viernes, 11 de agosto de 2017

Exceso de «exceso»

Es el sentir del tiempo el que carga y descarga de valor a las palabras. Un tiempo de penuria y enfermedad añade valor a palabras como «salud», «curación» y «asilo», mientras que otro de paz y prosperidad extiende el campo de referencialidad a palabras como «progreso», «capital» y «gestión». En cada contexto, en cada conversación, tendrán que escucharse estas palabras. Surgirán derivados, neologismos, relacionados con aquellas. Apenas habrá fenómenos que no sean nombrados por ellas. Cada época tiene su sentir; cada sentir, su cortejo de significados.

Si hay una palabra de la que nuestro tiempo es deudor es la palabra «exceso». Vivimos en la época del exceso. Hay, valga la redundancia, un exceso de «exceso». Como diría Goethe, el exceso es un protofenómeno, quizá, el protofenómeno. Hay exceso de cantidad, de ofertas, de turismo, de información, de mensajes, de whatsapps, de velocidad, de datos, de almacenaje, de rendimiento, de capital, de “me gusta”, de prohibiciones, de permisividad… Casi todo lo que hoy en día existe en nuestro mundo es «excesivo», y cualquier falta (por ejemplo, de tiempo, de energía) lo es siempre como consecuencia y en relación al exceso (de premura, de exigencia de rendimiento) La falta necesita del exceso como el oxígeno del agua.

La forma de tratar con el exceso no es la orientación o la dirección. ¿Acaso puede reconducirse el flujo de agua producido por un desbordamiento, o pueden guiarse las acciones en un momento de desenfreno? El exceso supone descontrol, desbordamiento, dispersión. Y lo disperso, lo que se desparrama, lo que avanza descontroladamente hacia todas las direcciones, no admite la posibilidad de la orientación. Tampoco alguien, en dispersión, puede hacer pie para elegir la dirección a seguir. Los Führer y soberanos han necesitado de algo que dirigir o sobre lo que gobernar. Para elegir primero es necesario estar en situación de elegir. 

¿De qué pueden servir, por tanto, las éticas de fines?, ¿de qué puede servir aquel modo de pensar que busca, ante todo, proveer a la vida de un rumbo y de un ritmo? Necesitamos contar con otro tipo de acciones para afrontar el exceso. Paradójicamente, no es de medida, de equilibrio, de razonabilidad, lo que ahora necesita el mundo. Un mundo disperso, en dispersión, no puede hallar medida, razón, dirección. Necesita, más bien, de una acción que limite, que ponga freno a la dispersión. Y es que, en ocasiones, hay que aguardar a que termine de producirse la catástrofe para empezar a reparar los daños.

domingo, 6 de agosto de 2017

La fragilidad soportada

La razón es tan endeble, tan frágil, que nos cuesta soportarla cuando tenemos que acudir a ella. No sé a vosotros, pero a mí me supone un enorme suplicio acudir a razones para explicar el motivo de casi cualquier decisión. A nadie (salvo quizá a los niños o a los locos) se le ocurriría preguntar por qué nos hemos enamorado de tal o cual persona o por qué andamos encorvados, pero no mostramos reparo en inquirir los motivos por los que alguien se ha mudado de residencia, dedica su tiempo libre a escribir artículos de filosofía o ha decidido estudiar chino. Y, sin embargo, todo va de lo mismo, todo forma parte de la misma trama. ¿Qué va a poder justificar la razón si ella también ha formado parte del entramado?

Las apetencias no obedecen a razones, sino las razones a apetencias. Estos días, por ejemplo, porque me apetece leer a Luciano Concheiro y escribir sobre la "cultura del exceso", puedo justificar a mis semejantes mi opción por la lectura. De hecho, el abanico de razones que uno humanamente puede dar, todas endebles y apenas soportables, funciona únicamente como forma de dar sentido a las acciones ante el otro. Una vez escuchados los motivos de quien tengo en frente, sus acciones adquieren un sentido. Ya puedo dirigirme a él. Se ha convertido en un semejante. Lo mismo que el saludo, la felicitación o el pésame, la necesidad de justificarnos sirve al interés común de sociabilidad. Es, como tantas otras formas culturales de aproximación, una manera de constatar al otro que algo compartimos, aunque sea ese suplicio de tener que soportar un sentido a las cosas y a las acciones.

sábado, 22 de julio de 2017

En el espacio del pensar

Problematizar una realidad, reducirla a su aspecto problemático, es una forma de poder. Quien está detrás se cree con la autoridad suficiente para ver el problema y legitimar los esfuerzos orientados a su solución. La educación en España es un problema, se dice, pero con la mirada puesta en un determinado ideario o plan de acción. Nadie ve problemas si no hay una voluntad de reducir y apropiarse de la realidad. Sin embargo, lo que no ve el poder, en cualquiera de sus máscaras, es que lo real no es visible (y menos, abordable) con el prisma del problematismo. Lo que ve quien quiere ver problemas son problemas, pero esto, precisamente, gracias a que la realidad no es problemática. Si la realidad lo fuera, no haría falta agudizar la visión con lentes o prismas. A nadie que se queda sin oxígeno se le ocurre consumir su energía en decir que le falta el aire. Lo que hace es buscar aire, no declarar que le falta. Por tanto, la pregunta no debe ser por qué es un problema la educación en España, sino "por qué se ve como un problema." Es algo que podrían abordar aquellos que tanto se afanan en idear caminos y soluciones.

