domingo, 21 de abril de 2019

Recuerdos del Colegio Doctor Azúa (1984-1992)

Todavía me elevo sobre los barrotes verdes que aún nos separan de aquellos patios de juego, cuando el único reloj era la sirena de las doce y de las cinco.

Todavía respiro el aire de nocilla que reblandecía el pan de nuestras madres, y escucho los sietes de Don Claudio en las mañanas de los lunes, y me adentro por los pasillos y laboratorios, cuando el misterio de las probetas mezclaba los primeros olores.

Todavía me quito la plastilina de las uñas del pulgar, y veo ahí el lápiz mordido por el primer aburrimiento, y solo junto a él, el sacapuntas amarillo.

Todavía escucho la lluvia mientras nos amontonamos bajo los porches, sujetos a aquellas columnas que sólo Sansón lograba tambalear. Y a lo lejos el abrigo verde y rojo, olvidado entre las hojas otoñales, para siempre llevado por el viento.

Todavía veo a mi amigo Víctor riéndose de su cara redonda, y volviéndose a mí como queriendo encontrar un cómplice en los días de soledad, cuando la piel aún se llenaba de moretones.

Todavía me veo los viernes esperando la hora de las cinco, y el carro de la compra mientras jugaba a sobrevolar planicies y desiertos, y ríos de hormigas como siendo los ojos de dios.

Todavía siento erizarse el alma al presentir en ella los secretos de todos nosotros, y quién sabe si el de este universo sin nombre ni origen.

Allá, cuando la eternidad era el pan de cada día y los ríos no daban a ninguna mar.

sábado, 13 de abril de 2019

El maestro que quiso enseñar filosofía

Un joven maestro había reunido toda clase de conocimientos para iniciar con entusiasmo e ilusión su andadura vocacional. Sabía filosofía, matemáticas, historia, geografía, ciencias naturales, arte..., y su sentir era el de tener que ofrecer esos conocimientos a curiosos aprendices. Sin embargo, a los pocos días, autoridades educativas exigieron de él que dominara el arte de la programación, pues ellas tenían que saber qué estaba impartiendo y cuándo lo estaba haciendo. Decidió, entonces, dejar de cultivar el conocimiento de los mares, países y cordilleras, y ocupar ese tiempo para preparar el arte de la programación. Como además era muy concienzudo y meticuloso, le llevó más tiempo del previsto conocer las técnicas y la jerga que se requería. Con esta ligera carga prosiguió con entusiasmo su labor vocacional. Pero pronto las mismas autoridades educativas le dijeron que tenía que dominar el uso de ciertas técnicas de la comunicación para desempeñar su trabajo. De nuevo, tuvo que renunciar a seguir cultivando lo que tanto amaba, apartando en esta ocasión los libros de álgebra y geometría. Siguió explicando a sus alumnos filosofía, arte y ciencia natural, pero algo más cansado porque sabía que luego tendría que programar lo que explicaba y aprender las instrucciones que hacían funcionar los dispositivos que utilizaba. A los pocos meses, de nuevo las autoridades educativas le llamaron para decirle que tenía que dominar una lengua extranjera, pues debía impartir una disciplina en una lengua que no era la suya. Y ya sólo pudo enseñar filosofía, porque el resto del tiempo lo ocupaba en programar, leer instrucciones y aprender un idioma extranjero.

Ya cansado, cuando había transcurrido sólo un año, y previendo que podría quedarse sin tiempo para cultivar lo que más amaba, la filosofía, se plantó ante las autoridades educativas y les preguntó: si ahora no me permitís aprender y explicar filosofía, ¿qué voy a poder programar? ¿en qué podré utilizar las técnicas que he aprendido? ¿y qué podré traducir al idioma extranjero?

