sábado, 17 de septiembre de 2022

Invitación a los hermanos Grimm

Una delicia el prólogo a los Cuentos completos de los hermanos Grimm que hace Gustavo Martín Garzo. Dibuja la esencia de la narración, de la búsqueda y el deseo.


"Sea lo que sea lo que significa todo eso, es indudable que tiene que ver con el amor. Por eso tiembla, porque no sabe lo que le pasa ni lo que tiene que hacer, que es lo que suele sucedernos cuando descubrimos que amamos a alguien. Eso es un personaje de cuento, alguien que tiembla. Y los personajes de los cuentos de los hermanos Grimm lo hacen sin parar. También de frío, de miedo, de placer, de pena. Pero ¿acaso es posible otra cosa? No, porque la vida es deseo, y los deseos nos llevan al encuentro con los demás, incluidos los miembros de las otras especies; y por eso nos exponen, pues nos enfrentan a lo incierto y lo desconocido de la vida y el mundo. Puede que nuestra razón no tenga mucho que decir, por ejemplo, sobre el deseo, tan antiguo como el pecado original, de comprender mágicamente la lengua de los animales, pero los cuentos empiezan justo donde nuestra razón se detiene. Por eso son tan necesarios. Nos enseñan que la vida está llena de reinos con los que el hombre ha roto sus relaciones y que debemos explorar."


lunes, 29 de agosto de 2022

Nuevo curso. Vida nueva

El nuevo curso escolar se avecina como los nacimientos, con la pereza de quien ha vivido un tiempo largo de sol y playa, pero con la ilusión temblorosa de quien no sabe con qué va a encontrarse. Y es que no hay curso que sea viejo ni novedad que no se dé en curso. Desde que andamos en esto de la enseñanza –aventura y búsqueda desde su inicio- no ha habido curso que no haya encontrado su impronta, o estilo, por novedoso. Cada uno de los dieciocho que llenan mi carrera profesional ha ido recorrido por un hilo que casi se ha formado al principio y terminado al final. Un hilo con el que se han tejido las ramas que luego compondrán hojas, ramillas y árbol entero. Ese hilo a veces lo ha compuesto un grupo singular de alumnos, del que comenzamos asumiendo su tutoría y acabamos tan entremezclados con sus vidas que salimos del curso con más amigos de los que entramos. Otras veces el hilo se ha caracterizado por alguna de tantas novedades legislativas que sacuden nuestra educación y entonces, desde el comienzo, y todos los profesores a una, nos llenamos de tropezones y trompicones para plantear cualquier iniciativa o saber qué decidir en las reuniones. Hay años en los que uno ha tenido que estrenarse como Jefe de Estudios, los más desafortunados, por decreto de Inspección –con eso de que está en la función pública atender cuantas necesidades requieran los centros-, y ya se sabe que el veranito, en lugar de ser de amigos y playa, lo será de deberes e informes, como cuando de críos arrastrábamos alguna asignatura y con el Libro gordo de Petete o el de Santillana nos marcaban un horario veraniego de repaso.



También hay cursos en los que al comienzo, muy al comienzo, ocurre algo, diríamos que insólito, sorpresivo, increíble. Quizá el comportamiento extraño de algún adolescente, de esos que desbaratan cualquier tentativa de comprensión de los equipos orientadores, o una idea genial de algún lumbrera, fuera de tiempo, propio de aventajados, que aviva nuestro cuerpo neuronal y ya hay materia de reflexión para el resto del curso. O quizá al poco se presenta un compañero o compañera de trabajo de una categoría moral excepcional, que rebosa generosidad por su brillo empático e intelectual y sabes que ganarás el curso si logras su amistad. Sí, los amigos de la verdad son los mejores compañeros.