Sin embargo, este ideario sólo revelaría el origen causal de determinada tendencia social y política que, lejos de reparar, busca afianzar su poder. El poder es voluntad de poder. El poder busca sólo su acrecentamiento, de ahí que no es por la vía del poder como podamos llegar a la enmienda y la reparación. Decíamos en la entrada anterior, desde una visión más próxima al fenómeno, que la educación es un encuentro, como el arte, la religión o la magia. Es un encuentro por el que se lleva al límite al pensar, por el que se pone al alumno ante la disyuntiva de ejercitarlo o renunciar a él. De ahí que, tras el encuentro, el alumno, ya vuelto sobre sí, entiende que el conocimiento es una empresa respecto de la que debe pronunciarse, si forma parte de ella, y entonces procura el ejercicio del pensar, o la rechaza, y sale de los rieles del aprendizaje y la enseñanza. Esta es la disyuntiva sobre la que todos, en tanto que seres humanos, dueños de nuestro pensar, debemos, tarde o temprano, pronunciarnos. Pero mientras sigamos poniendo empeño en idear y solucionar, como si la educación fuera problemática o contuviera aspectos problemáticos, no haremos más que alejarnos (y alejarles) de aquella disyuntiva, quedándonos fuera para siempre del espacio público del pensar.

jueves, 6 de julio de 2017

Encuentros

Esta entrada la dedico a mis alumnos de 1ºBACH B/C

Desconfío de los métodos y las doctrinas. Se han construido por la presunción de que todos los casos son iguales, de que la singularidad no es relevante ni resta efectividad a aquéllos. Pero un grupo de alumnos es un grupo de seres singulares, con su idiosincrasia particular, su historia, su situación, sus expectativas... No deberíamos buscar métodos o doctrinas allí donde no hay lugar para aplicarlos. Pretenderlo asemejaría a querer tender un puente sobre los océanos o cavar un túnel bajo los desiertos... Por el contrario, deberemos permanecer atentos, vigilantes, a esa singularidad, no con el fin de integrarla a la nuestra, sino de prestar al alumno la oportunidad para que confíe en nosotros, sus profesores.

Un alumno que levanta la mano para preguntar es un alumno que, si lo hace con honestidad, confía en que sepamos acoger su pregunta. En ocasiones, no es tanto la respuesta lo que busca como que podamos anidar su pregunta. Otro alumno que después de clase pasea alrededor de la mesa del profesor lo hace, en muchas ocasiones, porque espera que te acerques y le escuches. Incluso hay alumnos que confían su porvenir, parte de su felicidad, a nosotros, y esperan que sepamos aconsejarles sobre aspectos de su vida que trascienden el ámbito de lo académico.

El hecho de confiar en alguien, que no se logra con métodos y doctrinas, es una de las condiciones para convertir la clase en un encuentro. Este es, para mí, el sentido de la enseñanza: hacer de cada clase un lugar para que unos cuantos, cuantos más mejor y siempre acompañados, podamos encontrarnos. No se trata, naturalmente, de un encuentro físico, social o cultural, por lo que no hay barrera física, social o cultural que pueda dificultarlo. En ese encuentro el alumno comprende que el pensamiento es algo accesible a todos y que a todos, de una u otra manera, nos incumbe. El encuentro, en este sentido, sirve al alumno para que, durante unos momentos, se sienta integrante de una humanidad un poco más comprometida.

miércoles, 5 de julio de 2017

Pensar la impresencia

Decía Descartes aquello de pienso, luego soy, con fe y fervor casi religiosos, después de la epifanía que luego marcará toda la modernidad. Descartes llamará a esta revelación el primer principio de su filosofía, el soporte sobre el que ahora sí podrá montarse todo un sistema de ideas, teorías y saberes. Pero es más bien Descartes quien se apoya en el yo soy. El yo, al que le impone la cualidad de ser, como antes había hecho Parménides con el Ser o Platón con la Idea, actúa de muleta con la que Descartes ya puede echar a andar. El yo soy es, ni más ni menos, una construcción, un artificio, sobre el que uno puede o no sostenerse. Algunos nietzscheanos, por ejemplo, desconfiaron tanto en el yo soy que acabaron viendo en Descartes un impostor y en su principio una impostura.

