sábado, 11 de enero de 2020

¿Por qué fuimos los elegidos?

Es curioso que una de las preguntas que de niño más me repetía y que, sin remedio, me llevó a interesarme por la filosofía, sea ahora una de las preguntas de las que pienso la filosofía no debería ni plantearse, o al menos no plantearse con la fuerza con la que presume hacerlo. Se trata de la pregunta por el origen de todo, o del ser, o de cuanto existe. Tras años de carrera y estudios opositores me quedé con la sensación de que la filosofía era una especie de saber que debía gravitar sobre ese problema nuclear, como la medicina debía hacerlo sobre la enfermedad o la jurisprudencia sobre la injusticia. Pero el caso es que ya no creo interesantes esas filosofías que se embarcan en la búsqueda de aquellas respuestas. De hecho, dudo que la pregunta haya interesado alguna vez seriamente -o gravemente- a alguien.

Más bien, más que de una precariedad epistémica, de lo que adolecemos es de una precariedad moral. Habituamos a referirnos al conocimiento como una actividad intelectual humanizadora, o un medio de adquisición de nuevas capacidades y competencias, como si la libertad y la voluntad se ampliaran conforme aquel se acrecienta. Pero me da que el conocimiento tiene, en su raíz, un componente liberador, salvífico, incluso emancipador. Me da que lo que mueve al conocimiento no es una falta de él, o una consciencia de una ignorancia, sino una pesada carga que necesitamos aliviar. Lo vemos muy bien en Vértigo de Hitchcock, en la liberación progresiva de la dolencia del vértigo del engañado Scottie. Lo vemos también en el viaje de Roy McBride (Brad Pitt) por Ad Astra, cuyo término también supone el fin de la atadura umbilical. Todas ellas reproducciones y versiones del relato que nos cuenta el Génesis sobre los primeros hombres, quienes sólo después de cargar con el peso de haber arrastrado al dolor y a la muerte a sus semejantes buscan el conocimiento: ¿Por qué tuvo que prohibir Dios? ¿Por qué tuvimos que sucumbir a la tentación? ¿Por qué fuimos los elegidos?


Indudablemente, el conocimiento lleva, en su raíz, la necesidad de liberación. Y es por ella por lo que nace la filosofía.