martes 3 de noviembre de 2009

La claridad de Osho

Comprender los mecanismos por los que funciona el intelecto sigue siendo una de las tareas fundamentales de la neurociencia, la epistemología y la filosofía de la mente. La tarea no es baladí, pues se piensa que conociendo dichos mecanismos podremos llegar a descubrir las posibilidades de nuestra mente. De hecho, me aventuraría a afirmar que ha sido este afán de vislumbrar la frontera del dominio de la razón lo que ha animado la mayoría de los grandes sistemas filosóficos desde la modernidad hasta nuestros días. Así, por ejemplo, algunos filósofos – pienso en Russell, Wittgenstein - han considerado que el pensamiento está sujeto a una serie de leyes, traducibles al lenguaje lógico, que determinan su actividad; los psicologistas, en cambio, atribuyen a los mecanismos psicológicos el poder de determinar las posibilidades la mente; otros, sin embargo, conciben ésta como un poder absoluto al que es absurdo tratar de fijar límites… En fin, sería innumerable la lista de científicos, filósofos y escuelas que sobre el asunto se han pronunciado. Podemos encontrar, sin embargo, en esta pluralidad de pareceres una nota común, y es que todos ellos coinciden en admitir que el entendimiento es la auténtica fuente de conocimiento cierto o, cuando menos, probable. Ninguno de los teóricos aludidos cuestionan el papel del intelecto en la construcción de teorías científicas. Es precisamente su firme convicción en la capacidad de la mente para la construcción de modelos científicos lo que hace que se planteen con tanta urgencia el problema de los límites del conocimiento.
Hay sin embargo otra tradición de pensadores, de poetas, místicos – pienso en Buda, Heráclito, Plotino, Shopenhauer, Jünger, o en el místico contemporáneo Osho - que aseguran haber descubierto otras formas de conocimiento mejores que la intelectiva, como la música, la poesía o la mística. Éstas comienzan a funcionar justamente allí donde finalizan las posibilidades del intelecto, que resulta insuficiente para dilucidar la naturaleza del universo. Lo propio del intelecto, afirman estos místicos, es cuestionar o plantear problemas en torno a otros problemas previamente definidos, de ahí que su acción fundamentalmente se reduzca a dos posibilidades: la confusión o el logro de certidumbres. Estas últimas satisfarán la sed de intelección, pero no el anhelo de claridad, de verdad, inscrito en lo más profundo de la naturaleza humana. El intelecto, por naturaleza, nos lleva a estar ciertos o confusos sobre algo, a nada más, alejándonos así del ser verdadero, que, lejos de prestarse a la intelección como las ideas, demanda otras formas de conocimiento por las que pueda manifestar su esencia, sin fisuras ni alteraciones. Por ello, auguran estos místicos, quienes cuenten únicamente con el intelecto en sus estudios tendrán cerrado el camino del ser, que permanecerá entonces oculto, vedado, disfrazado siempre de un eterno misterio.
La confusión es una gran oportunidad. Indica simplemente que no hay salida a través de la mente (…) Si estás sumamente confundido quiere decir que la mente ha fracasado, que ya no puede proporcionarte más certidumbres. Cada vez te acercas más a la muerte de la mente. Y eso es lo más grande que le puede ocurrir a un hombre en la vida; la mayor de las bendiciones, porque una vez que descubres que la mente es confusión y no hay salida a través de ella, ¿por cuánto tiempo seguirás aferrado a la mente? Tarde o temprano tendrás que desprenderte de ella y, aunque no quieras, se desprenderá por sí sola. La confusión llegará a ser tan grande y tan densa que caerá por su propio peso. Y cuando la mente cae, la confusión desaparece (…) Donde hay confusión puede haber certidumbre; cuando la confusión se desvanece, también lo hace la certidumbre. Simplemente eres claro: ni confuso ni seguro, solo una claridad, una transparencia. Y esa transparencia está dotada de belleza y elegancia; es exquisita.
El momento más hermoso de la vida es cuando no hay confusión ni certidumbre. Uno simplemente es: un espejo que refleja lo que existe, sin sentido ni dirección, sin proyectos ni futuro, solo plenamente en el momento, rabiosamente en el momento.
(El abc de la sabiduría, Osho)