El yo, el Ser, la Idea, la Forma, Dios,... son, en todo caso, construcciones que invitan a la adhesión o a la herejía. Se dice: Dios (no) existe y sé cómo demostrarlo, como si Dios fuera el punto de partida. Más bien, como ya intuyera Nietzsche del yo soy, Dios, como tantas otras deidades, es una respuesta a una misma situación de punzante falta. Sí, andamos necesitados de yoes, de Ideas, de dioses, precisamente, porque no los tenemos ni nos son presentes... Quizá, después de todo, estén ahí para aliviar el dolor de la impresencia, la carga de no poder ver más que el contorno del paisaje.

viernes, 30 de junio de 2017

La negación afirmada

Para mi padre, de quien tanto aprendo

La negación la introduce el sujeto. Decimos: Dios no existe. Y luego lo demostramos. Pero ya hemos introducido la negación. Parménides estableció la negación como la condición de posibilidad del (des)conocimiento ("Y es que no podrías conocer lo que no es -no es alcanzable- ni tomarlo en consideración") La negación es, digámoslo así, la antesala de fantásticas teorías, algunas de ellas capaces de embaucar a los más incrédulos o de desilusionar a los más ilusos. 

Pero la negación la introduce el sujeto. Es, quizá, la condición del pensar. Pensar algo supone haberlo opuesto al resto de cosas. Si pienso que "mañana hará frío" es porque sé que "mañana no es hoy". 

Por ello hay que escuchar con cautela los argumentos teológicos, o metafísicos, sobre la inexistencia de Dios o del alma. Digo con cautela, porque se montan sobre un artificio, una muleta, diría yo. Y esta muleta es la negación, sin la cual no podríamos ni pensar ni esgrimir argumentos. 

Los empiristas trataron vanamente de fundamentar el origen de la idea de negación en la comparación. Si comparo "este hoy" con "mañana" descubro que no son idénticos. Sin embargo, bien pensado, cualquier ejercicio de comparación ya supone haber introducido la idea de negación. En efecto, si comparo "este hoy" con "mañana" es porque ya sé lo que es o significa "ser hoy", y, como decíamos, cualquier definición precisa de la negación.

Mucho me temo que nos hemos preocupado del ser y de lo positivo, pero poco del no ser y lo negativo.

miércoles, 28 de junio de 2017

Una reflexión al hilo de Barry Lyndon

Cada vez estoy más convencido de que los manuales de Filosofía, y la academia en su conjunto, con aquello de que "somos sujetos y dueños del porvenir", nos han llenado de ideas que, aunque muy fundamentadas, resultan impulsoras y legitimadoras de prácticas engañosas. Advierte Alain de Benoist que los totalitarismos políticos del pasado siglo responden al mismo esquema que la Ilustración, sólo que aquellos, en lugar de venerar a la Razón, entronaban a los Estados totales. Pero ambos, Ilustración y autoritarismo, pretenden erigir el porvenir histórico sobre el cimiento de la autonomía de la voluntad. Es de la "buena" voluntad de donde ha de extraerse la sustancia histórica. 

Sin embargo, como decía, cada vez creo menos en los personajes y más en las personas, con sus vilezas, sus bondades y desmesuras, y sobre todo con su forma de estar, siempre situada, y además en un mundo que no ha terminado de elegir. Nadie nos pidió permiso y, sin embargo, aquí estamos, aquí y ahora

Aquellos manuales, ya contados por nuestros abuelos, nos han hecho creer que somos un propósito, o cuando menos un resultado, y que por eso hay que alentar la esperanza con la imaginación y avivar el pasado con la memoria. Pero lo que callaron, o parecían no saber, es que también la esperanza y el recuerdo son hijos de la pasión, del aquí y ahora, de ese otro tiempo que no conoce el perdón.

viernes, 9 de junio de 2017

Éticas del camino y éticas de la barrera

Llamamos éticas del camino a aquellas que ponen un cauce a la vida. Trabajan sobre ésta como el escultor hacer con su bloque de mármol o el escritor con la hoja virgen. Su pretensión consiste en ir definiéndola, asignándole unos rieles por donde debe circular, y entonces terminarla en una vida buena, por virtuosa, sabia, placentera, correcta... Los filósofos clásicos, pero también los modernos Rousseau y Kant, procuraban esculpir la vida para hacer de ella algo digno, bueno, merecedor de ser vivido. De ahí que este tipo de éticas suelan ir acompañadas de unas reglas, de un procedimiento que, como la regla y el pincel para el artista, sirven de medio conductor a aquellos que consienten en recorrer el camino ya fabricado. Lo mismo que el artista espera del otro que aprehenda lo tallado, el filósofo confía a los demás su camino.

