viernes, 8 de abril de 2016

El secreto del profesor

Es una perversión considerar el conocimiento como un añadido, un excedente, o como algo que falta al hombre precario. Somos herederos de una tradición que ha considerado el conocimiento como conocimiento de algo. Primero fueron las Ideas, luego las formas esenciales, más tarde las ideas simples, los fenómenos puros, los datos...y así hasta un sinfín de realidades que, en primera instancia, se presentaban como realidades extrañas que debían recuperar su lugar propio en el intelecto. Y así, estos mismos esquemas de pensamiento los reproducimos en nuestras relaciones con aquellos que consagran su energía al aprendizaje y la conquista de títulos. Sí, los títulos parecen estar ahí aguardando el reconocimiento por todo un esfuerzo realizado. El título, más que en un pasaporte, se ha convertido en el testimonio de una batalla librada....

Pero, ¿y si el aprendizaje no va de esto? A estas alturas a nadie se le escapa que la acumulación de títulos no garantiza una buena disposición para el aprendizaje. Me decía un alumno ya avezado en eso de conseguir títulos que el secreto está en saber cómo y dónde conseguirlos, no tanto en dedicar horas al conocimiento de la materia. Hasta hace unos años el título trascendía su mera materialidad y abría a un mundo de posibilidades laborales, pero ya no es así. El leitmotiv no puede ser ya la obtención de un mero papel, de ahí que, tarde o temprano, sanemos de "titulitis". Tampoco la adquisición de conocimientos, cual realidades ajenas a nosotros que han de encontrar su lugar propio, es suficiente para explicar nuestra inclinación hacia ellos. Los alumnos que a fuerza de memoria y de asimilación se quedan sólo en eso, en el dominio de la destreza de memorizar y de comprender, acaban viendo el aprendizaje como un algo tedioso que termina por abandonarse.

El conocimiento no es conocimiento de algo. Decía Goethe que una nueva idea es como un órgano desde el que entender el mundo. El conocimiento es ese órgano sin el cual no podemos abrirnos a nuevas maneras de ver nuestro mundo. El alumno que seguirá yendo a la biblioteca o gastando su dinero en libros es ése que, durante las horas muertas o en su tiempo vacante, comienza ya a vislumbrar que el secreto no está en lo que dice el profesor, sino en su empeño en decirlo, señal de que el mundo se está abriendo a sus ojos.

miércoles, 23 de marzo de 2016

III Olimpiada de Filosofía de Aragón

Desde aquí quiero dar la enhorabuena a nuestros alumnos por su buena clasificación en la III Olimpiada de Filosofía de Aragón.... Ya sabéis que la historia no acaba aquí y organizaremos próximamente una exposición en el IES Zurita con los trabajos realizados. A continuación os dejo algunos de los trabajos ganadores:



Autor: Antonio Amenara Begue
Segundo premio por la modalidad de Fotografía filosófica


Autor: José Asensio Gómez
Fotografía filosófica clasificada entre las diez primeras de Aragón


Vídeo filosófico clasificado entre los diez primeros de Aragón
Autora: Clara Abánades Catalán

Vídeo filosófico clasificado entre los diez primeros de Aragón
Autora: Susana Simón Saiz

jueves, 11 de febrero de 2016

¿Hacia dónde vamos? Un recorrido filosófico por las diferentes formas de inseguridad

El trabajo que publicamos con el título ¿Hacia dónde vamos? Un recorrido filosófico por las diferentes formas de inseguridad en el Nº 86 de la Revista Ábaco, no pretende ser una nueva conquista conceptual, esto es, la acuñación de una nueva significación a términos que aparecen en el título como el de «experiencia» o el de «seguridad». Más que de enseñar, se trata de mostrar, o, más exactamente, de prestar un espejo al lector para que él mismo, con todo lo que le circunda, pueda mostrarse. Tampoco hemos pretendido, como el título parece sugerir, agotar o categorizar toda la tipología de formas de inseguridad existente; más bien, servirnos de la que ya hay para iniciar al lector en la serie dialéctica de formas de inseguridad que entendemos se han sucedido históricamente. Tres son las formas de inseguridad que hemos analizado: el «extravío», el «naufragio» y el «ser a la deriva».




Gracias de nuevo a la Revista Ábaco por concedernos un lugar en su ya más que consolidado espacio para la cultura.

Aquí puede adquirirse el número impreso y en breve también podrá adquirirse en formato digital.

lunes, 1 de febrero de 2016

Tiempo que te encuentra

El tiempo no es. O es una mera abstracción, consecuencia de esa actividad intelectiva que tan bien nos define. Se dice del tiempo que pasa cada vez más rápido, como si fuera un tren que circula a gran velocidad. Tampoco se ahorra o se gana tiempo; en todo caso, se estira la sensación de premura o de apresuramiento. ¡La cantidad de negocios que se alimentan de la imposición a vivir deprisa! 

Ahorra tiempo quien vive deprisa, quien se apresura por vivir. Pero, dice un antiguo proverbio, al hombre feliz el reloj no le da las horas.

