viernes, 13 de mayo de 2016

Lectores silenciosos

La historia de la racionalidad suele distinguir entre "racionalidad de medios" (saber cómo llegar a una meta) y "racionalidad de fines" (saber si esa meta es adecuada o razonable), y entonces cae en el lastimoso error de atribuir una autonomía a los fines y otra a los medios. Fines y medios, contra lo que nos dicen las políticas educativas o la investigación tecnocientífica, no son realidades separadas ni separables. Basta atender a la historia de la técnica del libro, como hace Nicholas Carr en su libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, para darse cuenta de que los cambios producidos en el medio obran en el elemento orgánico, emocional, cognitivo, creando por tanto nuevas necesidades y nuevas expectativas. Vistas así las cosas, ¿qué sentido tiene reflexionar sobre los medios sin tener en cuenta los fines o analizar éstos sin considerar aquéllos?

Carr describe cómo la lectura silenciosa, atenta, pausada, analítica, no era posible con la scriptura continua, cuando los transcriptores se limitaban a reproducir el lenguaje hablado. El esfuerzo que debía hacer el lector para separar mentalmente las palabras, las frases, los párrafos era tan arduo y costoso que no era muy habitual encontrarse con lectores silenciosos. Tanto es así que cuando alrededor del año 380 san Agustín vio a san Ambrosio, obispo de Milán, leer en silencio para sí mismo, se preguntó si Ambrosio no estaría en realidad ahorrando voz, pues se volvía ronca con facilidad. No sería hasta mucho después de la caída del Imperio romano cuando la forma del lenguaje escrito rompió por fin con la tradición oral. Por fin, en el siglo XIII, la scriptura continua quedó obsoleta. Ahora la escritura iba dirigida al oído y a la vista.

La generalización de los signos de puntuación, la colocación de espacios entre las palabras, aliviaron la tensión intelectual que requería el desciframiento del mensaje, propiciando la lectura silenciosa y atenta. El fin de la scriptura continua propició la creación de un nuevo tipo de lector: silencioso, paciente, analítico, creador de nuevos libros y afanoso, ahora, de nuevas metas. La lectura había despertado en el lector la necesidad de nuevos medios, aptos para la consecución de fines que antes no existían: “Los avances en la tecnología del libro cambiaron la experiencia personal de la lectura y la escritura. También tuvieron consecuencias sociales. La cultura en general comenzó a moldearse, de manera sutil pero evidente, en torno a la práctica de la lectura en silencio. La naturaleza de la educación y la erudición cambió, las universidades comenzaron a hacer hincapié en la lectura privada como complemento esencial a las lecciones magistrales. Las bibliotecas comenzaron a desempeñar un papel mucho más central en la vida universitaria y, en general, en la vida de la ciudad. La arquitectura bibliotecaria misma evolucionó. Los claustros y cubículos privados, pensados para la lectura oral, fueron arrancados y sustituidos por grandes salones donde estudiantes, profesores y otros usuarios se sentaban juntos en largas mesas de lectura personal y silenciosa. Libros de consulta como diccionarios, glosarios y concordancias adquirieron importancia como ayudas a la lectura. Era corriente encadenar los ejemplares de textos preciosos a las mesas de lectura. Para cubrir la creciente demanda de libros, comenzó a tomar forma una industria editorial.” (p. 87)

Por ello, desde la consideración de los medios como realidades que obran en los fines, transformándolos, regenerándolos, pierde todo su sentido esta pedagogía imperante que proclama el "aprender a hacer un buen uso de los medios", como si aprendiendo a usar los medios estuviéramos ya liberados de cualquier influjo de éstos sobre nosotros. El uso de cualquier técnica, como la del libro, nos convierte en seres expuestos a influjos orgánicos, cognitivos, que llegan a transformar no ya sólo nuestra manera de pensar, sino nuestras preferencias acerca de las nuevas técnicas que queremos medien en la búsqueda de fines.