En cambio, llamamos éticas de la barrera a aquellas que, ante un exceso de caudal o de actividad, se afanan en situar diques alrededor. Trabajan más allá de los lindes del camino, fuera de ellos, porque todavía no lo hay. No les interesa la escultura, sino contener el mármol bruto. Es, digámoslo así, una tarea previa, necesaria, a cualquier intento de modelado. Más presentes en los libros sagrados que en los manuales sobre cómo ser felices, no reflexionan sobre la acción o los modos posibles de vivir, sino sobre la inacción o los modos del no vivir; y es que, en ocasiones, antes de guiar y dictar, se hace preciso prohibir y delimitar.

sábado, 3 de junio de 2017

Un sueño filosófico

Una lluvia de grandes torbellinos se extiende a todo el cielo, mientras veo resquebrajarse bajo mis pies la última de las montañas. Un padre espiritual, montado sobre uno de los grandes tornados, me anima a que alcance el vórtice diciéndome las siguientes palabras: "Recuerda que allí donde está el peligro, crece también lo que salva. Fíjate en los primeros cristianos, que convirtieron el hambre, la enfermedad y la escualidez en la ocasión para ennoblecer la vida."

jueves, 1 de junio de 2017

Sueños

Me encuentro en un barrio de calles mojadas y usadas. El cielo gris ennegrece el aire que parece no existir. En torno a las calles se alzan fachadas desgastadas, incapaces ya de abrigar cualquier forma de intimidad. No hay iglesias ni plazas que orienten la ciudad. Una mujer, apoyada de pie sobre una cama desnuda de gigantescas proporciones, lee a solas un libro bajo la tenue luz.

No logro entender el origen de esa propulsión a huir de lo íntimo.

viernes, 19 de mayo de 2017

Retiro voluntario

He de reconocerlo: los clásicos me inundan, me atrapan, hasta el punto de provocarme momentos de retiro voluntario. Una semana es la lectura de Epicuro, otra la de Carlos García Gual comentando a Epicuro, otra la Sinfonía nº3 de Gustav Mahler, o los diálogos de Hannah y sus hermanas de Woody Allen..., ¿quién será la próxima vez? Son, sin duda, los mejores momentos del día. En ellos me siento en paz con el mundo, apenas éste me afecta, me reclama. Los teléfonos no pueden sonar. Los televisores dejan de emitir sus ondas invisibles. En esos momentos, como debía sentir Amancio Prada cantando a San Juan de la Cruz, estás a solas, sin tener que rendir cuentas a nadie, sin tener nada que decir. Sólo escuchar, sólo leer. Son la cura contra la ambición, la esperanza o el remordimiento, todas ellas enfermedades del tiempo, del paso del tiempo. Por la piedra el tiempo no pasa. La piedra es tiempo. 

Son momentos sólo interrumpidos por el reloj. Es la hora de recoger, de volver al mundanal ruido, al momento de los timbres, de las bocinas, del griterío. Trafican las máquinas, pero también las palabras, los gestos. Incluso el lenguaje se ve infectado. Por eso, son los mejores momentos.

Retiro voluntario.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Sueño de la Noche del 2 de Mayo

Para Ana Belén, allí donde nacen los sueños:

Me encuentro ante un canal de agua cristalina, pero oscura, porque no hay luz. Al otro lado, muy al otro lado, se adivina un final. Sin miramiento mi hermano se arroja y veo que se aleja con aplomo. Sé que el siguiente soy yo, pero una mujer, extrajera, me alerta de que tenga cuidado. No logramos entendernos y ella se despide gritándome que no tenga miedo, que está todo debidamente preparado. Descubro que el canal consiste en una superficie líquida que se posa sobre montañas de arena, y avanzo deslizándome sobre ésta, impulsándome con los brazos. Sin embargo, el canal pronto comienza a llenarse de agua y veo bajo mi cuerpo utensilios, inmuebles, casas, ciudades enteras, cubiertas bajo el manto del agua oscura. Pienso que es una pena que estén cubiertas, y sumerjo la mano para tocarlas. Alcanzo la orilla, e intuyo que a lo lejos mis padres van acercándose. Me doy la vuelta.

Ante mí aparece una playa infinita, bajo un sol radiante que a todo alcanza, con sus costas, sus arrecifes, sus fragmentos de roca todavía no descompuesta, y con un océano más presente que nunca. Un amigo me espera y andamos juntos. Hablamos de la vanidad de las cosas, mientras un puñado de arena se escurre entre sus dedos. Sin embargo, en ese momento, me parece que lo más vano es nuestra conversación y me invade un profundo aburrimiento. Por fin, se reencuentra con un grupo de amigos y acaba dejándome de lado.

Decido entonces adentrarme en la playa. Pronto me veo rodeado de una marabunta de turistas. Apenas sé donde quedarme. No encuentro lugar donde esperar, donde estar, donde encontrarme. Hay filas llenas de veraneantes, bañados en crema, que esperan afanosos a que alguien abandone la playa para ocupar su lugar. Todo está lleno, demasiado lleno. Todo está de más. Son las cinco porque un turista a mi lado acaba de preguntar la hora. El tiempo humano está de más, pienso.

Debo encontrarme con ella, no puedo esperar mucho más. Al fin la veo a lo lejos moviendo los brazos con fuerza. Lleva puesto el abrigo blanco que había elegido para ella. Me apresuro a reunirme. La abrazo, y nos alejamos.

domingo, 30 de abril de 2017

Los objetos de Panizza

Podríamos decir que los cuentos de Oskar Panizza testimonian el desbordamiento de aquello que no puede contener ya la razón. La ciencia y la ética modernas, con su sujeto y su objeto prefabricados, debidamente dispuestos, pueden contener todo aquello que resulta de la misma naturaleza que ellos. El objeto ya está ahí para ser conocido, asimilado. El objeto ya está enjaulado antes de echarle el lazo. Lo mismo ocurre con el sujeto, que ha sido concienzudamente preparado para que sepa echar el lazo y éste alcance el objeto. El sujeto puede fallar, desviarse, sí, pero no puede más que seguir intentándolo, porque está para eso, para intentar apresar el objeto.

