domingo, 20 de febrero de 2022

Anhelos de inhumanidad

La obstinación por llegar a tiempo se está convirtiendo en un verdadero suplicio, en una manía persecutoria a la que no ayudan precisamente las nuevas tecnologías y aplicaciones perpetradas para impacientar a usuarios y consumidores. La experiencia de la espera, de la expectación, del encuentro, está siendo abruptamente desplazada por poderosos mecanismos que actúan ya desde dentro de nosotros. En nuestros días ya solo sabemos impacientarnos, estar preparados para recibir o enviar el mensaje, el Whatsapp, el aviso, y captarlo a golpe de vista, porque ya no podemos aguardar. Si antes del móvil y de Internet eran los relojes los que ponían bridas a nuestro tiempo, y sentíamos la necesidad de liberarnos de ellos viendo aquellas pelis setenteras como Easy Rider o Cowboy de medianoche, ahora la imposición a llegar a tiempo viene de dentro. Es el mundo el que se alimenta de nuestra impaciencia. Es un mundo impaciente, impacientado, el que estamos labrando cada vez que anteponemos lo urgente a lo importante y olvidamos que hay río al otro lado.




El caso es que la actualidad confirma la sospecha del filósofo Jean-François Lyotard cuando se preguntaba si lo propio del hombre no es estar habitado por algo inhumano, porque las nuevas políticas transhumanistas ya invitan a la comercialización de seres híbridos que llevarán implantadas en el cerebro aplicaciones con las que recrear en 3D videojuegos, recibir a golpe de vista la noticia casi en tiempo real, o dejar que algún algoritmo tome decisiones o “piense” por nosotros. ¿Por qué esa obsesión por dejar de ser? ¿Por qué esa manía de privarnos del camino? ¿Por qué ese afán de dar a la técnica el poder de gobernar lo humano? ¿De dónde viene el extraño embrujo de someter lo humano a las mismas exigencias que se le hacen a la máquina?

“¿Qué perturbadora burla puede incubarse en el seno de un hombre harto de sí mismo? ¿Qué fuerza le lleva a someterse temerariamente a una computadora más inteligente y poderosa? ¿De dónde nace la obsesión por dar a la técnica el poder de gobernar a la humanidad? ¿Qué influencia ha extirpado de la conciencia humana el principio de dignidad, soberanía y autonomía que glosa la filosofía kantiana? La mentalidad colonizada por la doctrina mecanicista anhela el ocaso de lo humano y ver cumplido el vaticinio distópico que consuele el espasmo narcisista del hombre resentido, acabe de una vez con la disyuntiva del libre albedrío y borre de la memoria cultural la dimensión espiritual de un ser alumbrado por la transcendencia.” (Basilio Baltasar, “El espasmo narcisista del hombre resentido”)


sábado, 19 de febrero de 2022

¿Puede la mentira sostener?

Una manera de acercar el cine clásico a los chavales de nuestra generación es mediante la filosofía, sin ninguna duda. Y ahí andamos, fraguando un proyecto en el que los alumnos, a un tiempo, vean cine clásico y reflexionen sobre las cuestiones más arduas y vitales que han abierto la filosofía. Y reviendo el otro día Vértigo, la de Hitchcock, con James Stewart y Kim Novak, reparé que, también, puede leerse como la historia de dos personas que lo acaban perdiendo todo por haber soportado sus vidas en la mentira y el engaño: él, por una forma de autoengaño y querer dar vida a lo que en el fondo sabía no podría revivir; ella, por no sincerarse con él desde un principio y esperar a ser amada sin contar con su perdón. ¿Puede el engaño, o el desconocimiento, soportar una relación? ¿Pueden las relaciones humanas sostenerse en la desconfianza y la ficción? ¿Pueden teorías, sistemas y puentes construirse sobre ideas y cimientos que no sean firmes? ¿Es la firmeza condición de duración y sostenibilidad? ¿Es la mentirá sostén? ¿Es la mentira camino? ¿Es la mentira peldaño hacia otra mentira? Porque el caso es que nuestra tradición ha pensado que la verdad sostiene, comulga, reúne, y que la mentira, más bien, separa.