Al escuchar estas palabras, las autoridades respondieron:

En realidad, joven maestro, no estás aquí para enseñar, sino para demostrarnos que eres una persona cumplidora y obediente. De otra forma, ya no estarías con nosotros.

jueves, 11 de abril de 2019

Acto final de la VI edición olímpica aragonesa

Una vez más puede testimoniarse que la filosofía está viva, dentro y fuera de las aulas, allí donde actividades como la Olimpiada de filosofía despierta la agudeza y el ingenio de nuestros alumnos para abordar toda clase de cuestiones relacionadas con temas de interés social como, el de este año, realidad y apariencia en el mundo actual. En las cuatro modalidades nuestros alumnos aragoneses han demostrado gran destreza dialéctica y argumentativa, y seguro harán un buen papel en la fase nacional que esta edición se celebra en Málaga los días 26 y 27 de Abril. Sólo queda desear mucha suerte a nuestros campeones y agradecer nuevamente a todos los profesores, colaboradores y organizadores por este encuentro filosófico.

¡Enhorabuena a los ganadores!


Modalidad de Ensayo:

1º Clasificado: Ruth Beltrán Iglesias (IES Torre de los Espejos, Utebo) 

2º Clasificado: Adriana Capablo Mateo (IES Pedro de Luna, Zaragoza)

3º Clasificado: Blanca Elena Nechita (IES Goya, Zaragoza)

 
Modalidad Vídeo filosófico:
  

    1º Clasificado: Daniel Santamaría Adúan (IES Domingo Miral, Jaca)

2º Clasificado: Eduardo Palacios Dueso (IES Félix de Azara, Zaragoza)
 
                      3º Clasificado: Amanda López de la Manzanara Sauco (IES Escuelas Pías, Zaragoza)


 Modalidad de Dilema:
 
 1º Clasificado: Gabriel Delgado Suárez (IES Leonardo Chabacier, Calatayud)

2º Clasificado: Paula Otal Sarasa (IES Pedro de Luna, Zaragoza)
 
 3º Clasificado: Alexandra García Flórez (IES Colegio Juan de Lanuza, Zaragoza)
 
 
Modalidad Fotografía filosófica:

 1º Clasificado: Daniel Colás Sánchez (IES Cardenal Xavierre, Zaragoza)

                   2º Clasificado: Claudia Mora Brocate (IES Nuestra señora del Pilar-Salesianos, Zaragoza)

 3º Clasificado: Adrián Gómez Andaluz (IES Miguel Catalán, Zaragoza)
 


Aquí los alumnos finalistas
 
 
Y aquí con mi alumna Sabrina Khadraoui, del IES Jerónimo Zurita, cuarta de Dilema

 
 
 
 
  

lunes, 1 de abril de 2019

Hay que hablar las cosas

A veces a uno le sobrevienen acontecimientos que siente la necesidad de compartir con quien se encuentra ahí, al otro lado, en los departamentos, la lejanía del pasillo, o incluso, a veces, tras libros de estantes amontonados. Es sabido que en la comidilla de algunos cafés se hablaba de que "hay que hablar las cosas", como si fuéramos seres sin habla y sólo por gracia divina ésta nos fuera concedida. "Hay que hablar las cosas", como si también de algo natural tuviera que hacerse imperativo. Y, sin embargo, qué raro nos sonaría decirnos "hay que respirar", o "hay que hacer el amor". De amores, no siempre va la cosa. A veces, intereses y temores bloquean nuestra habla haciéndola estéril, y hueca, como esos relojes de Fresas salvajes que no podían dar la hora. Y haciéndonos proferir palabros y tecnicismos que, en el fondo, no significan nada, o significan nada, diría en su ocaso Nietzsche.
 
¿Pero cómo hemos llegado a una situación por la que el habla, aquel habla natural y amada, tiene ahora que regirse por imperativos? ¿Cómo hemos llegado a tener que convocar reuniones, o comisiones, o comidillas y conciertos, para poder hablar? ¿Tan lejos estamos los unos de los otros? ¿O tan cerca que ya no nos distinguimos? Cuando movido por la pasión consagré la vida a algo, que no es poco en este mundo de autómatas, no pensé que tendría que ponerme a hablar, algún día, en alguna sala, ante miradas inquisitivas y relojes que sí dan la hora, sobre libertades, conocimientos y amores. ¿Porque podemos hablar, si de verdad hablamos, sobre realidades que no formen ya parte de nosotros?
 
