martes, 23 de enero de 2018

Ciudades a la intemperie

El nuevo número de la Revista Ábaco, Nº 94, sobre el tema de convivencia, desigualdad y gestión del conflicto en las denominadas "Ciudades a la intemperie", sale ahora a la luz con variados e interesantes trabajos de especialistas de diferente procedencia. El magnífico reportaje fotográfico que ilustra la revista es obra de Sara Janini. Escriben diversos autores a partir de trabajos de investigación aplicada en barrios populares, con metodología, coordinación y auspicio del Instituto IMEDES con diversas Universidades. Los casos tratan de diversos barrios de Madrid, Zaragoza, Valencia, la isla de La Palma, México, también estudios sobre desigualdad en distintos ámbitos educativos, del mercado de trabajo, refugiados y acerca de la ciudad y su cosmos. Obituario sobre Janiguchi, reseñas y críticas de libros, entre otras cosas.

Sin duda, una excelente publicación de plena actualidad, que va de lo local a lo global, extrapolada a muy diferentes campos de nuestra vida cotidiana a escala internacional, y en la que me honro en participar con mi trabajo Del cosmos a la ciudad; de la ciudad a la intemperie, que espero disfruten.

Se puede obtener solicitándola desde la librería habitual o bien desde la web de la Revista Ábaco.

sábado, 20 de enero de 2018

Tiempo para ser

Para mis padres, por su cuadragésimo segundo aniversario

No hace tanto tiempo que los amigos nos reuníamos bajo el calor de un techo, de una de aquellas "cabañetas" que, hechas a base de ramas y paja, abrigaban nuestra intimidad lo mismo que ahora puedan hacer nuestros hogares, para escribir cartas de amor a una desconocida amiga, o planear nuestra siguiente travesura que removiera el mundo adulto. Eran momentos de reclusión, pero también de comunión, donde apenas importaba lo que sucediera más allá de aquellas paredes de ramas. Es ahí, en esos momentos, cuando se construye quien uno es. No creo, como dicen los manuales, que la identidad, ni la de los individuos ni la de los pueblos, sea resultado de ninguna construcción, de una narración que, hecha desde el presente, sea constructora de sentido. No dudo que esta narración exista, pero no somos por ella. Más bien, construimos narraciones (si lo hacemos) porque primero fuimos, nos abrigamos en aquel espacio para la intimidad, abriéndonos al mundo y avivando una curiosidad que solo el tiempo, y quizá la eternidad, pueda terminar de germinar, hasta que ya no se pueda ser más.

Gracias a los dos, que tanto nos dejasteis construir.

domingo, 14 de enero de 2018

Voluntad pura

Puede definirse la técnica como el paso de lo necesario a lo posible. Por la técnica el mundo se pobla de mundos posibles, construidos, elegibles. La técnica, con sus artefactos, obras, construcciones, narraciones, símbolos, va apartándonos de lo necesario y proveyéndonos de nuevas posibilidades, que, montadas sobre otras, conforman mundos cada vez más alejados de la tierra que nos engendró. No voy a hacer una historia de la técnica, recreando las diferentes etapas de posibilitación (y es que el tema solo me interesa a medias) Tan sólo advertir el aspecto común que tienen el período en la que el hombre se lanzó a conquistar el espacio y el tiempo, con sus medios veloces de transporte y locomoción, y el período en el que pretendió revolucionar la comunicación, con los cableados, los chips y lenguajes artificiales. Si la primera nos alejó para siempre de la necesidad de nuestras piernas para desplazarnos, la segunda nos apartó de la proximidad y de la necesidad del contacto para comunicarnos. Ahora, con la investigación en biotecnología e ingeniería genética, nuevas técnicas se lanzan a la conquista de nuevos mundos posibles. Por ejemplo, según el recién publicado El útero artificial, el biólogo y filósofo Henri Atlan asegura que en poco más de medio siglo la mujer podrá elegir dar a luz a su hijo o dejar a la máquina que haga ese trabajo. La primera maternidad entrará también en el reino de lo posible, dejando de ser necesarios el parto y el alumbramiento, y quien sabe si, con el tiempo, también desaparecerán la necesidad del dolor, de la enfermedad o de la descomposición. Un mundo totalmente técnico, domeñable por la Voluntad, se alzaría ante nosotros. Todo sería elegible y a nada estaríamos atados. Seríamos solo Voluntad, nada más y nada menos.

