sábado, 3 de julio de 2021

Secretos incandescentes

¿Quién no ha vivido secretamente alguna vez? ¿Quién no ha necesitado del secreto, o de una llave secreta con la que abrir la vida de los otros? ¿No topamos con el otro cada vez que queremos secretarnos? ¿No nacemos del secreto?

Este relato, que recrea Chantal Maillard, a propósito de la descripción que el autor guineano Camara Laye hace de algunos rituales de iniciación, muestra que no es tanto que el secreto dependa de nosotros como que nosotros dependamos del secreto:

"En la noche llamada de Kondén Diara, los hombres vienen a buscar a los niños a sus chozas y se los llevan, entre cantos y sonidos de tambores, a un claro del bosque. Los niños saben que ahí se encontrarán con Kondén Diara, un ser del que no tienen una idea clara salvo que es aterrador. Una vez llegados al claro, deben arrodillarse, agachar la cabeza en el suelo y taparse los ojos. Por nada del mundo los abrirían. En ese momento empiezan a escucharse rugidos terroríficos. Kondén Diara ha salido del bosque, anda entre ellos, les roza, planea, ruge. El miedo paraliza a los niños, pero saben que han de pasar la prueba, la del miedo, de eso se trata, lo saben, se trata de controlar el miedo, de estarse quieto con el miedo, de aguantar el miedo dentro del propio temblor. A Kondén Diara, bestia, león, hombre-león, le acompañan veinte o treinta leones más, pequeños y grandes, porque los rugidos son muchos y diversos. Los niños gimen en su interior: "Aléjate, Kónden Diara, vuelve a tu selva...". Por fin, de repente, los ruidos cesan: "Levantáos". Y entonces los chicos se sientan alrededor del fuego, donde se les enseñará los cantos de los no circuncisos. Han pasado la prueba. La que les prepara para la otra prueba, la circuncisión, en la que el miedo, esta vez, tendrá un objeto concreto: el dolor físico. 

No sólo los niños, también las mujeres temen a Kondén Diara. Sólo los hombres saben de qué se trata, saben que ellos producen aquellos ruidos por medio de unos instrumentos de madera especialmente tallados en los que hacen girar una rueda que corta el viento produciendo un sonido parecido al rugir de un león. Un juego, tal vez, una farsa, pero no: el miedo es real, el aprendizaje también. Y el que esto sea una prueba y una iniciación depende de que lo que ocurre en esa noche sea mantenido en secreto, absolutamente, por todos. Por la misma regla de tres, todo aquello que pudiese dañar la dignidad del grupo se protege con el secreto. El secreto bien guardado resguarda a quienes lo guardan. De lo que se trata, obviamente, es de proteger no el secreto mismo, sino a quienes pertenece. El secreto es, a un tiempo, lo que, reforzando la unidad del grupo, les hace fuertes, y su talón de Aquiles." ("Secretos y misterios", Archipiélago, Nº 52)

miércoles, 30 de junio de 2021

El niño que se escondía tras los arbustos

De niño, se escondía tras un arbusto, de esos que recorren vallados en las urbanizaciones más lujosas, o a las afueras, reclinado bajo algún puente abandonado, y podía pasar ahí horas. Se preguntaba qué sería de sus amigos ahora que él ya no estaba. Incluso si el mundo habría podido cambiar en algo. Cuando anochecía, salía de su escondrijo y volvía a su cotidianidad con la tranquilidad de quien se ha tomado unas pequeñas vacaciones. Sabía que nadie habría notado su ausencia, aunque siempre llevaba una historia inventada por si alguien preguntaba. ¿Pero por qué habría de inventarla si no había hecho nada malo? En las noches de invierno, cuando el sol se escondía y el frío helaba las hojas, buscaba lugares cerrados, como agujeros por donde entrar a las Iglesias o ventanas de aire abandonadas. Entonces la reclusión se hacía más difícil, y es que el frío no dejaba salir los pensamientos.


A esta práctica, que le fue dando forma con los años, incorporándola a su vida adulta, llena de obligaciones y responsabilidades, la llamó la emboscadura. Irse al bosque, decía él. Irse al bosque significaba salir de los usos, convenciones y obligaciones de su vida presente, recluirse secretamente en un universo donde sólo lo intemporal podía tener lugar. Sólo aquello que no envejece, ni pasa, ni deviene. Sólo aquello que verdaderamente nos tiene, pero que por ello mismo nos protege, y nos salva. Donde las palabras no interpelan y los pájaros no cantan para nadie. Irse al bosque, para él, era el modo de hacer más pequeño el mundo, a la medida de unos ojos que siempre necesitaron distancia y algo de calor.

domingo, 27 de junio de 2021

Espacios espirituales

Me asombra el modo como la sociedad quiere convencerse de que la buena sociabilidad es la llave del progreso y la madurez, promoviendo infinidad de cursos, terapias, estrategias para el desempeño de lo que llaman inteligencia emocional, cuando la historia de la humanidad demuestra, una y otra vez, que no hay forma de avanzar sin soledad, retiro o aislamiento voluntario. Que la teoría del genio haya sido superada no significa que la condición del genio no siga consistiendo en abrirse al mundo de una forma absolutamente única y singular.

