sábado, 23 de septiembre de 2017

Una aproximación a la filosofía de Josep Maria Esquirol

Hace unos meses supe que el filósofo Josep Maria Esquirol había obtenido el Premio Nacional de Ensayo 2016 por su libro La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad. Mi alegría fue doble: había sido un filósofo el ganador y el filósofo era Josep Maria Esquirol. Su pensamiento, generoso, siempre amigo, con el tiempo ha ido convirtiéndose para mí en uno de esos órganos con los que Goethe aseguraba ver el mundo. Es uno de esos filósofos cuyas ideas comentas allí por donde vas, que te acompaña en las noches de tormenta y en los días de sol refulgente. Es de esas personas  -pensaba mientras lo leía- que hacen del pensamiento una forma de vida, que entregan cuanto son a los demás en forma de pensamiento.

Tenía que contactar con él, hacerle llegar mis felicitaciones, aproximarme a su pensamiento con una entrevista que descubriera algunos de los secretos de su Resistencia íntima. Muy agradecido, asintió en concedérmela, y ahora la prestigiosa Revista Ábaco la publica en su número 91-92 dedicado al centenario de la Revolución rusa. El número, conformado por casi una veintena de artículos de prestigiosos especialistas multidisciplinarios, incursiona en la profunda huella social, cultural y política que todavía permanece tras los cien años de la Revolución rusa.




Adelanto la entradilla de la entrevista, que, completa con el número, puede adquirirse desde aquí:


Pregunta: Su libro, La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad, nos invita a vislumbrar los cimientos que, aunque provisionales y precarios, logran soportar la vida y las relaciones humanas. Es un viaje iniciático hacia lugares olvidados por la filosofía moderna y la tecnociencia actual: la primera, demasiado preocupada en buscar fundamentos firmes y seguros; la segunda, demasiado obstinada en reducirnos a consumidores anónimos. Su libro es una invitación a mirar, a mirar al otro con la «proximidad» necesaria para que se nos revele en su cualidad de «prójimo».

Respuesta. Sí, en efecto, es una llamada a mirar atentamente; a prestar atención. Atención y respeto están muy estrechamente vinculados. Incluso puede decirse que coinciden. Prestar atención no sólo, ni prioritariamente, significa agudizar la percepción y nuestra capacidad cognoscitiva, sino conseguir un cambio de actitud, a modo de un despertar y una vigilia de nuestro sentido moral. Si prestamos atención a los demás y a las cosas que nos rodean, acabaremos teniendo una actitud respetuosa para con la mayor parte de todo ello. Se dará una “aproximación” que convertirá a los demás en “prójimos”, y a las cosas y a las situaciones en la “familiaridad de la vida”.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Revolución y utopía

Comienza la V Olimpiada aragonesa de Filosofía, que esperamos despierte, si cabe, mayor interés que en ediciones pasadas. En vista del enorme éxito de participación del curso pasado, y de acuerdo siempre con las bases de la Olimpiada nacional, mantendremos el formato y las modalidades de la edición pasada, con lo que los alumnos de Dilema y Ensayo realizarán in situ las pruebas clasificatorias para la fase final. Además, este año contamos con todo un equipo de profesores que, generosamente, se ha ofrecido a colaborar en la organización de este evento. El blog seguirá siendo el vehículo fundamental de comunicación con los centros participantes, e iremos colgando en él el calendario con las fechas más significativas o las novedades que pudieran surgir.

El tema elegido, en un año en el que se se celebra el centenario de la Revolución rusa, es "Revolución y utopía". Se trata de un tema abierto, abordable desde muchos puntos de vista, y que aúna la tradición filosófica y la actualidad política. Revolución y utopía pretende ser un horizonte de reflexión sobre el que tratar cuestiones relacionadas con un mundo que parece más revolucionado que revolucionario. Como repite Slavoj Zizek, muchos hablan del fin del mundo pero nadie del fin del capitalismo: ¿Será que ha terminado el tiempo de las revoluciones? ¿Será que ha entrado en crisis la imaginación como productora de utopías? ¿Será que ha entrado en crisis la utopía misma? ¿Será que ya no hay quienes puedan asumir la tarea de transformar el mundo? ¿Pero a quién corresponde diseñar los modelos de transformación social: a los políticos, a las mayorías, a los intelectuales...? ¿O será que las revoluciones siguen produciéndose, solo que de manera distinta, casi silenciosa, imperceptible, hasta que ya no nos queden ojos para reconocerlas?



La comunidad anfitriona de la V Olimpiada Filosófica de España es Extremadura y tendrá lugar los días 4 y 5 de mayo de 2018.