Que las máscaras queden fuera, ahí, en los boletines, protocolos, y más proyectos, sin término y sin comienzo. Queden fuera, de nuestra voz, porque es lo que tenemos, y lo que somos. Y ojalá, todavía, aunque sea en una sala de relojes vacíos de hora, allí donde las noches nos pasan, podamos hablar, y seguir hablando.

domingo, 24 de marzo de 2019

Lo insólito

Dice Nietzsche en Aurora que «en los estados primitivos de la humanidad, lo “malo” se identifica con lo “individual”, lo “libre”, lo “arbitrario”, lo “insólito”, lo “imprevisto·”, lo “incalculable”» Y qué bien lo representa el cineasta Hitchcock en Los pájaros. Una película violenta, sí, pero de una violencia libre, insólita, imprevisible. Y caótica, porque el caos obra sin ley, o sería mejor decir que en el caos no hay lugar para la acción, pues toda acción precisa de ley. Kant lo vio muy bien cuando repara en los principios a priori de la sensibilidad y del entendimiento. ¿Cómo podría haber conocimiento de lo que no se deja identificar ni juzgar? No hay un qué por el que se pueda preguntar. No hay una causa que se pueda buscar. Lo insólito sobrepasa los marcos convencionales con los que el hombre construye ciencia y filosofía.


El sueño del hombre común es que el mundo acabe comportándose conforme los principios de la razón. Pero es eso, una esperanza. Esperanza quebrada, puesta en entredicho, cada vez que aparece lo insólito, de suyo inasible. Los pájaros -casi siempre negros- no aterrorizan porque amenacen la existencia humana, sino porque, atacando, muestran que cualquier cosa es posible. Y esto es lo que horroriza: que el caos haya entrado en la historia. Por ello, la trama no versa sobre ataques de pájaros, o sobre pájaros que atacan, sino sobre la manera como un suceso insólito -si cabe llamarlo de suceso- remueve y transforma las relaciones humanas. Es, diría yo, la película de Hitchcock que más claramente representa la experiencia de la fragilidad humana, como se reproduce cada vez que alguien, cayéndose, busca un agarradero y no lo encuentra.

En la medida que lo insólito no puede integrarse en ningún discurso -ni científico ni religioso ni mitológico-, no cesa en mover y remover el fondo emocional de los personajes; el de todos ellos, y especialmente el de la madre de Mitch, cuyas resistencias al final ceden al deseo natural de dar amparo. Hitchcock parece decirnos que el amparo humano nace de la consciencia del mal. Sí, lo caótico es lo «no interpretable», y, en tanto que no es integrable en ningún discurso y se pierden las referencias, mueve al ser humano hacia el contacto y el cuidado. Al menos -parece decirnos-, estamos juntos en esto.

jueves, 21 de marzo de 2019

Soledades silenciosas

Han sido varias las conversaciones que esta semana han puesto sobre la mesa de la sala de profesores un hecho que todavía algunos, los que se empeñan en hacer de cuerpos cooperaciones y de sujetos proyecciones compartidas, lo asocian a cierto cansancio laboral, o existencial. Se trata de la experiencia de soledad en lugares que, como cualquier centro escolar, por definición, deberían comportarse como asideros sociales y vacunas contra el aislamiento. Griteríos, llamadas de atención, permisos, disculpas, advertencias, consejos, consultas,... actos locutivos y perlocutivos que sistemáticamente interrumpen cualquier tentativa de recogimiento y ensimismamiento, sin embargo, no aíslan a la soledad de su lugar natural.

Los hay que, próximos a la jubilación, habiendo recorrido los vaivenes legislativos y la oleada necrológica de presuntos mediterráneos, se confiesan desprovistos de la piel con la que contactar con las nuevas generaciones noventeras, educados ya en el calor de los televisores y del flujo eléctrico de ordenadores. "Siento que ya no soy de este mundo. ¿Dónde ha quedado ahora el sentido común?" ¿Pero acaso no sigue habiéndolo, sólo que transformado por una época demasiado ocupada en el funcionamiento y la funcionalidad? También los nuevos, provistos de ilusión pero sin el fármaco que les sacará de ella, experimentan la soledad de quien quiere abrirse a un mundo demasiado modelado como para que pueda acoger sus pareceres. Soledades vividas, por mayores y jóvenes, que entre sí experimentan la distancia de quien se sabe de su tiempo, pero se empeña en franquearlo. Y también por profesores de medio recorrido que, con ratios de más de treinta alumnos y asignaturas de una hora semanal (y eso cuando una festividad o una actividad extraescolar no se cruza en tu camino), tienen que escuchar de sus alumnos "profesor", a secas, porque todavía no saben su nombre, y entonces también ellos, entre nombres sin historia ni folclore, acaban preguntándose quiénes son.