martes 20 de octubre de 2009

Filosofía como conocimiento radical, integral y necesario

Es sabido que numerosos filósofos y estudiosos de la filosofía ven en la tesis de Tales de Mileto - todo es agua - el origen de la filosofía. Alegan que con Tales se inaugura la búsqueda incesante del principio o elemento fundamental que compone la existencia de cuanto hay. Al plantear la pregunta por la esencia de la Naturaleza, por lo que ésta es verdaderamente, el filósofo jonio abre un campo vastísimo de posibilidades para la ciencia postrera, de ahí que quepa interpretar la pregunta por la esencia de lo natural como una forma de encauzar la reflexión filosófica hacia la búsqueda del ser en que ha de consistir el Universo. Y así, basándose en la observación y la inferencia inductiva, Tales responde que el conjunto de la diversidad de lo natural consiste en lo húmedo; Anaxímenes se refiere al aire como el ser fundamental; Anaximandro a lo indefinido; y Empédocles a los cuatro elementos... Así, defienden aquellos estudiosos, la razón por la que cabe atribuir a éstos la categoría de filósofos no consiste en la respuesta que dan a la pregunta por el principio, sino al hecho de que se pregunten por la esencia de lo natural:
La filosofía griega comienza, al parecer, con una fantasía absurda: con la proposición de que el agua es el origen, el seno materno de todas las cosas. ¿Merece la pena, realmente, parar mientes en ella y considerarla con seriedad? Sí, y por tres razones: En primer lugar poorque esta proposición enuncia algo sobre el origen de las cosas. En segundo lugar porque lo hace así sin metáforas ni fábulas. En tercero y último lugar, porque en ella está contenida, aunque sólo en frase de crisálida, la idea de que todo es uno. La primera de las razones aducidas deja aún a Tales en compañía de gentes religiosas y supersticiosas. La segunda, empero, lo saca ya de esa compañía y nos lo muestra como un filósofo de la naturaleza. Por la tercera Tales pasa a ser el primer filósofo griego. (Nietzsche, La filosofía durante el período trágico de Grecia)

Existe, sin embargo, otra suma de críticos, historiadores y estudiosos que apuestan por la tesis de que con los jonios se inicia la ciencia, pero no la filosofía. Desde este punto de vista, la filosofía no debe entenderse como la construcción de cosmovisiones o la investigación de la esencia de lo natural, sino como una reflexión, consciente y sistemática, sobre aquellos presupuestos que sostienen y vertebran las concepciones científicas, estéticas, morales, o políticas. Al igual que los científicos, los primeros filósofos se preguntan por la esencia, pero no del ser humano o del cosmos, de la naturaleza o del alma, sino de aquello que está supuesto o latente en las construcciones científicas. De ahí que estos estudiosos se refieran a Parménides y Heráclito como los primeros grandes filósofos de Occidente: En efecto, la teoría ontológica de Parménides nace de la pregunta por la esencia del ‘ser’, concepto que se encuentra articulando y sosteniendo los axiomas y teorías de los milesios (Todo es agua, aire, fuego…); la reflexión de Heráclito se encamina a aclarar en qué consiste el cambio, el devenir, a los que continuamente se refieren los científicos en sus teorías sin aclarar su naturaleza; y Sócrates y Platón, cuyas investigaciones en teoría política buscan aclarar el significado del concepto fundacional de justicia, continúan en el ámbito de lo político la senda abierta por aquellos filósofos en el de la Naturaleza:

¿Qué es, pues, la filosofía? La utilización de modos de pensar de la ciencia, de la polis, de la cultura, para, logrando un lenguaje más general y abstracto, aplicarlos a analizar la totalidad de las cosas. Por ejemplo, los jonios no se habían planteado qué es el conocimiento, qué la verdad, qué el método (o los diversos métodos). Cuando tales preguntas se formulan, se abre el pórtico a la epistemología y a la metodología. Ello es lo específico de la filosofía. (Alegre Gorri, en “Interrelaciones ciencia-técnica-filosofía”, Historia de la filosofía antigua)

Asumiendo este nuevo punto de vista, con el cual estamos de acuerdo, podemos concluir que la filosofía es una forma de conocimiento radical, en tanto que se ocupa del estudio de la raíz de las ciencias; un saber integral, pues contribuye a la construcción de teorías completas sobre el cosmos y el ser humano; y necesario, en la medida que necesitamos contar con aquellas concepciones de los principios y conceptos fundamentales para levantar el edificio de las ciencias. La filosofía puede entenderse, en este sentido, como una clarificación, una explicitación de aquello con lo que se cuenta pero en lo que todavía no se ha reparado.