Nuevos premios, nuevas oportunidades, nuevas experiencias, os esperan si os animáis a participar en esta estimulante aventura que es la Olimpiada filosófica. Pronto anunciaremos el calendario de actuación para que, tanto profesores como alumnos, vayáis preparándoos para esta nueva edición.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Actas del II Congreso internacional de la Red española de Filosofía

Ayer tuve la oportunidad de presentar mi trabajo De la frontera a la intemperie. Un recorrido filosófico por las diferentes formas de habitabilidad en el II Congreso internacional de la Red española de Filosofía. Fue para mí una experiencia inolvidable y desde aquí agradezco nuevamente a los asistentes y ponentes por su escucha atenta y recomendaciones. Aquí  podéis leer el conjunto de trabajos recopilados en las Actas, una buena muestra de que la filosofía no da la espalda a nuestro presente.

viernes, 11 de agosto de 2017

Exceso de «exceso»

Es el sentir del tiempo el que carga y descarga de valor a las palabras. Un tiempo de penuria y enfermedad añade valor a palabras como «salud», «curación» y «asilo», mientras que otro de paz y prosperidad extiende el campo de referencialidad a palabras como «progreso», «capital» y «gestión». En cada contexto, en cada conversación, tendrán que escucharse estas palabras. Surgirán derivados, neologismos, relacionados con aquellas. Apenas habrá fenómenos que no sean nombrados por ellas. Cada época tiene su sentir; cada sentir, su cortejo de significados.

Si hay una palabra de la que nuestro tiempo es deudor es la palabra «exceso». Vivimos en la época del exceso. Hay, valga la redundancia, un exceso de «exceso». Como diría Goethe, el exceso es un protofenómeno, quizá, el protofenómeno. Hay exceso de cantidad, de ofertas, de turismo, de información, de mensajes, de whatsapps, de velocidad, de datos, de almacenaje, de rendimiento, de capital, de “me gusta”, de prohibiciones, de permisividad… Casi todo lo que hoy en día existe en nuestro mundo es «excesivo», y cualquier falta (por ejemplo, de tiempo, de energía) lo es siempre como consecuencia y en relación al exceso (de premura, de exigencia de rendimiento) La falta necesita del exceso como el oxígeno del agua.

La forma de tratar con el exceso no es la orientación o la dirección. ¿Acaso puede reconducirse el flujo de agua producido por un desbordamiento, o pueden guiarse las acciones en un momento de desenfreno? El exceso supone descontrol, desbordamiento, dispersión. Y lo disperso, lo que se desparrama, lo que avanza descontroladamente hacia todas las direcciones, no admite la posibilidad de la orientación. Tampoco alguien, en dispersión, puede hacer pie para elegir la dirección a seguir. Los Führer y soberanos han necesitado de algo que dirigir o sobre lo que gobernar. Para elegir primero es necesario estar en situación de elegir. 

¿De qué pueden servir, por tanto, las éticas de fines?, ¿de qué puede servir aquel modo de pensar que busca, ante todo, proveer a la vida de un rumbo y de un ritmo? Necesitamos contar con otro tipo de acciones para afrontar el exceso. Paradójicamente, no es de medida, de equilibrio, de razonabilidad, lo que ahora necesita el mundo. Un mundo disperso, en dispersión, no puede hallar medida, razón, dirección. Necesita, más bien, de una acción que limite, que ponga freno a la dispersión. Y es que, en ocasiones, hay que aguardar a que termine de producirse la catástrofe para empezar a reparar los daños.

domingo, 6 de agosto de 2017

La fragilidad soportada

La razón es tan endeble, tan frágil, que nos cuesta soportarla cuando tenemos que acudir a ella. No sé a vosotros, pero a mí me supone un enorme suplicio acudir a razones para explicar el motivo de casi cualquier decisión. A nadie (salvo quizá a los niños o a los locos) se le ocurriría preguntar por qué nos hemos enamorado de tal o cual persona o por qué andamos encorvados, pero no mostramos reparo en inquirir los motivos por los que alguien se ha mudado de residencia, dedica su tiempo libre a escribir artículos de filosofía o ha decidido estudiar chino. Y, sin embargo, todo va de lo mismo, todo forma parte de la misma trama. ¿Qué va a poder justificar la razón si ella también ha formado parte del entramado?