jueves, 28 de abril de 2016

Nuestros alumnos en la III Olimpiada de Filosofía

Los días 15 y 16 de Abril profesores aragoneses de filosofía acudimos a la celebración de la tercera edición de la Olimpiada española de Filosofía, con motivo de la clasificación de nuestros alumnos. No hubo suerte y volvimos sin medallas, pero sin duda el mejor premio fue la experiencia allí vivida, el encuentro intercultural y filosófico de un evento que reunió a 15 comunidades autónomas. Además, el ejercicio propio de la Olimpiada fue acompañado por numerosas e interesantes visitas culturales por la tierra asturiana, organizada tanto para alumnos como para profesores. Pudimos conocer un poco mejor el centro histórico de Oviedo, los monumentos prerrománicos situados en el Monte Naranco o la historia del pueblo minero Bustiello, una excepción dentro del patrimonio industrial asturiano. Sin duda alguna, la Olimpiada española se convirtió en un intercambio de ideas y experiencias que a nadie se nos olvidará.



                                              Subiendo al Monte Naranco



                                           Algunos de nuestros alumnos aragoneses


                                  En esta ocasión con otros de otras comunidades


                                  Frente a la Iglesia de San Miguel de Lillo


                                    Ni Santa María nos libra de la lluvia



                             Escuchando la historia de los mineros de Bustiello


                                  Dispuestos a darlo todo en el Parlamento asturiano


Escuchando atentamente el procedimiento de la Final


Se anuncian los ganadores


                    El mayor premio ha sido la experiencia de compartir experiencias



LISTADO DE ALUMNOS GANADORES:

Disertación filosófica
1.- Alberto Pezonaga Torres
2.- Jimena Moreno Rubio
3.- David Gómez Martínez
Dilema moral
1.- Sofía Palmerín
2.- Marina Laguna Calvo
3.- Marta de Sevilla García
Fotografía
1.- Andrés Gutiérrez Bermejo
2.- Cristina Fonteboa Sánchez
3.- Raquel Pino Gómez
Vídeo
1.- Eva Juez Stapleton
2.- Martín López Pérez
3.- Daniel Sabiti Vázquez

ENLACES DE INTERÉS RELACIONADOS CON LA OLIMPIADA:





viernes, 8 de abril de 2016

El secreto del profesor

Es una perversión considerar el conocimiento como un añadido, un excedente, o como algo que falta al hombre precario. Somos herederos de una tradición que ha considerado el conocimiento como conocimiento de algo. Primero fueron las Ideas, luego las formas esenciales, más tarde las ideas simples, los fenómenos puros, los datos...y así hasta un sinfín de realidades que, en primera instancia, se presentaban como realidades extrañas que debían recuperar su lugar propio en el intelecto. Y así, estos mismos esquemas de pensamiento los reproducimos en nuestras relaciones con aquellos que consagran su energía al aprendizaje y la conquista de títulos. Sí, los títulos parecen estar ahí aguardando el reconocimiento por todo un esfuerzo realizado. El título, más que en un pasaporte, se ha convertido en el testimonio de una batalla librada....

Pero, ¿y si el aprendizaje no va de esto? A estas alturas a nadie se le escapa que la acumulación de títulos no garantiza una buena disposición para el aprendizaje. Me decía un alumno ya avezado en eso de conseguir títulos que el secreto está en saber cómo y dónde conseguirlos, no tanto en dedicar horas al conocimiento de la materia. Hasta hace unos años el título trascendía su mera materialidad y abría a un mundo de posibilidades laborales, pero ya no es así. El leitmotiv no puede ser ya la obtención de un mero papel, de ahí que, tarde o temprano, sanemos de "titulitis". Tampoco la adquisición de conocimientos, cual realidades ajenas a nosotros que han de encontrar su lugar propio, es suficiente para explicar nuestra inclinación hacia ellos. Los alumnos que a fuerza de memoria y de asimilación se quedan sólo en eso, en el dominio de la destreza de memorizar y de comprender, acaban viendo el aprendizaje como un algo tedioso que termina por abandonarse.