“Una de las grandes complicaciones que plantea la película –como su la complicación no fuera suficiente- tiene que ver, dada toda esta situación y falsa autopresentación, con “quién es la mujer” de la que Scottie se enamora y qué consecuencias se siguen de la casi imposibilidad de distinguir lo real de lo aparente en esta y tal vez en muchas relaciones importantes semejantes. Ahora bien, el desconocimiento en diversas formas en general (de la ignorancia a ser engañado, al pensamiento fantasioso, al autoengaño) es algo parecido a una condición necesaria de la posibilidad del mundo cinemático de Hitchcock. Ningún otro director es tan capaz e intuitivo al explorar cinemáticamente en qué consiste vivir en, y soportar, ese estado de profundo desconocimiento, así como al describir los grandes riesgos que esperan a cualquiera que desafíe la complacencia cotidiana, la confianza fácil en que las cosas son en buena medida lo que parecen. Esa confianza fácil, que no reconoce ni aprecia la profundidad del desconocimiento, está también llena de riesgos, el mayor de los cuales es un moralismo estrecho suficiente como para pasar por una especie de ceguera.” (Robert B. Pippin, Hitchcock filósofo)

viernes, 18 de febrero de 2022

La naranja infinita

Me decía un alumno esta mañana, de 4º de ESO, que la ciencia completa lo que no alcanzan a conocer nuestros sentidos. A su entender, y a propósito de un texto de Ortega que teníamos entre manos -sobre una naranja imaginada que nunca llega a conocerse-, nuestra condición de seres precarios explica que necesitemos de la ciencia y de la filosofía, precisamente, para completar aquello que un conocimiento inmediato sobre el mundo no nos proporciona. Como seres enjaulados, aprisionados por la situación siempre irremediable, echamos mano de la imaginación y de la razón para hacer mapas sobre el mundo y, de esa manera, compensar la limitación del anclaje a la corporeidad. ¿Y no es entonces -nos preguntábamos- también nuestra ciencia un saber precario, frágil, algo enclenque, incluso a veces moribundo? ¿No nacen de la misma consciencia de precariedad las teorías filosóficos más elaboradas sobre las condiciones del entendimiento o de la sensibilidad estética y moral? ¿No es, en definitiva, nuestra consciencia de seres indefensos lo que dispara a las facultades a buscar luz allí donde sólo hay oscuridad?

Y el caso es que, mientras dialogábamos, pensaba que «la naranja imaginada que nunca llega a cortarse» consistía en otro intento de completar lo que no alcanzan a ver nuestros sentidos.



“¿Qué es lo que pensamos o a qué nos referimos mentalmente cuando pensamos en el objeto naranja? Es una cosa que tiene muchos atributos: además de su color tiene una figura esférica que es sólida, constituida por una materia más o menos resistente. La naranja en que pensamos tiene un exterior y un interior y, al ser un sólido esferoidal, tendrá dos mitades o hemisferios. ¿Podemos ver, en efecto, todo esto? Pronto caemos en la cuenta de que la naranja sólo podemos ver en cada caso la mitad, aquella mitad o hemisferio que da hacia nosotros. Por inexorable ley visual, la mitad de la naranja que tenemos ante nuestros ojos ocultará la otra mitad que queda tras ella. Podemos dar la vuelta en torno a ella y ver entonces esa otra mitad, mediante otro acto de visión distinto del primero. Pero entonces dejaremos de ver el hemisferio anterior. Juntos no estarán jamás ante nuestros ojos. Pero, además, sólo vemos, por lo pronto, el exterior del fruto; el interior queda oculto por la superficie. Podemos cortar la naranja en capas y ver así en nuevos actos visuales su interior, pero nunca serán esas capas tan finas que nos permitan decir con rigor que hemos visto íntegra la naranja, tal y como la pensamos. De donde resulta, con toda evidencia, que cometemos un error cuando decimos que vemos una naranja.” (José Ortega y Gasset¿Qué es filosofía?)

jueves, 17 de febrero de 2022

Sueños

Unos hombres de semblante serio y cuerpo siniestro aparecen en la ciudad con propósitos desconocidos. Nadie sabe de ellos y comienzan a ocupar las grandes avenidas.

Lanzado a un desierto rojizo, un rostro ovalado envejece a gran velocidad mientras ríe enérgica y despreocupadamente.



Sueño de la Noche del 16 de Febrero

lunes, 14 de febrero de 2022

Centros de ensueño

Una piel amurallada rodeaba el centro, donde los únicos artefactos que había eran relojes, con sus campanas, que avisaban de la hora de entrada, y pantallas que se desplegaban del techo para disfrutar las tardes de cine. En los jardines que lo acompañaban podía uno sentarse a contemplar las flores, o simplemente a escuchar las historias de Heráclito mientras el agua fluía y los pájaros se acercaban. En su interior, una biblioteca de estantes de roble, con las colecciones más cuidadas, invitaba a un silencio que volvía vergonzosa cualquier interrupción. Incluso los insectos dejaban de zumbar para que siguiera el silencio del conocimiento.



Ese iba a ser mi destino, tan sólo hacía falta que complementara los papeles de mi traslado, y rompía a llorar.