Las apetencias no obedecen a razones, sino las razones a apetencias. Estos días, por ejemplo, porque me apetece leer a Luciano Concheiro y escribir sobre la "cultura del exceso", puedo justificar a mis semejantes mi opción por la lectura. De hecho, el abanico de razones que uno humanamente puede dar, todas endebles y apenas soportables, funciona únicamente como forma de dar sentido a las acciones ante el otro. Una vez escuchados los motivos de quien tengo en frente, sus acciones adquieren un sentido. Ya puedo dirigirme a él. Se ha convertido en un semejante. Lo mismo que el saludo, la felicitación o el pésame, la necesidad de justificarnos sirve al interés común de sociabilidad. Es, como tantas otras formas culturales de aproximación, una manera de constatar al otro que algo compartimos, aunque sea ese suplicio de tener que soportar un sentido a las cosas y a las acciones.

sábado, 22 de julio de 2017

En el espacio del pensar

Problematizar una realidad, reducirla a su aspecto problemático, es una forma de poder. Quien está detrás se cree con la autoridad suficiente para ver el problema y legitimar los esfuerzos orientados a su solución. La educación en España es un problema, se dice, pero con la mirada puesta en un determinado ideario o plan de acción. Nadie ve problemas si no hay una voluntad de reducir y apropiarse de la realidad. Sin embargo, lo que no ve el poder, en cualquiera de sus máscaras, es que lo real no es visible (y menos, abordable) con el prisma del problematismo. Lo que ve quien quiere ver problemas son problemas, pero esto, precisamente, gracias a que la realidad no es problemática. Si la realidad lo fuera, no haría falta agudizar la visión con lentes o prismas. A nadie que se queda sin oxígeno se le ocurre consumir su energía en decir que le falta el aire. Lo que hace es buscar aire, no declarar que le falta. Por tanto, la pregunta no debe ser por qué es un problema la educación en España, sino "por qué se ve como un problema." Es algo que podrían abordar aquellos que tanto se afanan en idear caminos y soluciones.

Sin embargo, este ideario sólo revelaría el origen causal de determinada tendencia social y política que, lejos de reparar, busca afianzar su poder. El poder es voluntad de poder. El poder busca sólo su acrecentamiento, de ahí que no es por la vía del poder como podamos llegar a la enmienda y la reparación. Decíamos en la entrada anterior, desde una visión más próxima al fenómeno, que la educación es un encuentro, como el arte, la religión o la magia. Es un encuentro por el que se lleva al límite al pensar, por el que se pone al alumno ante la disyuntiva de ejercitarlo o renunciar a él. De ahí que, tras el encuentro, el alumno, ya vuelto sobre sí, entiende que el conocimiento es una empresa respecto de la que debe pronunciarse, si forma parte de ella, y entonces procura el ejercicio del pensar, o la rechaza, y sale de los rieles del aprendizaje y la enseñanza. Esta es la disyuntiva sobre la que todos, en tanto que seres humanos, dueños de nuestro pensar, debemos, tarde o temprano, pronunciarnos. Pero mientras sigamos poniendo empeño en idear y solucionar, como si la educación fuera problemática o contuviera aspectos problemáticos, no haremos más que alejarnos (y alejarles) de aquella disyuntiva, quedándonos fuera para siempre del espacio público del pensar.

jueves, 6 de julio de 2017

Encuentros

Esta entrada la dedico a mis alumnos de 1ºBACH B/C

Desconfío de los métodos y las doctrinas. Se han construido por la presunción de que todos los casos son iguales, de que la singularidad no es relevante ni resta efectividad a aquéllos. Pero un grupo de alumnos es un grupo de seres singulares, con su idiosincrasia particular, su historia, su situación, sus expectativas... No deberíamos buscar métodos o doctrinas allí donde no hay lugar para aplicarlos. Pretenderlo asemejaría a querer tender un puente sobre los océanos o cavar un túnel bajo los desiertos... Por el contrario, deberemos permanecer atentos, vigilantes, a esa singularidad, no con el fin de integrarla a la nuestra, sino de prestar al alumno la oportunidad para que confíe en nosotros, sus profesores.

Un alumno que levanta la mano para preguntar es un alumno que, si lo hace con honestidad, confía en que sepamos acoger su pregunta. En ocasiones, no es tanto la respuesta lo que busca como que podamos anidar su pregunta. Otro alumno que después de clase pasea alrededor de la mesa del profesor lo hace, en muchas ocasiones, porque espera que te acerques y le escuches. Incluso hay alumnos que confían su porvenir, parte de su felicidad, a nosotros, y esperan que sepamos aconsejarles sobre aspectos de su vida que trascienden el ámbito de lo académico.

El hecho de confiar en alguien, que no se logra con métodos y doctrinas, es una de las condiciones para convertir la clase en un encuentro. Este es, para mí, el sentido de la enseñanza: hacer de cada clase un lugar para que unos cuantos, cuantos más mejor y siempre acompañados, podamos encontrarnos. No se trata, naturalmente, de un encuentro físico, social o cultural, por lo que no hay barrera física, social o cultural que pueda dificultarlo. En ese encuentro el alumno comprende que el pensamiento es algo accesible a todos y que a todos, de una u otra manera, nos incumbe. El encuentro, en este sentido, sirve al alumno para que, durante unos momentos, se sienta integrante de una humanidad un poco más comprometida.