Hay momentos en la vida en que uno se confía a su interioridad y espera sacar de ella lo que ningún tratado, regla o fórmula es capaz de contemplar. Son momentos implacables, que llegan de las zonas más recónditas para recordarte que "eso eres tú". Son momentos que para el sentido común se presentan bajo el signo de lo torpe, lo ingenuo o lo ridículo, pero que, en realidad, contienen misterios quizá sólo entreabiertos. Son momentos en que el decir se vuelve verdadero decir, y saca al hablante del parloteo y monótono coloquio con los que va zarandeándose por el mundo:
“-Es que es verdad, al final es muy duro. Uno
piensa que tendrá tiempo de decir las cosas, y cuando se quiere dar cuenta ya
es demasiado tarde. Uno piensa que basta con dar muestras de cariño, con hacer
gestos, pero no es verdad, hay que decir lo que se siente. `Decir´, esa palabra
que tanto te gusta, Michka.” (Las
gratitudes)