Soledades abiertas al recuerdo de lo que será toda una vida, no tan diferente a aquel sueño que una vez te despertó.

domingo, 17 de marzo de 2019

Emociones iniciales

Hay emociones iniciales que ya no terminan de pasar nunca. Retienen, más bien, a quien las vive en un perpetuo vano intento de volver a ellas, volviendo una y otra vez sobre ellas, como quien gravita en torno a un centro sabedor que nunca lo alcanzará. Funcionan como faros en medio de la oscuridad o relojes en medio de planicies, siempre haciendo volver a las vidas sobre sí, ya incansables y hacedoras de infinitos. Infinitas hubieran sido las conquistas de Don Juan, y las victorias de Ulises, y las obras de quien pintara el sol del membrillo o esculpiera bloques de hielo en castillos olvidados. Son los sabios del encuentro y del instante, y por ello mismo su historia nunca será biográfica, pues la gravidez de lo-que-ya-no-será no admite grafía, ni medición alguna. Son prisioneros que vuelven sobre su prisión, pero ya para siempre liberados del desánimo y de la charlatanería. Espíritus que una vez amaron, y triunfaron, y crearon, y vivieron, hasta no poder desprenderse de aquello que, aunque solo por una vez, los hizo poderosos.
 
 
Pero lo que lo fascina y lo retiene es el primer instante, el milagroso primer instante cuyos encantos aniquilan toda voluntad consciente, es decir, el instante que no se puede medir, que precede a toda seducción y a toda historia y que la memoria conserva a su pesar (Las pequeñas alegrías, Marc Augé)

viernes, 8 de marzo de 2019

Fuera de los no lugares

Preferiría no hacerlo, repite Bartleby ya desprovisto de alma, y así resuenan sus ecos en las tardes que nos vemos abocados a repasar proyectos sin término, correcciones, adaptaciones, permisos y autorizaciones, papeles varios cuya única finalidad parece ser la de desviar para siempre el genio que todos llevamos dentro. Alumnos con genio. Esos son los mejores. Capaces de desbancar opiniones que se atribuyen al sentido común y, si hace falta, retar al profesor, y con él a toda una generación. ¿Pero dónde queda el genio si no en talentos singulares, todavía no afectados por la vorágine de propagandas y revisiones que se han de acometer? ¿Acaso el sistema no se empeña en derribar palabras mal sonantes y entorpecer a todo aquel que, desde su emboscadura particular, no busca sino comprensión en un mundo que no se la dio?
 
Preferiría no hacerlo, en construcción condicional. Porque hay que hacerlo. No queda otra, si no quieres quedar fuera de lugar, aunque sea del no lugar. De ese no lugar que Marc Augé advierte que identifica al hombre de hoy. Y lo hace con estas palabras, anticipando lo que se nos viene: "Todas las interpelaciones que emanan de las rutas, de los centros comerciales o del servicio de guardia del sistema bancario que está en la esquina de nuestra calle apuntan en forma simultánea, indiferente, a cada uno de nosotros ("Gracias por su visita", "Buen viaje", "Gracias por su confianza"), no importa a quién: son las que fabrican al "hombre medio", definido como usuario del sistema vial, comercial o bancario." De eso se trata, de fabricar Bartlebys, y cuantos más y más complacientes, mejor, aunque sea para que terminen pronunciando su preferiría no hacerlo. Porque eso significa que ya han hecho, y mucho.

Cielo de ningún día

Un azul de nadie inmortaliza el cielo, su aire, y a mí que lo miro. Los relojes dejan de sonar, las voces de hacer historia y solo la brisa mueve el sonido.

Relámpagos huérfanos amenazan con romper los cristales y los ojos que miran. Y me apresuro a subir las persianas.

