jueves, 19 de septiembre de 2019

Kubrick y la infinitud del deseo

Como es sabido, las interpretaciones que hacen los espectadores de una película obedecen a criterios y puntos de vista muy diversos, siendo en ocasiones incluso contradictorios. Diríamos que cada espectador construye su propia película. Ello es especialmente visible en películas que, por su estilo y desarrollo argumental, son esencialmente ambiguas. Es el caso de la obra póstuma del cineasta Stanley Kubrick, Eyes Wide Shut (1999), basada en Relato soñado de Arthur Schnitzler. Este hecho es lo que mueve el propósito del estudio que he titulado Eyes Wide Shut: a las afueras de la transparencia y de la oscuridad: distanciarnos de la predominancia hermenéutica y pensar la obra de Kubrick como una aproximación a la comprensión de uno de los asuntos más graves y acuciantes de la filosofía. Veremos que esta película ahonda en la comprensión del conocimiento humano en su íntima conexión con conmociones fundamentales como el misterio o el asombro.

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Como habéis sido varios los amigos y compañeros que al leerlo habéis recibido alguna enseñanza, lo comparto aquí para otros posibles lectores interesados.

El trabajo se integra en el XIV Boletín de estudios de filosofía y cultura Manuel Mindán, que generosamente publica la Fundación Mindán Manero.


martes, 17 de septiembre de 2019

Hogueras a la intemperie

Los bosques cobijan, no fascinan. Limitan cualquier tentativa de exposición, o de exhibición. De repente la mirada del otro desaparece y ya estamos a solas con el Universo. Quizá entonces él nos escuche. ¿Quién no ha experimentado alguna vez el Bosque? Irse al bosque, bañarse en él (Shinrin Yoku), emboscarse, son expresiones que denotan una misma experiencia. Una noche de niebla, cuentos de niños extraviados en el bosque, una melodía que no deja oír, lágrimas que se pierden en la lluvia, el último latido del enemigo, nos llevan al Bosque sin que hayamos reparado. De pronto, nadie nos llama ni sentimos la necesidad de saber la hora. Las ruedas dejan de girar y ya nada avanza. ¿Qué es el progreso sino una forma de intervenir en el movimiento?

El último grito en el Bosque puede ser de horror, pero también de paz y agradecimiento. Me imagino a los prisioneros liberados de la caverna danzando y alabando a la Belleza. Y a la diosa de Parménides agradecida de poder compartir con los hombres los tesoros del Ser. O al poeta a orillas del río cantando desde ultratumba a las jóvenes de la nieve blanca. Y me imagino el esfuerzo de emboscados por hacer del Bosque un lugar natural, y a errabundos en la ciudad de Benjamin haciendo hogueras sobre bañeras a la intemperie.


Poco importa saber orientarse en la ciudad. Pero perderse en la ciudad como quien se pierde en el bosque requiere aprendizaje. Los rótulos callejeros han de sonar como el crujir de las remas secas al errabundo, y las callejas del centro urbano han de señalar las horas con igual exactitud que las hondonadas del bosque. (Walter Benjamin)

domingo, 15 de septiembre de 2019

Expropiación de los deseos

¿Cómo lo puedo conseguir? Es la pregunta que resuena en nuestros estudiantes cada vez que miran hacia delante y fijan la atención en algún propósito. La razón instrumental, o el instrumento convertido ya en razón, es de lo que se sirven para conducir sus vidas ahora menesterosas de conocimientos y cuidados tecnológicos. Y tanta es la menesterosidad y la preocupación mediáticas que uno se olvida del fin que había propiciado el pensamiento de los medios. La imagen es la del niño que recibe de su madre una cámara fotográfica para que aprenda a mirar y el niño crece con ella aprendiendo sólo a cómo usarla. Y cuando de fuera llega la advertencia de que, en realidad, la cámara sirve a un fin distinto de conocer su funcionamiento, la desoímos porque ya no sabemos sino mirar instrumentalmente.
 
