martes, 4 de enero de 2022

Compasión

En un pueblo apacible de hombres que trabajaban la tierra y miraban al mar las noches de verano, apareció de entre las rocas un joven que empezó a dictar su propia ley. Mandó cambiar el modo de gestionar la riqueza del país, cerró las escuelas y privó de voto a los más sabios del lugar. Se dice que su poder era tan grande que en la oscuridad las fieras le protegían y en el día las nubes le cortejaban. Nadie nunca lo nombró y todo el mundo le conocía como el Amo.

 


Uno de los labriegos más trabajadores, harto ya de la situación, invocó al hechicero del lugar para ver qué podía aconsejarle. Y así, reunidos los dos allí donde no alcanzaban las nubes, el mago aconsejó:

- El miedo que infunde es el mismo del que se alimenta. Por él es como tendréis que acabar con él.

Al oír estas palabras, el labriego se compadeció del joven y ya nunca supo más de él.

domingo, 2 de enero de 2022

Senda de luz

En numerosos lugares encontramos que el camino del prisionero de la caverna de Platón hacia la luz es el paso de la inconsciencia a la consciencia, de la oscuridad de la noche al despertar de la vigilia, como si sólo al final aquel fuera completamente poseedor y dueño de sus facultades. Y así, se ha visto en el cine contemporáneo -pienso en Matrix, Desafío total, El show de Truman, La isla...- recreaciones del viejo mito. Por ejemplo, se ha dicho de Matrix que representa la liberación platónica de la oscuridad al mundo de la luz, de lo ilusionante a lo verdadero...



Nada más lejos de la realidad. En la caverna no hay ni puede haber ninguna forma de provocación externa ni dirigista; no hay ni puede haber ninguna forma de control o manipulación de los estímulos, como sí aparece desde un comienzo en la historia de las hermanas Wachowski. Quien en la caverna sigue el camino no lo hace movido por estímulos provocados por una instancia o una inteligencia superiores, sino por el deseo de luz, que además se presenta bajo la forma de lo innombrable o indecible, y no como en la película, en la que enseguida, a los ojos de Neo, aparece definida en el nombre de "Matrix".

El camino del prisionero es la «senda de la luz». Como tal, necesita ser continuado por quienes alcanzan a sentirla.

"No puede ser casual que fuera la gente más inculta y analfabeta de aquella época los que primero vieran la gloria. Algo quiere decir este hecho: quizá que mucha letra embota. O que tener la cabeza con grandes ideas nos impide ver lo que tenemos delante. O que un corazón sencillo vale más para la vida que todas las explicaciones juntas." (Pablo d´Ors, Biografía de la luz)

 

viernes, 31 de diciembre de 2021

Entre lo racional y lo salvaje: dos mitos de nuestro tiempo

 

El mito no es historia del pasado sino forma de contar historias. No es sólo significado sino hilo con el que tejer conocimiento. Como en tantas ocasiones recuerda el historiador Mircea Eliade, los mitos no son sólo narraciones simbólicas contadas de generación en generación, sino manifestaciones del fondo emocional intemporal que todos llevamos dentro. De ahí que sabernos hijos del mito contribuya a reconocer el suelo que hoy pisamos y el patrimonio con el que contamos para reinventarnos como sociedad. Solo una cultura del mito que lo sitúe como una de las máximas construcciones humanas, tan necesaria como el arte, la política o la ciencia, y sujeta a los mismos avatares que lo han hecho crecer hasta lo que hoy es, puede hacernos partícipes de una historia y de un porvenir comunes. De otra forma, renunciando al mito como forma de entender nuestro tiempo, delegándolo a un tiempo remoto que nada, o casi nada, tiene que ver con nosotros, podría olvidarse el suelo sobre el que caminamos.

Asumiendo este punto de partida, vemos a Occidente como el resultado de una incesante lucha entre dos de los más grandes mitos de nuestro tiempo: de un lado, el «mito de la Razón» –generador de la colonización y la Ilustración, de la escisión del átomo, y de la era de la información-; de otro, el «mito de lo salvaje» –origen de la hybris y el pecado original, del horror y el absurdo existenciales, y de tantos relatos catastrofistas-. Ambos relatos están detrás de las más grandes construcciones en el ámbito de la política, de la ciencia o del arte, y sirven al hombre contemporáneo como marco interpretativo con el que mirar y enjuiciar el mundo. ¿Cómo, si no viéndose como poseedor y propietario, hubiera podido el hombre impulsar la ciencia y la técnica modernas? ¿Cómo, si no viéndose como ser desvalido, hubiera podido el soldado hacerse desconocido? Para bien o para mal, ambos mitos trazan el camino por donde ahora vamos avanzando, dibujando sus limitaciones, pero también sus posibilidades.