Sueño de la Noche del 7 de Marzo

martes, 5 de marzo de 2019

La insoportable sensación de ser

¿Y si llegó a ser un héroe de la aviación solo por no poder experimentar el peso de cada paso? ¿Y si escribió diez mil páginas con las más arduas reflexiones solo por no poder estar con los próximos? ¿Y si dio veinte vueltas al globo solo por no soportar el olor a raíz? La insoportable sensación de ser puede explicar tantas cosas que, a veces, atribuimos éstas a factores que, por efímeros, en realidad no pueden fundamentar ni explicar nada. ¿Por qué habríamos de sentir deseo de despegarnos del suelo, de las gentes o de las raíces, si no es suponiéndonos una animadversión creada desde los comienzos? Sí, todo se explica mejor si (nos) reconocemos que, en el fondo, se trataba de algo más sencillo. Quizá una aversión, un rechazo a algo que, de suyo, lo admite. La mirada del recién nacido no deja de asombrarse, de cada movimiento, de cada matiz, para después despertar atracción hacia unos y animadversión hacia otros. ¿Pero cómo podría ser de otro modo?
 
Removieron la paja con unas varas y encontraron en ella al artista. «¿Todavía ayunas?», preguntó el vigilante, «¿cuándo piensas dejarlo definitivamente?» «Perdonadme todos», susurró el artista del hambre; solo el vigilante, que tenía la oreja pegada a los barrotes, pudo oírlo. «Claro que sí», dijo el vigilante y se llevó el índice a la sien para sugerir al personal el estado mental del artista, «te perdonamos». «Siempre he querido que admiraseis mi capacidad de ayuno», dijo el artista del hambre. «Y la admiramos», dijo el vigilante en tono condescendiente. «Pero no deberíais admirarla», dijo el artista. «Pues entonces no la admiraremos», dijo el vigilante, «¿por qué no deberíamos admirarla?» «Porque tengo que ayunar, no puedo evitarlo», dijo el artista. «¡Vaya, vaya!», dijo el vigilante, «¿y por qué no puedes evitarlo?» «Porque», dijo el artista del hambre alzando un poco la cabecita, con los labios estirados como para dar un beso y hablando al oído mismo del vigilante, de modo que no se perdiera nada, «porque no he podido encontrar ninguna comida que me gustara. De haberla encontrado, créeme que no habría hecho ningún alarde y me habrá hartado como tú y todo el mundo.»” (Franz Kafka, Un artista del hambre)

sábado, 2 de marzo de 2019

Jornadas olímpicas sobre realidad y apariencia

Podemos estar de nuevo satisfechos con la enorme participación y expectación de nuestro alumnado en esta VI Olimpiada filosófica, que, una vez más, refleja que la filosofía genera pensamiento y reflexión, pero también entusiasmo y pasión encontrados. Pese a la aridez de la temática de esta edición -realidad y apariencia en el mundo actual-, los alumnos mostraron un vivo interés por resolver dilemas y abordar cuestiones que, a buen seguro, habrá despertado en ellos nuevas inquietudes sobre su realidad y la del mundo de hoy.



 
Desde la organización, os deseamos lo mejor a partir de ahora y confiamos volver a encontrarnos el próximo 11 de Abril en la Biblioteca María Moliner para el desarrollo de las defensas orales y la entrega de premios. Recordad que es un requisito defender públicamente lo escrito en las pruebas para poder obtener el premio final y el pase a la fase nacional. En unos quince días, aproximadamente, publicaremos en el blog los nombres de los alumnos clasificados para esa nueva fase que deberán acudir ese día al salón de actos de la Biblioteca María Moliner con la defensa preparada, así como los nombres de los clasificados en las otras modalidades de Fotografía y Vídeo.

Finalmente, también queremos agradecer la enorme labor de cooperación mostrada por parte de todos, alumnos y profesores. Y en especial a los profesores integrantes del grupo coordinador de la Olimpiada, sin quienes esta actividad no hubiera tenido lugar.

