miércoles, 26 de marzo de 2008

Hacia una definición de arte

En el anterior post anunciábamos el interés que tiene contar con una teoría coherente y bien fundamentada desde la que entender qué es arte. Pensamos que una teoría que responda la pregunta por la esencia del arte debe, al menos, considerar los siguientes aspectos:



La obra artística debe dar a conocer algo:



Somos de la opinión de que una obra de arte debe considerarse como una forma de conocimiento, en tanto que el artista con su obra pretende comunicarnos una idea, una intuición, una concepción, sobre algún aspecto o dimensión humanos. En este sentido la obra se convierte en la vía por la cual el artista transmite su visión personal acerca de la realidad humana, o de su modo personal de percibirla. Consecuentemente, en la medida que el arte es un fenómeno humano, como tal, llamado a ser conocido, la obra en ocasiones se constituye al mismo tiempo como sujeto y objeto de conocimiento. Se interroga, se define a sí misma, como ejemplifica el famoso urinario de Duchamp, que bien puede consistir en la justificación de por qué ha de considerarse objeto artístico:






La obra debe bastarse a sí misma para dar a conocer:



El hecho de que ya desde hace algunos años se hable de las Estéticas de lo feo, o del sentimiento de desagrado y repulsión que suscita la contemplación de algunas obras, nos hace suponer que un objeto artístico no ha de ser necesariamente bello, o suscitar un sentimiento desinteresado de agrado, al estilo kantiano.









Buey abierto en canal, Rembrandt



Ahora bien, pensamos que en cualquier caso la obra debe bastarse a sí misma para conmover a quien goce (o rehuya, al menos temporalmente) de ella. La obra debe ser autosuficiente, y en este sentido ha de prescindir de todo discurso distinto que le preste un sentido. Ella misma ha de ser capaz de decirnos cosas, de comunicarnos lo que el autor se propuso comunicar (aunque a veces no coincida el mensaje de éste con el de la obra) El arte debe tener vida propia, autonomía respecto a su creador, haberse emancipado de él, y nosotros, como espectadores y receptores de sentido, no debemos necesitar de ninguna teoría interpretativa ajena para aprehender su mensaje (lo que acabamos de decir no significa que no pueda darse un ejercicio interpretativo que evoque sentidos distintos con ocasión de la obra, en cuyo caso éstos están ya fijados y predeterminados por la teoría desde la que se elabora dicho ejercicio, y por tanto no deben considerarse como sentidos de la obra) Es decir, como ocurre con otras formas de expresión lingüística, pensamos que el sentido del objeto artístico no depende fundamentalmente de la interpretación, sino de la forma y de las reglas de acuerdo a las cuales se organizan sus elementos.



No sólo en cuanto a su contenido, también en lo que se refiere a su forma el arte ha de ser capaz de mostrarnos todo el proceso generativo del cual ha sido resultado. La obra ha de ser, en este sentido, honesta, clara, transparente. Debe ella misma enseñarnos tanto el origen como el proceso formativo a los que debe su existencia.


La obra no debe contener nada contingente:



Por último, consideramos que el artista no debe guardarse nada, ni aclarar nada, porque todo debe estar dado, dispuesto en la obra, para así culminar el proceso comunicativo. Por lo mismo, tampoco en ella debe sobrar nada, ni haber nada gratuito. Es decir, cada elemento del objeto artístico debe desempeñar una función necesaria en la constitución de su sentido último, como por ejemplo se refleja en esta obra del escultor y teórico Javier Carvajal Leda titulada El cubo girado. La norma transgredida, en la que además subyace su concepción del arte como transgresión de la norma, en este caso, de la geometría euclidiana.


martes, 4 de marzo de 2008

¿Qué hacer con la ciencia?


El ser humano debe conocer su mundo físico y su mundo psíquico, hacerse una idea clara sobre ellos, para saber a qué atenerse en cada momento con aquello que se encuentra. Por ejemplo, una vez el hombre descubre ante sí la tierra firme donde debe vivir, para saber cómo relacionarse con ella, lo primero que necesita es hacerse una idea clara de la Tierra, saber qué es. Es esta concepción la que va a orientar su manera de actuar. Así, por ejemplo, el hombre se comporta de modo distinto respecto a la Tierra si la considera como una diosa que si la concibe como un planeta sujeto a leyes físicas invariables. En el primer caso, como es natural, el hombre primitivo venerará con sacrificios la voluntad de la diosa, mientras que en el otro, para tratar de obtener lo mismo, el hombre moderno se esforzará en descubrir las regularidades y en realizar predicciones exactas. Pongamos otro ejemplo a fin de aclarar esta idea. El ser humano se relaciona de diferente forma con los animales en virtud de la concepción que se forma de ellos. Así, el espíritu heredero de las concepciones modernas, que reduce al animal a movimiento y extensión, a mero autómata, se comportará con los animales de modo distinto que el hombre utilitarista, quien entiende que son seres sintientes capaces de padecer placer y dolor. Otro tanto ocurre en el caso de fenómenos psíquicos como la felicidad, que el ser humano encuentra ante sí, ahora en su mundo interior. Es preciso hacernos una idea exacta acerca de qué es la felicidad para saber a qué atenernos en su búsqueda... Alguien que conciba la felicidad como 'placer', que piense que la felicidad consista en la satisfacción de las apetencias y deseos del cuerpo, se comportará de diferente forma respecto a ella, la buscará por otros caminos, que otro para quien consista en la obtención del conocimiento, o que entienda que se basa en el grado de conformismo respecto a nuestros deseos y posesiones.