"Así, pues, las protoformas no son acuñadas ni por los fines ni por los beneficios. Es algo que todavía hoy apunta en la investigación. El investigador puro dirige su mirada a los objetos y a los fenómenos sin que, al hacerlo, esté perturbado en su tarea por el pensamiento de los fines y los beneficios. Es, en el espacio del espíritu, la misma actitud que la del profeta, el cual recibe las tablas de la ley y ve directamente con sus ojos las imágenes. Actúa con pensamientos devotos, dirigidos a algo, pero no persigue unos propósitos. Esto mismo rige no sólo para los descubrimientos, sino también para los inventos. Los primeros no excluyen, en efecto, a los segundos; al descubrir los rayos que llevan su nombre, Röntgen inventó a la vez el modo de hacerlos visibles. Cuestión distinta, que Röntgen no se había propuesto, es que con ello se abriese un nuevo campo de la terapia." (Ernst Jünger, El libro del reloj de arena)

sábado, 26 de junio de 2021

¿Es ésta la educación que queremos?

Como integrantes de la educación, la pregunta que hoy debemos plantearnos, maestros, profesores, padres, funcionarios y políticos, para escucharnos y debatir, es si verdaderamente queremos un sistema que sea perfecto, en el que todo funcione, todo encaje, todo esté decidido y nada se encuentre fuera de lugar. Un sistema reductible a algoritmos que decidan lo más conveniente para quienes participan de este gran proceso, que determinen lo que cada alumno necesita saber y cuándo lo necesita, lo que cada profesor debe enseñar y cuándo enseñarlo. Un sistema a cuyos resultados estadísticos debamos confiarnos con la fe con la que el caminante se confía al suelo que pisa. Y debemos plantearla, extendiéndola a claustros, consejos y cuantos organismos correspondan, anteponiéndolo a todo lo demás, porque, sólo si todos convenimos que ésta es la educación que queremos, habremos de cruzarnos de brazos y dejar que la cosa siga como está.


viernes, 25 de junio de 2021

La historia que todo lo sana

En un reino lejano había un joven conocido como el hombre que contaba “la historia que todo lo sana”. A quienes se sentían tristes alejaba la tristeza para siempre, a los melancólicos les devolvía la esperanza, y a los enfermos la vitalidad de los cuerpos sanos. Tal fue su fama que llegó a oídos de un rey que veía cómo su reino se debilitaba por el contagio de una extraña enfermedad.

El rey, antes de que se marchitara el último de sus tulipanes, imploró al joven que entonara “la historia que todo lo sana”. 

Cuando éste la hubo entonado y los pájaros reanudaron su canto, el rey pudo gobernar como gobiernan las estrellas el cielo y las olas los océanos.

Colonialismo digital

Los grandes colonos de nuestros días, que verán crecidas sus arcas mientras el mundo de los de abajo se desmorona, han basado su ambición en el único objetivo de convencernos de que cuanto pensamos, sentimos y queremos debe ser exhibido, anunciado, para que adquiera el estatuto de realidad. En el momento en el que uno ya no mira el mundo, o no experimenta el brillo en la mirada de los demás, y en su lugar aparecen ojos artificiales colgados de los infinitos alambres que pueblan hogares, ciudades y mares, se confirma, una vez más, el poder de quienes hacen de la falta el alimento para capturar la vida entera.

Sin embargo, lo que no saben estos capturadores es que la vida sólo puede ser amada, y cantada.



"En el sistema tecnológico ocurre todo lo contrario. Sus moradores no dejan de estar constantemente conectados. La hipercomunicación garantiza la transparencia. Son los mismos «usuarios» los que gozan exhibiéndose en rituales de exposición que nadie pone en duda. Cualquier viaje, cualquier celebración, comida o suceso tiene que ser anunciado en la red. Si no se hace así parece que no alcanza el estatuto de realidad. A diferencia de lo que narra Kafka al final de El proceso, la vergüenza ya no nos sobrevive. El sistema tecnológico impone la lógica de la exhibición total, de la afirmación sin límites, de la positividad extrema, de la desvergüenza." (Joan-Carles Mèlich, La fragilidad del mundo)

miércoles, 23 de junio de 2021

Encadenados

Me pregunto si en educación nos podemos sentir, profesores y alumnos, como debió sentirse el prisionero de Platón cuando vio rotas sus cadenas. Seguiría la luz, desde luego, pero sin saber a dónde le conduciría. Algo así como quien sigue unas vías de tren en una noche remotamente perdida o asciende a una cima en un día de niebla. Lo que se avance puede ser en vano, y cualidades como la precisión, la adecuación o la exactitud dejan de ser relevantes. De hecho, ya ni siquiera importan. Que haya algo de luz, o de camino, es lo único que hace seguir adelante. Me pregunto, por tanto, si una educación -como la que tenemos- basada en la obtención y el resultado, ajena a la necesidad y determinada por la única posibilidad del conseguimiento o del no conseguimiento, puede hacer siquiera que profesores y alumnos quieran sentirse liberados.

“Desear es buscar, andar a tientas en pos de algo que no se sabe exactamente qué es ni dónde está, algo que nunca podrá alcanzarse; es ir más allá de lo que uno se ha encontrado al llegar al mundo, de lo que uno ha recibido. Hay deseo porque hay insatisfacción, porque nada ni nadie puede llenar la existencia, porque existir es «ser en falta», porque tenemos la sensación de que el mundo en el que nacemos no nos es suficiente, porque nada es suficiente." (Joan-Carles Mélich, La fragilidad del mundo)