Aquí publicamos el enunciado de los ejercicios de Ensayo y Dilema.

sábado, 23 de febrero de 2019

Encuentros no concertados

Nunca hemos tenido tantas posibilidades de encontrarnos y, sin embargo, nunca hemos estado tan lejos de encontrarnos. De nuestra cultura tecnológica forman ya parte cientos de dispositivos preparados casi específicamente para organizar, concertar y convocar encuentros, así como un sin fin de emoticonos configurados para señalar que hay que encontrarse, posponer o cancelar el encuentro. Y es que una de las características de la interconexión global es que nadie, o casi nadie, se libra de tener que encontrarse. Incluso si uno es introvertido y solitario, acaba, de seguro, siendo invitado a encontrarse en algún lugar de su vecindario, de su barrio, ciudad o, si no sale de casa, de su Telépolis. Porque siendo introvertido y solitario, reacio a forzarse a entablar relaciones de carne y hueso, quizá se convierta en un teletrabajador adicto a la telespectación y a las telecompras.
 
Si el propósito del encuentro estaba en la intención del usuario o predeterminado por la aplicación técnica es una cuestión que habrán de dirimir filósofos y hombres de ciencia, no vaya a ser que esa cuestión se nos vaya de las manos y acabemos convertidos en un botón más de un artefacto que, por sus proporciones, no alcancemos a ver. Pero lo que parece más inmediato, y lo que a fuerza de vivir telemáticamente comienza a perderse de vista, es que, en un sentido primordial y originario, encontrarse no es un acto que funcione de medio para otra cosa, sino un fin en sí mismo. Y, como fin y no como medio, encontrarse es un acto de revelación. Y, en este punto, emplazo al lector a que indague y reflexione sobre el sentido de encuentros de origen mítico, religioso, estético o erótico. Seguro que leyendo sobre revelaciones que tenían lugar por maestros, profetas, poetas o amantes, el lector se convencerá de que, a pesar de disponer de tantas posibilidades de encontrarnos, nunca hemos estado tan lejos de encontrarnos.
 
Nadie duda que el usuario se hace usuario consciente y responsablemente, porque, incluso si su vida acaba siendo como la de un autómata, vista interiormente tendríamos que suponerle un motivo para vivir automáticamente. Lo que aquí se pone de manifiesto es que a base de respirar con bombonas de oxígeno olvidamos que también hay aire, mucho más y de mayor frescura, fuera de aquellos contendores. Y es que cada vez que damos rienda suelta a nuestros mensajes de voz, a nuestros WhatsApp, chats o tuits, sólo para concertar algún tipo de reunión fuera o dentro de Telépolis, estamos perdiendo de vista aquel otro sentido primigenio de los encuentros, por el que estos no tenían que concertarse o convocarse, pues su función no era la de servir, sino que llegaban o acontecían pese a los dictados de la voluntad.

domingo, 17 de febrero de 2019

Existencias fronterizas

Las fronteras normalmente se asocian a zonas de tránsito y de cruzamiento. Nadie habita las fronteras porque no son terreno de nadie, o de todos. Las fronteras, en el mejor de los casos, se atraviesan. Ahora bien, el sentido geopolítico del término no agota toda su significación; más bien, la escabulle, o nos escabulle de ella, como el prisma dinámico con el que habitualmente solemos mirar al mundo, que camufla las naturalezas no prismáticas. Sí, muy habituados estamos a mirar el mundo a través de cristales y espejos, como si la realidad fuera reflectante o estuviera detrás del prisma.

El cine, a veces, sirve de remedio contra esta forma caleidoscópica de ver el mundo y nos abre a realidades no escrutadas. Es el caso de Border, del cineasta Ali Abbasi, cuyos personajes parecen sacados de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde o de La isla del doctor Moreau. De un modo sosegado Abbasi excava en el sentido fronterizo de la existencia. Las fronteras, parece decirnos, no son realidades superpuestas, que separan territorios ya constituidos, sino formas constitutivas de organizar la realidad, de ahí que su naturaleza no sea transitable sino configuradora. La protagonista, Tina, no puede renunciar a su condición fronteriza de animal y de humana, de salvaje y de civilizada: renunciar a sus instintos supondría llevar una vida falsificada, mientras que despojarse de su humanidad le llevaría a traicionar lo mejor de ella misma.


