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lunes, 7 de agosto de 2023

Cambiar en luz y en llama

Impresionante la narración que hace mi hermano de su gesta-vuelta a Alemania, y que de alguna manera me han evocado estas palabras de Nietzsche de La gaya ciencia: «no somos ranas pensantes, ni tampoco aparatos de objetivar y registrar, con frías entrañas. Hemos de alumbrar constantemente nuestros pensamientos con nuestro dolor y darles maternalmente cuanto poseemos de sangre, corazón fuego, placer, pasión, tormento, conciencia, suerte y destino. Vida significa para nosotros todo cuanto somos, cambiar continuamente en luz y en llama».



miércoles, 6 de octubre de 2021

Los Pirineos y su titán

Ahora los Pirineos ya no serán los mismos sin su titán. Ejemplo de bravura, genio, e inteligencia. Mi hermano.


jueves, 30 de septiembre de 2021

¡Conseguido!

Él y su bicicleta. Vaya par de inseparables. Titán y Titánide.


jueves, 19 de agosto de 2021

Realismo heroico

A mi hermano

Hay quienes creen sobrevolar las nubes sin levantar los pies, o pisar las huellas de otros como siendo las propias. Son los iluminados que tiemblan cada vez que escuchan el cántaro romperse o las cenizas echar a volar. A veces incluso viven fuera de sí, como esos pájaros que vagan sin rumbo porque han perdido el tren de la vida y ya sólo les queda regresar a lo oscuro de la tierra. Estos iluminados, abundantes por condición, suelen portar relojes biorítmicos y alistarse en los circuitos consumistas de la marca y el conseguimiento. Se vanaglorian de lo conseguido y coleccionan en su imaginario medallas de las que piensan, ilusos, que les harán inmortales. Son los corredores que imprimen el número en su muñeca porque ya sólo saben contar y desconocen la manera de no soñar. Son los que se esfuerzan sin marchar a caminar, sin iniciar siquiera nada, como quien se autoproclama caminante por dominar la cinta métrica de correr.

Frente a ellos, los verdaderos, se encuentran quienes hacen camino, tejiendo a cada paso una nueva aventura que contar, un nuevo recuerdo candoroso para otros. Son los que arriesgan y al mismo tiempo pueden temer. Son los que rehúsan de la marca y el registro, y a lo sumo lo admiten como regla de juego con la que lanzarse a los abismos solitarios. Son los que siguen la luz porque esperan algo de ella, dejando atrás el ego y cuantas nebulosas prenden a quienes lo rodean. Son los que confían en la fuerza de la tierra porque aman cuanto hay en ella. Como algunos pájaros, juguetean con la muerte viéndola pasar desde su escondrijo.

A ellos.

viernes, 31 de agosto de 2012

TOUR DU MONT BLANC. 22 DE JULIO DE 2.012.




En el kilómetro 281 de la prueba (www.letourdumontblanc.fren Bourg Saint Maurice, da comienzo el penúltimo puerto de la jornada: Cormet de Roselend.

Ninguna estridencia decora este lugar, no hay música de fanfarria ni histriónicos aspavientos, tan sólo hay rostros de cansancio y un silencio sepulcral.

Ahora que llega lo decisivo, lo duro, lo diferente, lo valiente, los demás participantes se incrustan inertemente en un pintoresco decorado y vuelves a estar completamente solo.

A  las seis de la tarde llega la hora de pasearse por el incómodo alambre que separa al juez del bufón, más te vale ir atento.

La soga se estira  y sientes la presión,  te deja atenazado,  te mueves pesadamente, ya no hay brío, atrás quedaron los momentos de gloria donde tu rueda fue acero y el asfalto mantequilla, comienzas a vomitar el ego, hay que ser modesto.

Cuando eres la tortuga del cuento estás en pleno naufragio y el éxito se basa en aguantar, la clave es la constancia, prohibido parar.

Al final la carretera te guía hasta la cima, paras en el último avituallamiento, el cuenta kilómetros marca los trescientos, miras tus enseres, rezas para no tener ninguna avería en la bajada  y comprendes que ya está todo hecho.

Cormet de Roselend devoró la paciencia y terminó con el músculo pero dejó intacto el espíritu, la fuerza del alma cuando ya no queda una gota que sudar, el poso, el recuerdo de mi abuela Magdalena, la Collada de Campo Grande bien nevada,  las heroicidades pretéritas cuando en la meta siempre se leía Dieste-Aísa, el orgullo y el pundonor.

Fuerza suficiente para acometer el último escollo, aunque, sorprendentemente, no fue necesaria.

Samuel Porcel Dieste.

sábado, 2 de junio de 2012

¡Aficionados! (al Ciclismo I). La metamorfosis de los sueños en sudor







Las fotos que me inspiraron este texto las tomé el pasado sábado en los puertos que fui coronando (Aspin por Arreu, Tourmalet por St. Marie de Campan, Luz Ardiden por Luz Saint Sauveur, Tourmalet por Luz Saint Sauveur, Aspin por St. Marie de Campan y Pla D´Adet por Saint Lary, respectivamente). Fue un día duro pero necesario.