Sí, desoímos los fines y la reflexión sobre ellos, hasta el punto quizá de convertirnos en usuarios y utensilios de otros usuarios. Pero no hay que desfallecer. El deseo está ahí. Deseo de mirar, de saber, de agradecer y enamorarse. Deseos no consumistas y sí consumidores, de nuestro tiempo y espacio más íntimos y singulares. El otro día me decía un alumno que había aprendido a desear, y se preguntaba por qué no hay una asignatura que nos enseñe y guíe en la humana tarea de anhelar y desear, antes de que alguien lo haga por nosotros y cedamos la autoría de nuestros deseos a instancias y señores que nada bueno quieren de ellos. Y ese mismo alumno se dirigía a una biblioteca, y lo hacía paseando, disfrutando del deseo de ir a ella y abrir las páginas de un libro deseado. Y, mientras paseaba, seguía preguntándose por qué ese empeño en aprender a calcular, a conocer y resolver, a callar y comportarse, como si el desear ya no fuera cosa nuestra.
 
Después de todo, también del deseo se vive, y se respira, y se crece.

viernes, 13 de septiembre de 2019

El primer día

Después de tanta instrucción y recomendación, veteranos o novicios, no queda más que estar frente a nuestros alumnos, cara a cara, como el torero ante la bravura del animal o el amante frente a la servidumbre de los cuerpos desnudos. ¿De qué nos sirvió la obligada lectura de las instrucciones de comienzo de curso? ¿Acaso decretos y órdenes sirven de muletas en el hielo resbaladizo y el ardor del estreno? ¿Acaso las últimas oposiciones nos dirán qué hacer en el instante en que atravesamos el umbral de las aulas numeradas?  Nos preguntamos para nosotros, y seguimos haciéndolo, mientras vemos las miradas ávidas de quienes tenemos enfrente. Ávidas de conocimiento y sensibles a él, quizá expectantes de signos de humanidad y reconocimiento. ¿Pues no anhelamos también en ese primer día un signo donde apoyarnos y subirnos a sus hombros? ¿No anhelamos también en aquel primer día algo de familiaridad con que aliviar nuestra soledad y acallar nuestros demonios?
 
Un poco de calor, aunque sea en la proximidad de su voz, o de sus pasos, que se acercaban a nosotros desde aquel otro mundo adulto. Y así nos hicimos, como ellos lo serán.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Sobrantes noticiados


La validez no es un concepto que admita grados. De hecho, ningún concepto admite grados. Cuentan con un quantum de energía, o de emoción, que los sostiene hasta que devienen en palabra, que es término, en sentido literal. El término agota cualquier intento de intensificación. Una vez terminado, el edificio no hace más que descomponerse. Ya lo advirtió el sabio Empédocles: las cosas no pueden más que componerse y descomponerse. Es su sino. Si no, ya no serían cosas.

¿Hacia dónde se dirige hoy aquel quantum? ¿A dónde hay que mirar para saber de qué está hecho nuestro tiempo? ¿Al edificio de enfrente hecho de andamios, grúas y obreros? ¿Adentro de nosotros dejándonos llevar por los nuevos chamanes y hechiceros? Quizá no tan lejos. Quizá en el recorte de periódico donde se advierten noticias como que la obesidad es el problema del siglo XXI. ¿Cómo ha llegado la obesidad a ser noticia universal? ¿Cómo ha llegado el pesado cuerpo a llamar la atención de todos? ¿A dónde hemos llegado que se ha hecho de la salud norma y del pecado enfermedad?

Quizá el quantum de nuestro tiempo sea «hacer noticia» de lo sobrante, lo insoportable o inaguantable, como aquellas barrigas que aprisionadas por cinturones y otros aranceles invaden espacios reservados sólo al aire y su transparencia, o ensañamientos entre vecinos y familiares que día a día llenan nuestras pantallas, o desaires de adolescentes en edad de experimentar el ruido de las cosas.

Quizá el quantum de nuestro tiempo sea que ya no sepamos ver tras los letreros ni advertir a escondidas la ceguera de los otros.