Los "objetos" de los cuentos de Panizza no se prestan a ser sujetados, y es que no están domesticados. Pertenecen a otro orden, a otra naturaleza, de ahí que el entendimiento y la voluntad poco o nada puedan hacer frente a ellos. No han resultado de un ejercicio de fabricación, deliberada y concienzuda, como la sustancia aristotélica o el fenómeno kantiano. Dormitan ferozmente, hasta que salen a escena e irrumpen -que no interrumpen- en la vigilia. La interrupción supone no salir de las tareas que nos ocupan. Queda integrada en la situación. La irrupción, sin embargo, implica cambiar de escenario, más exactamente, tener que abandonar el teatro. En ese momento todo te refiere, todo te llama, quedas expuesto, fuera de la posición desde la que hasta ese momento habías podido juzgar el mundo, incluso reírte de él.

“¡Y de repente llegó! De repente, en medio del aire claro que se agitaba a nuestro alrededor, como paños azules en medio del mar azul transparente como el cristal, surgió un barco. Un vapor impetuoso. Totalmente iluminado por el sol de mediodía. Iba tan rápido como nosotros. Justo delante de nosotros. De color pajizo como un limón. Pintado como ya nadie puede pintar un barco. Y ya que íbamos casi a la misma velocidad, me equivoqué en cuanto a su verdadero movimiento. Y con las oscuras piezas superpuestas como verrugas –las ventanillas de los camarotes-, se acercó el monstruo de color chillón, como un sapo amarillo, un anfibio enorme y venenoso.” (Oskar Panizza, El sapo amarillo)

jueves, 27 de abril de 2017

De la frontera a la intemperie

En sentido metafísico, ¿qué significa vivir a la intemperie? ¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Qué implicaciones tiene en nuestra relación con el mundo? ¿Y en nuestra relación con los otros? ¿Con qué posibilidades contamos ahora para habitar el mundo? ¿O acaso es el mundo el que nos habita? ¿Qué mundos son los inhabitados? ¿Y los inhabitables?... Son algunas de las preguntas que abordamos en nuestro trabajo titulado De la frontera a la intemperie: un recorrido filosófico por las diferentes formas de habitabilidad, enmarcado en el II Congreso internacional de la Red española de Filosofía, titulado "Las fronteras de la humanidad", que tendrá lugar los días 13, 14 y 15 de septiembre en la Universidad de Zaragoza.

Lo que nos ha impulsado a participar es el deseo de comprender la relación entre ciertas experiencias primordiales, sucedidas históricamente, y diferentes formas de habitar el mundo. Andaba dándole vueltas a la cuestión de cómo han de concretarse ciertas experiencias fundamentales en el mundo histórico cuando se me ocurrió ensayar esta propuesta, que confío suscite algún interés en oyentes y lectores. No está en nuestra mano agotar el conjunto de experiencias primordiales y sus correspondientes concreciones en la historia, pero creemos urgente clarificar aquellas experiencias con vistas a entender mejor el sentido y la diversidad de las formas de habitabilidad con las que el ser humano ha ido apropiándose del entorno. Pensamos que un análisis de la influencia de dichas experiencias en el individuo puede ayudar a entender mejor el sentido de las actuales construcciones y las posibilidades de habitabilidad del hombre de hoy.

Aquí podéis consultar toda la información relativa a la temática del congreso, programa, inscripción, organización...

martes, 25 de abril de 2017

Finales de la IV Olimpiada de Filosofía de Aragón

Fue toda una experiencia ver a nuestros alumnos aragoneses defender sus trabajos con motivo de la celebración de la final de la IV Olimpiada de Filosofía de Aragón el pasado 19 de Abril en la Facultad de Filosofía. Los alumnos finalistas mostraron un vivo interés por exponer clara y razonadamente sus diferentes posturas en relación a las cuestiones planteadas, y podemos dar fe que harán un buen papel en la fase nacional que tendrá lugar el próximo viernes 5 de Mayo en Murcia. Sólo queda desear mucha suerte a nuestros campeones y agradecer nuevamente a todos los participantes y colaboradores en este magnífico ejercicio filosófico.

Aquí podéis ver los enlaces a los vídeos finalistas y seleccionados.

Aquí podéis ver el vídeo con las 20 fotos finalistas y seleccionadas.

¡Enhorabuena a los ganadores!