¡Aficionados! (al Ciclismo I). La metamorfosis de los sueños en sudor.

En la lejanía el reto es un bello principio, evocador y fácil de alimentar, pero cara a cara se torna en ese cigarro que te hace toser y sólo queda aplastarlo con rabia, no hay otra forma de cumplirlo.

En las distancias cortas ya no hay princesas, sólo avariciosas prostitutas de puerto y bregados marineros. No hay amor, tan sólo fricción.

Cuando el General revienta la burbuja los sueños truenan y se alojan en las piernas y comprendes que ya no habrá grandes fotografías, el paisaje se viste de uniforme de campaña.

Siempre que lo onírico se torna en líquido el ejército irrumpe en la sala, y silencia a la orquesta en su mejor canción, y suenan palabras de gloria, de objetivos, de victoria y de sacrificios, y toca avanzar, se impone la obligación.

Pocos días habrá ya de naipe y retaguardia.

Se acabó el chasquido de las persianas de los bares cerrando a las cinco de la mañana.

Adiós a las jornadas de lluvia, viento o crematorio, el esfuerzo es ciego, el avance implacable, ¿qué importa el decorado?

La melodía de las ruedas navegando por el asfalto enmudecerá ante los bufidos y lamentos, socarrones sonidos, espeluznantes proclamas.

En la maldita hora de tragar saliva ya no hay salida, imposible escurrir el bulto, la trituradora de carne está en marcha y sólo queda cerrar el puño y golpear a ese reto que tan inocentemente te acompañó en los meses de invierno.

El sueño, el reto, ha crecido, fácil de alimentar, ya lo he dicho, y ahora es un monstruo, un tú o yo, un necesitar aún sin querer.

Siempre pasa igual, en algún momento el anárquico rock and roll da paso al corsé de las marchas militares.

¿Quién dijo que soñar es gratis?


Samuel Porcel Dieste.

viernes, 27 de enero de 2012

Donde crecen las Cruces de Hierro























El inicio de este artículo es un retal de la última conversación audible en la película de Sam Peckinpah, La Cruz de Hierro (ambientada en la Segunda Guerra Mundial y que toma el título de una condecoración militar alemana).

De esta cinta me quedaré (de manera interesada y sesgada), con el Capitán Stransky. Este oficial acude al Frente Ruso en busca, unicamente, de tan valioso galardón.

Necesita ese engendro metálico con el que pavonearse en los cafés del París ocupado (a la sazón, otro trofeo), ¿cómo no tenerla siendo un oficial de noble ascendencia prusiana?, o lo que es lo mismo, ¿cómo ser un verdadero oficial prusiano sin poseerla?.

En el mundo de la bicicleta abundan los Stranskys, aquellos que sólo desean un diploma que dé credibilidad a sus proezas en una soleada tarde de Gran Vía y cucurucho.

Para otros muchos (donde me incluyo) las verdaderas cruces de hierro (entendidas como premio, no como acreditación, justa o injusta) crecen en el gusto por los días duros y sufridos, en la conquista de una nueva cima, por muy sucia y desconocida que ésta sea o en la satisfacción de dinamitar las piernas en la enésima rampa. Están en las gélidas mañanas de enero, en los oscuros días de noviembre, donde el invierno y pese a no haber empezado, parezca no tener fin, en los soliloquios primaverales del Dios Eolo o en los días donde el Sol te abandona a los caprichos de la niebla, también las vi en los ardientes caminos de julio donde el aire no se respira, se come.

De ahí este ramillete de fotos (Burdincurucheta, en euskera significa Cruz de Hierro), de lugares sin fama, recónditos sitios por donde nunca pasará Stransky en busca de su codiciada Cruz de Hierro.

Samuel Porcel Dieste

viernes, 25 de marzo de 2011

Subiendo a la cima del Ori


En el centro de esta foto, tomada ayer por la tarde desde el monte de Larués, puede verse la cima del Ori (Navarra) (primer 2.000 de los Pirineos desde el Océano Atlántico).

Este pico languidece al lado de los colosos aragoneses, de mayor envergadura, pero en sus laderas se retuerce penosamente la carretera que da forma al Puerto de Larrau, el más duro de los Pirineos y, por ende, uno de los más duros del Viejo Continente. Hasta Miguel Induráin se deshizo en sus rampas, allá por el año 1.996, cediendo su sexto tour de Francia.

Yo he estado ocho veces, y, por lo tanto, he tenido días buenos, donde uno se siente invencible, y días malos, donde sólo cabe arrastrarse y contener el aliento para soportar los calambres. Es un lugar mágico donde es muy fácil ver al mismísimo Satanás suplicando agua y aire, y al propio Dios rezando por evitar los dos últimos kilómetros.

Samuel Porcel Dieste


Más información en:
Larrau, la cruel sorpresa de hoy, en elmundo.es de 17 de julio de 1996