Los cuentos se sostienen en lo que no dicen, en lo que dicen silenciosamente,
inadvertidamente. Se pronuncian sobre un fondo apenas advertido, en todo caso
sugerido, aludido, pero que está lleno de significado y da sentido y estructura
al relato. Habría que diferenciar lo relatado de lo silenciado, lo explícito de
lo implícito. Y es que se ha reparado en el aspecto moralizante del cuento, y
se ha visto en él una manera de advertir o de enseñar algo. Por ejemplo, a no
confiar en los desconocidos, a no mentir gratuitamente, a no desviarse del
camino que dicta el mundo adulto. Sin embargo, el cuento –con ese aspecto
moralizante- es solo la punta del iceberg que vemos, y que supone toda una
estructura de significados y connotaciones que no vemos pero que sostienen el
iceberg. Se trata de hacerla visible, de bucear bajo el iceberg y ver hasta
dónde podemos llegar. Y, en este sentido, el cuento se convierte en un puente
que nos transporta a mundos que habían quedado al otro lado, a puertas secretas
que a veces la historia empolva y esperan ser abiertas. Por eso se dice que son
clásicos de la literatura, porque siguen cargados de significados, de
historias, de narraciones que van descubriéndose conforme lo hacen sus lecturas.
Una delicia este estudio al que nos invita la
profesora Ana Carrasco-Conde, sobre la filosofía de los hermanos Grimm:
https://www.youtube.com/watch?v=yBl6E_ZSftM