viernes, 11 de agosto de 2017

Exceso de «exceso»

Es el sentir del tiempo el que carga y descarga de valor a las palabras. Un tiempo de penuria y enfermedad añade valor a palabras como «salud», «curación» y «asilo», mientras que otro de paz y prosperidad extiende el campo de referencialidad a palabras como «progreso», «capital» y «gestión». En cada contexto, en cada conversación, tendrán que escucharse estas palabras. Surgirán derivados, neologismos, relacionados con aquellas. Apenas habrá fenómenos que no sean nombrados por ellas. Cada época tiene su sentir; cada sentir, su cortejo de significados.

Si hay una palabra de la que nuestro tiempo es deudor es la palabra «exceso». Vivimos en la época del exceso. Hay, valga la redundancia, un exceso de «exceso». Como diría Goethe, el exceso es un protofenómeno, quizá, el protofenómeno. Hay exceso de cantidad, de ofertas, de turismo, de información, de mensajes, de whatsapps, de velocidad, de datos, de almacenaje, de rendimiento, de capital, de “me gusta”, de prohibiciones, de permisividad… Casi todo lo que hoy en día existe en nuestro mundo es «excesivo», y cualquier falta (por ejemplo, de tiempo, de energía) lo es siempre como consecuencia y en relación al exceso (de premura, de exigencia de rendimiento) La falta necesita del exceso como el oxígeno del agua.

La forma de tratar con el exceso no es la orientación o la dirección. ¿Acaso puede reconducirse el flujo de agua producido por un desbordamiento, o pueden guiarse las acciones en un momento de desenfreno? El exceso supone descontrol, desbordamiento, dispersión. Y lo disperso, lo que se desparrama, lo que avanza descontroladamente hacia todas las direcciones, no admite la posibilidad de la orientación. Tampoco alguien, en dispersión, puede hacer pie para elegir la dirección a seguir. Los Führer y soberanos han necesitado de algo que dirigir o sobre lo que gobernar. Para elegir primero es necesario estar en situación de elegir. 

¿De qué pueden servir, por tanto, las éticas de fines?, ¿de qué puede servir aquel modo de pensar que busca, ante todo, proveer a la vida de un rumbo y de un ritmo? Necesitamos contar con otro tipo de acciones para afrontar el exceso. Paradójicamente, no es de medida, de equilibrio, de razonabilidad, lo que ahora necesita el mundo. Un mundo disperso, en dispersión, no puede hallar medida, razón, dirección. Necesita, más bien, de una acción que limite, que ponga freno a la dispersión. Y es que, en ocasiones, hay que aguardar a que termine de producirse la catástrofe para empezar a reparar los daños.

domingo, 6 de agosto de 2017

La fragilidad soportada

La razón es tan endeble, tan frágil, que nos cuesta soportarla cuando tenemos que acudir a ella. No sé a vosotros, pero a mí me supone un enorme suplicio acudir a razones para explicar el motivo de casi cualquier decisión. A nadie (salvo quizá a los niños o a los locos) se le ocurriría preguntar por qué nos hemos enamorado de tal o cual persona o por qué andamos encorvados, pero no mostramos reparo en inquirir los motivos por los que alguien se ha mudado de residencia, dedica su tiempo libre a escribir artículos de filosofía o ha decidido estudiar chino. Y, sin embargo, todo va de lo mismo, todo forma parte de la misma trama. ¿Qué va a poder justificar la razón si ella también ha formado parte del entramado?

Las apetencias no obedecen a razones, sino las razones a apetencias. Estos días, por ejemplo, porque me apetece leer a Luciano Concheiro y escribir sobre la "cultura del exceso", puedo justificar a mis semejantes mi opción por la lectura. De hecho, el abanico de razones que uno humanamente puede dar, todas endebles y apenas soportables, funciona únicamente como forma de dar sentido a las acciones ante el otro. Una vez escuchados los motivos de quien tengo en frente, sus acciones adquieren un sentido. Ya puedo dirigirme a él. Se ha convertido en un semejante. Lo mismo que el saludo, la felicitación o el pésame, la necesidad de justificarnos sirve al interés común de sociabilidad. Es, como tantas otras formas culturales de aproximación, una manera de constatar al otro que algo compartimos, aunque sea ese suplicio de tener que soportar un sentido a las cosas y a las acciones.