Modalidad de Ensayo:

1º Clasificado: Lucy Barton Betés (IES Medina Albaida, 2º BTO)

2º Clasificado: María Pardillos Celeméndiz (IES Félix de Azara, 2º BTO)

3º Clasificado: Clara Cariñena Lozano (IES Luis Buñuel, 1º BTO)




Modalidad Vídeo filosófico:


1º Clasificado: Pablo Ibáñez Salvo (Colegio El Pilar Maristas)

2º Clasificado: Diana Campos Borraz (Colegio El Pilar Maristas)

3º Clasificado: Daniel Prieto Gómez (IES Tubalcaín)



Modalidad de Dilema:

1º Clasificado: Nuria Barquinero del Toro (IES Tiempos Modernos, 4ºESO)

2º Clasificado: Sofía Pérez Gracia (Colegio Condes de Aragón, 4º ESO)

3º Clasificado: Claudia Rodríguez Guasch (IES Avempace, 4º ESO)


Modalidad Fotografía filosófica:

1º Clasificado: Lucía Alfaro Vicente (IES Medina Albaida)

2º Clasificado: Marta Casanova Corredera (IES Medina Albaida)

3º Clasificado: Cristina Urieta Lozano (Colegio alemán San Alberto Magno)











Fdo: Miguel Ángel Velasco y David Porcel (Organizadores de la Olimpiada de Filosofía de Aragón)

jueves, 20 de abril de 2017

Momentos gordianos

Estos últimos días me he visto envuelto en una serie de circunstancias que, más dadas que elegidas, me han hecho descubrir nuevas sensaciones, nuevas emociones, hasta el momento sólo intuidas. En la vida hay momentos que, por su extrañeza, se convierten en nudos gordianos capaces de abrir la vida a nuevos horizontes. El momento del enamoramiento, de la pérdida (siempre de ti mismo), del desconcierto, son ejemplos de ello. La existencia de tales momentos constituyen siempre un nuevo punto de partida, pueden llegar a transformar nuestra relación con los demás, pueden incluso llegar a arrebatarte, a aniquilarte hasta que no quede nada de ti.

Mi nudo gordiano, durante estos días, ha sido el descubrimiento de lo incierto. Soy persona de certezas, no porque las tenga, sino porque las busco, aproximarme lo más posible a ellas, siempre con obstinación. Y, normalmente, la vida me provee de herramientas para ello. La filosofía, por ejemplo, siempre me ha provisto de una lógica, de un sentido, aunque sea en forma de crítica o superación. Después de años de dedicación, puedo decir: es cierto que Kant, Shopenhauer, Ortega o Jünger se equivocaban. Y andaría en las mismas si mi formación hubiera sido matemática o económica.

No hay que confundir lo incierto con lo desconocido. Mientras que lo desconocido se presta a ser descubierto, está ahí aguardando una respuesta, lo incierto no admite el descubrimiento, no se desvanece con el conocimiento. Persiste a pesar de él. De ahí que la actitud de quien vive en lo incierto sea la actitud vigilante. De repente, no hay seguridades ni puntos de apoyo, no puedes amarrarte a nada. Casi no puedes confiar en nadie. Cualquiera puede equivocarse. Todo se desvanece a tu alrededor. Incluso la idea misma de seguridad se tambalea. Tampoco hay autoridades. Nadie tiene ya autoridad moral para decirte nada. Te has convertido, sin quererlo, en un vigilante.

Me pregunto, ahora ya en mi sillón, dejándome acariciar por un Sol radiante, siempre generoso, escuchando uno de los conciertos para piano de Mozart, si no es la situación descrita la primigenia, aquella que explica que ahora, después de millones de años de evolución, sólo en determinados momentos, gordianos, podamos caer y no hallar suelo.

sábado, 8 de abril de 2017

Me habían dicho que esto iba de enseñar

Quienes llevan ya una larga trayectoria en esto de la educación en España aseguran que ahora los profesores hacemos de todo, menos enseñar. Recuerdo que cuando entré a formar parte de la profesión, lleno de entusiasmo y vocación, acogía aquellos comentarios con cierto escepticismo y desdén. Me decía, "estos ya están quemados, no deben saber lo que es enseñar." Y ahora, después de unos cuantos años ya dedicado a la enseñanza, voy dándome cuenta de la verdad de aquellas palabras, como cuando escuchábamos a nuestros abuelos decir aquello de "lo importante es estar sanos, tened salud". Hay verdades que necesitan tiempo, tiempo vivido, para ser reconocidas. Ahora resulta que los profesores, voluntariamente, faltaría más, podemos ya administrar medicamentos a alumnos con enfermedades crónicas. Vamos, que se nos ha facultado para medicar, nada más y nada menos. Pero es que ya éramos guardianes, vigilantes, psicólogos, informáticos, instructores, gestores, administrativos, bilingües, agentes de viajes, relaciones públicas, y yo que sé cuántas cosas más.... Todo, menos enseñar.

