda forma de ensimismamiento que le pueda dejar indefenso ante las amenazas externas:
Casi todo el mundo está alterado, y en la alteración el hombre pierde su atributo más esencial: la posibilidad de meditar, de recogerse dentro de sí mismo para ponerse consigo mismo de acuerdo y precisarse qué es lo que cree y qué es lo que no cree; lo que de verdad estima y lo que de verdad detesta. La alteración le obnubila, le ciega, le obliga a actuar mecánicamente en un frenético sonambulismo. (Ortega y Gasset, Ensimismamiento y alteración)
Si fijáramos nuestra atención en los dos fenómenos descritos veríamos que un signo característico de nuestro tiempo no es sólo, como vaticinó el filósofo, que el hombre común vive fuera de sí mismo, alterado, sino que vive así porque su circunstancia se lo permite. La infinidad de artefactos que llenan nuestras vidas, lejos de demandar o incitarnos al ensimismamiento, lo adormecen, lo vuelven prescindible. El mundo científico y tecnológico que nos rodea se ha convertido para muchos en algo así como una segunda naturaleza que aporta todo lo necesario para vivir según ciertos deseos creados por ella misma y que, como consecuencia de ello, ya no invita a la reclusión interior para afrontar algún tipo de programa vital.
¿Tendría cabida la ensimismación en un mundo tecnológico que fuese capaz de regularse y preservarse por sí mismo?

domingo, 2 de mayo de 2010

Tierra de todos

Rodeándonos de infinto mar

acaricia mi rostro suave

un rayo de fuego amarillo

que atraviesa la oscuridad


La memoria como el olvido

borran el tiempo de todos,

cuando esa esperanza ilusa

se desvanece como un ayer


El corazón siente apagarse,

mas una música se acerca

que el viento impasible lleva

de un lugar invisible al ojo


En aquella música adivino

que mi muerte no es la tuya,

que lo íntimo yace siempre

donde la tierra da forma.


A mi madre,
2 de Mayo de 2010