Pura quimera.

domingo, 7 de enero de 2018

Más acá de los dioses y de los monstruos

No suelo frecuentar Facebook, entre otras razones, porque cuando lo hago acabo enfrascándome en discusiones y lecturas que, si bien interesantes y muchas veces ilustrativas, me distraen de la tarea en la que estaba ocupado hasta el punto de dejarla atrás para siempre. Entrar en Facebook significa despertar de un sueño para entrar en otro que, por su intensidad y duración, te hace olvidar qué te llevo a él. Pues bien, como digo, el otro día, en una de esas interesantes discusiones, con una amiga filósofa, salió a relucir la idea de que los inventos científicos y tecnológicos siempre van por delante de los propósitos reguladores provenientes de la ética y de la política. La realidad se impone, y fruto de la nueva posición en la que quedamos tenemos que bregar con aquella. Normas, leyes, principios reguladores, obedecen a la necesidad de afrontar una realidad que, pese y contra ellos, en ocasiones acaba transfigurándose y exigiendo, por tanto, nuevas normas, leyes y principios. Porque el ser no nace del pensar, sino el pensar del ser. Esta idea, claro está, lleva a plantear la pregunta por las condiciones que explican aquellas transformaciones, pero cuya respuesta resulta baldía, si consideramos, como hasta ahora, que cualquier tentativa de explicación depende de que la realidad no cambie, súbita o progresivamente.

La idea de que la circunstancia oprime el pensar hasta determinarlo no es nueva, ni tampoco vieja. Diría que es intemporal, pues la encontramos reflejada en diferentes momentos y corrientes del pensamiento. Además, refiriéndola a ámbitos diferentes (pensemos en Walter Benjamin y la época de la reproductibilidad del arte, en Ortega y su teoría de la idiosincrasia de los hombres y los pueblos, en Marx y su materialismo histórico, etc.) En esta línea, hay quienes han pensado que la opresión puede llegar a ser tal que se produce algo así como una asfixia del pensar, su ahogamiento definitivo, y entonces todo desemboca en Estados tecnocráticos que no permiten el distanciamiento suficiente para formular la pregunta iniciática por el ser del mundo (al respecto, sin embargo, hay que considerar que pensar que el pensar pueda ser definitivamente abandonado es, en sí mismo, una contradicción.)

Una de estas tecnologías impositivas, que tanto interés está despertando en la comunidad científica (y que auguro será motivo de interesantes y fructíferos debates entre filósofos también en las próximas décadas), es la llamada ectogénesis, que estudia el desarrollo de los fetos fuera del cuerpo humano con vistas a diseñar úteros artificiales que, provistos de líquido amniótico y conectados a una serie de tubos de alimentación y cables de monitorización, permitan vigilar y controlar el desarrollo del embrión hasta su gestación fuera del útero materno. El científico británico J.B.S. Haldane acuñó el término ya en 1924 y predijo que para el año 2047 solo el 30% de los nacimientos serían por reproducción humana. Quizá, más exactamente, cabría decir que solo el 30% de las apariciones de seres humanos serían nacimientos. Esta predicción parece sacada de la película Matrix, pero ya hay científicos que corroboran ésta y otras predicciones más inquietantes.

Independientemente del acierto y veracidad de estas predicciones, lo que parece claro es que la ectogénesis es un caso de innovación tecnológica que, por su vigorosa influencia y poder transformativo, desplaza al pensar hasta situarlo en una nueva posición, dándole nuevos cometidos y abriéndole a nuevos caminos. La ética y la política, si bien rezagadas por su posición siempre trasera, ejercen entonces de obligada resistencia separando al hombre de aquellos mundos inciertos y desconocidos sólo descritos en la literatura de ciencia ficción, donde el ser humano, fuera de los límites de lo debido, puede enfrentarse, ahora sí, a sus dioses y monstruos.

lunes, 1 de enero de 2018

Saberes emparentados

El poder discursivo del lenguaje no sólo ha de medirse por su capacidad de decir, sino de situar al hombre en el mundo. Es por el lenguaje por lo que el hombre está en el mundo y es porque tiene que estar en el mundo por el que el hombre inventa lenguajes. Casi cualquiera de los manuales de filosofía que examinemos nos dirá que la ciencia y la filosofía, en virtud de su cualidad de saberes racionales, se superponen al mito como las ciudades hacen con los campos y aldeas, a modo de construcciones que se elevan sobre las anteriores superándolas en habitabilidad y recursos. Asimismo, se nos dirá que la tecnología se superpone a aquéllas configurando un nuevo entorno como las tecnópolis lo hacen sobre las polis o la tecnoesfera sobre la biosfera. Sin embargo, una mirada más inquisitiva, sustraída del manido debate de si positivismo o falsacionismo, permite enseguida vislumbrar un íntimo parentesco que une, como ningún otro, al mito, la ciencia y la tecnología. 