¿Qué nos está pasando? Cuando entré en la profesión creía que esto iba de enseñar, de leer, de investigar, de estudiar cuanto más mejor, para luego enseñar. Pero ahora, con los años, me doy cuenta que esto va de otra cosa. Pensaba, iluso de mí, que un centro escolar, daba igual cuál fuera el nivel o grado, era una especie de fábrica de conocimientos. Me lo imaginaba como un entramado de relaciones encaminado al desarrollo del conocimiento con vistas a su mejor transmisión. Imaginaba a los profesores paseándose por los diferentes departamentos para ver de qué conocimientos podían servirse para explicar mejor una determinada lección. Imaginaba que, procedentes de familias comprometidas y responsables, como ha sido la mía, los alumnos tendrían ya inculcada cierta disciplina para saber acatar las órdenes y cumplir sus obligaciones. Imaginaba cierta curiosidad innata en muchos alumnos que, con semejante oportunidad que se les estaba brindado, no querrían desaprovechar. En fin, me lo imaginaba como un lugar que ahora, echando la vista atrás, me doy cuenta solo ha existido en mi imaginario.

Menos mal que quedan las noches, esos tiempos muertos, fuera del trajín y del mundanal ruido, a veces en una parada de autobús, otras en el retrete (como lugar de retiro), o postrado en el sofá mientras el viejo Sol se levanta. Ahí es cuando se cuecen esas ideas, que luego, algunas, se transmutan en una lección de vida que quizá posen en ciertos corazones, y quién sabe, si germinarán como en ti lo han hecho.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Resumen de la primera jornada de la IV Olimpiada de Filosofía de Aragón

Más de cien alumnos procedentes de más de treinta centros acudieron el pasado viernes 24 de Marzo a la Facultad de Filosofía de Zaragoza a realizar las pruebas de Ensayo y Dilema moral en esta IV edición de la Olimpiada de Filosofía de Aragón. Allí nuestros alumnos tuvieron que darlo todo para abordar las cuestiones que se plantearon en el ensayo o para resolver los dilemas morales. La jornada se vivió con mucha expectación y el interés mostrado en la realización de los diferentes ejercicios hace suponer que será muy difícil llegar a un dictamen claro sobre los ganadores. En torno al martes 4 de Abril se hará público el listado de los alumnos seleccionados (también en las modalidades de Fotografía y Vídeo), quienes a partir de ese día podrán preparar sus respectivas defensas para el encuentro final del 19 de Abril.

Aquí pueden verse las pruebas propuestas de Ensayo Dilema moral.








sábado, 25 de febrero de 2017

Reservas secretas

Últimamente me interesan aquellas posiciones éticas que, en lugar de procurar conducir la actividad cognoscitiva y técnica hacia buenos fines, tratan de advertir del peligro de un exceso de actividad. El poema de Parménides se limita a poner bridas epistémicas al conocimiento (cuyo único límite está en el ser, "pues lo que cabe concebir y lo que cabe que sea son una misma cosa") En ningún momento se atisba censura ni reproche morales para quien decide adentrarse en el camino de la verdad. Sin duda, somos herederos de una tradición que, presente ya en el poema del eleata, se ha limitado a censurar el error y la ignorancia. El sabio, dice Platón, es bueno por su naturaleza de hombre sabio.

Muy diferente, en cambio, es la posición de la que parte el Antiguo testamento, para el que el origen del peligro no es la falta de conocimiento sino un exceso de éste, un exceso de voluntad de conocimiento. El sentido del acto prohibitivo a comer del «Árbol del conocimiento» radica en la prevención a conocer demasiado, a querer conocer demasiado. El pecador es castigado por desoír la advertencia y dar rienda suelta a su apetencia de sabiduría. También la historia de la técnica -pienso, por ejemplo, en Los falsos adanes de Ceserani- y la literatura romántica testimonian el miedo a la desmesura, a la invocación de fuerzas sobrenaturales, que a veces alcanza lo trágico.

Todavía en nuestro tiempo atribuimos como causa de los accidentes a una falta de conocimiento o a un error humanos, pero me pregunto si, por detrás y más acá de la voluntad y la intencionalidad, en un ámbito sustraído de lo fenoménico, no hay reservas de poder que esperan no ser profanadas.

domingo, 29 de enero de 2017

Seres inquietos

El Evangelio según san Juan comienza diciendo que en el principio era el Verbo, y el Verbo era Dios. El Verbo es Palabra, logos, discurso. Y todavía está presente en nuestra cultura la presencia del lenguaje como condición de sentido y significación. No es la palabra la que significa, sino que es por la palabra por lo que las imágenes significan. El idealismo moderno eleva esta idea a su máxima potencia y llega a afirmar que todo son significaciones, de forma que, si excaváramos, veríamos que no hay nada tras ellas. La intuición de un fondo de sentido descubre que en definitiva todo son lenguajes: la ciencia, la técnica, la música, la poesía, los sueños, son formas de manifestarse aquel fondo primordial imperecedero, de cuya existencia solo hay indicios.

El problema de esta doctrina es que no se puede sustentar, pues el núcleo, la semilla, el elixir, aquello cuyo conocimiento la sustentaría, queda intacto, inaprehensible. Cualquier aprehensión presupone lo que se pretende aprehender. Estamos demasiado presentes para que el objeto se haga presente. Este problema, de imposible solución, ha llevado al diseño de alternativas basadas y construidas en torno al límite del conocimiento. Si no podemos alcanzar el elixir, al menos podremos averiguar por qué.

