viernes, 27 de septiembre de 2024

Topos a cielo abierto

¿Qué es lo primero que descubrimos? La vida propia, la de cada cual. Me encuentro con que me han nacido. Me encuentro con que me han creado. Se dice «yo he nacido» en tal o cual lugar, en tal o cual fecha, pero esto, en realidad, es una manera de decir que «han registrado mi nacimiento» en tal o cual fecha, en tal o cual lugar. ¿Cómo podría realizar la acción de nacer no existiendo todavía? La expresión «he nacido» es un contrasentido. Me encuentro habiendo sido registrado. Me encuentro teniendo que vivir. Me encuentro a oscuras teniendo que construir farolas y desplegarlas a lo largo de la calle, y de una manera ordenada, simétrica, de manera que no quede ningún recoveco sin luz. Y así, que todos puedan deambular por la calle sin tropezar con nada, o sin nadie que tropiece con ellos. Me encuentro en un día cualquiera que tengo que ordenar, dándole un calendario, con su horario y su planificación. ¿Por qué no pude nacer sin equipaje ni mapas? Hubiera estado bien, aunque fuera solo por un momento, una existencia desnuda, ligera, para transitar a oscuras y en la soledad de la Noche, y pisar las piedras sin propósito de llegar o mirar la luna sin ver si es creciente o menguante. Hubiera estado bien, aunque solo fuera por un momento, vernos a todos experimentar el valle de la vida y descubrir en los ojos si fue agradecimiento o pesar lo primero. 

Me encuentro solo, desde luego, pero también acompañado. Acompañado del otro, claro, pero también del murmullo interior que me protege de no salir disparado hasta la eternidad.


sábado, 21 de septiembre de 2024

A la orilla

Hay puentes que es mejor atravesarlos por debajo, viendo así lo que unen, en lugar de empeñarnos en cruzarlos. El progreso nos habla de construir puentes cada vez más largos, cada vez más resistentes, cada vez más inverosímiles, pero calla acerca de la experiencia de no cruzarlos y adentrarnos en lo que ellos unen. Y es que el progreso nada puede enseñarnos sobre lo que solo nosotros podemos hacer: viajar, conocer, explorar, agradecer, cuidar. Por ello conviene, de vez en cuando, parar el paso y contemplar lo que se extiende a nuestro alrededor, viendo que detrás de esos paisajes tecnológicos, televisados, intoxicados, se esconde el mismo miedo de topar con lo diferente y con lo que verdaderamente nos puede sacar de ese empeño de no querer ver, de no querer explorar, de no querer agradecer.




"Quien agradece ve en el otro una virtud, que cabe llamar, casi indistintamente, justicia, bondad o generosidad. A su vez, el agradecimiento es también un acto de justicia, de bondad y de generosidad. Quien agradece, expresa la misma virtud excepcional. Estamos todos en la misma orilla. Compartimos la misma condición de las afueras: intemperie y vulnerabilidad (el médico será paciente; el fuerte, débil; el joven, viejo; el alegre, triste...) Pero en ciertos momentos, uno puede ayudar a otro. Y el otro quedar agradecido. Esto, que se manifiesta tan estimable, explica la pena y el desencanto que, en general, provocan las situaciones de desagradecimiento. El desagradecido -y el insensible, y el indiferente- es como el insensato: no advierte lo que pasa; tiene atrofiada su capacidad de sentir. Vive poco la vida. Por eso, ser desagradecido es mala cosa. Denota incapacidad para generar y falta de vitalidad. El desagradecido es egoísta por definición y en lugar de crear comunidad, la mina." (La penúltima bondad, Josep Maria Esquirol).

sábado, 14 de septiembre de 2024

Límites del cuidado

CUIDADO del medio. Cuidado del otro. Cuidado de sí mismo. ¿Pero cuáles son los límites del cuidado? Es una pregunta que me hice releyendo este verano algunos relatos de Kafka, como La metamorfosis, o la historia de lo que le pasó a Gregor Samsa cuando se vio transformado en insecto. La conversión en insecto -impremeditada, real- transforma las relaciones de Gregor con su familia, pero también con su casa, con su habitación, con sus cosas. La conversión en insecto lo obliga a protegerse de manera distinta y a ensayar nuevas posturas y acciones que lo ponen en un nuevo escenario. Nada de lo que sabía como humano le sirve para comportarse como insecto. Se encuentra renaciendo en un mundo desconfiado y hostil, que no puede saber nada de lo ocurrido y que va a acabar renegando de cualquier forma de convivencia entre seres de diferente naturaleza. Somos cuerpo, y el cuerpo nos transforma, nos reúne, nos agrupa, generando vida y convivencia. Pensamos maneras de convivir y cuidarnos juntos, modos de llegar a acuerdos y evitar disputas, porque primero nos sentimos semejantes y nos sabemos con dos ojos, dos piernas y un tronco, y queremos acercarnos más, quizá para tocarnos, quizá para cuidarnos, quizá para decirnos algo al oído. De otro modo, convertidos como Gregor en insectos y conscientes de esta conversión en un mundo humano, nos abocamos a la incomprensión, la persecución y el horror.



domingo, 25 de agosto de 2024

miércoles, 14 de agosto de 2024

Lo que la mentira esconde

Muy contento de ver publicado mi trabajo "Lo que la mentira esconde. Una defensa de la honestidad para desconfiados" en este número multidisciplinar que pone el dedo en una de las realidades más presentes y actuales de nuestro tiempo.