Luego está el otro tiempo, el que no se busca, sino que te encuentra. Y entonces descubres atónito que el Tiempo no existe, porque lo que hay son tiempos, formas diferentes de vivir el tiempo superpuestas unas a otras, como universos paralelos...

A un asceta ilustre llamado Nârada, que había ganado por sus innumerables austeridades la gracia de Visnu, se le apareció el Dios y le prometió realizar cualquier voto que hiciese. "Enséñame el poder mágico de tu Mâyâ", le pide Nârada. Visnu asiente, y le hace signo de que le siga. Poco tiempo después, hallándose ambos en un camino desierto y lleno de sol, y sintiendo sed, Visnu ruega a Nârada ande unos metros más, hacia donde se divisa un pueblecito y le traiga agua. Nârada se precipita y llama a la puerta de la primera casa que encuentra. Le abre una muchacha muy bella. El asceta la mira largamente y se olvida a qué había venido. Entra en la casa y los padres de la muchacha le reciben con el respeto debido a un santo. El tiempo pasa. Nârada acaba por casarse con la muchacha y conoce las delicias del matrimonio y la dureza de una vida de campesino: Nârada tiene ahora tres hijos, y después de la muerte de su suegro es propietario de la granja. Pero en el curso del decimosegundo año, lluvias torrenciales acaban por inundar la región. En una noche, se ahogan los rebaños, se hunde la casa. Sosteniendo con una mano a su mujer, con otra a sus dos hijos, y llevando al pequeño sobre el hombro, Nârada se abre difícilmente camino a través de las aguas, pero la carga es demasiado pesada. Se escurre, y se le cae al agua el pequeño. Nârada suelta a los otros dos niños y se esfuerza por encontrar al pequeño, pero es demasiado tarde: el torrente se lo ha llevado muy lejos. Mientras busca al pequeño, las aguas se han tragado a los otros dos niños, y poco tiempo después a la mujer. El mismo Nârada cae, y el torrente lo arrastra sin sentido como a un pedazo de madera. Cuando se recobra, depositado sobre una roca por el agua, recuerda sus desgracias y se echa a llorar. Pero de pronto oye una voz familiar: "¡Hijo! ¿Dónde está el agua que debías traerme? Te espero desde hace más de media hora." Nârada vuelve la cabeza y mira. En lugar del torrente que todo lo había destruido, vio los campos desiertos, brillantes bajo el sol. "¿Comprendes ahora el secreto de mi Mâyâ?", le pregunta el Dios. (Mircea Eliade, Imágenes y símbolos)

jueves, 28 de enero de 2016

Saber estar

Tener que ser es siempre una carga. Además, generalmente, conduce a sentimientos negadores como el desánimo, la culpa o la frustración. La sociedad, el lenguaje, la propia tradición, anclada en aquella división funesta que ya Parménides estableció entre el ser y el no ser, nos instan a buscar el ser allí donde no lo hay, allí donde se extienden los territorios vírgenes donde todavía no ha llegado esa imposición a "ser" de la que aún se nutre la metafísica occidental. Que si tenemos que ser abogados, juristas, médicos o amas de casa; que si tenemos que ser buenos, justos o pecadores; que si tenemos que conocer el "ser" de esto o de aquello para saber a qué atenernos en nuestros afanes vitales. En fin, desde fuera o desde dentro, emergen un sin fin de "seres" que no sólo nos sujetan a una determinada actividad, sino que nos atan a un determinado camino rara vez transitable. Porque, ¿realmente las cosas son?, ¿qué significa que las cosas sean?, ¿acaso la pregunta no es "si el lenguaje es"?, ¿acaso no es el "ser" por el lenguaje, y no al revés? Aun recuerdo la fascinación de aquellos personajes tarantinianos que, como el Señor blanco en Reservoig Dogs, se afanaban desesperadamente en ver en algún infiltrado, como el Señor naranja, un amigo, alguien que les confiriera una identidad y les hiciera "ser" en medio de ese discurso enmarañado de nombres y situaciones ficticios. Como apunta el filósofo José Luis Molinuevo, a raíz del nuevo retrato cinematográfico de David Foster Wallace, ya va siendo hora de renunciar a ese "tener que ser" en aras de un "estar", liberado siempre de comportamientos ególatras y monomaníacos.

miércoles, 6 de enero de 2016

Ni realismos ni idealismos

Estamos mal acostumbrados a situar el debate filosófico acerca del valor epistémico de la ciencia en la vieja disputa entre realismo e idealismo, como si la única alternativa fuera la de afirmar la posibilidad de conocer el mundo fidedignamente o la de defender el papel inventivo del conocimiento. Vamos, que ya va siendo hora de desbancar esta postura reduccionista por la que parece que el sujeto se limita a reproducir lo observado o a engendrar nuevos órganos de visión. El reduccionismo dicotómico luego conduce a ejercicios sintéticos que, lejos de arrojar luz sobre la cuestión, desvían al lector de su verdadero quid. 