El caso es que el nuevo curso es siempre aventura, tejimiento y crecimiento, para profesores, equipos, padres y alumnos. Y ahora, mientras damos los últimos coletazos de diversión y nos zambullimos buscando los últimos restos de verano, todos y a una nos preparamos para ver qué nos deparará eso que, de inicio, llamamos nuevo curso escolar.

jueves, 25 de agosto de 2022

Suelos movedizos

Sigue siendo válida la tesis que a comienzos de siglo enunciara el norcoreano Byung-Chul Han en su ya célebre La sociedad del cansancio. Recuerdo que cuando leí la traducción que llegó a España enseguida lo recomendé a colegas y amigos por la claridad y lucidez de sus palabras. Es verdad que tiene algo de producto comercial, de panfleto político (apenas son cuarenta páginas), pero sin duda dice algo que, desde entonces, se ha agudizado en nuestras sociedades hiperconsumistas: el trabajador de hoy quiere trabajar más, y más concienzudamente. Como sin pretenderlo se ha convertido él mismo en el verdadero sujeto de rendimiento decidido a explotarse a sí mismo. La explotación del trabajador que tan bien clarificó Marx se traduce ahora en autoexigencia y autoexplotación. En muchas ocasiones, es uno mismo quien se impone los niveles tan altos de exigencia a los que estamos habituados.



Lo llamativo del asunto no es que se produzca, sino el hecho de que sea extensible a todos los ámbitos de la vida. También el tiempo de ocio se ve afectado por esta autoexigencia de rendimiento, como tan bien refleja la nueva oleada de publicaciones que, desde la crítica social –muy recomendable Esperando a los robots, del sociólogo francés Antonio A. Casilli-, pone en evidencia el engaño que hay detrás de formas aparentes de ocio consistentes en entrenar y regular concienzudamente las inteligencias artificiales que invaden nuestro espacio, y ofrece una mirada crítica de la realidad que se esconde bajo la máscara de la libertad de uso y consumo de los productos digitales: la explotación que se imponen miles de personas con sueldos de subsistencia -cuando los hay-, y sometidos a la gestión algorítmica de las plataformas. En este contexto, también labores vocacionales como la enseñanza, que se les supone impregnadas de aventura, riesgo y deseo, están siendo más dictadas por verdaderos burócratas y gestores del conocimiento, reducidos a información y conducidos por canales que se ajustan a los nuevos lenguajes algorítmicos. Cada vez veo más en el panorama que a comienzos de siglo dibujaba Byung-Chul Han suelo movedizo que nos va engullendo sin pretenderlo.


Una invitación: resiliencia e innovación

Muy interesante el nuevo número de la Revista Ábaco donde colaboramos reflexionando sobre los desafíos éticos en la era digital, a propósito del último libro de la colección joven Nandibú Zeta: ¿En qué piensan los robots? Disponible en versión digital o impresa.



viernes, 19 de agosto de 2022

Viejos amigos y amigos viejos

Hay viejos amigos que dejan de serlo, y amigos que se hacen viejos. En los primeros el tiempo ejerce de guadaña, como el péndulo de Poe, imperdonable, implacable, oxidante. Son los que a tu paso se convierten en unos simples saludados, con quienes te une recuerdos de un pasado compartido, pero que, tras ponerlos sobre la mesa, queda un ¿y ahora qué? A estos viejos amigos, después de algún reencuentro fortuito, les ves, preguntas por su vida, pero sabiendo que cabalgáis en trenes distintos, y enseguida sobreviene un sentimiento de extrañeza y lo mucho que ha cambiado Fulanito. Pero hay también amigos viejos, que el tiempo, por dentro, no envejece. Son los amigos que sobreviven al péndulo, con quienes puedes darte un buen chapuzón en el mismo río, a la misma hora, casi en el mismo lugar. Son los amigos por los que el tiempo no pasa, y basta un brillo, una mirada, para descubrir que apenas nada ha cambiado, que sigues siendo el mismo de siempre que busca abrirse paso en un mundo que nadie acaba de entender muy bien. Con estos amigos nació algo bello, fulgurante, inmortal. El alma se abrió para ti, y tú para él, o para ella, y entonces entreviste que nadie –ni el tiempo con su guadaña- os arrebataría ese momento de luz compartida. Son los amigos que no mueren, y pueden pasar décadas que quedan ahí. Poso inmemorial. Ríos en los que nos podemos bañar dos veces seguidas, y no tan seguidas.



