martes, 2 de septiembre de 2014

Un sueño filosófico

Buscando el aula donde recibiría mis clases, me encuentro sentado bajo un árbol a un sabio profesor que me para y pregunta:

- Joven, ¿qué es lo que le inquieta?

- He llegado a la conclusión de que no hay hombre para el que el Universo no sea demasiado.

- En eso lleva razón.

- Desde los comienzos hemos tratado de apresarlo, y por eso no topamos más que con el fracaso de nuestras construcciones. Habría, más bien, que dejarlo en paz, porque ante la bestia no tenemos más que telas de araña.

Tras unos instantes de reflexión, el maestro se inclinó y dijo:

- lo incomprensible nos asusta pero también nos atrae. De vez en cuando, conviene asomarse al abismo.


Sueño de la Noche del 1 de Septiembre

martes, 8 de julio de 2014

¿Dónde parará el canto?


Todavía me recuerdo de adolescente  (uno es adolescente hasta que ya no siente alegría por cumplir años) cuando mi padre me dejó leer un cuento de Borges que citaba a un filósofo inglés llamado Berkeley. Esa lectura, junto a otra del cuaderno azul de Wittgenstein, conformaron uno de los centros de mi ocupación vital, que, naturalmente, en aquellas edades de desenfreno y sobresalto, no llego a gravitar aunque sí a dejar la huella suficiente. Ya advirtió Einstein que uno no se ocupa en la vida de aquello que en el momento presente le interesa, sino de lo que una vez le sobrecogió, como un rayo en la tormenta, un oasis en el desierto o el final de una pesadilla. Eso es la intuición filosófica: un sobresalto, una ruptura en la continuidad vital, un momento de tal lucidez que todo lo demás adquiere de pronto un matiz grisáceo, secundario, superfluo. Sobre esa intuición que una vez me sobresaltó gira este poema que ahora, algunos años después, me regala mi padre:

 
PASADO MAÑANA ENCONTRARÉ EN UN ANAQUEL OLVIDADO A WALT WHITMAN Y LE SACUDIRÉ EL POLVO EN LA TERRAZA DE MI CASA
                                                                                                                            Para Asun, mi mujer

 

 

El pájaro que picotea un punto y otro sin parase en ninguno intermedio.

Así  que son dos, al menos, los pájaros. El pájaro.

 

Desde mi mirada, un lugar donde soy blanco del poniente, observo a los pájaros.

 

Cantan al unísono, en un tiempo distinto

y suena un solo piar.

 

Estoy ciego a la multitud de las cosas,

y a la  vez ciego a su unidad.

 

Todavía no he visto nada,

 más que la dispersión del vuelo y el instante desdoblado del picoteo.

 

Y sólo escuché la memoria del canto.

 

¿Dónde parará el canto?

 

No sabía yo que el poniente necesitara ser visto.

 

Soy otros.

Entre un punto y otro de mi boca no hay nada, sino los otros.

 

¿Callarán?

Y, si no, ¿quién podrá entenderlos?

 

Alguien me verá donde nunca estuve.

Ay de mí si aquél ya fuera ciego.

 

Vivir sin otros ojos en los puntos a donde no ha llegado todavía la materia.

¿Vivir?

 

Ser uno y tantos que descansa en el camino que nadie anduvo

ni aun yo, que sólo aspira.



                                                           Miguel Porcel

 

                                                                                            Junio, 2014

domingo, 6 de julio de 2014

Conocimiento mutilado

El problema no es la creciente disponibilidad de nuevas fuentes de información, sino que todo se reduce a información. Hay quienes todavía creen que la teoría platónica de las ideas o la fenomenología del espíritu de Hegel pueden ser conocidas rastreando aquí y allá en Google. En efecto, desde la creencia de que todo es información, Internet se descubre como la pantalla hacia la verdad y el trasmundo de las ideas. Sin embargo, más bien, conocer consiste, primera y fundamentalmente, en olvidar y deshacer lo acumulado. Hay que dejar de rastrear Google para salir de la caverna y ejercitarse en la tarea de renunciar al dato.

El mundo demanda darnos por enterados: infinidad de whatsapps, mensajes, correos electrónicos, noticias, demandan de nosotros una atención y una preocupación constantes hacia este tipo de alertas que acaban convirtiéndose en verdaderas adherencias limitadoras de pensamiento y acción. El conocimiento pasa por renunciar a todo ello y ejercitarse en la tarea de la búsqueda y la comprensión, para la cual no existen autopistas de la información y, salvo en raras ocasiones, no encontramos apoyo en comunidades o foros. El conocimiento es un ejercicio que se ejercita a solas, o si se quiere, sólo en compañía de un otro que dona conocimiento a cambio de un esfuerzo continuado de búsqueda y comprensión.