El hombre también debe definir su mundo ideal, conceptual, para luego asumir una cierta actitud ante él. Desde la modernidad el filósofo ya no es el que busca el saber, el amante de la sabiduría, el buscador de aquel conocimiento necesario para una comprensión completa del universo. Este cometido ahora es propio de los científico como Bacon, Kepler, Galileo, Newton, Einstein, que son quienes con su ciencia van completando el mapa conceptual del mundo y aproximándose a esa comprensión de éste y de nosotros mismos. Pero el científico, en ocasiones, también debe ocuparse de reflexionar sobre la ciencia misma movido por la necesidad de delimitar, justificar o impulsar el conocimiento científico, y así aparece buena parte del moderno saber filosófico. Con ocasión de determinados sucesos, como el descubrimiento de algunas evidencias que cuestionan la validez de nuestras teorías y concepciones, o la de los principios del entendimiento que conducían el recto pensar, surge la necesidad de ocuparnos de la ciencia, de reflexionar sobre ella, para justificar o descartar la validez de sus principios y procedimientos. Igualmente, con ocasión de la pretensión de cientificidad que muestran algunas formas de conocimiento (como la teología, parapsicología…), el científico, si no quiere ver invadido su dominio de conocimiento, debe justificar la delimitación respecto a ellas definiendo previamente qué es ciencia. Por tanto, una vez encuentra el hombre ante sí la duda, la incertidumbre, la sospecha, respecto a la validez o legitimidad de la ciencia, que creía seguras, debe ocuparse de afrontar dicho problema y entonces inicia la reflexión, ahora ya filosófica, sobre la ciencia desde ella misma.

Veamos sólo algunos ejemplos: Descartes, como filósofo, se interesa en describir el procedimiento científico y en fundamentar su validez. De alguna forma, su obra Reglas para la dirección del espíritu, como respuesta al escepticismo de su época, pretende demostrarnos que está justificada una actitud de confianza plena respecto a la ciencia moderna. Otros críticos han rechazado la teología como ciencia (Hume, Kant), fundamentando previamente la naturaleza y la validez del conocimiento científico; en la misma línea otros (Russell, Popper) han justificado la exclusión de las pseudociencias del conocimiento científico, habiendo definido previamente a qué debe llamarse conocimiento científico. Los hay también que, como Ortega y Gasset, han justificado la idea de considerar a la historia como ciencia, es decir, han hecho de otras formas de conocimiento saberes científicos. La filosofía, en sentido moderno, nace por tanto de la necesidad de definir qué es el conocimiento científico, su naturaleza, a fin de hacernos una idea clara sobre ello y saber qué actitud debemos tomar ante él, si de aceptación o de rechazo, de confianza o incredulidad.

Tiene una especial importancia que nos ocupemos de reflexionar sobre la ciencia misma y su validez, porque las conclusiones a las que lleguemos sobre tal asunto serán determinantes en la proyección de nuestro modo de vida. Las consecuencias para el hombre común, y no sólo para el científico, de considerar a la ciencia como una forma de conocimiento seguro y certero son otras que si se piensa que la ciencia proporciona un conocimiento probable o incierto, y otras si se la considera como un saber falso y mentiroso.. Así, por ejemplo, el hombre vive de distinto modo si está en la creencia de que Dios existe, y, por tanto, de que la teología, como ciencia de Dios, proporciona un conocimiento fiable, que si duda de su validez o que si está convencido del error de sus argumentaciones.

Se me ocurre pensar ahora que lo mismo ocurre con otros fenómenos como el arte, sobre cuya reflexión debe ocuparse el filósofo para delimitar lo que es arte de lo que no lo es, y así descubrir aquellas formas de expresión que debe considerarse legítimamente como artísticas y aquellas otras que no. Lo mismo que existen teorías pseudocientíficas, que pretender ser científicas sin serlo, puede hablarse de obras pseudoartísticas, que sin serlo se hacen pasar por obras de arte. En este sentido, el riesgo de considerar a las teorías pseudocientíficas como científicas puede ser verdaderamente grave si confiamos y vivimos conforme a ellas. Igualmente, el problema de no contar con una teoría coherente y bien fundamentada desde la que entender qué es arte, puede traducirse en el enriquecimiento de unos pocos aprovechados, de aquellos que se hacen pasar por artistas sin serlo en realidad, y en el engaño del hombre masa que acude a los museos sugestionado por la idea de descubrir una nueva experiencia estética.