sábado, 22 de julio de 2017

En el espacio del pensar

Problematizar una realidad, reducirla a su aspecto problemático, es una forma de poder. Quien está detrás se cree con la autoridad suficiente para ver el problema y legitimar los esfuerzos orientados a su solución. La educación en España es un problema, se dice, pero con la mirada puesta en un determinado ideario o plan de acción. Nadie ve problemas si no hay una voluntad de reducir y apropiarse de la realidad. Sin embargo, lo que no ve el poder, en cualquiera de sus máscaras, es que lo real no es visible (y menos, abordable) con el prisma del problematismo. Lo que ve quien quiere ver problemas son problemas, pero esto, precisamente, gracias a que la realidad no es problemática. Si la realidad lo fuera, no haría falta agudizar la visión con lentes o prismas. A nadie que se queda sin oxígeno se le ocurre consumir su energía en decir que le falta el aire. Lo que hace es buscar aire, no declarar que le falta. Por tanto, la pregunta no debe ser por qué es un problema la educación en España, sino "por qué se ve como un problema." Es algo que podrían abordar aquellos que tanto se afanan en idear caminos y soluciones.

Sin embargo, este ideario sólo revelaría el origen causal de determinada tendencia social y política que, lejos de reparar, busca afianzar su poder. El poder es voluntad de poder. El poder busca sólo su acrecentamiento, de ahí que no es por la vía del poder como podamos llegar a la enmienda y la reparación. Decíamos en la entrada anterior, desde una visión más próxima al fenómeno, que la educación es un encuentro, como el arte, la religión o la magia. Es un encuentro por el que se lleva al límite al pensar, por el que se pone al alumno ante la disyuntiva de ejercitarlo o renunciar a él. De ahí que, tras el encuentro, el alumno, ya vuelto sobre sí, entiende que el conocimiento es una empresa respecto de la que debe pronunciarse, si forma parte de ella, y entonces procura el ejercicio del pensar, o la rechaza, y sale de los rieles del aprendizaje y la enseñanza. Esta es la disyuntiva sobre la que todos, en tanto que seres humanos, dueños de nuestro pensar, debemos, tarde o temprano, pronunciarnos. Pero mientras sigamos poniendo empeño en idear y solucionar, como si la educación fuera problemática o contuviera aspectos problemáticos, no haremos más que alejarnos (y alejarles) de aquella disyuntiva, quedándonos fuera para siempre del espacio público del pensar.

jueves, 6 de julio de 2017

Encuentros

Esta entrada la dedico a mis alumnos de 1ºBACH B/C

Desconfío de los métodos y las doctrinas. Se han construido por la presunción de que todos los casos son iguales, de que la singularidad no es relevante ni resta efectividad a aquéllos. Pero un grupo de alumnos es un grupo de seres singulares, con su idiosincrasia particular, su historia, su situación, sus expectativas... No deberíamos buscar métodos o doctrinas allí donde no hay lugar para aplicarlos. Pretenderlo asemejaría a querer tender un puente sobre los océanos o cavar un túnel bajo los desiertos... Por el contrario, deberemos permanecer atentos, vigilantes, a esa singularidad, no con el fin de integrarla a la nuestra, sino de prestar al alumno la oportunidad para que confíe en nosotros, sus profesores.

Un alumno que levanta la mano para preguntar es un alumno que, si lo hace con honestidad, confía en que sepamos acoger su pregunta. En ocasiones, no es tanto la respuesta lo que busca como que podamos anidar su pregunta. Otro alumno que después de clase pasea alrededor de la mesa del profesor lo hace, en muchas ocasiones, porque espera que te acerques y le escuches. Incluso hay alumnos que confían su porvenir, parte de su felicidad, a nosotros, y esperan que sepamos aconsejarles sobre aspectos de su vida que trascienden el ámbito de lo académico.

El hecho de confiar en alguien, que no se logra con métodos y doctrinas, es una de las condiciones para convertir la clase en un encuentro. Este es, para mí, el sentido de la enseñanza: hacer de cada clase un lugar para que unos cuantos, cuantos más mejor y siempre acompañados, podamos encontrarnos. No se trata, naturalmente, de un encuentro físico, social o cultural, por lo que no hay barrera física, social o cultural que pueda dificultarlo. En ese encuentro el alumno comprende que el pensamiento es algo accesible a todos y que a todos, de una u otra manera, nos incumbe. El encuentro, en este sentido, sirve al alumno para que, durante unos momentos, se sienta integrante de una humanidad un poco más comprometida.