El dolor es el tributo que debemos de pagar para recibir verdadero conocimiento. Las ideas se paren, por eso el dolor es el síntoma inequívoco de haber dado a luz a ellas, sin anestésicos que lo mitiguen o comadronas que nos asistan.

miércoles, 2 de julio de 2014

Primero fue lo inútil

El origen de lo útil es lo inútil, es decir, lo que está de más, lo sobrante o excedente. Los propios utensilios son una manifestación de ese excedente energético del que gozaba el hombre primitivo. Éste se vio ante la necesidad de encauzar aquella energía rebosante hacia todo tipo de fines imaginables, de orientarla hacia algún propósito antes de que explotara en sus narices. Esto explica que el trabajo mecanizado, contra lo que pueda parecer, tanto deba al juego y a la ceremonia, al erotismo y a la fantasía. Y es que la exactitud ritual en las ceremonias precedió con mucho a la exactitud mecánica en el trabajo, y la división rigurosa del trabajo llegó primero a través de la especialización en los oficios ceremoniales.

Gracias a un cerebro extremadamente desarrollado e incesantemente activo, el hombre disponía de más energía mental utilizable de la que necesitaba para sobrevivir a un nivel puramente animal; y, de acuerdo con esto, tenía la necesidad de canalizar esa energía, no sólo en la obtención de alimento y en la reproducción, sino en formas de vida que transformaban esta energía de manera más directa y constructiva en formas propiamente culturales, esto es, simbólicas. ("La técnica y la naturaleza del hombre", Lewis Mumford en Filosofía y tecnología)


¿Y qué son el utilitarismo, el positivismo o el mercantilismo, que tanto preconizan en nuestros días el valor de lo Útil, más que otra manifestación de esa energía sobrante?

sábado, 7 de junio de 2014

La verdadera naturaleza gusta de ocultarse

Para mi hermano, otro maestro:

Dice Heráclito que la guerra es el padre de todas las cosas: a los unos los designa como dioses, a los otros, como hombres; a los unos los hace esclavos, a los otros, libres. En otro sentido, la guerra, más que discernir, enseña. No en el sentido convencional, como aquel entramado de instituciones, normas y fuerzas que pretenden disciplinar y ordenar aquello que, de suyo, no se deja subordinar ni convertir.

La guerra enseña, pero no dirigiéndose al hombre abstracto -sea éste alumno, médico o general-, sino al concreto, al de carne y hueso, forjado por aquella amalgama de pasiones y miedos en que la carne humana consiste. 

La guerra enseña a cada cuál quién es: le revela sus miedos y deseos más profundos, aquello que el yo había soterrado por serle insoportable.


La guerra ejerce tal presión a la naturaleza que ésta acaba haciéndose visible. Ella media entre la naturaleza y la historia, de manera que, por primera vez en mucho tiempo, comienza la diferenciación: descubre al miserable su miseria, al valiente su grandeza, al ambicioso sus medallas de cartón piedra.

La guerra es la escuela que alcanza a todos porque no renuncia a enseñar al débil ni se conforta con engrandecer al fuerte. Obra, digámoslo así, fuera de los rieles por los que circula el artificio y el poder.

Una descripción fenomenológica de Senderos de gloria (1957)

lunes, 19 de mayo de 2014

El ciclismo como vivencia interior

Por hoy ya hemos inscrito de sobra nuestros nombres en las páginas de la historia. Nos largamos hacia el río Perfume para pasar allí la noche. 

Mi cabeza vuelve a estar ocupada con los sueños eróticos, pensando en el sucio chumino de la chavala y fantaseando con volver a casa para follar todo el día.

Estoy tan feliz de seguir vivo. De una pieza y a punto. Este mundo es una puta mierda, sí, pero estoy vivo y no tengo miedo.

Final de La chaqueta metálica (Stanley Kubrick)

lunes, 12 de mayo de 2014

Deseo sin objeto (el caso de Woody Grant)

La sociedad a veces puede ser nuestra peor enemiga. Puede, incluso, aprisionar nuestro ser hasta casi ahogarlo, destruirlo definitivamente. La indignación comienza en el momento en que hablan, piensan, deciden, incluso sienten por ti. El otro no deja lugar para expresarte, para manifestarte. Es lo que le ocurre a Woody Grant de Nebraska (2013), un anciano al que ya nada le queda por hacer salvo "comprarse una furgoneta  nueva, un compresor de aire y dejar algo a sus hijos." Woody vive tranquilo, en paz, nada le falta, y sin embargo no desea más que salir de su casa (y de su mujer) en busca de un premio millonario del que todo el mundo le dice que es un timo, una mentira. Woody siempre ha sabido que lo es, pero a pesar de ello, se afana en conseguirlo. Sabedor de que no hay objeto de deseo, posibilidad de satisfacción, se afana en secundarlo; y es que lo importante para él, aquello que le puede devolver su identidad, no es perseguir metas realizables (como los demás pretenden), sino secundar sus deseos, por irrealizables que sean. Al final, al volante de su furgoneta, el anciano recobra su identidad, ese ser que, a fuerza de ser oprimido por sus seres más cercanos, se le estaba yendo de las manos. Ahora los demás ya saben quién es Woody Grant.