sábado, 1 de junio de 2019

Bienvenidos al espacio Ikea

Decía Ortega hace ya casi un siglo que el ser humano necesita de bienestar, y esto explica que renunciaría a vivir si se le proveyera únicamente de lo necesario para hacerlo. En la naturaleza del hombre está desear cocer el alimento, recostarse cómodamente, viajar por todo el mundo, o prolongar el placer de la sexualidad. Pero ya no sé si aquel mensaje, que en su tiempo no hizo sino ampliar el programa humanista de Pico della Mirandola, serviría a quien, durante la tarde del fin de semana, visita cualquiera de los grandes establecimientos comerciales. En ellos la comodidad, la durabilidad o la seguridad, que Ortega categorizaba de realidades superfluas, favorecedoras de bienestar, quedan soterradas bajo el manto de la sofisticación. Los nuevos dependientes ya no venden el producto destacando su confortabilidad, durabilidad o elegancia -cualidades que ahora se suponen ya en todos los productos-, sino recurriendo a nuevos lenguajes que sólo el nuevo consumidor logra entender. Por ejemplo, si nos vamos al mobiliario de una casa, los cajones de estantes y mesas ahora pueden ser silenciosossuaves o extraíbles; las mesas y sillas, elevables, giratorias o auxiliares; las camas, plegables, reversiblesapilables; las lámparas, incandescentes, halógenas o fluorescentes; y así un largo etcétera hasta agotar todos los muebles y estancias de la casa.


El tiempo de consumo se ha convertido en un tiempo dedicado al registro y a la constatación. No importa probar las cosas, sino constatar que reúnen todas las condiciones y exigencias que propone el mercado. No es casual, en este sentido, que se hayan disparado en los últimos años las televentas. ¿Quién necesita conocer el producto si lo que interesa es que responda a los estándares de funcionalidad e idoneidad?

El ser humano busca «estar bien», sí, pero porque primero tiene que estar en el mundo. El calor de la manta precisa de un cuerpo que calentar, y el cuerpo de un suelo donde pisar. Me pregunto si ahora, al nuevo consumidor, que busca constatar que está bien, le apremia «estar bien» con la misma urgencia con la que al hombre que buscaba bienestar le apremiaba estar en el mundo.