El conocimiento no es conocimiento de algo. Decía Goethe que una nueva idea es como un órgano desde el que entender el mundo. El conocimiento es ese órgano sin el cual no podemos abrirnos a nuevas maneras de ver nuestro mundo. El alumno que seguirá yendo a la biblioteca o gastando su dinero en libros es ése que, durante las horas muertas o en su tiempo vacante, comienza ya a vislumbrar que el secreto no está en lo que dice el profesor, sino en su empeño en decirlo, señal de que el mundo se está abriendo a sus ojos.

miércoles, 23 de marzo de 2016

III Olimpiada de Filosofía de Aragón

Desde aquí quiero dar la enhorabuena a nuestros alumnos por su buena clasificación en la III Olimpiada de Filosofía de Aragón.... Ya sabéis que la historia no acaba aquí y organizaremos próximamente una exposición en el IES Zurita con los trabajos realizados. A continuación os dejo algunos de los trabajos ganadores:



Autor: Antonio Amenara Begue
Segundo premio por la modalidad de Fotografía filosófica


Autor: José Asensio Gómez
Fotografía filosófica clasificada entre las diez primeras de Aragón


Vídeo filosófico clasificado entre los diez primeros de Aragón
Autora: Clara Abánades Catalán

Vídeo filosófico clasificado entre los diez primeros de Aragón
Autora: Susana Simón Saiz

jueves, 11 de febrero de 2016

¿Hacia dónde vamos? Un recorrido filosófico por las diferentes formas de inseguridad

El trabajo que publicamos con el título ¿Hacia dónde vamos? Un recorrido filosófico por las diferentes formas de inseguridad en el Nº 86 de la Revista Ábaco, no pretende ser una nueva conquista conceptual, esto es, la acuñación de una nueva significación a términos que aparecen en el título como el de «experiencia» o el de «seguridad». Más que de enseñar, se trata de mostrar, o, más exactamente, de prestar un espejo al lector para que él mismo, con todo lo que le circunda, pueda mostrarse. Tampoco hemos pretendido, como el título parece sugerir, agotar o categorizar toda la tipología de formas de inseguridad existente; más bien, servirnos de la que ya hay para iniciar al lector en la serie dialéctica de formas de inseguridad que entendemos se han sucedido históricamente. Tres son las formas de inseguridad que hemos analizado: el «extravío», el «naufragio» y el «ser a la deriva».




Gracias de nuevo a la Revista Ábaco por concedernos un lugar en su ya más que consolidado espacio para la cultura.

Aquí puede adquirirse el número impreso y en breve también podrá adquirirse en formato digital.

lunes, 1 de febrero de 2016

Tiempo que te encuentra

El tiempo no es. O es una mera abstracción, consecuencia de esa actividad intelectiva que tan bien nos define. Se dice del tiempo que pasa cada vez más rápido, como si fuera un tren que circula a gran velocidad. Tampoco se ahorra o se gana tiempo; en todo caso, se estira la sensación de premura o de apresuramiento. ¡La cantidad de negocios que se alimentan de la imposición a vivir deprisa! 

Ahorra tiempo quien vive deprisa, quien se apresura por vivir. Pero, dice un antiguo proverbio, al hombre feliz el reloj no le da las horas.

Luego está el otro tiempo, el que no se busca, sino que te encuentra. Y entonces descubres atónito que el Tiempo no existe, porque lo que hay son tiempos, formas diferentes de vivir el tiempo superpuestas unas a otras, como universos paralelos...

