martes, 20 de noviembre de 2018

El sonido que no se pudo escuchar

El maestro Mokurai, tras batir las palmas y escucharse el sonido de ambas manos, pidió a su protegido Toyo que mostrara el sonido de una sola mano. Toyo hizo una reverencia y fue a su habitación para reflexionar sobre esta cuestión. Y como vio que no daba con el sonido salió al mundo para descubrirlo, pero fuera donde fuera no lo hallaba. Al fin entendió que no es por el contacto como llegaría a comprender cuál es el sonido de una sola mano.

¿Y cómo sonamos cuando también nos encontramos solos y fuera de los nuestros? ¿Tendremos que trascender todos los sonidos, como hizo Toyo, para comprender que nuestro sonido es también insonoro? ¿O tendremos que buscar el contacto con lo semejante para sentirnos sonar de nuevo? Sí, cuando el recuerdo del hogar todavía llama a la puerta buscamos al próximo, y comprobamos que todavía resuena nuestro corazón, al amparo del otro, también combatiente, también algo frío.

Reflexión del 20 de Noviembre

domingo, 18 de noviembre de 2018

Fascinación por el progreso

El progreso puede definirse como el paso de lo necesario a lo posible. Donde antes nos precipitábamos al vacío ahora podemos navegar, donde antes podíamos recorrer veinte kilómetros ahora avanzamos dos mil, donde antes no podíamos ahora podemos. No vamos a entrar aquí en el reverso del progreso, en los manidos debates de si el progreso en realidad esconde una faz oculta y oscura, como aquellos muñecos de apariencia entrañable que se volvían diabólicos en la noche, o las dobles máscaras que aterraban a nuestros ancestros. Tan sólo, advertir que aquellos que hacen del progreso una religión, esto es, que convierten la Ciencia y la Técnica en objeto de veneración,  viven todavía en ese estadio infantil de fascinación. La ilusión consiste en pensar que a través del progreso el ser humano puede escapar a su destino. Pero el lobo que todos portamos acabará imponiéndose a las precauciones del hombre. De eso no hay duda.


La ilusión consiste en pensar que el porvenir nos pertenece, cuando somos, también nosotros, pertenencia. El cuerpo nos ata, nos retiene, nos vincula, de una forma tan umbilical que sin él no seríamos. Pensamos en la muerte como la disolución del yo, como si la muerte fuera asunto que sólo nos incumbiera a nosotros. Se discute si la muerte es liberación o condena, cuando no somos nada para ella. En realidad, no hay avance. Se mueven las ruedas, las saetas, las luces, no la fuerza que las anima. Se mueve el transeúnte, el internauta, no lo que les impulsa a vivir aceleradamente. Seguimos en el mismo sitio, anclados, plantados, perteneciendo a la tierra y a sus leyes. Hay quienes quieren escapar de la aleatoriedad, de la temporalidad, incluso de la mortalidad, pero haciendo uso de medios corruptibles y temporales. No, las fuerzas progresivas no pueden contrarrestar las regresivas. ¿Cómo podría contrarrestar el progreso aquello de lo que se sirve? La novedad del primer reloj mecánico no consistió en su capacidad para contrarrestar la fuerza de la gravedad sino en generar la ilusión de que había sido contrarrestada. No es más que eso, ilusión.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Si miras, mira abiertamente

Si amas, ama abiertamente

Veinte monjes y una monja, que se llamaba Eshun, practicaban la meditación con cierto maestro zen.
Eshun era muy hermosa aunque tenía la cabeza rapada y su hábito no la favorecía.

Varios monjes estaban secretamente enamorados de ella, y uno le escribió una carta de amor,
insistiendo en que tuvieran una reunión privada. Eshun no respondió.

Al día siguiente el maestro dio una conferencia al grupo, y cuando hubo terminado, Eshun se levantó.
Dirigiéndose al monje que le había escrito la carta, le dijo:

-Si de veras me amas tanto, ahora ven y abrázame.

(Cuento zen)

La otra mañana, para tratar el asunto del origen del rechazo y la discriminación a lo diferente, mis alumnos de valores éticos vieron el cortometraje de Tim Burton Frankenweenie (1984), muy recomendable, pues apenas dura veinticinco minutos y da tiempo a pensar sobre él. Una de mis alumnas lo tenía bien claro: el origen del rechazo de los vecinos al perro de Víctor se debe a la falta de amor. Y es el amor hacia su perro, añadía, lo que mueve al niño a pensar y a construir la técnica de revivificación. Es el amor lo que mueve a las personas a hacer el bien. De su falta, por tanto, sólo podrá esperarse el mal. Esta lectura de la alumna me hizo pensar que quizá nuestra relación con el amor haya cambiado.