Sueño de la noche del 13 de Febrero

sábado, 12 de febrero de 2022

Fabricantes digitales

Es sabido que nuevas bridas nos ahogarán un poquito más con la nueva política de la competencia digital. Le ha llegado el turno a los lenguajes digitales y ahora, según el Plan de Acción de Educación Digital, también los profesores seremos catalogados con niveles que irán desde el A1 hasta el C2 para evaluar nuestra competencia digital o informática. Y no es que no queramos saber, o curiosear, o trastear con los nuevos lenguajes y plataformas digitales, que tantos buenos ratos nos hacen pasar, como hacíamos de niños con aquellos legos y Tentes ochenteros. Pero a lo que nos resistimos, o me resisto, porque a veces ya no sé si hablo también a las paredes, es que nos traten –a nosotros, los profesores - como piezas de una fábrica que es preciso reactivar y reiniciar. Sin previo aviso, llega el día en que un responsable –normalmente un compañero que por su sentido de la responsabilidad es foco de diana para los equipos directivos- informa al claustro del nuevo plan al que todos habremos de someternos.



Por el momento, a hacer una encuesta de obligado cumplimiento, para conocer que efectivamente necesitamos de una urgente formación digital ante la borrachera de información que nos llega todos los días desde diferentes medios y vías. Y, así, que a nuestras autoridades les quede claro que necesitamos contar con esa formación y quedarse con la conciencia tranquila de que nos dan lo que necesitamos. ¿En serio alguien se cree que una evaluación de nuestra competencia digital nada a favor de la formación de nuestros alumnos? ¿En serio alguien se cree que necesitamos ocupar con formaciones digitales el poco tiempo de ocio que nos queda a enseñantes y profesores en nuestro día a día? ¿En serio necesita el conocimiento de redes, líneas y conexiones? ¿En serio seremos mejores profesores cumpliendo el Plan? Que la tecnología, o más precisamente, los nuevos lenguajes digitales, no son medio ni servicio, que podemos utilizar según voluntad y conocimientos, queda claro desde el momento en que formamos ya parte de un entramado –deliberadamente perfeccionado- desde el que no podemos sino recibir órdenes y tener que vernos forzados a cumplirlas, o a salir corriendo de la fábrica.

domingo, 6 de febrero de 2022

Maestros del Mal

Uno de los diálogos más clarividentes sobre la necesidad del destino, o la inevitabilidad del Mal, lo escuchamos en las palabras finales de Orson Welles y Rita Hayworth en La dama de Shanghai. Ahí se dice que al mal no se le puede vencer, que hay que pactar con él, negociar, si no queremos que al final imponga sus condiciones. Podemos hacerle frente, oponerle resistencia, incluso retrasar sus efectos, pero nunca destruirlo. Hay que vivir reconociendo su superioridad, su incontestable dominio. El Mal admite muchos disfraces, y como se dice ahora, incluso invisibles, pero en todos los casos está ya demasiado adentro para que podamos eludirlo. El cine es una de las artes que mejor lo expresa, y cabría añadir a los ya existentes un «género del Mal», de villanos, criaturas -extrañas y cercanas-, monstruos, magos, dictadores, fuerzas naturales, planetas, microorganismos, androides, máquinas, muñecos, familiares, vecinos, incluso amantes, que acaban convirtiéndose en verdadera fuente de mal y destrucción.

Sin duda, una excelente ocasión para aprender de los maestros del Mal que con sus obras nos siguen haciendo reflexionar sobre las maneras de afrontarlo. Una incursión por el universo chapliniano de la nación de Tomania, los intrincados laberintos de El proceso de Welles, el vecindario indiscreto que Hitchcock recrea en espacios como Greenwich Village o la costa maldita de Bahía Bodega, las infinitas carreteras acompañadas de la lucha entre el coche rojo y el camión innominado, la reunión final antes de la hecatombe de Melancolía, o la criatura que aflorará desde el corazón de Nostromo, puede ser tan producente como el estudio de los más completos tratados acerca del bien y de sus virtudes.




“Una cosa tan pequeña como un virus, un bichito tan minúsculo que ni siquiera podemos verlo a simple vista, ha podido con un mundo tan grande; lo ha tumbado y puesto patas arriba. Nos envanecíamos por no haber tenido que afrontar en nuestras vidas ninguna gran hecatombe colectiva propiamente dicha durante las últimas generaciones, porque ninguna catástrofe de arrasadoras dimensiones nos hubiese pillado en realidad nunca llevándose por delante ciegamente vidas y haciendas y modos de vida. Es más, creíamos de veras, algunos a pie juntillas, que eso ya no iba con nosotros, que era cosa de otras latitudes físicas y mentales y, sobre todo, que era cosa de la Historia y la Historia ya había terminado. Pues ahí está, de nuevo y como siempre, pillándonos el destino, dándonos alcance y arrollándonos la antigua parca, las viejas Moiras hilando y devanando y cortando hilos.” (J.Á. González Sainz, La vida pequeña)