jueves 8 de octubre de 2009

Pedagogía cartesiana

El científico y filósofo René Descartes, artífice de las Reglas para la dirección del espíritu, constituye un claro referente de cierta tendencia pedagógica actual. Es sabido que en dicho ensayo se plantea un método, riguroso y lógico, aplicable a todas las ciencias y garante de progreso científico. Lo llamativo de este planteamiento, que tantas disputas continúa generando, consiste en admitir la existencia de una serie de reglas aplicables a cualquier ciencia y por las que toda forma de conocimiento pueda progresar. El método es relevante en tanto que siempre es válido, con independencia de cuál sea su objeto de aplicación. Figúrense las consecuencias de este modo de pensar: los científicos habrán de acogerse a las pautas del método científico, no podrán desatender cada una de las reglas ni inventarse otras... Los detractores del método cartesiano argullen que éste, lejos de impulsar la ciencia, pone bridas a cualquier intento de creatividad o anarquismo intelectual, restando con ello posibilidades al progreso científico.

Como hoy día nos advierte el profesor e investigador Ricardo Moreno en su alegato recién publicado No es verdad que no sea verdad, advertencia que magníficamente recoge el blog Antes de las cenizas, existe en la actualidad española cierta tendencia de la pedagogía actual que, casualmente, se fundamenta sobre presupuestos similares a los cartesianos. Dicha tendencia, entre otras cosas, insiste en que los docentes nos convenzamos de que es necesario poseer una metodología de validez universal para ‘aprender a enseñar’, lo mismo que los alumnos, antes de ejercer su oficio de aprendices, deben ‘aprender a aprender’. Sobre ello opina Moreno:

En cuanto a lo de “aprender a aprender”, es una solemne majadería, por muy prestigiada que esté en ambientes pedagógicos. A aprender se aprende aprendiendo, igual que a andar se aprende tirándose a la piscina. No hay algo así como un “aprender a aprender a nadar” que luego te permita aprender a nadar (No es verdad que no sea verdad, Ricardo Moreno)

La idea que defiende Moreno, y que compartimos plenamente, es que no existen herramientas, reglas o habilidades de validez universal, aplicables a cualquier materia y necesarias para su aprendizaje. Ni el docente ni los alumnos deben acogerse a ellas. La única regla, si se quiere, es que no hay reglas, que son sólo necesarios el esfuerzo y la pasión por el conocimiento para que éste se desarrolle, tanto en las pizarras como en los pupitres. No existe ‘el aprender’ desligado de aquello que se aprende, como no existe ‘el percibir’ separado de una percepción concreta. Eso es sólo una abstracción, y como tal se la debe considerar. Porque, en cuanto se la toma como algo real, aparece el empecinamiento cartesiano de ciertos pedagogos actuales de someter la labor del profesor a las innumerables y vacías reglas de sus metodologías.

A través de la pedagogía, en el mundo de la Educación han entrando y con influencia unas personas a las que se podría llamar “anti-educadores”. Ya que los pedagogos no tienen una materia propia, tienen tendencia a socavar la importancia de todo conocimiento específico de materia, sobre todo lanzando la idea de que sería posible aprender a aprender sin aprender nada específico. En mis momentos de pesimismo me pregunto si estas modas no van a acabar con la civilización occidental tal como la hemos conocido, basada en el humanismo, el racionalismo y la ciencia, porque estos valores han sido transmitidos a través de la Educación y esta transmisión funciona ahora menos bien (“Los pedagogos socavan la importancia de todo conocimiento específico”, Inger Enkvist)