Sí, ella podría tener razón. El amor hizo a la criatura y, con ello, al creador. Por lo mismo, el amor hace al discípulo y al maestro, al enfermo y al médico, al usuario y al inventor. El amor nos sitúa en comunidad, hace comunidad, mientras que su falta la disuelve. El error es pensar que la relación entre el amor y aquello que de lo que de él se deriva es una relación de causalidad. No se enseña porque primero se ama, ni se ama porque primero se enseña. Uno no causa el otro, sino que lo necesita. La enseñanza necesita del amor y el amor de la enseñanza. Sanar, enseñar e inventar suponen y potencian el amor. Lo suponen porque nacen del compromiso, la entrega y la dación, como el abrazo que demanda la monja del cuento. Y lo potencian porque quien lo recibe se sentirá para siempre agradecido.
 
El asunto es que hoy día, integrados en poderosos sistemas y prácticas cosificadores, no parece que hagamos las cosas por amor, con lo que ello conlleva, que dejamos de hacer cosas. Producimos mucho sin hacer nada. Si la sanación necesita del amor, que la constituye, a falta de éste ya no habrá sanación. Y lo mismo puede decirse de la enseñanza y la invención. En efecto, ¿puede haber amor entre un médico y sus informes, un profesor y sus clientes, un gestor y sus recursos? Quizá en esta situación, teniendo que proceder desamorosamente, la receta no sea, como tanto se dice, cultivar o sembrar el amor a nuestro alrededor, como si el mundo que nos rodeara fuera fértil y nosotros portáramos sus semillas, sino hacer lo posible para no originar aquello que sólo puede alejarnos del amor.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Cansancio existencial

En un momento de El tercer hombre se dice que Harry Lime no envejeció, sino que fue el mundo el que envejeció en torno suyo. El significado, contra el sentido común, no apunta a formas egocéntricas de entender la realidad humana. Más bien, pone sobre la mesa un hecho: que el mundo no se ha hecho a medida de nadie. Con sus costumbres, sus pesares y sentires, la sociedad -ya sea en forma de asociacionismos, institucionalismos o amiguismos- funciona como fuerza de reclamo con vistas a hacerse más fuerte y acrecentar su poder. Sin embargo, la opción por la subyugación no forma parte de aquellos que no soportan perder su centro, y que luego son clasificados de rebeldes o insurgentes. Sólo que en realidad no se han rebelado contra nada. Querían que los dejaran en paz. Vivir en paz.
 
 
Las políticas de la integración, que con tanta fuerza penetran en la educación, no funcionan contra quienes mantienen su gravidez intacta y se resisten a circular por los cauces de una sociedad despersonificada y suplantada. Nadie cuestiona que seamos seres sociables, pero sí que la sociedad nos responda con la misma moneda. Damos la mano desnuda para que nos palpen, y ni siquiera nos la niegan. Pero la resistencia tiene un límite, y amenaza con destruir a quien la ejercita. ¿Cuánto tiempo podrán seguir siendo apátridas sin ser destruidos? ¿Hasta cuándo podrán cansarse sin llegar a enfermar? Se preguntan quienes al final renuncian a tener una identidad y encuentran esa paz en vivir de la mano.
 
 
Reflexión al hilo de Cold War
10 de Noviembre

jueves, 1 de noviembre de 2018

Sueños pedagógicos

Todavía los nichos tecnológicos no nos han desplazado de nuestro otro yo, ese que aparece cada vez que la consciencia cierra sus ojos y las estrellas lucen ya sin belleza. Uno, que es soñador, va recopilando en su haber una cantidad lo suficientemente voluminosa de sueños como para conformar un nuevo género onírico. Se trata del género de sueños pedagógicos, y no tanto por su pretensión de enseñar, que también, sino por su temática relacionada con la enseñanza. En este blog ya relataba hace algunos años cómo la corriente del río me arrastraba serenamente hasta la puerta de mi lugar de trabajo, y no hace tanto de aquel primer sueño pedagógico que felizmente me condenaba a sentirme libre en medio de un aula con paredes de pizarra. Pero mucho ha llovido desde entonces, y ya el mosaico, como decía, es lo suficientemente vasto como para desperdiciar el género.

