miércoles, 28 de agosto de 2019

En los límites del mal

En un país lejano vivía en paz una sociedad de tortugas, salvajes y silvestres, grandes y pequeñas, en perfecta armonía. Un día interrumpió la paz una feroz pantera que pasaba el tiempo jugando con ellas e incordiándolas. Primero las volteaba y reía mientras ellas vanamente trataban de ponerse en pie. Luego las colocaba una encima de la otra para formar torres, fortalezas y castillos de tortugas. Y todas las noches hervía alguna para hacer con ella una deliciosa sopa de galápago.

Una de las tortugas subió preocupada a contar lo sucedido a la tortuga más sabia del lugar, de la que se decía sólo se dejaba ver cuando la situación lo requería. La sabia tortuga bajó de la montaña y, dirigiéndose a la feroz pantera, le dijo:

-Has demostrado astucia para hacer torres y castillos con tus propias manos, pericia para saber dónde pisar, valentía para llegar a lo más alto y cuidado para preparar caldos tan sabrosos. Creo que eres la más indicada para construir la nueva ciudad que albergará a las tortugas.

Al escuchar las amables palabras la feroz pantera conoció la gratitud y construyó la más hermosa ciudad de las tortugas.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

La tortuga o pasa por alto el egoismo de la pantera o no lo ve. Está ensimismada en su gran egoísmo. De esos egoísmos especulares nace el agradecimiento: un enigma, parece. O es que el triunfo de la eficacia tècnica pervierte el concepto.

David Porcel dijo...

Sí, no siempre la atención al otro es fuente de bondad. Interesante el matiz.

M. A. Velasco León dijo...

Final alternativo:
la pantera retuvo a la tortuga sabia para regalar sus oídos y prosiguió haciendo cada noche una sabrosa sopa.

David Porcel dijo...

Muy bueno! Otra historia, otra moraleja.