A un asceta ilustre llamado Nârada, que había ganado por sus innumerables austeridades la gracia de Visnu, se le apareció el Dios y le prometió realizar cualquier voto que hiciese. "Enséñame el poder mágico de tu Mâyâ", le pide Nârada. Visnu asiente, y le hace signo de que le siga. Poco tiempo después, hallándose ambos en un camino desierto y lleno de sol, y sintiendo sed, Visnu ruega a Nârada ande unos metros más, hacia donde se divisa un pueblecito y le traiga agua. Nârada se precipita y llama a la puerta de la primera casa que encuentra. Le abre una muchacha muy bella. El asceta la mira largamente y se olvida a qué había venido. Entra en la casa y los padres de la muchacha le reciben con el respeto debido a un santo. El tiempo pasa. Nârada acaba por casarse con la muchacha y conoce las delicias del matrimonio y la dureza de una vida de campesino: Nârada tiene ahora tres hijos, y después de la muerte de su suegro es propietario de la granja. Pero en el curso del decimosegundo año, lluvias torrenciales acaban por inundar la región. En una noche, se ahogan los rebaños, se hunde la casa. Sosteniendo con una mano a su mujer, con otra a sus dos hijos, y llevando al pequeño sobre el hombro, Nârada se abre difícilmente camino a través de las aguas, pero la carga es demasiado pesada. Se escurre, y se le cae al agua el pequeño. Nârada suelta a los otros dos niños y se esfuerza por encontrar al pequeño, pero es demasiado tarde: el torrente se lo ha llevado muy lejos. Mientras busca al pequeño, las aguas se han tragado a los otros dos niños, y poco tiempo después a la mujer. El mismo Nârada cae, y el torrente lo arrastra sin sentido como a un pedazo de madera. Cuando se recobra, depositado sobre una roca por el agua, recuerda sus desgracias y se echa a llorar. Pero de pronto oye una voz familiar: "¡Hijo! ¿Dónde está el agua que debías traerme? Te espero desde hace más de media hora." Nârada vuelve la cabeza y mira. En lugar del torrente que todo lo había destruido, vio los campos desiertos, brillantes bajo el sol. "¿Comprendes ahora el secreto de mi Mâyâ?", le pregunta el Dios. (Mircea Eliade, Imágenes y símbolos)

jueves, 28 de enero de 2016

Saber estar

Tener que ser es siempre una carga. Además, generalmente, conduce a sentimientos negadores como el desánimo, la culpa o la frustración. La sociedad, el lenguaje, la propia tradición, anclada en aquella división funesta que ya Parménides estableció entre el ser y el no ser, nos instan a buscar el ser allí donde no lo hay, allí donde se extienden los territorios vírgenes donde todavía no ha llegado esa imposición a "ser" de la que aún se nutre la metafísica occidental. Que si tenemos que ser abogados, juristas, médicos o amas de casa; que si tenemos que ser buenos, justos o pecadores; que si tenemos que conocer el "ser" de esto o de aquello para saber a qué atenernos en nuestros afanes vitales. En fin, desde fuera o desde dentro, emergen un sin fin de "seres" que no sólo nos sujetan a una determinada actividad, sino que nos atan a un determinado camino rara vez transitable. Porque, ¿realmente las cosas son?, ¿qué significa que las cosas sean?, ¿acaso la pregunta no es "si el lenguaje es"?, ¿acaso no es el "ser" por el lenguaje, y no al revés? Aun recuerdo la fascinación de aquellos personajes tarantinianos que, como el Señor blanco en Reservoig Dogs, se afanaban desesperadamente en ver en algún infiltrado, como el Señor naranja, un amigo, alguien que les confiriera una identidad y les hiciera "ser" en medio de ese discurso enmarañado de nombres y situaciones ficticios. Como apunta el filósofo José Luis Molinuevo, a raíz del nuevo retrato cinematográfico de David Foster Wallace, ya va siendo hora de renunciar a ese "tener que ser" en aras de un "estar", liberado siempre de comportamientos ególatras y monomaníacos.