Entendemos que mito, ciencia y tecnología son, ante todo, formas de estar en el mundo, o nacen de una determinada necesidad por la que el hombre acaba estando en el mundo. Se dice que la ciencia es previa a la técnica, cuando la ciencia, fundamentalmente la moderna, nació y se desarrolló gracias y por el afán de hacer del mundo un lugar técnico, seguro. Por lo mismo, ahora se dice que la ciencia deriva en tecnociencia, cuando, como sugiere Javier Echeverría en una conferencia cuya lectura recomiendo, más bien ocurre al contrario, que la ciencia se desarrolla debido a que es ya tecnociencia (la biología, biotecnología; la inteligencia, inteligencia artificial, etc) En tanto que formas de estar en el mundo, mito, ciencia y tecnología requieren de unas condiciones objetivas para su constitución y permanencia, difícilmente reemplazables por un acto de voluntad. Esto explica que, por ejemplo, en plena revolución industrial, resultara impensable para el empresario invertir en la provisión de un sentido cosmogónico al mundo, o que hoy día el ingeniero informático haga ciencia con vistas a obtener un placer desinteresado. Cada época tiene su sentir, y cada sentir sus cauces por los que debe discurrir la acción.

En una entrada anterior decíamos que no podemos regresar a nuestro pasado, pero sí hacer que él regrese a nosotros. En nuestra mano está provocar al mundo para que éste nos resitúe en la posición desde la que hacer mitos, ciencia o techno-logia. Es la forma más efectiva de tomar consciencia de aquel íntimo parentesco. Pero de ello hablaremos en otra ocasión...

viernes, 15 de diciembre de 2017

Lo que calló la diosa de Parménides

El juicio y la memoria no sirven ante lo no escrutado. ¿Cómo se llama al camino que se recorre por primera vez? Habría que diferenciarlo del itinerario, del viaje, de la ruta, todos ellos transitados por turistas y visitantes, que con cámara en mano se dedican al registro y a la constatación "aquí he estado yo". ¿Dónde queda la experiencia de hacer camino, de hacer vivienda? El que transita por primera vez no es. Ya se lo advierte la diosa de Parménides al caminante, que ha de atravesar las puertas para abrirse al juicio y al nombre. Más acá de las puertas, el juicio y la definición no tienen lugar, no pueden tenerlo. Antes de atravesar las puertas, nada es.

Allí se hallan las puertas de las sendas de la Noche y el Día
y las encuadran dintel y umbral de piedra.
Ellas, en lo alto del éter, se cierran con grandes portones
cuyas llaves de doble uso tiene a su cargo Justicia,
pródiga en dar pago.  

Pero lo que se calla la diosa es el sacrificio que conlleva conocer el ser. Una vez atravesadas las puertas el caminante perderá para siempre la experiencia de hacer camino, de hacer vivienda. Al otro lado topará a todas horas con lugares. No podrá dejar de reconocerlos, aunque sea para recordarlos o dejarlos inhabitados. Se relacionará con lo otro llamándolo, refiriéndole un nombre, siempre un ser. Atrás habrá quedado el momento fundacional en el que todavía podía negarse al lenguaje y a los otros. 

No podemos volver a la primera niñez, pero sí hacer que ella vuelva a nosotros. El amor, la poesía, cosas que todos llevamos dentro, son formas originarias de transitar por vez primera. Transita por el amor quien explora terreno virgen, como los intrépidos que hunden la nieve dejando su impronta, o los filósofos que acuñan con nuevos términos las intuiciones nacientes. También el dolor lleva por rutas inexploradas, hasta que ya no puede penetrar más dejando al ser transmutado.

La tradición nos ha instado a apoderarnos de la vida, viendo en ella un flujo que ha de reconducirse, o un campo de posibilidades susceptible de acotarse en el molesto reino de lo debido. La tradición nos ha instado a hacer de la vida un ethos y del pensar una ética. Pero también lo innominado cuenta. También de la vida puede hacerse algo poroso, abierto a lo que ya está ahí, dejándolo entrar, hasta que ya no pueda enseñarnos más.

El dolor es una de esas llaves con que abrimos las puertas no sólo de lo más íntimo, sino a la vez del mundo. Cuando nos acercamos a los puntos en que el ser humano se muestra a la altura del dolor o superior a él logramos acceder a las fuentes de que mana su poder y al secreto que se esconde tras su dominio. 

Ernst Jünger

viernes, 8 de diciembre de 2017

Estoy, luego no soy



Caminar es experimentar esas realidades que insisten, sin hacer ruido, humildemente -el árbol que crece entre las rocas, el pájaro que acecha, el arrollo que sigue su curso- y sin esperar nada. Caminar acalla de pronto los rumores y los lamentos, pone fin al interminable parloteo interior mediante el cual juzgamos sin cesar a los demás, nos evaluamos a nosotros mismos, recomponemos e interpretamos. Caminar acalla el soliloquio infinito en el que emergen los agrios rencores, las estúpidas satisfacciones y las venganzas fáciles. Estoy frente a esa montaña, camino entre los grandes árboles y pienso: están ahí. Están ahí, no me han esperado, están ahí desde siempre. Se me han adelantado indefinidamente, y seguirán estando ahí mucho tiempo después que yo.

Frédéric Gros