sábado, 25 de noviembre de 2023

La silla rota

A veces, los objetos nos hablan, nos dicen cosas, a quien sabe escucharlos. Objetos fragmentados, rotos, frágiles, que nos recuerdan que la vida es demasiado valiosa como para malgastarla rompiendo sillas, o viéndolas romper. En este día tan señalado, Día de la eliminación de la violencia contra la mujer, comparto este microrrelato que nos regala Anni, alumna de 1º de Bachillerato. 

                                                                



                                                        LA SILLA ROTA

Ella se miraba en el espejo; sus dedos pasaban delicadamente sobre aquel círculo rojizo-morado que yacía en su mejilla.

-Solo fue esta vez - pensó, sin embargo una lágrima se resbaló justo por encima de la marca.

Unas manos bruscas la limpiaron con falsa delicadeza.

-Prometo que no volverá a pasar - habló abrazándola. Ella se quedó en sus brazos sin decir nada.

Una semana después la volvió a sujetar con más fuerza de la necesaria; luego rompió el plato en el que comía porque “esto está frío”, y al mes rompió una silla porque la hizo sentar de un manotazo.

En ese momento ella ya no tenía el pequeño círculo morado, de hecho ya era casi imperceptible, pero en su lugar estaban las marcas rojas de unos dedos en su brazo, tenía el labio roto y un moratón en sus costillas.

La silla se veía en el reflejo del espejo y eso hizo que un pensamiento resonara en su cabeza.

- Tengo que irme - esa tarde tomó una decisión difícil.

“No te puedes ir”, “¿Me dejarás solo?”, “ No volverá a pasar”. Esas frases invadieron su mente mientras guardaba con prisa sus cosas en una maleta; no tenía mucho tiempo, él volvería pronto. “No puedo vivir sin ti”. Esa última frase la hizo detenerse por un momento, pero entonces recordó aquella silla rota.

-¿Y si la próxima vez no es la silla y soy yo?

Decidida salió de allí con una maleta, un corazón hecho añicos y desilusión. Él llegó horas después con un peluche, la buscó por todas partes, pero ella ya no estaba. El peluche terminó destrozado junto a la silla.

¿Y ella? Ella buscó ayuda y ahora está feliz viviendo una nueva vida, una vida que creía que no existía. Todo, gracias a la silla rota.

 

Anni Roa (alumna de 1º de Bachillerato)

sábado, 18 de noviembre de 2023

Con o sin rodilleras

Que sí, que antes usábamos rodilleras, y camisas de cuadros que se adentraban bien en los pantalones de chándal. Otros tiempos. Años 90. Años de despreocupación, cuando no importaba la hora y no había pantallas que hechizaran. Daba igual porque no había relojes salvo el que marcara el sol o la entrada de la noche cuando jugábamos a “pillar 2”. Claro que no había ruido para todos y alguno siempre se quedaba fuera. Jefes y subjefes eran los que a lo sumo regían el orden de las “cabañetas”, cuando fumábamos con cerillas de paja, y nos tumbábamos sobre sacos y cuerdas al abrigo de lo demás. No había pantallas pero había refugios, eso sí. Diríamos que el mundo era demasiado grande como para no tener algo nuestro, en forma de intemperie, desviado del camino, y de las estrellas, lo suficiente como para reconocerlo solo nosotros. Ahí que íbamos, a celebrar que íbamos, aunque alguno se quedara sin ruido. Años 90. Principios. Con o sin rodilleras.


lunes, 13 de noviembre de 2023

Aves de ciudad

Estamos en esa extraña condición de «seres misteriosos», que vagan sin saber hacia dónde ni por qué. Estamos en esta cueva tan oscura, en la niebla más espesa, y solo alcanzamos a seguir la luz que al otro lado se divisa. ¿O no somos niños en un mundo creado a nuestra imagen y semejanza? ¿O no son las casas cabañas y las torres intentos de alcanzar el cielo? ¿Y las ciudades santuarios por donde vagar y refugiarnos? Ahí, en los callejones, es donde pensamos, y esperamos, y leemos. En los rincones de la ciudad, donde nadie nos advierte, precisamente porque hay ciudad. Se dice que las primeras ciudades se hicieron para honrar a los muertos, o para enterrarlos, ¿pero no será que así nos espantábamos a los espíritus? ¿No será que así nos escondíamos del hombre del saco o de quienes podían todavía hacernos daño? La ciudad es, también, lugar donde dormitar, y emboscarse, y replegarse, hasta decir abiertamente lo que uno piensa, sin temor a ser oído, pero para ser oído. ¿No es la ciudad lumbre en la oscuridad? ¿No es el Titanic luz en el silencio? Luz que va apagándose, pero que por lo mismo puede volver a encenderse. Este carácter de provisionalidad, de menesterosidad, de acompañamiento, no habría de dejarnos nunca. Habríamos de verlo en todas partes. Incluso en lo aparentemente más alejado, cerrado, eclipsado, abstracto. También en lo artificial, y precisamente más en ello.



Fotografía tomada por Clara Marta

viernes, 3 de noviembre de 2023

Vivir en la mentira

De nuevo, interesantísima la clase de hoy de Iniciación a la Filosofía, que me ha recordado una de las películas que con más devoción veía en los años noventa. ¿Qué película? Rashomon, de Akira Kurosawa. Tendría diecisiete o dieciocho años cuando me llamó la atención esa frase magistral de uno de los personajes que afirma aquello de que, más terrible que las catástrofes, accidentes, barbaries, crímenes e injusticias humanas, es el no poder confiar en los demás. ¿Por qué habríamos de confiar cuando nadie cuenta de veras la verdad? Hay que ver la película para comprender el sentido profundo de la idea... Pero también me ha sugerido que no es lo mismo mentir que "vivir en la mentira", y que Kant, el filósofo de la luz y de la ilustración, que con tanto apasionamiento explicamos en clase, no ve esta diferencia cuando condena la mentira como una violación del orden establecido por una moralidad burguesa. Vivir en la mentira es mucho más corrosivo y perjudicial que mentir, limitado siempre a un número de ocasiones, porque mientras que el daño de una mentira puede pagarse con el reconocimiento y el perdón, el daño de vivir en la mentira, la mayoría de las ocasiones, se paga con la vida, y entonces ya es demasiado tarde.