En mis lecturas juveniles de Ortega aprendí a ver en la vida una oportunidad insustituible para realizar lo que se supone sería un verdadero proyecto vital. En su filosofía de la vida y la circunstancia entendí la importancia de vivir hacia delante y no replegarse en pasados de ninguna especie, por muy reconfortantes que estos fueran. Aprendí a distinguir lo valioso de lo superfluo en tanto que lo primero me impulsaría a realizar paso a paso lo que podría definirse como un auténtico proyecto vital. Y aprendí a ver en la circunstancia un escenario de oportunidades y dificultades con las que poder seguir haciendo futuros que acabarían, para bien o para mal, siendo parte de mí.
Ahora, sin embargo, cuando la madurez me ha alcanzado y me siento, hasta cierto punto, realizado, veo que lo verdaderamente excitante y meritorio no es proyectar la vida hacia adelante, no es encauzar las energías hacia un futuro más o menos esperanzador. No, lo realmente digno y merecedor de valor es, más bien, vivir haciendo proyecto, esto es, vivir implicando en tu vida a quienes más consideras por formar parte de ella. Así, por ejemplo, vive haciendo proyecto quien se embarca en grupos de trabajo y hace de compañeros y alumnos personas capaces de hacer cosas que antes ni siquiera imaginaban poder hacer. Vive haciendo proyecto quien es capaz de ilusionar y sembrar semillas donde antes no las había, o quien mueve voluntades hacia propósitos que se difuminan conforme el camino compartido va tomando luz. Hacer proyecto significa, en definitiva, suspender tus proyectos para mirar al otro con la misma fuerza con la que te mirarías si estuvieras en su lugar.