lunes 21 de septiembre de 2009

Elogio a un dios escéptico

La razón humana ha llegado a conquistar a Dios, a vislumbrarlo, ahí con todos sus atributos y perfecciones. Ha supuesto y asegurado su existencia, pero en ningún momento, salvo en los sueños de algún científico o filósofo genial, se ha planteado la inclinación religiosa de Dios. ¿Podríamos suponer un Dios ateo?, ¿un Dios, incluso, escéptico, incrédulo, de poca fe? ¿No sería acaso lo razonable pensar en un Dios así? Puesto que, de creer Dios en sí mismo, debería darse una serie de razones más poderosas que las nuestras, que a fin de cuentas se han mostrado débiles y engañosas. Es lo que piensa y comenta el matemático y teórico de la ciencia John Allen Paulos en su celebrado ensayo Elogio de la irreligión, en uno de sus encuentros oníricos con el mismísimo Dios:
YO: Vaya, dices que eres Dios. Espero que no te ofendas si te digo que no creo en ti.
DIOS: No, no me ofendo. A veces incluso dudo de que crea en mí aun siendo yo mismo. Tu escepticismo es vivificante. Me temo que no tengo mucha paciencia con todos esos miserables creyentes que se postran ante mí (...)
YO: Todavía no lo entiendo. Aunque seas un poco más poderoso, ¿te confundes alguna vez? ¿Te debates a veces entre diferentes alternativas, sin una certeza absoluta?
DIOS: Dios mío, sí. Cada dos por tres me sumo en la confusión, la indecisión y la incertidumbre sobre toda clase de asuntos. No puedo estar a la altura del Dios perfecto de san Anselmo, y eso me hace sentir inferior. Por ejemplo, desearía poder contener a mis creyentes más superficialmente fervientes y decirles que se serenen, que miren a su alrededor y piensen un poco, que se maravillen de la comprensión que han alcanzado y procuren difundir ese conocimiento científico. Pero luego lo pienso mejor y decido que tienen que entenderlo por sí mismos. (...)
YO: Has dicho que estás adelantado en muchos aspectos, pero ¿te crees único? ¿Existen otros dioses u otros un poco más poderosos, un poco más poderosos que tú? ¿Existen otros universos superiores? Mira, yo también sé usar las comillas. ¿Y dónde estás tú? ¿En el espacio? ¿Eres inherente a la conciencia? ¿Eres parte de alguna suerte de cerebro universal?
DIOS: Ni siquiera estoy seguro de si estas preguntas tienen sentido. ¿Cómo distingues entre entidades o universos? ¿Y qué entiendes por existir? ¿Existir como existen las rocas, o los números, o el orden y los patrones, o quizá la efímera floración de una planta? Como he dicho, ni siquiera estoy seguro de si soy Dios, y tampoco juraría que tú no lo eres. Puede que Dios no sea otra cosa que nuestros ideales, nuestras esperanzas, nuestros proyectos, o puede que los seres humanos seáis supersimulaciones dentro de algún superingenio como Mátrix.

jueves 10 de septiembre de 2009

En torno a la indemostrabilidad de Dios

El filósofo David Hume dice así:

Hay un absurdo evidente en pretender demostrar una cuestión de hecho o probarla con argumentos a priori. Nada puede demostrarse a menos que lo contrario implique una contradicción. Nada que pueda concebirse distintamente implica una contradicción. Lo que concebimos como existente, lo podemos concebir también como inexistente. No hay ningún ente, pues, cuya existencia implique una contradicción. Por tanto, no hay ningún ente cuya existencia sea demostrable (David Hume, Diálogos sobre la religión natural)

Esta prueba de la indemostrabilidad de Dios contiene los siguientes pasos:

1. Una proposición queda demostrada si su contraria implica una contradicción (por ejemplo, 'llueve o no llueve' es verdadera porque es imposible que acontezca lo contrario)

2. Nada que pueda concebirse distintamente implica una contradicción.

3. Puede concebirse distintamente la inexistencia de cualquier ente (de una mesa, del Quijote, de Dios)

4. Luego, no hay ningún ente cuya existencia implique una contradicción; por tanto, no hay ningún ente cuya existencia sea demostrable.

El problema lo veo en el paso 3, porque ¿puede concebirse distintamente el no ser de algo? Entiendo que pueda concebirse que no existe esta mesa, el Quijote o Dios, lo cual, atiéndase bien, es diferente a afirmar que pueda concebirse la inexistencia de esta mesa, del personaje de Cervantes o de Dios. Por lo mismo, es diferente afirmar que concebimos que Dios existe que la existencia de Dios. De hecho, no creo que pueda concebirse la existencia de un ser omnipotente y omnisciente, puesto que cualquier concepción ya presupone una mente de poder limitado y falto de omnisciencia; insuficiente, por tanto, para concebir a Dios. Sólo Él sería capaz de concebirse a sí mismo, aunque este supuesto ya no podría formar parte de la argumentación, pues contradiría aquello que hay que demostrar.

