sábado, 28 de octubre de 2017

Verdad onírica

Escucho un fuerte ruido entrecortado. El ruido forma parte de mí. Soy ruido que está a punto de desaparecer. Comienzo a  distanciarme y veo que el ruido procede de mi televisor. Me distancio todavía más y compruebo, ya relajado, que procede de mi viejo televisor.

Así reza el sueño que tuve la pasada noche, y que rememora la intuición que ya tuviera Empédocles con aquello de las fuerzas de la Concordia y de la Discordia. Sí, como en el sueño, el ser recupera su individualidad por la distancia. El agua vuelve al agua, el aire al aire, y así con cada uno de los elementos. De aquella mezcla donde todo se confunde, por la distancia, gracias a ella, cada ente recupera su individualidad, vuelve a su ser, o su ser vuelve a él. Esta es precisamente la idea del sueño, sólo que, además, el sueño habla del sosiego de quien recupera su identidad. ¿Pero cómo podría ser de otro modo? Esta idea, que la distancia sosiega y pacifica es lo que andaba buscando para concluir mi trabajo sobre el exceso y la dispersión. Gracias, sueño.


Por turnos prevalecen en el curso del ciclo,
se amenguan mutuamente y se acrecientan por turno 
        prefijado,
pues sólo ellos son reales, mas en su mutuo recorrerse
se tornan hombres y especies de otros animales.
Unas veces por Amistad concurriendo en un solo orden del 
        mundo, 
otras por el contrario separados cada uno por su lado por la 
        inquina del Odio,
hasta que, en uno combinados, acabe por surgir en lo 
        profundo el todo.
De esta forma, en la medida en que lo uno está habituado a 
        nacer de lo múltiple
y en la medida en que, a su vez, al disociarse lo uno, lo 
        múltiple resulta,
en ese sentido nacen y no es perdurable su existencia.
Mas en la medida en que estos cambios incesantes jamás 
       llegan a su fin,
en ese sentido son por siempre inmutables en su ciclo.


Empédocles de Acragante, Acerca de la naturaleza

martes, 24 de octubre de 2017

...

HOMBRE QUE VUELVE TARDE A CASA


La luz roja del semáforo,

como un oeste eléctrico que lucha por sobrevivir a las nieblas impuras de la ciudad,

me guía a casa.

Atrás quedan las olas envolviendo a las sirenas,

y sus cantos que guardo,

tras el silencio amarillo de la cena,

me llevarán, dulces, al camino del sueño.



Miguel Porcel

23 DE OCTUBRE DE 2017

domingo, 22 de octubre de 2017

sábado, 21 de octubre de 2017

Sueño filosófico

Había rasgado las nubes y de ellas liberado fuerzas que debían permanecer contenidas. Un despliegue de coches y helicópteros policiales se lanza a mi captura por las calles de la ciudad.

Mi madre, sentada sobre la cama que me soporta, allí donde las sirenas y las hélices no pueden llegar, me pregunta: Hijo, ¿por qué lo has hecho? Con lágrimas en los ojos le confieso que no lo sé. Entonces, como habiendo escuchado mi confesión, los coches y helicópteros se disipan y desaparecen de la ciudad. Apesadumbrado, comprendo que ya jamás podré saber por qué lo hice.


Sueño de la pasada noche de Octubre

jueves, 12 de octubre de 2017

Palabras viejas

La última palabra debe ser la más vieja, la más sabia. Sí, también las palabras envejecen, solo que nunca mueren, y por eso rebrotan incansablemente y nunca terminan de anquilosarse. Pero la última, la que pongamos ahí delante, en el folio en blanco, en la frase inacabada, en la intuición naciente, debe ser la más vieja, la más sabia.

