sábado, 9 de noviembre de 2019

Cuidados del jardín

¿Por qué no hacer de un jardín un maestro? Aunque sea de un pedacito de tierra, con sus tomates, sus patatas y sus cebollas. Y siempre con su disciplina, con la humildad que su cultivo exige entre quienes lo procuran y lo cuidan. ¿Por qué no rodear los centros escolares, al menos los más indisciplinados, de esplanadas de jardines, con sus parcelas, su humedad y su tierra? ¿Y abrir entre el currículo de enseñanza obligatoria, junto a las matemáticas y el inglés, y otras aquellas mal llamadas materias instrumentales, la asignatura de Cuidados del jardín? ¿No aprenderían con ella a disciplinarse más los alumnos? ¿No se abandonaría entonces la penosa tarea de "tener que" decirles cómo ser disciplinados? Y ello mientras estos mismos alumnos, los que se harían responsables de su parcela, si la tuvieran, aburridos de escuchar siempre la misma monserga, se tiran papeles mientras juegan a desafiar al indefenso educador de valores.
 
Mucho me temo que los valores no se transmiten, o no son susceptibles de ser codificados, y menos de ser penetrados por intelección. Que no, que los valores se viven, se adquieren, se incorporan al ser de cada uno.... Y el trabajo en el jardín, eso seguro, pues así lo demuestra cualquier historia milenaria de la vida monástica, es una fuente muy efectiva de asimilación de valores. Valores como la humildad, pues la tierra, quizá más que ninguna otra cosa, aunque sea un pedazo de ella, tiene sus leyes, sus ritmos, sus normas, siempre infranqueables. Y valores como la constancia, pues el trabajo ha de ser constante, y abarcarlo todo, pues cualquier mala hierba que quede puede acabar con todo el jardín, que ya será nuestro, porque así lo viviremos, fruto de nuestro trabajo. Pero, sobre todo, el valor de la responsabilidad. ¿Cómo puede hacerse responsable a alguien de un número, de una nota, que es algo abstracto, apenas tangible, quizá sólo audible? Es lo que hacemos con este sistema educativo cuyo objeto, además del siempre incierto aprendizaje del alumno, es la obtención de un resultado meramente abstracto, y nada propio, que forme parte de uno, porque no se puede vivir.
 
No, quien cuidara del jardín se haría responsable de su jardín, con su parcela, su tierra y su humedad, que es algo bien tangible, tanto que se puede abrazar, y respirar, y dormir en él, hasta soñar con que da más tomates, cebollas y patatas.
 
 ¿Por qué no abrir entonces a nuestro currículo de enseñanza obligatoria Cuidados del jardín?
 

El hombre que cultiva la tierra se cultiva a sí mismo. Tiende puentes entre la tierra y el cielo, entre él y los demás. Ennoblece lo que hasta entonces era yermo e indiferente. El jardín es una escuela en la que aprendemos a vivir con rectitud. Nos abre los ojos para que comprendamos la causa última de las cosas y también su efecto. En este sentido, es una fuente de sabiduría y de virtud.  (Los jardines de los monjes, Peter Seewald y Regula Freuler)

jueves, 31 de octubre de 2019

Aquel primer día

A mi amigo Víctor,
 
La infancia es tiempo de gigantes, cuando rompíamos cascarones a cada paso, sin saber que iba a ser la última vez. Cascarones hechos de tiempo, y de aliento, tejidos quizá en las noches uterinas más allá de la primera luz. Cascarones que palidecían y rompían a la intemperie, a ese primer día de colegio cuando apenas nuestra razón se preguntaba por qué teníamos que estar ahí.
 
                                            Dibujo de Víctor González 
 
Y así fue que me acerqué a él, con la poderosa esperanza de encontrar en él una señal de aquel primer aliento. Y me tendió su mano, y aguardó conmigo hasta que dejó de correr la sangre por mi rodilla.
 
Aquel primer día.

viernes, 25 de octubre de 2019

Sobre democracia, ignorancia y conocimiento

Fueron muchas las voces que se escucharon en el primer encuentro de la nueva temporada de filosofía joven organizado por la Sociedad aragonesa de Filosofía y el Servicio de Juventud del Ayuntamiento, que en esta ocasión reunió al filósofo Fernando Broncano y a las alumnas del IES Jerónimo Zurita Ahyssa Ramírez y Lucía Gascón. El modo como las cegueras epistémicas destruyen los cimientos de sociedades democráticas deliberativas, la acción corrosiva de la cultura neoliberal sobre los lazos cumunitarios en contextos de cooperación, o estrategias de resistencia ante el poder del mito del éxito, fueron algunos de los temas que en la tarde de ayer salieron en la mesa. Una cosa está clara: la gente joven quiere preguntar, escuchar y participar sobre asuntos que, como la educación, el conocimiento y la democracia, a todos concierne.





El profesor David Porcel Dieste moderando la mesa redonda con el filósofo Fernando Broncano y las estudiantes Lucía Gascón y Ahyssa Ramírez




                              Andrés Pérez Miguel entrevistando al filósofo Fernando Broncano

jueves, 10 de octubre de 2019

Encuentros filosóficos en Zaragoza

Aquí va el cartel anunciando los tres nuevos encuentros filosóficos organizados por la Sociedad aragonesa de Filosofía en colaboración con el Ayuntamiento de Zaragoza... El primero de ellos, con la presencia del filósofo Fernando Broncano y de las estudiantes de Filosofía Lucía Gascón y Ahyssa Ramírez, moderados por un servidor, promete despertar preguntas sobre temas de interés común como el papel del conocimiento y de la ignorancia en las sociedades de la información, la salud de nuestras actuales instituciones educativas, la importancia de una reflexión sobre los fines ante la preminencia de los medios, o el valor de la creatividad en sociedades tecnocráticas....