domingo 6 de septiembre de 2009

Como mudo que soy

Como mudo que soy
como un sargento culto que se ve en el reflejo,
como nadie,
callo detrás de la puerta
que abre la oscuridad, ya toda,

sargento de pena, con su pan bajo el brazo,

niño abrazante al seno de la silueta parda
que al avanzar escribe,
sargento culto, saca la pistola del corazón del pan,
del pan mismo, del blanco puro donde la luz
recogía las migajas de oro,

pobre niño, pobre,
como corría la arena por sus ojos,
como gusanos redondos, corría,
encenagándose su saliva,
sargento culto al fin,
hipando el labio sin saber decir.

Miguel Porcel Berdala
14 de junio de 2009

domingo 30 de agosto de 2009

Hacia el hombre global

El Catedrático de Sociología Emilio Lamo de Espinosa, en un artículo recientemente publicado en el ABC (24-08-09), defiende que el verdadero reto al que se enfrentan las sociedades actuales consiste en cómo gestionar los problemas globales que van apareciendo. El reto está en encontrar (o construir) las herramientas que son necesarias para abordar los nuevos problemas que, como es el caso del terrorismo, la delincuencia organizada, la proliferación de armas nucleares, la carrera armamentística, los movimientos migratorios, las pandemias, los problemas medioambientales o la pobreza, debido a su naturaleza global, total, trascienden los límites de los Estados y Naciones:

Tenemos, es cierto, un nuevo (des) orden internacional, altamente conectado (más que nunca), y todavía constituido por Estados como unidades básicas, que es la base del sistema inter-estatal de Naciones Unidas. Pero al tiempo aflora algo radicalmente nuevo en la histioria de la humanidad: una sociedad abierta global que salta por encima de los Estados y deja obsoletos a ellos y a los organismos internacionales, nueva sociedad que exige, no otro orden internacional más, sino algo distinto y nuevo.

El problema, por tanto, no consiste tanto en la cuantía y embergadura de los problemas que se avecinan como en la naturaleza de éstos, que inutiliza el tipo de herramientas con los que hasta ahora han contado los Estados. El Estado de Derecho, la ciencia económica y política, la labor científica,..., deben hacer frente a una serie de asuntos que, por su naturaleza, rebasan las posibilidades de aquéllos, lo cual hace que cada vez sea más urgente pensar en nuevas posibilidades de diagnóstico y tratamiento de problemas. Por ello, antes de embarcarnos en aquella tarea, debemos preguntarnos por nuestra capacidad para descubrir los nuevos medios ateniéndonos al conocimiento de la naturaleza de los problemas venideros, a fin de constatar las razones por las que no funcionan los medios presentes y averiguar la efectividad de los futuros.

Me aventuro a suponer, como ya intuyó en el siglo pasado el pensador Ernst Jünger, que el nuevo reto acabe constituyendo, si no lo está haciendo ya, un nuevo tipo de hombre que, sintiéndose ciudadano del mundo global, sea capaz de una visión total que abarque la conexión e imbricación de los problemas transnacionales, para lo cual habrá de adueñarse de los medios totales que permitan descubrir y afrontar dichos problemas. Piénsese que un indicio de que este tipo de hombre está ya configurándose es que efectivamente acontece ese conocimiento global del que, en este caso, el sociólogo Emilio Lamo nos hace partícipes. Lo que cabe prever, por tanto, es que los nuevos retos acaben constituyendo un nuevo tipo de ciudadano capaz de respondabilizarse del bienestar de la ciudadanía global:
Ahora bien, en la medida en que los elementos que estaban en la base de la movilización de la técnica eran naturales, mitológicos y planetarios, las fronteras del Estado-nación eran siempre demasiado estrechas para la tarea del Trabajador. Sin duda, no se trataba de un nuevo imperialismo. El imperialismo se basaba siempre en la diferencia entre civilizados y bárbaros y, para una etapa planetaria dominada por el Trabajdor, regía el supuesto democrático extremo de la igualdad de todos los seres humanos como elementos de la movilización mundial de la técnica
(José Luis Villacañas Berlanga, 'Técnica y nihilismo' en Ernst Jünger y sus pronósticos del Tercer Milenio)