Para el caso del valor epistémico de la ciencia, Wittgenstein advierte que la esencia de la cuestión se halla fuera de los límites de aquella dicotomía, afirmando que la ciencia ni describe el mundo ni lo inventa. Más bien, informa acerca de nuestro modo de describirlo, que será mejor cuanto más útil y preciso resulte. Así, la ciencia, por ejemplo, la mecánica newtoniana, será un sistema de representación o descripción del mundo tan válido como cualquier otro, sólo que en virtud de su aplicabilidad y funcionalidad es el que escogemos. Pero el hecho de que el sistema newtoniano nos sirva para describir el mundo no dice nada de éste. Lo que nos dice algo acerca del mundo es el modo preciso y determinado en que es posible describirlo por este medio. Así, del mundo ya podemos decir con sentido que puede ser descrito mediante la mecánica newtoniana, y del modo como lo hace

"6.342 Y ahora vemos la posición recíproca de lógica y mecánica. (Cabría hacer, también, que la red se compusiera de figuras de otro tipo, de triángulos y hexágonos, por ejemplo.) Que una figura como la arriba citada pueda ser descrita mediante una red de una forma dada, es cosa que no dice nada sobre la figura. (Porque esto vale para cualquier figura de este tipo.) Pero lo que caracteriza a la figura es esto: que puede describirse enteramente mediante una determinada red de una determinada finura. Así pues, tampoco enuncia nada sobre el mundo el hecho de que pueda ser descrito mediante la mecánica newtoniana; pero sí, ciertamente, el hecho de que se deje describir así mediante ella, como, en efecto, es el caso. También dice algo sobre el mundo el hecho de que pueda describirse más sencillamente mediante una mecánica que mediante otra."

(Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus)

martes, 29 de diciembre de 2015

Orden y pureza

Un prejuicio muy extendido es la afirmación de que los totalitarismos políticos se basan en la idea de la superioridad de la raza. Según el modo de pensar habitual, los sistemas totalitarios defienden que el orden político se basa en la superioridad ontológica de una raza o de un conjunto de razas sobre otros, y que es precisamente dicha superioridad la que legitima a la raza superior a disponer de privilegios que no disponen las inferiores. Sin embargo, una lectura atenta de La sociedad abierta y sus enemigos nos lleva a pensar, más bien, que estos sistemas políticos se fundamentan en el principio ontológico de que el orden subyace en la pureza racial. En efecto, desde el punto de vista popperiano, los principios del Estado totalitario platónico -representativo del totalitarismo político en general- no inciden tanto en la relación de superioridad e inferioridad entre razas como en la preservación de la pureza racial. Los totalitarismos, más que defender la superioridad ontológica de un linaje, buscarían mecanismos políticos para evitar la mezcla entre razas y así no dar lugar a desórdenes internos. La sociedad de castas basada en la división de clases sería la consecuencia de la necesidad de preservar la pureza racial, no su causa. Al respecto, Platón, refiriéndose a los orígenes de la corruptibilidad política, ya advierte del peligro de proceder a la mezcla racial y clasista: "En consecuencia, serán elegidos gobernantes aquellos totalmente ineptos para su tarea de vigías, es decir, de inspección y custodia de los metales de las razas, oro y plata, bronce y hierro. De este modo, el hierro habrá de mezclarse con la plata y el bronce con el oro y de esta aleación surgirá la Variación y la absurda Irregularidad; y toda vez que surjan éstas a la luz, habrán de engendrar la Lucha y la Hostilidad. De aquí, pues, cómo debe describirse la ascendencia y el nacimiento de la Desunión, allí donde se observa su presencia."

¿Pero cuáles son las raíces de esta idea que supedita el orden político a la preservación de la pureza de la naturaleza? La pregunta no es fácil de responder, porque encontramos ya indicios de ella en las más antiguas concepciones filosóficas que habría que rastrear. Pudiera pensarse también que se trata de una de esas ideas enquistadas en la naturaleza del entendimiento humano, como diría Kant, a priori, de forma que el entendimiento estuviera constituido para asociar la idea de pureza a la de orden. En efecto, ¿no vemos ya la Naturaleza, compuesta de sustancias bien distintas y diferenciadas, como un todo legislado? De hecho, desde los orígenes de la mineralogía, se ha buscado también preservar la pureza de los minerales, devaluando la mezcla entre los mismos. O pudiera tratarse de una idea derivada de alguna otra más fundamental y constitutiva del mundo antiguo, como aquélla que ve en el reposo y la quietud un signo de perfección y en el cambio un síntoma de imperfección: ¿acaso no pretendía Platón con su sociedad de castas constituir un estado perfecto, acabado, como tal, sustraído de la ley de la corruptibilidad inmanente al tiempo histórico? O quizá se trate de una idea a la que se ha llegado por observación, y el hombre la formara tras observar que la Naturaleza, siempre sabia, guarda celosamente un orden jerárquico basado en la separación de géneros y especies, siendo contrario a sus intereses cualquier forma de mezcla entre individuos de diferentes especies. En cualquier caso, se trata de una idea que la historia ha demostrado ser contraria al propio impulso vital humano, más próxima al thanatos que al eros, a la disolución que a la preservación.