Otra postura, quizá menos explorada, es la de admitir que lo primero no es la Palabra, que la Palabra no es más que otra forma de responder a una situación determinada. El lenguaje, la razón, el discurso, son formas de afrontar una situación originaria que demanda una respuesta. Estamos demasiado acostumbrados a que en las novelas de aventuras se nos diga que hay un mapa que conduce al tesoro, que ese tesoro esconde las mayores riquezas, que tenemos los recursos necesarios para descubrirlo... En esta situación de encontrase náufrago, que tantos relatos asumen como punto de partida, se responde con la espera, la fe, el tesón, el esfuerzo..., y, finalmente, con el conocimiento para llegar al tesoro. Pero el conocimiento no es más que una respuesta posible, lo mismo que la precipitación, la renuncia, o la quietud.

Quizá, después de todo, esté en nuestro sino inquietarnos por las cosas.

viernes, 27 de enero de 2017

Entre la obediencia y el deseo

Siempre he creído en la posibilidad de hacer del deseo una obediencia y de la obediencia un deseo. Cuando prevalece uno de los polos, el otro se difumina hasta prácticamente desaparecer. Es lo que ocurre cuando aturullamos a nuestros alumnos con normas y principios sin darles ocasión a que enciendan su deseo. Tampoco el polo opuesto es deseable, cuando desaparecemos como autoridad y nos comportamos como meros sujetos pacientes de sus vicios y caprichos. Ya recomendaba Aristóteles vivir en el límite (que no al límite), o próximo a él. De otra forma, seguro acabamos alcanzados por el dolor, en cualquiera de sus formas.

Sin embargo, como profesores, no es fácil muchas veces medir y encontrar esa zona limítrofe que a tantos filósofos ha encantado. La madre de Goethe la creyó encontrar en aquellos cuentos inacabados que estimulaban a su hijo a darles un final. Algunos profesores desconfían de ella, imponiendo a sus alumnos un camino demasiado acotado para ser recorrido. Los hay, también, que pretenden explotar la creatividad del alumno dejándola a su suerte, como si ésta naciera por ciencia infusa cual milagro de alguna fuerza misteriosa.

Más bien, quizá debamos hacer caso a los sabios consejos del filósofo peripatético y trabajar, como profesores, desde el límite: autorizando al alumno a dar rienda suelta a su deseo y haciendo de éste la mejor herramienta para su aprendizaje.

sábado, 14 de enero de 2017

El reclamo del otro

Siempre he recelado de quienes no saben escuchar. La escucha no es un arte ni un hábito, sino el resultado de una determinada actitud respecto del otro. Quien escucha ve en el otro alguien merecedor de ser escuchado. La escucha es una actitud ética. Su contrario no es la desatención, sino la desconsideración. Alguien puede desentenderse de lo que «se dice», pero no por ello dejar de considerar a quien habla. Por lo mismo, la consideración al otro no conduce necesariamente a una actitud atenta, aunque sí predispone a ella. La escucha sólo admite una forma, frente a la desconsideración, que se manifiesta como multiplicidad.

Una de las formas como se exterioriza la actitud desconsiderada consiste en ver al otro desde una categoría determinada. La reducción se hace a partir de unas creencias previas y, generalmente, con vistas a la obtención de poder. Por ejemplo, ahora que con los cambios legislativos venideros en educación va reavivándose el debate sobre lo que debe ser considerado conocimiento y lo que no, hay ya políticos, científicos, filósofos que, con vistas a poder organizar y gestionar el conocimiento, reducen éste a «conocimiento contrastable», como si lo «no contrastable» no contara. También están los pragmatistas, los historicistas, los positivistas, falsacionistas, idealistas, que resultan igualmente del encasillamiento y se refieren al otro habiendo dirigido ya sobre éste su propulsión a encasillar.

Siempre he recelado de quienes se autodenominan o imponen una determinada etiqueta identitaria, pues este hecho, el de autodefinirse, es ya consecuencia de aquella propulsión. Nietzsche lo explica recurriendo a la «voluntad de poder»; la cual, en el mejor de los casos, puede sublimarse hacia fines permitidos. Otros hablan de impulsos, fuerzas o pulsiones. Por mi parte, me resisto a pensar que no podamos dejar al otro que nos reclame:

Un hombre dirigió al anciano una pregunta muy concreta: «Padre, cuando durante el oficio divino vemos a hermanos que se duermen, ¿qué os parece? ¿Les damos un golpecito para que estén bien despiertos durante las vigilias?». La respuesta del anciano fue también muy concreta: «Te lo puedo asegurar: cuando durante el oficio divino veo un hombre que se duerme, pongo su cabeza sobre mis rodillas y le dejo descansar». (Apotegma de un padre del desierto, que recoge Josep Maria Esquirol en La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad)