domingo, 8 de diciembre de 2019

Realidades anti-antagónicas

Vivimos tiempos para la tranquilidad. Allí donde un despertador interrumpe la placidez del sueño, luces intermitentes nos dan paso, cifras que informan del tiempo que resta, señales que, en general, nos disponen para la obediencia, allí donde todo eso ocurre, se busca tranquilidad. Hasta se ha formado una filosofía de la tranquilidad, con sus pautas, recetas y panaceas. Pero la quietud es otra cosa. La quietud de los bosques, de los pueblos, de las grutas, no admite contrario ni relaciones de antagonismo, por mucho que sea el peso de una tradición empeñada en encontrar opuestos. 


                                         Grutas de Cristal (Molinos)

Hay quienes se obstinan en llegar a la quietud por un acto de freno o desaceleración, como si reduciendo el paso o ralentizando la marcha no siguiéramos presos del automatismo y la lógica del tráfico. No, a la quietud no se llega por oposición, como tampoco se alcanza la indigencia oponiéndose a la opulencia, o el hambre a la saciedad. Es por ello que el consejo no ha de ser, como tantas filosofías de la tranquilidad promulgan, retirarse huyendo del bullicio y la aceleración, lo cual no hace sino confirmar nuestra condición de velocímetros, sino, más bien, hacer que se retiren de nosotros aquellas ilusiones que, como la del binomio velocidad-reposo, nos alejan de la quietud que también somos.


                                                   Cuevas de Cañart (Teruel)

viernes, 6 de diciembre de 2019

Sueños de Diciembre

Un baúl esconde una casa, y un balcón, lleno de recuerdos. Entre ellos un caballo, llamado Romero, que con su carro empieza a tirar de mí y de cuanto llevo encima. También de unos diarios, por las calles del pueblo. Todo hasta que caigo al suelo, y el caballo desaparece, los papeles se humedecen, y no hay calles por donde transitar.

Sueño de la Noche del 5 de Diciembre

domingo, 1 de diciembre de 2019

Sueños de Noviembre

Me encuentro proyectando a mis alumnos Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard. Sin embargo, al poco reparo que se trata de una clase de Matemáticas aplicadas a las ciencias sociales, y veo en ellos miradas incriminatorias. Aterrado, pienso la posibilidad de obligarles a transmutar en algoritmos los monólogos de Godard, cuando descubro que soy incapaz de descifrar las más elementales operaciones.

Sueño de la noche del 30 de Noviembre

sábado, 30 de noviembre de 2019

Pasemos a la acción

¿Para qué queremos alumnos que memoricen la teoría hilemórfica aristotélica o la teoría epicúrea del placer? ¿Acaso ellas, o cualquiera de sus teorías gemelares, amistosas o enemigas, sirven para el fin de la filosofía: pensar el presente? ¿Y para qué queremos alumnos "brillantes", de diez, que cuiden la última coma y citen de memoria diez o doce obras de cada autor? ¿Para qué los queremos si todavía no han empezado a andar ni "hacer camino al andar"? Los políticos y pedagogos de turno, da igual el sesgo, se excusan justificando la importancia de la memoria, y de conceptos y esfuerzos previos, curiosamente todos mesurables y clasificables; pero no podemos, no debemos, basar todo su aprendizaje en el ejercicio de estas facultades. Habrá que preparar a nuestros alumnos para el tiempo de hoy, y digo yo que hay mucha filosofía después de Nietzsche, Ortega o de Hannah Arendt. Porque su tiempo no es el nuestro, ¿o acaso vivimos cercados de absolutismos como la Razón, o de dogmatismos y totalitarismos como el nacionalsocialismo? Que no, que su tiempo no es el nuestro, y ya no regresaremos a él. 

Una historia de la filosofía, o mil, están bien, si queremos eludir errores e infortunios del pasado, pero la filosofía es otra cosa. La filosofía, si de algo se ocupa, es de pensar, y del pensar, y mejor que sea sobre algo cercano, que nos incumba; a ellos, nuestros alumnos, y a nosotros, sus docentes, compatriotas y padres. ¿Por qué no enseñar a ser mejores ciudadanos en lugar de tanta pamplina sobre cómo deberían ser los ciudadanos mejores? Pasemos a la acción, y dejémonos de tanta propedéutica y de tanta monserga.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Ilusiones de nuestro tiempo






                                             La pregunta no es quién gobierna a quién....


                                                 La pregunta es qué es lo gobernable.


A diferencia de otros lugares del mundo occidental, como Estados Unidos, Europa parece creerse falsamente a salvo de los elementos: no se forman huracanes, ni son habituales los tornados, ni siquiera padece a menudo largas y desmesuradas tormentas. Como máximo, olas de calor o de frío. Sin embargo, todo indica que con el cambio climático los fenómenos extremos estarán cada vez más presentes y quizás nos encaminemos de nuevo a otros tiempos en los que la naturaleza era una fuente de vida, pero también una amenaza constante. Innsbruck, una ciudad en la que da la sensación de que nunca puede pasar nada, parece totalmente alejada de cualquier peligro. Sin embargo, las montañas están ahí, por todos lados, como un recuerdo de que, incluso en la Europa del siglo XXI, pensar que se puede controlar la naturaleza es una ficción: se puede destruir, de eso no hay duda, y vamos por muy buen camino, pero es imposible dominarla, existe un punto en el que siempre escapará a nuestro control. (Una lección olvidada, Guillermo Altares)

sábado, 23 de noviembre de 2019

Épocas del estar

Y me pregunto..... ¿para qué estar informados? ¿De qué nos sirve estar conectados? ¿Por qué en su lugar no elegimos estar sentados? ¿O de pie? ¿O de rodillas? Y el mundo se hubiera llenado de sillas y rodilleras. ¿Qué tiene de más la información que la haga apetecible? ¿Llevará algún aditamento dosificable? Habría que preguntar a los químicos de la información por su composición. Seguro que ellos saben cómo administrarla, y cómo regular y gestionar su adicción, como las grandes tabacaleras, empresas de esteticismo y agencias de viajes. Sí, la información es el producto estrella de nuestra época. Claro que hay quien hace de las redes sociales una fuente de conocimiento, pero es una excepción, uno entre mil. Una anomalía en el sistema. Una rareza existencial, como los ángeles sin materia de santo Tomás o los estilitas que hacían del último capitel su alojamiento para ser. Y lo llamativo es que no nos cansamos.

                                            El último estilita en la cima del pilar Katskhi

La perversión comienza en el momento en que se busca la información por el hecho de estar informados. ¡Como si la información fuera algún tipo de oxígeno, o de luz! Lo que importa es el hecho de tenerla, que esté en nosotros. Y es que vivimos en la época del estar. Atrás quedaron la teoría del ser, de la sustancia y de la permanencia, y los corazones que aguardaban a que un testimonio anónimo revelara: soy gracias a ti. Atrás quedaron el deleite y la capacidad de contemplación, y el aburrimiento de quien sabe esperar. Atrás la mirada reposada y la intermitencia del alumbrado y de la noche. Épocas del estar, que precisan de pacientes y de estados, sólo para ser rellenados.

Si el ayuno y la abstinencia liberan idealmente al alma del cuerpo, no aíslan al ser humano en completa soledad. De ahí la necesidad de una separación espacial. Esta tomó dos direcciones: la elección de un refugio para vivir apartado, o el rechazo absoluto de todo alojamiento. El desierto se pobló de vagabundos y eremitas. Los primeros llevaron una vida ambulante, a veces rechazando toda clase de ropa, tanto por su preocupación por despojarse de lo vano como por su aspiración a un estado adánico. Así, María Egipciaca vagó durante décadas por el desierto cubierta tan solo por su espesa cabellera y alimentándose de un total de cuatro hogazas de pan. Otros, llamados subdivales[1], eligieron un lugar muy delimitado, donde vivieron de pie sin jamás moverse, en una condición voluntaria de «sin hogar». (Tacet. Un ensayo sobre el silencio, Giovanni Pozzi)



[1] Literalmente (los que viven) bajo la luz del día.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Cada cosa a su tiempo

Muchas son las distracciones con las que lidiamos cada día y muy pocas las oportunidades que se nos da para apartarlas. Señales procedentes de todas partes, de nuestros relojes, cuentapasos, muros, pulseras, auriculares, que en su momento ya serán nuestro organismo, pero también de fuera, de los semáforos, vehículos, letreros, pantallas, anuncios, avisos, nos llegan siempre asaltando nuestra conciencia, irrumpiendo en ella, o rompiéndola, porque dejamos de ser y pasamos al estado de alerta. Las sinapsis se tensan y la consciencia se nubla. Dejamos de escuchar aquella maravillosa melodía, de profundizar en aquel silencio tan locuaz, de perdernos en nuestro Rosebud particular. 

Estando en alerta estamos conectados, nos sentimos parte de algo, sí, pero a cambio de perdernos a nosotros y cuanto nos rodea. ¿Por qué no nos plantamos en medio de la calzada y nos ponemos a pintar? Decían los maestros antiguos que de todo lo que pasa algo permanece, incluso del río de Heráclito, cuyo nombre -el propio- no cambia a pesar de que ya no nos bañemos en el mismo río. Sí, me detendría en el baño diario de luz, en la palidez de los edificios que frecuento, en los rostros caídos de antes del amanecer, en eso que permanece aun cuando todo se hallase conectado. Y así, permaneciendo, quizá me habituara de nuevo a ser.


Se cuenta la anécdota de un maestro taoísta que aleccionaba así a sus discípulos: «Cuando estéis de pie, estad de pie. Cuando caminéis, caminad. Cuando estéis sentados, estad sentados. Cuando comáis, comed». Entonces, uno de ellos le interrumpió y replicó: «Pero, maestro, si eso es lo que hacemos». El monje le respondió: «No, cuando estáis sentados, ya estáis de pie. Cuando estás de pie, ya andáis corriendo. Cuando corréis, ya habéis llegado a la meta» (Los jardines de los monjes, Peter Seewald y Regula Freuler)

sábado, 9 de noviembre de 2019

Cuidados del jardín

¿Por qué no hacer de un jardín un maestro? Aunque sea de un pedacito de tierra, con sus tomates, sus patatas y sus cebollas. Y siempre con su disciplina, con la humildad que su cultivo exige entre quienes lo procuran y lo cuidan. ¿Por qué no rodear los centros escolares, al menos los más indisciplinados, de esplanadas de jardines, con sus parcelas, su humedad y su tierra? ¿Y abrir entre el currículo de enseñanza obligatoria, junto a las matemáticas y el inglés, y otras aquellas mal llamadas materias instrumentales, la asignatura de Cuidados del jardín? ¿No aprenderían con ella a disciplinarse más los alumnos? ¿No se abandonaría entonces la penosa tarea de "tener que" decirles cómo ser disciplinados? Y ello mientras estos mismos alumnos, los que se harían responsables de su parcela, si la tuvieran, aburridos de escuchar siempre la misma monserga, se tiran papeles mientras juegan a desafiar al indefenso educador de valores.
 
Mucho me temo que los valores no se transmiten, o no son susceptibles de ser codificados, y menos de ser penetrados por intelección. Que no, que los valores se viven, se adquieren, se incorporan al ser de cada uno.... Y el trabajo en el jardín, eso seguro, pues así lo demuestra cualquier historia milenaria de la vida monástica, es una fuente muy efectiva de asimilación de valores. Valores como la humildad, pues la tierra, quizá más que ninguna otra cosa, aunque sea un pedazo de ella, tiene sus leyes, sus ritmos, sus normas, siempre infranqueables. Y valores como la constancia, pues el trabajo ha de ser constante, y abarcarlo todo, pues cualquier mala hierba que quede puede acabar con todo el jardín, que ya será nuestro, porque así lo viviremos, fruto de nuestro trabajo. Pero, sobre todo, el valor de la responsabilidad. ¿Cómo puede hacerse responsable a alguien de un número, de una nota, que es algo abstracto, apenas tangible, quizá sólo audible? Es lo que hacemos con este sistema educativo cuyo objeto, además del siempre incierto aprendizaje del alumno, es la obtención de un resultado meramente abstracto, y nada propio, que forme parte de uno, porque no se puede vivir.
 
No, quien cuidara del jardín se haría responsable de su jardín, con su parcela, su tierra y su humedad, que es algo bien tangible, tanto que se puede abrazar, y respirar, y dormir en él, hasta soñar con que da más tomates, cebollas y patatas.
 
 ¿Por qué no abrir entonces a nuestro currículo de enseñanza obligatoria Cuidados del jardín?
 

El hombre que cultiva la tierra se cultiva a sí mismo. Tiende puentes entre la tierra y el cielo, entre él y los demás. Ennoblece lo que hasta entonces era yermo e indiferente. El jardín es una escuela en la que aprendemos a vivir con rectitud. Nos abre los ojos para que comprendamos la causa última de las cosas y también su efecto. En este sentido, es una fuente de sabiduría y de virtud.  (Los jardines de los monjes, Peter Seewald y Regula Freuler)

jueves, 31 de octubre de 2019

Aquel primer día

A mi amigo Víctor,
 
La infancia es tiempo de gigantes, cuando rompíamos cascarones a cada paso, sin saber que iba a ser la última vez. Cascarones hechos de tiempo, y de aliento, tejidos quizá en las noches uterinas más allá de la primera luz. Cascarones que palidecían y rompían a la intemperie, a ese primer día de colegio cuando apenas nuestra razón se preguntaba por qué teníamos que estar ahí.
 
                                            Dibujo de Víctor González 
 
Y así fue que me acerqué a él, con la poderosa esperanza de encontrar en él una señal de aquel primer aliento. Y me tendió su mano, y aguardó conmigo hasta que dejó de correr la sangre por mi rodilla.
 
Aquel primer día.

viernes, 25 de octubre de 2019

Sobre democracia, ignorancia y conocimiento

Fueron muchas las voces que se escucharon en el primer encuentro de la nueva temporada de filosofía joven organizado por la Sociedad aragonesa de Filosofía y el Servicio de Juventud del Ayuntamiento, que en esta ocasión reunió al filósofo Fernando Broncano y a las alumnas del IES Jerónimo Zurita Ahyssa Ramírez y Lucía Gascón. El modo como las cegueras epistémicas destruyen los cimientos de sociedades democráticas deliberativas, la acción corrosiva de la cultura neoliberal sobre los lazos cumunitarios en contextos de cooperación, o estrategias de resistencia ante el poder del mito del éxito, fueron algunos de los temas que en la tarde de ayer salieron en la mesa. Una cosa está clara: la gente joven quiere preguntar, escuchar y participar sobre asuntos que, como la educación, el conocimiento y la democracia, a todos concierne.





El profesor David Porcel Dieste moderando la mesa redonda con el filósofo Fernando Broncano y las estudiantes Lucía Gascón y Ahyssa Ramírez




                              Andrés Pérez Miguel entrevistando al filósofo Fernando Broncano

jueves, 10 de octubre de 2019

Encuentros filosóficos en Zaragoza

Aquí va el cartel anunciando los tres nuevos encuentros filosóficos organizados por la Sociedad aragonesa de Filosofía en colaboración con el Ayuntamiento de Zaragoza... El primero de ellos, con la presencia del filósofo Fernando Broncano y de las estudiantes de Filosofía Lucía Gascón y Ahyssa Ramírez, moderados por un servidor, promete despertar preguntas sobre temas de interés común como el papel del conocimiento y de la ignorancia en las sociedades de la información, la salud de nuestras actuales instituciones educativas, la importancia de una reflexión sobre los fines ante la preminencia de los medios, o el valor de la creatividad en sociedades tecnocráticas....

¡No os lo perdáis!

jueves, 19 de septiembre de 2019

Kubrick y la infinitud del deseo

Como es sabido, las interpretaciones que hacen los espectadores de una película obedecen a criterios y puntos de vista muy diversos, siendo en ocasiones incluso contradictorios. Diríamos que cada espectador construye su propia película. Ello es especialmente visible en películas que, por su estilo y desarrollo argumental, son esencialmente ambiguas. Es el caso de la obra póstuma del cineasta Stanley Kubrick, Eyes Wide Shut (1999), basada en Relato soñado de Arthur Schnitzler. Este hecho es lo que mueve el propósito del estudio que he titulado Eyes Wide Shut: a las afueras de la transparencia y de la oscuridad: distanciarnos de la predominancia hermenéutica y pensar la obra de Kubrick como una aproximación a la comprensión de uno de los asuntos más graves y acuciantes de la filosofía. Veremos que esta película ahonda en la comprensión del conocimiento humano en su íntima conexión con conmociones fundamentales como el misterio o el asombro.

                                                                                *

Como habéis sido varios los amigos y compañeros que al leerlo habéis recibido alguna enseñanza, lo comparto aquí para otros posibles lectores interesados.

El trabajo se integra en el XIV Boletín de estudios de filosofía y cultura Manuel Mindán, que generosamente publica la Fundación Mindán Manero.


martes, 17 de septiembre de 2019

Hogueras a la intemperie

Los bosques cobijan, no fascinan. Limitan cualquier tentativa de exposición, o de exhibición. De repente la mirada del otro desaparece y ya estamos a solas con el Universo. Quizá entonces él nos escuche. ¿Quién no ha experimentado alguna vez el Bosque? Irse al bosque, bañarse en él (Shinrin Yoku), emboscarse, son expresiones que denotan una misma experiencia. Una noche de niebla, cuentos de niños extraviados en el bosque, una melodía que no deja oír, lágrimas que se pierden en la lluvia, el último latido del enemigo, nos llevan al Bosque sin que hayamos reparado. De pronto, nadie nos llama ni sentimos la necesidad de saber la hora. Las ruedas dejan de girar y ya nada avanza. ¿Qué es el progreso sino una forma de intervenir en el movimiento?

El último grito en el Bosque puede ser de horror, pero también de paz y agradecimiento. Me imagino a los prisioneros liberados de la caverna danzando y alabando a la Belleza. Y a la diosa de Parménides agradecida de poder compartir con los hombres los tesoros del Ser. O al poeta a orillas del río cantando desde ultratumba a las jóvenes de la nieve blanca. Y me imagino el esfuerzo de emboscados por hacer del Bosque un lugar natural, y a errabundos en la ciudad de Benjamin haciendo hogueras sobre bañeras a la intemperie.


Poco importa saber orientarse en la ciudad. Pero perderse en la ciudad como quien se pierde en el bosque requiere aprendizaje. Los rótulos callejeros han de sonar como el crujir de las remas secas al errabundo, y las callejas del centro urbano han de señalar las horas con igual exactitud que las hondonadas del bosque. (Walter Benjamin)

domingo, 15 de septiembre de 2019

Expropiación de los deseos

¿Cómo lo puedo conseguir? Es la pregunta que resuena en nuestros estudiantes cada vez que miran hacia delante y fijan la atención en algún propósito. La razón instrumental, o el instrumento convertido ya en razón, es de lo que se sirven para conducir sus vidas ahora menesterosas de conocimientos y cuidados tecnológicos. Y tanta es la menesterosidad y la preocupación mediáticas que uno se olvida del fin que había propiciado el pensamiento de los medios. La imagen es la del niño que recibe de su madre una cámara fotográfica para que aprenda a mirar y el niño crece con ella aprendiendo sólo a cómo usarla. Y cuando de fuera llega la advertencia de que, en realidad, la cámara sirve a un fin distinto de conocer su funcionamiento, la desoímos porque ya no sabemos sino mirar instrumentalmente.
 
Sí, desoímos los fines y la reflexión sobre ellos, hasta el punto quizá de convertirnos en usuarios y utensilios de otros usuarios. Pero no hay que desfallecer. El deseo está ahí. Deseo de mirar, de saber, de agradecer y enamorarse. Deseos no consumistas y sí consumidores, de nuestro tiempo y espacio más íntimos y singulares. El otro día me decía un alumno que había aprendido a desear, y se preguntaba por qué no hay una asignatura que nos enseñe y guíe en la humana tarea de anhelar y desear, antes de que alguien lo haga por nosotros y cedamos la autoría de nuestros deseos a instancias y señores que nada bueno quieren de ellos. Y ese mismo alumno se dirigía a una biblioteca, y lo hacía paseando, disfrutando del deseo de ir a ella y abrir las páginas de un libro deseado. Y, mientras paseaba, seguía preguntándose por qué ese empeño en aprender a calcular, a conocer y resolver, a callar y comportarse, como si el desear ya no fuera cosa nuestra.
 
Después de todo, también del deseo se vive, y se respira, y se crece.

viernes, 13 de septiembre de 2019

El primer día

Después de tanta instrucción y recomendación, veteranos o novicios, no queda más que estar frente a nuestros alumnos, cara a cara, como el torero ante la bravura del animal o el amante frente a la servidumbre de los cuerpos desnudos. ¿De qué nos sirvió la obligada lectura de las instrucciones de comienzo de curso? ¿Acaso decretos y órdenes sirven de muletas en el hielo resbaladizo y el ardor del estreno? ¿Acaso las últimas oposiciones nos dirán qué hacer en el instante en que atravesamos el umbral de las aulas numeradas?  Nos preguntamos para nosotros, y seguimos haciéndolo, mientras vemos las miradas ávidas de quienes tenemos enfrente. Ávidas de conocimiento y sensibles a él, quizá expectantes de signos de humanidad y reconocimiento. ¿Pues no anhelamos también en ese primer día un signo donde apoyarnos y subirnos a sus hombros? ¿No anhelamos también en aquel primer día algo de familiaridad con que aliviar nuestra soledad y acallar nuestros demonios?
 
Un poco de calor, aunque sea en la proximidad de su voz, o de sus pasos, que se acercaban a nosotros desde aquel otro mundo adulto. Y así nos hicimos, como ellos lo serán.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Sobrantes noticiados


La validez no es un concepto que admita grados. De hecho, ningún concepto admite grados. Cuentan con un quantum de energía, o de emoción, que los sostiene hasta que devienen en palabra, que es término, en sentido literal. El término agota cualquier intento de intensificación. Una vez terminado, el edificio no hace más que descomponerse. Ya lo advirtió el sabio Empédocles: las cosas no pueden más que componerse y descomponerse. Es su sino. Si no, ya no serían cosas.

¿Hacia dónde se dirige hoy aquel quantum? ¿A dónde hay que mirar para saber de qué está hecho nuestro tiempo? ¿Al edificio de enfrente hecho de andamios, grúas y obreros? ¿Adentro de nosotros dejándonos llevar por los nuevos chamanes y hechiceros? Quizá no tan lejos. Quizá en el recorte de periódico donde se advierten noticias como que la obesidad es el problema del siglo XXI. ¿Cómo ha llegado la obesidad a ser noticia universal? ¿Cómo ha llegado el pesado cuerpo a llamar la atención de todos? ¿A dónde hemos llegado que se ha hecho de la salud norma y del pecado enfermedad?

Quizá el quantum de nuestro tiempo sea «hacer noticia» de lo sobrante, lo insoportable o inaguantable, como aquellas barrigas que aprisionadas por cinturones y otros aranceles invaden espacios reservados sólo al aire y su transparencia, o ensañamientos entre vecinos y familiares que día a día llenan nuestras pantallas, o desaires de adolescentes en edad de experimentar el ruido de las cosas.

Quizá el quantum de nuestro tiempo sea que ya no sepamos ver tras los letreros ni advertir a escondidas la ceguera de los otros.

miércoles, 28 de agosto de 2019

En los límites del mal

En un país lejano vivía en paz una sociedad de tortugas, salvajes y silvestres, grandes y pequeñas, en perfecta armonía. Un día interrumpió la paz una feroz pantera que pasaba el tiempo jugando con ellas e incordiándolas. Primero las volteaba y reía mientras ellas vanamente trataban de ponerse en pie. Luego las colocaba una encima de la otra para formar torres, fortalezas y castillos de tortugas. Y todas las noches hervía alguna para hacer con ella una deliciosa sopa de galápago.

Una de las tortugas subió preocupada a contar lo sucedido a la tortuga más sabia del lugar, de la que se decía sólo se dejaba ver cuando la situación lo requería. La sabia tortuga bajó de la montaña y, dirigiéndose a la feroz pantera, le dijo:

-Has demostrado astucia para hacer torres y castillos con tus propias manos, pericia para saber dónde pisar, valentía para llegar a lo más alto y cuidado para preparar caldos tan sabrosos. Creo que eres la más indicada para construir la nueva ciudad que albergará a las tortugas.

Al escuchar las amables palabras la feroz pantera conoció la gratitud y construyó la más hermosa ciudad de las tortugas.

domingo, 18 de agosto de 2019

Tesoros albergados

A mi madre, por su cumpleaños:
 
No siempre retirarse del mundo es un acto de renuncia. A veces es el mundo el que se retira de ti, desproveyéndote y dejándote a solas. Solamente a solas, ni siquiera ya contigo mismo. El yo con sus cosas deja de esperar, y de aburrirse. Los relojes cesan de medir y apenas ya saben contar. Todo se hace lo mismo, como las gotas de lluvia miradas de cerca. Quizá al final el brillo familiar en su mirada, o sensaciones huérfanas de pretéritos y recuerdos vanos. Quizá el calor de luz que ya hirió nuestra conciencia. O el susurro sosegado que puede adivinarse en el paso de la flecha, cuando no la vemos dirigirse. Quizá otro Rosebud en las noches de invierno, o aquel verano atravesando de la mano caminos de hierba. Quizá hogueras de amor al final del callejón, o lágrimas que reflejan amaneceres para siempre rotos. Quizá miradas a ninguna parte y sonrisas que irradian invisibles hasta alcanzar el mar. Quizá el abrazo de la madre siempre recuperado.

Quizá albergue, y nada más.
 
 
"De pronto qué maravilla
en medio del bosque
oculto entre la maleza
descubren un templo.
Templo inacabado,
hiedra y piedra dentro.
Y escrita en la cal
su propia historia advierten
en una espiral
que trazaba el poema:
"Vuestro final no está escrito"
decía el último verso.
Pues entonces somos libres.
Nos quedaremos aquí
hasta coronar el templo
y poner a salvo en él
el tesoro de nuestros sueños."

Amancio Prada

jueves, 15 de agosto de 2019

Existencias vacunadas

De hace unos años aquí es notoria la preocupación social acerca de un hecho que, por desgracia, ya respiramos cada día y forma parte de nuestra piel. Se trata de la enorme influencia que ejerce sobre los jóvenes (en realidad, sobre todos) los medios telemáticos y audiovisuales. La palabra y la argumentación palidecen al embrujo de la imagen y a su enorme poder de captación y explotación de instintos e inclinaciones. No en vano, la imagen ha sido desde los comienzos de las civilizaciones uno de los medios utilizados por el poder para garantizar cierta estabilidad social. Por ejemplo, los antiguos maestros orientales, con la mirada puesta en el poder o habiendo el poder puesto su mirada en ellos, domesticaban al auditorio inculcándole formas de comportarse que convenían al orden y la disciplina establecidos. Y lo hacían mediante mitos y relatos prácticamente visuales, reproducibles en un mosaico o secuencia de escenas pictóricas que integraban moralejas iluminadoras de un aspecto de la realidad humana, pero de las que nadie diría que tras ellas yace una voluntad domesticadora.

Hoy día sigue reproduciéndose el mismo patrón, sólo que, como dilucida el filósofo Fernando Broncano en su ejemplar ensayo Puntos ciegos, la estrategia es diferente: mientras que antaño el régimen de verdad estaría ordenado a la domesticación de la subjetividad, el régimen actual se orienta más hacia la explotación de lo salvaje y la expropiación de la atención. Desde el poder se analiza cómo queremos pensar para que pensemos como quieren que pensemos. La medida habitual que se elige para combatir, o más bien resistir, el embiste de estas formas disgregadoras de explotación cognitiva es la pedagogía del buen uso. Se nos dice que haciendo todos un uso responsable y adecuado de los medios telemáticos y audiovisuales se minimizarán los daños y sacaremos provecho en nuestra formación. Pero la realidad es otra. Y esta pedagogía, muchas veces construida con armazones y lenguajes icónicos, acaba siendo engullida y absorbida por aquellas fuerzas disgregadoras sirvientes del poder. Y es que la cosa no va de usos y utensilios. Los medios digitales no son sólo meros añadidos protésicos a nuestra mente, como suele pregonarse, sino formas genuinas de explotación y disgregación cognitivas.
 
                                  "Arte emboscado"
 
Por ello, en lugar de ensayar pedagogías sustentadas en creencias y culturas extemporáneas, habríamos de observar los puntos débiles de aquellas armas explotadoras y expropiadoras de la atención y los instintos de socialización a fin de combatirlos; o, dando un paso más, permitirnos construir y habitar mundos donde ellas no tengan alcance. Se dice que la mejor defensa es un buen ataque, pero no siempre es así. A veces la mejor defensa consiste en la creación de contextos y circunstancias vacunados contra las formas de ataque que propiciaron aquella, viviendo la persona retirada pero sin experimentar aquello que la hizo retirarse; como el habitante de bosques, que no siente la soledad y espesura que sí experimenta el visitante.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Una crónica de la Race Across France

Comparto la crónica que hace mi hermano de la Race Across France de 2019, como ejemplo de aguante, superación y pasión por el deporte.

El aprendiz de la montaña

El aprendiz de la montaña

Un hombre muy sabio me dijo que podía mirar a través de la piel. 

-¿Qué significa mirar a través de la piel? -Le pregunté.

-Mirar a través de la piel, -me respondió-, significa saber escuchar a las montañas, la música que hay en el viento y a las olas romper presurosas.


-Sigo sin entender. -Le respondí inquiriendo.

-¿Cómo vas a entender si no sabes mirar a través de la piel?

viernes, 2 de agosto de 2019

El joven que abrazaba a la doncella

Un joven valiente preguntó a una hermosa doncella si la podía contemplar, a lo que ella respondió que sí. Pasaron los días y, cansado de contemplarla, le preguntó esta vez si podía conversar con ella. Y ella de nuevo respondió que sí. Cuando ya no supo de qué conversar le preguntó si podía pasear junto a ella por los jardines del reino, y la doncella volvió a asentir. El joven de nuevo se cansó de pasear por los mismos parajes y un día, armándose de valor, le preguntó si la podía abrazar cada vez que la viera. Y ella de nuevo consintió.

Pasaron los años y la hermosa doncella, al ver que el joven no se cansaba de abrazarse con ella, le preguntó por qué durante todo ese tiempo no le había pedido nada más. Y el joven valiente respondió con estas palabras: "porque al menos cuando me abrazas piensas en mí."

domingo, 28 de julio de 2019

En esta noche de luna estrellada

Para Ana Belén, en esta noche de luna estrellada y al abrigo del Cuarteto de cuerdas n. 14 de Beethoven


Leyendo sobre senderos que transforman a quienes los recorren, sobre bosques en los que bañarse de serenidad sanadora, árboles venerables que en Kamakura se levantan en medio de respetables edificios, o sabios desnudos que consideran el universo su casa y su casa su vestimenta, me pregunto si los dioses de occidente no han sido los equivocados y hemos venerado vanamente.

Leyendo sobre mares y cielos que alargan la vida de quienes viven en ellos, sobre montañas de arrugas que cicatrizan el tiempo, y ancianos que cultivan cenizas cerca de cerezos, me pregunto si no hubiera sido preferible escuchar lo que tenían que decir nuestros corazones, y no hacer de ellos fábricas de marcas y competiciones.

Leyendo sobre todo ello me pregunto si no hemos confundido el norte y nuestra casa no esté en presuntas sobrenaturalezas y levantamientos sedentarios, sino mucho más acá, tan acá que sólo apagando las luces y sellando los avisos podamos alcanzar a conocer.

lunes, 22 de julio de 2019

Llamada en la playa

No puedo estar mejor acompañado que viendo a mis huellas fugaces, y a los niños jugando con castillos que al gesto de sus madres se deshacen, y al barco que al fondo cree saber a dónde va, como tantas miradas solas al fondo de sí mismas.


Entre arenas inmemoriales aguardamos juntos un no sé qué, como siendo llamados por voces invisibles de paraísos remotos. ¿Pero qué se escucha cuando en la noche abrimos los oídos para sumergirnos con ellos? ¿Acaso todavía el crepitar metálico que suena de la última boya no nos deja oír? ¿Acaso el empeño de iluminar de nuestra conciencia no nos deja ver? ¿Quién puede saberlo y nos lo dirá?

¿Qué se escucha cuando damos rienda suelta a la noche y nos llama a reunirnos sobre polvos de roca y de conchas? ¿Será el influjo de la Luna que produce mareas por las leyes de Newton? ¿Será el misterio que evocan los amantes abrazándose fuera de la historia? ¿Será el deseo etéreo de fugarnos de nuestros cuerpos de tierra? ¿O es el mar que tiene más que ver conmigo de lo que pensaba?

viernes, 19 de julio de 2019

El joven poeta y su anciana madre

Un joven muchacho confiesa triste a su madre que nunca amará como la primera vez. Al escuchar sus palabras, la anciana madre le pide que vuelva recitar el poema de su primer amor.

Sueño de la Noche del 18 de julio.

martes, 9 de julio de 2019

Emboscarse

Habitar un sueño, o la sensación producida por el rayo de luz que ilumina el papel. Emboscarse. El bosque no es lugar común, donde podamos reunirnos y deliberar. Es un lugar metapolítico, o antepolítico, porque ya existía antes que el ágora y la polis. Es lugar secreto, que hacemos nuestro, aunque nos miren. Del bosque no puede hacerse mercancía. Más bien, hay que provocar al mundo para que aparezca, como el físico hace con la materia para penetrar en sus misterios, o el filósofo con el lenguaje para ver luego más allá.

Hay que saber llamar al bosque, que es lugar inhóspito, pero también íntimo y acogedor. Encontramos bosques en los lugares más recónditos; en retretes, grandes vías y rutas comerciales; en el tránsito de las estaciones o la profundidad de la chimenea; en la amistad, la soledad y los sueños; o en los lugares más cercanos, bajo la primera colcha o sobre la zapatilla olvidada de las tardes de labor. Los bosques no conocen fronteras ni necesitan de nadie que los guarde. Están ahí, como la primera vez, pendientes de ser ocupados, o más bien de ser ellos los ocupantes.


En el bosque el reloj no da las horas, y si las diera a nadie importaría, como el orden de las olas para el navegante. ¿Qué importa cuál sea la primera y cuál la última? Si alguien en el bosque consulta el reloj es sólo para contemplar su ritmo, y ver que también éste se encuentra fuera de la historia, y de la medida, en tanto que las supone.

Emboscarse, como la noche de hoy con Sardinillas.

sábado, 6 de julio de 2019

Días de nadie

En un bosque sin días un hombre se pregunta por qué nadie advirtió su mirada.

Sueño de la Noche del 5 de julio

viernes, 28 de junio de 2019

Agradecimientos

A mis compañeros del IES Jerónimo Zurita,

Debe ser el cava que todavía no ha llegado al estómago, o la música de Pilar que ya me resuena pensando en el curso que viene, o las palabras tan sentidas de Fernando y Alberto, por lo que me siento animado a compartir estas palabras de agradecimiento. Si con ello además logro apaciguar el vacío interior que siento cada vez que finaliza un curso, mucho mejor.

Mi agradecimiento no será nominal ni grupal, se hallará falto de etiquetas y nomenclaturas, y aun para los más obstinados “protocolistas”, jamás se haría susceptible de normatividad o entraría en el lenguaje de comisarios. Mi agradecimiento diríamos que está desprovisto de objeto, o de referente como diría Frege. Es un agradecimiento huérfano, y podría traducirse en algo así como "me siento agradecido". Sí, ahora mismo me siento agradecido, sin más, o ni más ni menos.
¿Pero cómo alguien puede sentirse sólo agradecido? ¿Cómo ha sido que ese agradecimiento ha quedado huérfano? ¿Será que no tengo que agradecer nada? ¿O no será, más bien, que tengo que agradecerlo todo? Agradecer seguir respirando un mismo aire al vuestro, y usar el mismo mineral blanco para organizar cada mañana las ideas, y sentir ese tierno abrazo adolescente de un alumno desamparado, o ver los ojos llorosos de un compañero al que sin querer hemos herido. Agradecer el poder seguir pisando un mismo suelo, y tener que agacharme por determinados techos, o apoyarme en la misma barandilla cada vez que da la séptima, o llevarme a casa esa idea que ya nos ocupará la noche, y quién sabe si el verano; y compartir esos cafés con los que a veces nos sacudimos el polvo de los días, y nos sorprenden culebras, pero de las que no muerden. Agradecer cada llamada, cada aviso, cada timbre, que hacen que todo funcione, a veces a trompicones y otras de manera fluida. Agradecer a aquellos profesionales de la norma y el orden, que velan por el cumplimiento y del que todos luego nos servimos. Agradecer las conversaciones con doctores sobre Da Vinci, Gödel o las fugas de Bach. Agradecer a los maestros de la movilización que con su empuje hacen del centro una representación y de los alumnos verdaderos escenógrafos. Agradecer a los tímidos y a los paternalistas, y a los anarcas que de su isla hacen un paraíso para alumnos incomprendidos. Y a los perfeccionistas y pasotas, cuyo fondo derrotista tanta sabiduría esconde. Agradecer a los protagonistas, a los secundarios y a los extras, cuyas imágenes apenas imperceptibles luego echaremos de menos. Agradecer el júbilo de Javier, Alberto, Fernando, y de los que vendrán. Agradecer ese cava burbujeante de cada treinta de junio. Y agradecer a los que un día decidieron bajar del barco y tirar de él, con cuerdas de hierro oxidable, pero irrompible.
Sí, será que mi agradecimiento es huérfano porque no hay nada de lo que no esté agradecido.
Gracias por este curso,
Un abrazo

David

lunes, 24 de junio de 2019

Pulsaciones

Uno es profesor de profesión y filósofo por afición, pero a veces, en momentos extraordinarios, profesión y afición se hacen uno.
 
 
 
                                               Pulsaciones, ed. El laberinto de sueños

viernes, 21 de junio de 2019

De lo que no puedes decirte hay que callar

Comparto estas delicias literarias del poeta Miguel Porcel. Se trata de tres poemas y una reflexión reunidos por la idea de una verdad que silente se revela a un poeta herido. La memoria y las palabras no pueden decir lo que sólo el silencio escucha. Pero es ahí de donde los sueños extraen sus vestigios y los olvidos hacen su memoria.

 
Otra vez la noche ha dejado sus vestigios.

¿Crees que con esos harapos de sueño

se debe, otra vez,

emprender la tarea de construir el universo

todo?

11/6/19



Volvías y buscabas en el suelo despavorido y seco

las últimas colillas de Rex

donde los labios

estaban contenidos en un aire denso,

entonces, cuando construíamos

agujeros negros en el tiempo

18/6/19



Una tarde creí ver

en la enramada que ya caía en el lugar de la sombra

un rastro de ti,

porque palpé al pasar

el satinado sabor de tu vestido

e incluso me paré a besarlo,

y entonces fue cuando mis labios confirmaron

que aquel tiempo no existió jamás

y que ahora es cuando vuelve

inapelable

18/6/2019



No hay más verdad que la belleza

No hay más verdad que la belleza, ni más belleza que la bondad, la falta que en el yo dejan las hendiduras del amor brotado o sin explotar. No hay comunidad que traspase el límite de las lágrimas cuando lloras a oscuras, cuando desde tu soledad recreas el mundo y éste se conmueve y se extiende.

La belleza es aquello que te transporta, que te hace correr a un tiempo que sólo es tuyo y ya perdido, donde te fundaste y desde donde el olvido ha construido la casa donde vives. La belleza te lleva de la mano, mueve el aire a tu alrededor, acaricia el dolor y sin buscar ningún final posa su mirada en las manos que te esperan.

Sólo a su través puedes reconocerte más allá de tus nombramientos. Mírate, pues, con los ojos cerrados pues ella te puede. Si apagas la luz, la belleza te guiará y sabrás de cada cosa y de ti lo que nunca te dijeron, lo que no puedes decirte, verás que los olvidos y los sueños, cuya materia es la misma, contienen aquello de lo que no debes desprenderte si quieres vivir alguna vez.

jueves, 20 de junio de 2019

A las afueras del exceso

Hace algunos meses soñé el siguiente escenario:

Escucho angustiado un fuerte ruido entrecortado. El ruido forma parte de mí, o soy yo que está a punto de desaparecer. Comienzo a  distanciarme y veo que, en realidad, el ruido procede de mi televisor. Me distancio todavía más y compruebo, ya relajado, que procede de un viejo televisor...

De este sueño apareció una reflexión que aquí trascribo y publica generosamente la Revista Imán y, lo más notable, dio origen a esta magnífica aportación del dibujante Víctor González, a quien estoy agradecido, en tantos sentidos:



Vidas a las afueras del exceso

Cada época tiene su sentir; cada sentir, su cortejo de significados. La nuestra es la época del «exceso», y muestra de este fenómeno primordial son otras realidades que, como la aceleración, el rendimiento o la saturación, nos llegan de todas partes. Lo excesivo se ha vuelto normal en las sociedades neoliberales, y cuando se habla de escasez se suele hacer con vistas a reparar la falta de excedentes. Cualquier falta -de tiempo, de energía, de velocidad- lo es casi siempre como consecuencia y con respecto a un exceso previo -de premura, de desgaste, de rapidez-. Junto a las mercancías, los recursos y existencias, también la velocidad, el trabajo o la información se someten a la exigencia del exceso, dando lugar a «sociedades de la aceleración», «sociedades del rendimiento», o «sociedades de la transparencia». En este contexto, donde el exceso ha dejado de ser una alteración del orden natural para convertirse en el orden mismo, urge encontrar medidas de confrontación que sirvan al hombre actual de guía de acción. Y es que las medidas tradicionales de reconducción, por las que se procura encauzar lo que se aparta de la norma, no sirven en una situación en la que el desbordamiento y la violencia son el estado normal.