Habitualmente los seres fronterizos aparecen habitando entre dos realidades o territorios, escindidos por una línea que, real o imaginada, los separa de universos excluyentes, sólo accesibles a cambio de renunciar al resto. Entre el amor y el odio, el ser y la nada, el bien y el mal, lo apolíneo y lo dionisíaco, lo consciente y lo inconsciente, se mueve toda una tradición de pensadores que han visto en la existencia humana una condena a tener que elegir un camino u otro. Ahora, el cine de Abbasi, parece decirnos que no podemos elegir, porque hacerlo implicaría renunciar a una parte constitutiva de nuestro ser. Tina no es un personaje escindido, sino integrador, configurador de realidades antagónicas, de ahí que acabe rechazando a aquellos que, como su padre o el consanguíneo Vore, se obstinan en amputarle el ser.

sábado, 26 de enero de 2019

Práctica de la razón

En cuanto a los pueblos y ciudades, son -para los que saben ver- viejos troncos de árboles, gravas de los ríos, charcos de petróleo, quemas y desguaces, restos de crecidas, colonias de corales, nidos de avispas, colmenas de abejas, leños podridos, capas de estratos, pilas de guano, banquetes, cenadores para el cortejo y el pavoneo, atalayas de roca y apartamentos para topillos. Y para unos pocos también hay palacios. (Gary Snyder, La práctica de lo salvaje)
 
A veces la razón juega malas pasadas incorporando dicotomías y oposiciones donde no puede haberlas. Es lo que denuncia Gary Snyder, y tantos otros de su generación, enseñando a mirar a través de cientos de ojos ajenos. Allí donde la razón, empachada de negatividad, no puede sino comparar y establecer diferencias, quien sí vive ajeno a ella se limita a "dejar que cielo y tierra se afanen en sus mudanzas", como reza el verso de Han-shan de comienzos de la época Tang. ¿Pero de veras es una limitación saber dejar a las cosas afanarse? Que la razón crea sus propios caminos es cosa sabida, pero que los cree de acuerdo con lo que ella puede recorrer es asunto que todavía preocupa a hombres de ciencia. Quizá, después de todo, el idealismo tenga razón y no estemos sino recorriendo caminos que sólo pueden forjar nuestra propia pisada. Y entonces no es ya sólo que el hombre sea la medida de las cosas, sino que las cosas estén hechas a medida del hombre.

 
Buena parte de nuestra tradición se ha levantado sobre el soporte heraclitiano de la guerra como padre de todas las cosas, como si las cosas tuvieran que enfrentarse para tener un lugar ahí. Más bien, ha sido el afán humano de ver enfrentadas a las cosas lo que ha movido a la comparación y la oposición, y ello tanto en las llamadas ciencias puras como en las prácticas, tanto en lógica como en política. ¿Por qué hemos tenido que organizar el mundo en realidades antitéticas -que si lo masculino y lo femenino, el yin y el yan, el ser y la nada, la tesis y la antítesis, lo sagrado y lo profano, lo civilizado y lo salvaje-? ¿Acaso estamos tan limitados como para tener que organizar el mundo antagónicamente? ¿No hubiéramos podido mirar de otra forma? ¿No estamos a tiempo de ello? Quizá el niño que llevamos dentro, que no enreda el mundo en artimañas y conflictos, todavía pueda mirar por nosotros.

domingo, 20 de enero de 2019

Virtud del maestro

Resulta llamativo que las políticas educativas y la pedagogía actual apenas se pronuncien sobre las condiciones a priori de la educación. Los métodos, estrategias, inteligencias, entornos, ratios, de poco sirven si el maestro no es maestro y los alumnos no son alumnos (en acto, no en esencia). Y a veces, incluso, habiendo sido forzosamente asimilados, aquellos métodos y estrategias alejan al maestro de su virtud y al alumno de su oportunidad. ¿Será que la enseñanza no puede ser metódica? ¿Será que sólo lo puede ser para los metódicos por naturaleza? ¿O será que la enseñanza no conoce procederes ni procedencias?

Entonces, ¿por qué no ensayar una crítica de la razón pedagógica? ¿O tendría que ser una pedagogía de la razón crítica? En cualquiera de los casos, sorprende las mil argucias con las que la inteligencia acaba amoldándose a lo prefabricado por ella misma: que si programas, programaciones, diseños, metodologías, y, en el peor de los casos, formas de matar el tiempo. No, el enemigo del profesor no puede ser el tiempo. Todo lo contrario, tiene que amistarse con él, hacerlo suyo, integrarlo en su discurso y la escucha del de los demás. Sí, por la escucha el maestro sale de sí mismo, hasta que apenas puede pronunciar "yo soy", y deja de mirarse, con todo su equipaje, su reloj sincronizado, y sus planes de futuro.