Una gama significativa de sueños pedagógicos la componen aquellos en los que te encuentras perdido entre horarios indescifrables, escaleras que en lugar de subir te hacen descender y aulas que se esconden tras falsas puertas y cortinas. Es frecuente la estampa de un recinto de varias plantas, normalmente blancas, y organizadas cuadriculadamente en torno a un gran recibidor de suelo también ajedrezado, con un portentoso reloj de madera en su centro. Lo curioso del asunto es que el tiempo que brinda el reloj, dispuesto para regular la entrada y salida a las clases, está descaradamente desproporcionado respecto de las distancias que es necesario recorrer, y así, la otra noche, me encontraba teniendo que proveerme de unos patines eléctricos que, al tiempo que aceleraban mi paso, me proveían de alimento con unos extraños brazos articulados. También son frecuentes los sueños que te sitúan al otro lado de la ciudad, cuando descubres que es tu primer día de trabajo del primer destino. Desprovisto de pasado, mapas y medios de transporte, piensas en la excusa que tendrías que dar si alguna vez llegaras. Pero nunca llegas, y si lo haces ya te han suplido. Al hilo, la pasada noche equivoqué el aula y me encontré improvisando teoría general del conocimiento o metodología educativa con alumnos de edad desconocida.


Sin embargo, la sensación asfixiante de los horarios, las prisas y la desinformación -por otra parte, el pan de cada día-, en otras noches deja lugar a la placidez que produce encontrarte conversando con alumnos durante el tiempo de esparcimiento o aprendiendo de sus preguntas infinitamente más sabias -por ingenuas- que las que ahora podrías hacerte. Una alumna desvela el misterio de la vida, y habla del amor, que mueve todo lo humano, mientras corros clandestinos de alumnos  discuten al otro lado de las ventanas sobre cuestiones que rebasan los límites de la inteligibilidad humana. Y entonces, tras sus voces y siluetas, adivinas que el conocimiento sigue sin ti, al otro lado, casi en secreto.

sábado, 27 de octubre de 2018

Palabras justas y medidas

Es ya un hecho, social e íntimamente reconocido, que quien domina los metalenguajes, del signo que sean y de la bandera de la que procedan, acaba teniendo su lugar en el ámbito en que se mueva. El mío es la educación, y tras más de doce años formándome en ella, uno ya es testigo de cómo la sensibilización a estos metalenguajes ha ido desplazando, silenciosa pero implacablemente, al reconocimiento de la vieja maestría que encarnaba quien día a día se afanaba en dominar su lenguaje. Ahora el maestro ha colgado su hábito tras las polvorientas vitrinas y tiene que ponerse al día para actualizar un sin fin de programaciones e iniciar yo que sé qué planes de acción. La exigencia de atención a la diversidad, capaz de desorientar al más avezado equipo de orientadores, o los inacabables formularios, informes y programas, que aniquilan al más humano de los corazones, ponen sobre la mesa indómitas tareas que acaban maquinizando incluso al más díscolo de los maestros. Sí, de hacernos máquinas inconscientes va la cosa, como si siempre lo hubiéramos sido.

Sin embargo, lo que ningún protocolo puede arrebatarnos es la responsabilidad de mantener viva la primera llama de la juventud, por la que marchábamos jubilosos a la busca de un libro, una frase o una palabra. Sí, esa palabra, justa y medidamente pronunciada, en el momento adecuado, que puede encender para siempre la llama de quienes tenemos enfrente, es la que, a fuerza de golpearnos, debemos cuidar y regar hasta que ya nadie pueda escucharnos.

jueves, 11 de octubre de 2018

Afectaciones totales

Hay conocimientos sensitivos y los hay también suprasensitivos. El aroma del tomillo, el tono rojizo de las viñas en otoño, la rugosidad de una piel, ponen en juego alguno de nuestros sentidos, de ahí que su ejercicio se agote en cuanto cesa la fuente de excitación. No ocurre lo mismo con aquellos otros conocimientos, del orden de lo extraordinario, que ponen en juego todo lo que somos. En estos casos la totalidad del ser se ve afectada. Como el fuego, una experiencia suprasensitiva transforma todas las cosas que encuentra a su paso y sólo su propio principio, algo así como un contrafuego, puede ponerle freno.


Si bien extraordinaria, esta experiencia puede sobrevenir en cualquier momento: un enamoramiento de la infancia, un encuentro epifánico, una revelación eidética, un dolor irreparable... Sea el modo como se manifieste, una vez que el ser se ve afectado integralmente no puede sino padecer los efectos de dicha afectación. En términos clínicos, el organismo pasa de estar enfermo a ser un organismo enfermo. Y quien es un enfermo es también un impedido. Afectado en su ser, no puede más que prestar atención al resultado de dicha afectación, quedando todo lo demás, el mundo y los otros, en un tercer plano. Incluso si, sumido en la desesperación, el paciente busca experiencias que deshagan el contenido suprasensitivo, éste siempre acaba imponiéndose a aquellas. Y es que el orden de lo sensitivo no puede arrinconar lo suprasensitivo, precisamente, porque éste incluye lo sensible.

Reflexión del 11 de octubre