¡No os lo perdáis!

jueves, 19 de septiembre de 2019

Kubrick y la infinitud del deseo

Como es sabido, las interpretaciones que hacen los espectadores de una película obedecen a criterios y puntos de vista muy diversos, siendo en ocasiones incluso contradictorios. Diríamos que cada espectador construye su propia película. Ello es especialmente visible en películas que, por su estilo y desarrollo argumental, son esencialmente ambiguas. Es el caso de la obra póstuma del cineasta Stanley Kubrick, Eyes Wide Shut (1999), basada en Relato soñado de Arthur Schnitzler. Este hecho es lo que mueve el propósito del estudio que he titulado Eyes Wide Shut: a las afueras de la transparencia y de la oscuridad: distanciarnos de la predominancia hermenéutica y pensar la obra de Kubrick como una aproximación a la comprensión de uno de los asuntos más graves y acuciantes de la filosofía. Veremos que esta película ahonda en la comprensión del conocimiento humano en su íntima conexión con conmociones fundamentales como el misterio o el asombro.

                                                                                *

Como habéis sido varios los amigos y compañeros que al leerlo habéis recibido alguna enseñanza, lo comparto aquí para otros posibles lectores interesados.

El trabajo se integra en el XIV Boletín de estudios de filosofía y cultura Manuel Mindán, que generosamente publica la Fundación Mindán Manero.


martes, 17 de septiembre de 2019

Hogueras a la intemperie

Los bosques cobijan, no fascinan. Limitan cualquier tentativa de exposición, o de exhibición. De repente la mirada del otro desaparece y ya estamos a solas con el Universo. Quizá entonces él nos escuche. ¿Quién no ha experimentado alguna vez el Bosque? Irse al bosque, bañarse en él (Shinrin Yoku), emboscarse, son expresiones que denotan una misma experiencia. Una noche de niebla, cuentos de niños extraviados en el bosque, una melodía que no deja oír, lágrimas que se pierden en la lluvia, el último latido del enemigo, nos llevan al Bosque sin que hayamos reparado. De pronto, nadie nos llama ni sentimos la necesidad de saber la hora. Las ruedas dejan de girar y ya nada avanza. ¿Qué es el progreso sino una forma de intervenir en el movimiento?

El último grito en el Bosque puede ser de horror, pero también de paz y agradecimiento. Me imagino a los prisioneros liberados de la caverna danzando y alabando a la Belleza. Y a la diosa de Parménides agradecida de poder compartir con los hombres los tesoros del Ser. O al poeta a orillas del río cantando desde ultratumba a las jóvenes de la nieve blanca. Y me imagino el esfuerzo de emboscados por hacer del Bosque un lugar natural, y a errabundos en la ciudad de Benjamin haciendo hogueras sobre bañeras a la intemperie.


Poco importa saber orientarse en la ciudad. Pero perderse en la ciudad como quien se pierde en el bosque requiere aprendizaje. Los rótulos callejeros han de sonar como el crujir de las remas secas al errabundo, y las callejas del centro urbano han de señalar las horas con igual exactitud que las hondonadas del bosque. (Walter Benjamin)

domingo, 15 de septiembre de 2019

Expropiación de los deseos

¿Cómo lo puedo conseguir? Es la pregunta que resuena en nuestros estudiantes cada vez que miran hacia delante y fijan la atención en algún propósito. La razón instrumental, o el instrumento convertido ya en razón, es de lo que se sirven para conducir sus vidas ahora menesterosas de conocimientos y cuidados tecnológicos. Y tanta es la menesterosidad y la preocupación mediáticas que uno se olvida del fin que había propiciado el pensamiento de los medios. La imagen es la del niño que recibe de su madre una cámara fotográfica para que aprenda a mirar y el niño crece con ella aprendiendo sólo a cómo usarla. Y cuando de fuera llega la advertencia de que, en realidad, la cámara sirve a un fin distinto de conocer su funcionamiento, la desoímos porque ya no sabemos sino mirar instrumentalmente.
 
Sí, desoímos los fines y la reflexión sobre ellos, hasta el punto quizá de convertirnos en usuarios y utensilios de otros usuarios. Pero no hay que desfallecer. El deseo está ahí. Deseo de mirar, de saber, de agradecer y enamorarse. Deseos no consumistas y sí consumidores, de nuestro tiempo y espacio más íntimos y singulares. El otro día me decía un alumno que había aprendido a desear, y se preguntaba por qué no hay una asignatura que nos enseñe y guíe en la humana tarea de anhelar y desear, antes de que alguien lo haga por nosotros y cedamos la autoría de nuestros deseos a instancias y señores que nada bueno quieren de ellos. Y ese mismo alumno se dirigía a una biblioteca, y lo hacía paseando, disfrutando del deseo de ir a ella y abrir las páginas de un libro deseado. Y, mientras paseaba, seguía preguntándose por qué ese empeño en aprender a calcular, a conocer y resolver, a callar y comportarse, como si el desear ya no fuera cosa nuestra.
 
Después de todo, también del deseo se vive, y se respira, y se crece.