                                  Fuente

El maestro debe confiar en quien tiene delante, amarlo, no como a un hijo o a un amigo, sino como a un semejante en una tierra común. En esta sociedad, la nuestra, preocupada por acrecentar la autoestima y aliviar la herida de la indignación, el maestro, a veces, olvida que tiene que dejar de proyectarse, al menos provisionalmente, para rescatar del olvido aquella otra voz de quien tiene enfrente; como el artista que, confiando intensamente en la belleza de la materia, se abre a ella y enseña su luz.

sábado, 12 de enero de 2019

Al otro lado de la balanza

El mayor castigo que podemos infringirnos es negar lo salvaje, que está incluso en el movimiento abstracto de las horas y en la regularidad monótona de los horarios, en nuestros lugares de trabajo y en los períodos prefabricados de esparcimiento. Lo salvaje, como sugiere Gary Snyder en su Práctica -y enseñanza, añadiría yo- de lo salvaje, yace ahí, fuera y dentro de nosotros, a pesar y contra una tradición intelectualista que no ha hecho sino arrinconarlo con el cerco de la obediencia y la perfecta razonabilidad. ¿Pero dónde queda lo salvaje en los mundos de hoy? "Nuestros cuerpos -dice Snyder- son salvajes: el rápido giro involuntario de la cabeza ante un grito, el vértigo al mirar sobre un precipicio, el corazón en la garganta en un instante de peligro, la recuperación del aliento, los silenciosos momentos reponiéndose, observando, reflexionando... Todos son respuestas universales del cuerpo mamífero y están presentes en el conjunto de nuestra clase biológica." También nuestras mentes guardan lo salvaje: "Las sensaciones y la percepción no provienen exactamente del exterior, y el insistente flujo de pensamientos e imágenes no se encuentra completamente en el interior. El mundo es nuestra consciencia y nos rodea. Hay más cosas en la mente, en la imaginación, de las que "tú" puedas llevar cuenta: pensamientos, recuerdos, imágenes, enojos y gozos surgen espontáneamente. Las profundidades de la mente, el inconsciente, son nuestras áreas salvajes interiores, y es ahí donde ahora hay un lince."

La razón, que nunca ha sido perfecta, salvo en las teorías de los "perfectos" racionalistas, lejos de apresar lo salvaje, también es salvaje. Ahora resulta que racionalistas e irracionalistas estaban equivocados, pues ambos se decantaban por un lado de la balanza cuando nunca ha habido balanza. Y es que lo civilizado es otra forma de manifestarse lo salvaje, u otra forma de huir de lo salvaje, o de ahuyentarlo, o de buscarlo. Utilizando la metáfora del juego, diríamos que lo civilizado es el movimiento de la cometa y lo salvaje el viento que la mueve. La ilusión es creer que el niño dirige algo, como si el viento fuera un medio o un recurso servil. Todo lo contrario: la voluntad es sólo ocasión para que el viento se manifieste salvajemente, en forma de balanceo, o de remolino, o de nada.

¿Estamos entonces a tiempo de desilusionarnos? ¿Podemos mirar todavía ahí lo salvaje? La respuesta de Snyder apunta, más bien, a un ideario ético: "Más difícil es imaginar una civilización que lo salvaje pueda soportar, aunque esto sea, justamente, nuestra obligación. Lo salvaje no es solo la "preservación del mundo", es el mundo. Todas las civilizaciones, ya sean orientales u occidentales, hace tiempo que siguen un rumbo de colisión con la naturaleza salvaje, y hoy existen naciones desarrolladas que tienen el insensato poder de erradicar de la faz de la tierra no solo seres, sino especies y procesos completos. Necesitamos una civilización que pueda convivir entera y creativamente con lo salvaje. Y debemos comenzar a hacerla crecer aquí, en el Nuevo Mundo."
 
                                          
                                             (Ángel de la muerte, Evelyn de Morgan)

Desoír lo salvaje que yace ahí es como desoírnos a nosotros mismos. No hablar su lenguaje, la mayor de las osadías.