lunes, 15 de agosto de 2022

Ya no llueve más

Solemos pensar que los terrenos áridos lo son porque no han recibido la lluvia que necesitaban, cuando, por lo mismo, podría suponerse que no han recibido esa agua debido a su aridez. Como la tierra, también la piel se hace vieja. Comparto en el día de hoy este hermoso poema de mi padre:




Ya no llueve más.

Miro al cielo y lo oscuro promete con su aliento de frío.

Pero el cielo miente.

Nunca volverá a llover.

Nunca cerraré los ojos empapados en mi cuerpo gozoso.

No hay ni mañanas ni tardes.

El cielo pregona sus ciclos con versos aritméticos.

¿Será que he muerto?

Estiro mi mano a través de la ventana, como cuando niño,

y noto la sequía en mi piel,

llamándome.

 

Miguel Porcel,

22/06/22

El filo de la palabra

Ahora que entraremos en el curso con la nueva asignatura de Educación en valores ético-cívicos, nuevamente de una hora a la semana y para todos los alumnos de 3º de ESO, sería interesante aprovechar este curso para introducir –aunque brevemente por exigencias del guion- los textos clásicos a los alumnos. Nuestros alumnos verían que hay problemas que preocupan al hombre de hoy similares a los que preocupaban al de hace más de dos mil años, y que las soluciones que estos dieron nos pueden servir para afrontarlos. Tendemos a pensar que es necesario innovar para solucionar y a olvidar la sabiduría de nuestros infinitos antecesores. La historia no es sólo historia del pasado sino también, y fundamentalmente, memoria viva contada desde el presente. Y el caso es que, a través de una de mis lecturas veraniegas, Momentos estelares, de Stefan Zweig, que presenta la obra política de Cicerón como una defensa de las bases para el buen gobierno y una prevención de aquello que amenaza con destruir cualquier forma de poder, pueden encontrarse ideas interesantes sobre la importancia de la práctica de la virtud y la (i)legitimidad del uso de la violencia.



Cicerón, y así lo describe el escritor austriaco, descubre que lo perdurable es perdurable porque se asienta en tierra fértil, suelo sólido, de ahí la necesidad de fundar el Estado en virtudes humanas duraderas como la templanza, el respeto al prójimo y la generosidad. Y de ahí su rechazo de la violencia como germen y causa de inhumanidad. La violencia engendra violencia. La violencia degrada tanto a quien la recibe como a quien la comete, por lo que cualquier tentativa de fundar una relación –ya sea política, familiar o amistosa- en la violencia, que enseñe aquella parte del ser humano más abyecta y deshonrosa, acabará despertando rechazo en nuestros semejantes y disolviendo la relación: “Pero lo que eleva su testamento tan sorprendentemente por encima de su época es ese sentimiento nuevo que medio siglo antes del cristianismo se expresa por vez primera: el humanitarismo. En una época de la más atroz crueldad, en la que hasta César cuando conquista una ciudad manda cortar las manos a dos mil prisioneros, en la que los mártires y las luchas de gladiadores, las crucifixiones y lapidaciones son hechos cotidianos y naturales, Cicerón es el primero y el único que alza la voz para protestar contra cualquier abuso de poder. Condena la guerra como el método de los beluarum, de las bestias, así como el militarismo y el imperialismo de su propio pueblo, la explotación de las provincias, y solicita que la anexión de otras tierras al imperio romano sólo se haga por medio de la cultura y de las costumbres, jamás por la espada."