La filosofía, diría que el conocimiento todo, es camino, hecho a base de palabras, de vanos intentos por llegar a algún sitio, pero que, precisamente por ello, nos permiten seguir haciéndolo. Hay quienes mueren sin haber comenzado a andar. Los hay que dicen ser avezados caminantes y no han pasado de la máscara, o de la cáscara, como dirían los sabios Ludwig Wittgenstein o Guillem Martínez. Hay que olvidarse de ellas, que son trasiego, sombras de opiniones, vanos intentos de disimular el fruto. Hablemos con gravedad, hagamos camino, permitamos a esa palabra vieja, sabia, tener un lugar.

jueves, 5 de octubre de 2017

Deja que cada uno hable

Tarea del maestro es hacer confiable el conocimiento. Con mensajes alarmantes como "esto es muy difícil", "es imposible que entendáis nada", "te falta madurez", y un largo etcétera, no conseguiremos más que animadversión y recelo en nuestro auditorio. Como la diosa de Parménides, debemos invitar a nuestros alumnos a adentrarse en el mundo de las ideas, de los textos, de las emociones. Hay que invitarles, seducirles, tentar su curiosidad, que ya está ahí. Demasiado habituados están ya a toparse con barreras, límites y trampas. Tampoco la impaciencia es buena consejera. Otra condición para que acontezca la enseñanza como encuentro es la paciencia. La paciencia va a hacer que el alumno se abra a sí mismo, se decida a sí mismo. Decisión, es lo que a veces falta. Una escucha paciente puede liberar, redimir, curar al otro.

Demos entonces tiempo a nuestros alumnos, que demasiado lleno tienen ya el suyo con tanto tuit, whatsapp y "me gusta":

Deja que cada uno hable: tú no hables, porque tus palabras 
les quitan a los hombres su figura. 
Tu entusiasmo difumina sus fronteras: 
cuando tú hablas ellos ya no se conocen a sí mismos, sino que son tú. 

(Carl Hanser, El suplicio de las moscas)

domingo, 1 de octubre de 2017

Comunidades y redes sociales

Hay quienes todavía siguen pensando los fenómenos del siglo XXI con categorías del pasado. Y el problema no es pensar a destiempo los fenómenos, sino pretender que estos se ajusten a categorías caducas. Presiento que es el caso del fenómeno de los grupos y redes sociales, que ya no funcionan según los principios que hasta el presente han articulado las comunidades. Por definición, una red no contiene, sino que filtra, selecciona, y desecha. No podemos esperar de las redes sociales lo que hemos esperado de las comunidades. Las redes cazan, atrapan, se tejen, se hilan, se propagan, porque no encuentran resistencia. Nada se les resiste, pues enseguida encuentran acomodo en el «me gusta» o en los objetos digitales. Las redes están hechas del mismo material de lo que pretenden captar, de ahí que avancen sin limitación y no encuentren confrontación. Todo se acomoda a la vista, al registro, a la caza.

Por el contrario, las comunidades -científicas, filosóficas, religiosas, políticas- nacen de «lo otro», de lo extraño, de lo que confronta y por ello necesita ser afrontado. Lo asombroso, lo extraño, lo coactivo, nos sobrecoge, nos paraliza. Provoca una ruptura, una muerte en el discurso. La experiencia de extrañamiento nos hace tomar contacto con nosotros mismos. Sabemos que no somos eso. Sabemos que nos compete saber qué es eso. «Lo extraño» funda comunidades, frente a «lo dado», que forma redes y grupos sociales. Una comunidad es la respuesta a una necesidad de reunirse en vista de algo incomprensible o intolerable. De ahí que las comunidades contengan, reúnan, aglutinen, subyazcan a cualquier revolución. Por la comunidad nos encontramos, a diferencia de las redes por las que nos visitamos.  Los lazos que tejen la red social son muy distintos de los vínculos que nos unen a una comunidad. Los primeros igualan, mientras que los comunitarios reúnen. Estamos todo en lo mismo. Lo igual, a diferencia de lo mismo, no conoce diferencias. Cualquier punto es idéntico al resto. La parte se iguala al resto. En cambio, lo mismo admite diversidad. A lo mismo puede llegarse de diferentes maneras.

Una reflexión al hilo de La expulsión de lo distinto (Byung-Chul Han)