Cuando se me ofreció la oportunidad de escribir sobre el tema de la mentira tenía ya en mente una diferencia que me parecía significativa, y en cierto modo inadvertida, entre la mentira considerada como engaño o embuste y la mentira referida a la vida entera; lo que podríamos acuñar con la expresión «vivir en la mentira». Y así, de primeras y sin haber profundizado en el asunto, ya me parecía que vivir en la mentira es mucho más corrosivo y perjudicial que mentir, limitado siempre a un número de ocasiones; porque mientras que el daño de una mentira puede pagarse con el reconocimiento y el perdón, el daño de vivir en la mentira, en muchas ocasiones, se paga con la pérdida irreparable de relaciones y vidas humanas. ¿Pero qué interés puede tener reconocer y explicitar esta diferencia? ¿Por qué es importante distinguir entre la mentira como acción y la mentira como suelo vital? Y, sobre todo, ¿qué implicaciones morales puede tener reconocer y ampliar el foco de atención sobre una realidad que, generalmente, se ha limitado a los ámbitos de la intencionalidad y la voluntad humanas? El propósito de mi aportación es, precisamente, situarnos en la perspectiva de quien piensa la mentira como algo que trasciende la intencionalidad y la entiende como suelo vital, advirtiendo así el enorme peligro que supone «vivir en la mentira» y rescatando el valor de la honestidad como cualidad esencialmente estabilizadora y potenciadora de prácticas y vida buena.

Desde aquí el enlace para interesados y curiosos:

jueves, 1 de agosto de 2024

Platón político

Aquí, bajo el Árbol de la vida, os regalo esta cita que recoge uno de los descubrimientos del verano, Giorgio Colli, de su libro Platón político, que citaré a la vuelta de verano, y es que desmiente uno de los prejuicios más arraigados de nuestra enseñanza y que leemos en tantos manuales académicos de Bachillerato: Platón, lejos de apartarse de la política para centrarse en la filosofía, vio en la filosofía la condición para hacer política y en la vida política de su tiempo el verdadero motivo para hacer filosofía. Y es que los filósofos son personas muy preocupadas y cercanas a la circunstancia de su tiempo:


"Ahora esta idea se alza como una luz imprevista, como la verdad que cubre el abismo entre lo real y lo ideal, que disipa sus dudas y le retorna la confianza; hasta ese momento, había aspirado a ser antes de nada un político, pero, cada vez que se había acercado a los hombres de Estado atenienses y había observado su forma de comportarse, se había visto obligado a alejarse de ellos y a regresar a la filosofía -elegir uno u otro camino habría significado sacrificar una parte vital de sí mismo-, y ahora, por fin, llegaba la solución que sintetizaba ambas actividades o, mejor dicho, elevaba la política a la filosofía (...) El género humano, en consecuencia, no se libraría jamás del mal si antes no accedían al poder los legítimos y auténticos filósofos o si los gobernantes del Estado no se convertían, por gracia divina, en verdaderos filósofos".

miércoles, 10 de julio de 2024

Revoloteo interior

En esta mañana de lunes, sin vosotros, pero llenándome de nuevos estímulos para el próximo curso, releo una obrita muy recomendable de Friedrich Nietzsche, titulada Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. En unas pocas páginas, amables además, Nietzsche, cuyo nombre aprenderéis a escribir sin titubear, evidencia la naturaleza vanidosa y engreída del ser humano, que lo ha llevado a construir toda una tradición de pensamiento -esa que se inicia con Sócrates y Platón- basada en la presunción de que la realidad está ahí para ser conocida y dispuesta para ser transformada. Es la misma presunción que muestran Adán y Eva cuando ya han comido del fruto del conocimiento del bien y del mal, y que les lleva a pensar -ilusamente- que pueden y deben esconderse de los ojos de Dios. Es la soberbia cegadora y engañadora. Diríamos que hemos comido de un veneno que ha inflado nuestro ego hasta no poder ver más allá de él. ¿Será que el fruto del conocimiento del bien y del mal nos engañó hasta tal punto de crearnos una sensación permanente e insustituible de ser el centro del universo, queriendo incluso ver a Dios como aquel de quien ahora debemos escondernos?



“Este arte de la ficción llega a su cima en el ser humano: aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, las habladurías, la hipocresía, el vivir de lustres heredados, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, el teatro ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante en torno a la llamada de la vanidad es hasta tal punto la regla y la ley, que casi no hay nada más inconcebible que el modo en el que haya podido introducirse entre los hombres un impulso sincero y puro hacia la verdad (...) En realidad, ¡qué sabe de sí mismo el hombre! ¿Sería capaz de percibirse por completo, aunque sólo fuese por una vez, tendido como en una vitrina iluminada? ¡Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso sobre su propio cuerpo, para así, al margen de las circunvoluciones de los intestinos, del rápido flujo de las corrientes sanguíneas y de los intrincados estremecimientos de sus fibras, recluirle y encerrarle en una conciencia orgullosa y embaucadora!”