miércoles, 5 de julio de 2017

Pensar la impresencia

Decía Descartes aquello de pienso, luego soy, con fe y fervor casi religiosos, después de la epifanía que luego marcará toda la modernidad. Descartes llamará a esta revelación el primer principio de su filosofía, el soporte sobre el que ahora sí podrá montarse todo un sistema de ideas, teorías y saberes. Pero es más bien Descartes quien se apoya en el yo soy. El yo, al que le impone la cualidad de ser, como antes había hecho Parménides con el Ser o Platón con la Idea, actúa de muleta con la que Descartes ya puede echar a andar. El yo soy es, ni más ni menos, una construcción, un artificio, sobre el que uno puede o no sostenerse. Algunos nietzscheanos, por ejemplo, desconfiaron tanto en el yo soy que acabaron viendo en Descartes un impostor y en su principio una impostura.

El yo, el Ser, la Idea, la Forma, Dios,... son, en todo caso, construcciones que invitan a la adhesión o a la herejía. Se dice: Dios (no) existe y sé cómo demostrarlo, como si Dios fuera el punto de partida. Más bien, como ya intuyera Nietzsche del yo soy, Dios, como tantas otras deidades, es una respuesta a una misma situación de punzante falta. Sí, andamos necesitados de yoes, de Ideas, de dioses, precisamente, porque no los tenemos ni nos son presentes... Quizá, después de todo, estén ahí para aliviar el dolor de la impresencia, la carga de no poder ver más que el contorno del paisaje.

viernes, 30 de junio de 2017

La negación afirmada

Para mi padre, de quien tanto aprendo

La negación la introduce el sujeto. Decimos: Dios no existe. Y luego lo demostramos. Pero ya hemos introducido la negación. Parménides estableció la negación como la condición de posibilidad del (des)conocimiento ("Y es que no podrías conocer lo que no es -no es alcanzable- ni tomarlo en consideración") La negación es, digámoslo así, la antesala de fantásticas teorías, algunas de ellas capaces de embaucar a los más incrédulos o de desilusionar a los más ilusos. 

Pero la negación la introduce el sujeto. Es, quizá, la condición del pensar. Pensar algo supone haberlo opuesto al resto de cosas. Si pienso que "mañana hará frío" es porque sé que "mañana no es hoy". 

Por ello hay que escuchar con cautela los argumentos teológicos, o metafísicos, sobre la inexistencia de Dios o del alma. Digo con cautela, porque se montan sobre un artificio, una muleta, diría yo. Y esta muleta es la negación, sin la cual no podríamos ni pensar ni esgrimir argumentos. 

Los empiristas trataron vanamente de fundamentar el origen de la idea de negación en la comparación. Si comparo "este hoy" con "mañana" descubro que no son idénticos. Sin embargo, bien pensado, cualquier ejercicio de comparación ya supone haber introducido la idea de negación. En efecto, si comparo "este hoy" con "mañana" es porque ya sé lo que es o significa "ser hoy", y, como decíamos, cualquier definición precisa de la negación.

Mucho me temo que nos hemos preocupado del ser y de lo positivo, pero poco del no ser y lo negativo.

miércoles, 28 de junio de 2017

Una reflexión al hilo de Barry Lyndon

Cada vez estoy más convencido de que los manuales de Filosofía, y la academia en su conjunto, con aquello de que "somos sujetos y dueños del porvenir", nos han llenado de ideas que, aunque muy fundamentadas, resultan impulsoras y legitimadoras de prácticas engañosas. Advierte Alain de Benoist que los totalitarismos políticos del pasado siglo responden al mismo esquema que la Ilustración, sólo que aquellos, en lugar de venerar a la Razón, entronaban a los Estados totales. Pero ambos, Ilustración y autoritarismo, pretenden erigir el porvenir histórico sobre el cimiento de la autonomía de la voluntad. Es de la "buena" voluntad de donde ha de extraerse la sustancia histórica. 

Sin embargo, como decía, cada vez creo menos en los personajes y más en las personas, con sus vilezas, sus bondades y desmesuras, y sobre todo con su forma de estar, siempre situada, y además en un mundo que no ha terminado de elegir. Nadie nos pidió permiso y, sin embargo, aquí estamos, aquí y ahora

Aquellos manuales, ya contados por nuestros abuelos, nos han hecho creer que somos un propósito, o cuando menos un resultado, y que por eso hay que alentar la esperanza con la imaginación y avivar el pasado con la memoria. Pero lo que callaron, o parecían no saber, es que también la esperanza y el recuerdo son hijos de la pasión, del aquí y ahora, de ese otro tiempo que no conoce el perdón.