De hecho, el impacto de la aceleración, del consumismo, del rendimiento, que observamos en casi cualquiera de los ámbitos y contextos donde se desarrolla hoy día la vida humana, adquiere tales proporciones que hace inefectivo cualquier tentativa de reconducción. Pretender poner cauces a lo que desborda y violenta equivaldría a querer tender puentes sobre desiertos o a resistir huracanes con construcciones de paja. ¿Qué se puede hacer en esta situación? ¿Debemos cruzarnos de manos y dejarnos arrastrar por la inercia del momento? ¿Hemos de sucumbir resignados a las fuerzas disgregadoras que amenazan con reducirnos a ser un excedente más? La cuestión que ha de abordarse no es qué hacer ante el exceso, como si éste fuera una realidad abordable por un sujeto previamente constituido y apartado de aquel, sino cómo actuar en él, para lo cual es preciso profundizar en la naturaleza de este mal contemporáneo y en su verdadero alcance. Para ello, a continuación, proponemos analizar algunos fenómenos que ya manifiestan en su totalidad la impronta del exceso: el rendimiento, considerado como un exceso de trabajo o de esfuerzo; la transparencia, entendida como un exceso de información; la aceleración, como un exceso de velocidad; y la dislocación, de distancia. Atendiendo al aspecto común de estos fenómenos podremos ensayar medidas que sirvan de guía de acción para «vivir en el exceso».

En relación al rendimiento como realidad idiosincrásica de nuestro tiempo, el filósofo Byung-Chul Han, en su obra La sociedad del cansancio, defiende que en las «sociedades del rendimiento», como la neoliberal, el enemigo ya no es el otro, lo extraño, lo que no es uno mismo, sino un exceso de positividad. La violencia de la positividad, que resulta de la superproducción y del superrendimiento neocapitalistas, ya no es «viral», sino expansiva: “La violencia de la positividad no es privativa, sino saturativa; no es exclusiva, sino exhaustiva. Por ello, es inaccesible a una percepción inmediata.[1]” En este sentido, es comprensible que las sociedades del rendimiento produzcan un exceso de cansancio, visible en el trabajo, pero también en el deporte o el tiempo destinado al esparcimiento, generándose un exceso de oferta de fármacos para paliar sus efectos. Siguiendo esta tesis, pero centrándose ahora en las sociedades de la información y la comunicación, el filósofo publica algunos años después La sociedad de la transparencia, donde alerta del peligro que conlleva para el ser humano, ya sea en su faceta de usuario, de consumidor o de flâneur desinteresado, la exigencia de transparencia al que se ve expuesto. La economía capitalista lo somete todo a la coacción de la exposición. Solo la escenificación expositiva, entendida como exceso de información, engendra valor, renunciándose a la peculiaridad y al misterio de las cosas: en primer lugar, las acciones se tornan trasparentes cuando se hacen operaciones funcionales, esto es, cuando pierden su misterio y se someten a la exigencia de cálculo y control; en segundo lugar, personas y cosas, reducidas ya a mercancías, pierden su valor moral y cultural a favor de su valor de exposición: “Todo está vuelto hacia fuera, descubierto, despojado, desvestido y expuesto. El exceso de exposición hace de todo una mercancía, que «está entregado, desnudo, sin secreto, a la devoración inmediata».[2]

A una conclusión similar llega el jovencísimo filósofo mexicano Luciano Concheiro en su vibrante ensayo Contra el tiempo, pero ahora refiriéndose al fenómeno de la aceleración como exceso de velocidad. Afirma que cada época se distingue por una manera particular de experimentar el tiempo, y la nuestra es la época de la aceleración: “Si me viera obligado a señalar un rasgo que describiera la época actual en su totalidad, no lo dudaría un segundo: elegiría la aceleración. Este fenómeno explica en buena medida cómo funcionan hoy en día la economía, la política, las relaciones sociales, nuestros cuerpos y nuestra psique.[3] Todo marcha aceleradamente y esto es lo que hace que todo funcione. El capitalismo, la política y las relaciones sociales se encuentran, a juicio del filósofo, bajo el yugo de la aceleración. Lo mismo que el rendimiento produce trabajadores superrendidos y la exigencia de transparencia reduce la vida a una exposición, la aceleración, como elemento sistémico de nuestro tiempo, configura un hombre unidimensional que sucumbe a las fuerzas del automatismo y de la velocidad: “No es que seamos naturalmente estresados, distraídos, angustiosos, sino que nos han hecho así. Nuestra subjetividad es un producto más entre el sinfín de creaciones del capitalismo.[4] Por tanto, lo que vemos ante el hámster que gira a una gran velocidad sin llegar a desplazarse no es sólo la representación de un tiempo acelerado, sino también la de un exceso de desgaste, de velocidad, de sinsentido, que acaba engullendo, literalmente, al individuo. Y es que el aspecto problemático del automatismo no estriba tanto en la aceleración de su movimiento como en su capacidad de reducir todo a exceso de movimiento.
 
 Junto al esfuerzo, la información y la velocidad, también la distancia espacial acaba siendo excesiva, convirtiéndose la expansión espacial en una forma de violencia «total» que termina por fracturar la identidad humana. En su monumental estudio La ciudad en la historia, Lewis Mumford advierte que un exceso de espacio llega a enfriar las relaciones y vínculos humanos, por ejemplo, en los extrarradios de las grandes ciudades, en los que se ha incrementado el aislamiento de cada unidad doméstica y la pérdida de centros de reunión y agrupamiento vecinales, dejando al individuo, en palabras del autor, "más disociado, solitario y desvalido que nunca." En efecto, el extrarradio de las grandes ciudades ofrece pocas posibilidades para reunirse, conversar, debatir en público y actuar colectivamente. Más bien, favorece el conformismo silencioso, un nuevo tipo de absolutismo que acaba por desvalijar al individuo de su propiedad más preciada: su identidad. Lo que se inició en el siglo pasado como una huida de la ciudad, por parte de las familias, se ha convertido en una retirada más general que ha producido, más que suburbios independientes, un cinturón suburbano que se dilata hasta fragmentar las relaciones humanas: "Porque cuanto mayor sea la dispersión de la población, mayor también será el aislamiento de cada unidad doméstica y más esfuerzo costará hacer privadamente, aun cuando se dispone de la ayuda de múltiples máquinas e instalaciones automáticas, lo que solía hacerse en compañía, a menudo entre conversaciones y cantos, gozando de la presencia física de los otros.[5]

Observamos que en sus respectivos análisis estos filósofos comparten la idea de que el exceso adquiere hoy día un «carácter total», y es precisamente este hecho lo que explica su capacidad corrosiva y degenerativa. Allí donde se manifiesta y cualquiera sea el modo de hacerlo, el exceso arrasa con todo. Su naturaleza positiva y virulenta no deja nada tras de sí, y el individuo mismo es anulado en su singularidad. El tiempo acelerado, la exigencia de rendimiento, la sobresaturación de información, espacios desangelados, acaban convirtiendo al individuo en parte de ese excedente: Expresiones como “vamos acelerados”, “estamos rendidos”, “saturados”, “desvalidos”…, no expresan sino cierta resignación a la idea de tener que formar parte de ese exceso. Incapaces de hacer pie en pleno desbordamiento, somos ahora meros excedentes, sujetos a la misma violencia engullidora del automatismo y la sobreexplotación. De hecho, capacidades atribuibles al género humano, como la intelección y la querencia, en tanto que reproducibles y funcionales, entran ya a formar parte de aquel lenguaje operativo cuyo único sentido es el de servir a una función dentro de otros sistemas funcionales: “El pensamiento subyacente a esta extraña construcción orgánica hace avanzar un poco la esencia del mundo técnico, por cuanto convierte al ser humano, y ahora en un sentido más literal que nunca, en uno de los componentes de ese mundo.[6]

Por tanto, la tendencia totalizadora del exceso conlleva a la pérdida irreparable de la individualidad, de ese sí mismo configurador de identidades y vertebrador de proyectos comunes. Este es el sentido de la totalización, en cualquiera de sus formas: aniquilar la individualidad disolviéndola en el todo. En esta situación las medidas tradicionales no sirven para afrontar el problema. La violencia con la que se manifiesta el exceso y su tendencia totalizadora demandan medidas que no pueden estar basadas en una relación binómica sujeto-objeto, yo-mundo. Y es que en pleno desbordamiento ya no hay sujeción posible desde la que conducir o guiar; y, por tanto, ya no existe la posición desde la que antaño el sujeto podía reconducir la situación; mediante, por ejemplo, «éticas de fines», pensadas para reorientar la vida hacia fines deseables, o mediante «éticas del deber», con las que fundamentar un marco regulativo que limite la acción humana[7]. Ahora la falta de una posición estable desde la que diseñar estrategias de acción se debe a que el desbordamiento es «total». Por tanto, teniendo en cuenta esta tendencia hacia la totalidad, debe iniciarse un nuevo tipo de intervenciones que alcance, si no a erradicar, sí a crear espacios liberados de aquella violencia desbordante que parece haberse convertido en el estado normal. No se trata de ensayar medidas de encauzamiento o pacificación, las cuales no pueden tener lugar en un mundo en dispersión, sino de imposibilitar que el desbordamiento sea «total». Tenemos, en definitiva, que reabrir nuevos espacios para el desarrollo de la individualidad.
 
 Si no es con la sujeción, ¿con qué reservas contamos para formar ese espacio de crecimiento? ¿A qué podemos invocar para hallar seguridad en pleno desbordamiento? Si bien no está en nuestra mano realizar acciones subjetivas, como el encauzamiento o la reorientación, que exigen un suelo que ya no se da, sí podemos provocar[8] al mundo para que éste nos «ponga en camino» de nuevas experiencias liberadoras. Por la acción del provocar el mundo puede aparecérsenos de un modo enteramente nuevo y disponible para iniciar relaciones con él no basadas en la explotación y el dominio. En efecto, estando en el exceso, sin poder evitar ser afectados por él, podemos, provocadoramente, tomar distancia respecto del mundo de manera que éste deje de interpelarnos como trabajadores, usuarios o consumidores, y lo haga considerándonos como seres necesitados de sentido y verdad. Así, la filosofía, la ciencia o las artes, cuando dejan de servir al imperativo del rendimiento y responden al deseo desinteresado de conocimiento, son capaces de abrir espacios para la reflexión y de afianzar los vínculos humanos: El dios del fuego sirve al hombre primitivo para relacionarse provechosamente con la Naturaleza, la substancia aristotélica para conocer el mundo con vistas a la provisión de un sentido, o las fuerzas gravitacionales de Newton para organizar el flujo empírico en un cosmos.
 
 Junto al «pensar», que genera la creación de espacios sustraídos del exceso, también el «amparar» y el «abrazar» posibilitan una nueva apertura al otro. En efecto, fruto de aquel provocar, por el que el mundo deja de llamarnos para su explotación y consumo, éste se revela en su cualidad de «ser vulnerable», propiciando el amparo y el cuidado humanos[9]; o en su cualidad de «ser próximo», apareciendo la atención y el agradecimiento como actitudes éticas[10]. También el agradecimiento y el abrazo son actos gratuitos, generosos, no movilizados por el imperativo de sobreexplotación ni afectados por el exceso. Nada hay que apremie a agradecer, nada que exceda el abrazo. En definitiva, es en la distancia cuando el mundo deja de comportarse conforme a la lógica del rendimiento y de la producción, afianzándose los lazos humanos y apareciendo nuevos caminos para el desarrollo de la individualidad; porque, si bien no podemos evitar padecer la acción disgregadora del exceso, sí está en nuestra mano hacer lo posible por forjar, aún dentro de él, centros existenciales desde los que recobrar nuestra mismisidad. Casi se ha convertido en el nuevo imperativo para un tiempo de excesos.
 
 
 
David Porcel Dieste



[1] HAN, Byung-Chul La sociedad del cansancio, Herder, Barcelona, 2012, p. 23.
[2] HAN, Byung-Chul La sociedad de la transparencia, Herder, Barcelona, 2013, p. 29.
[3] CONCHEIRO, Luciano, Contra el tiempo, Anagrama, Barcelona, 2016, p. 11.
[4] Op. cit., p. 76.
[5] MUMFORD, Lewis, La ciudad en la historia, Pepitas de Calabaza, Logroño, 2012, p. 852.
[6] JÜNGER, Ernst, Sobre el dolor, Tusquets, Barcelona, 1995, P. 37, 38.
[7] Ya no estamos en disposición de apelar a la voluntad kantiana, puesto que en sistemas regidos por el imperativo de rendimiento y rentabilidad el querer mismo cae dentro de la lógica del cálculo y es reducido a un objeto más de manipulación o de solicitación. Es decir, no es la voluntad la que determina cómo actuar, sino que es el campo de acción lo que determina a la voluntad a querer esto o aquello. En muchos contextos es el sistema técnico del que formamos parte lo que nos sujeta y decide cómo debemos pensar y qué debemos decidir.
[8] Por «provocar» se entiende dejar que el mundo se manifieste de forma distinta a como, por nuestra faceta de productores y consumidores, habitúa a aparecérsenos. En efecto, desde la óptica capitalista, el mundo se nos aparece como un gran almacén de recursos disponibles para su explotación y consumo.
[9] Apareciendo así, por ejemplo, los derechos de la tercera generación, los movimientos ecologistas, políticas protectoras, etc.
[10] Al respecto, un ejemplo ilustrativo de ello lo encontramos en la propuesta que el filósofo Josep Maria Esquirol lleva a cabo en El respeto o la mirada atenta: una ética para la era de la ciencia y de la tecnología (Gedisa, Barcelona, 2006), donde el filósofo sitúa a la atención en el punto de mira de la reflexión moral.