Y estas posibilidades –veremos- tienen que ver con el hecho, crucial, de que ambos mitos definen al ser humano por su relación con el poder: el primero, concibiendo al individuo como dueño y sujeto de la Historia, poseedor y propietario; el segundo, muy al contrario, viendo en él un ser desvalido, «hombre de carne y hueso», abocado a una extinción segura. A tenor de esta imagen antagónica, pero hasta cierto punto complementaria, nos queda avanzar por el camino de la conquista o del horror, del triunfo o del padecimiento, de la meta o de la resignación. En este trabajo nos proponemos iluminar lo más posible el camino y preguntarnos si verdaderamente queremos avanzar por él: ¿Es esta la imagen que queremos proyectar a nuestros herederos? ¿Es por esta imagen –dual, antagónica- como queremos ser recordados? Herederos de la tensión ancestral entre carne y espíritu, sangre y razón, fuerza e inteligencia, cabe preguntarse si queremos que ella continúe tejiendo nuestros destinos.

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jueves, 30 de diciembre de 2021

FELIZ 2022

Desde que a los veintiocho o veintinueve dejé de fumar, por eso de que una neumonía me dejó sin palabras durante quince días -y que aproveché, ni corto ni perezoso, para devorar La montaña mágica-, me fumo al término de cada Nochevieja un puro de veinte o treinta euros -Davidoff, normalmente-, acompañado a veces de algo de Prokófiev, un buen Whisky con hielo, y el silencio de la noche. Y el caso es que este ritual, que tan bien reproduce mis años de la infancia, cuando con doce o trece años nos encendíamos un cigarrito para celebrar el nacimiento de alguna cabañeta que habíamos construido con paja, sacos y ramas, termina casi siempre con la satisfacción del deber bien hecho y la esperanza de nuevas aventuras. Novedad y aventura, es lo que le suelo pedir al nuevo año: novedad, para no caer en el hastío existencial; y aventura, para seguir ensanchando la vida ahora que todavía hay función.

Os deseo, de corazón, un muy feliz y saludable 2022

 


lunes, 27 de diciembre de 2021

Nowhere

Por el amor salimos de nosotros mismos. Literalmente, dejamos de ser. Nuestra memoria histórica, ocupaciones y preocupaciones, pasan a un tercer plano mientras existimos en la persona amada. Esta es una de las historias de West Side Story, que nos regalan nuestros cines de la mano de Steven Spielberg, por la que dos seres desposeídos de identidad encuentran en el amor la salida de un mundo abrupto y desesperanzado. El nombre de María se convierte para Tony en la melodía con la que suena el mundo, mientras que Anton representa para ella la bienvenida de una vida en comunión. 

 

Only you
Every thought I'll ever know
Everywhere I go you'll be
All the world is only you and me


El enamoramiento es una de esas experiencias que nos desinstala, abrupta e inesperadamente, del mundo biográfico-histórico. Nos desplaza a la última de las órbitas, desenvolviéndonos del entramado cotidiano que es juzgado con la indiferencia con la que se ven las galaxias lejanas o los hechos del mundo para quien se halla próximo a la muerte. El amor desposee, expropia, desplaza, despide, con la fuerza con la que los huracanes levantan casas y desploman ciudades. Es, quizá, el sentimiento de mayor fuerza renovadora y transformadora:

“Lo que distingue a un historiador de las religiones de un historiador es que el primero debe habérselas con hechos que, si bien son históricos, revelan un comportamiento que supera con mucho los comportamientos históricos del ser humano. Si es cierto que el hombre se halla siempre «en situación», esta situación no es forzosamente siempre histórica, es decir, no se halla condicionado únicamente por el momento histórico contemporáneo. El hombre integral conoce otras situaciones que no son las de su condición histórica; conoce, por ejemplo, el estado de sueño, o de ensueño, o de melancolía, y de despego, o de beatitud estética, o de evasión, etc., y todos estos estados no son «históricos» aun cuando sean tan auténticos y tan importantes para la existencia humana como la propia situación histórica. Por lo demás, el hombre conoce varios ritmos temporales, y no solamente el tiempo histórico, es decir, el tiempo suyo, la contemporaneidad histórica. Le basta con escuchar buena música, enamorarse, o rezar, para salir del presente histórico y reintegrarse al presente eterno del amor y de la religión.” (Mircea Eliade, Imágenes y símbolos)

domingo, 26 de diciembre de 2021

Un dilema entre amigos

En estos días de familiares y amigos podríamos preguntarnos qué es lo que hace que un amigo sea un verdadero amigo y, sobre todo, qué podemos o a qué estamos legitimados pedir a un amigo. Está claro que a un amigo podemos pedirle consejo, ayuda, colaboración, atención, apoyo..., pero también está claro que no podemos (ni debemos) pedirle todo lo que queramos. La amistad nace, precisamente, de un hilo especialísimo que, reuniendo y generando, hay que cuidar y proteger si no queremos que se rompa y perderlo para siempre. En la película de adolescentes After the dark, que tiene el mérito de plantear con cierta elocuencia algunos de los dilemas morales más populares, se reproduce la clásica paradoja de la ignorancia representando a una joven colgada de una torre que pide ayuda a sus amigos para que la salven. Los amigos no la ayudan por temor a morir en el intento, dándose cuenta la joven de que quienes decían ser sus amigos no lo eran, y preguntándose si no hubiera sido preferible vivir en la ignorancia y ser feliz con aquellos a quienes más quería.



Sin embargo, podemos preguntarnos si deben estos amigos ayudarla sabiendo que pueden correr el mismo riesgo. ¿Puede la joven exigir de sus amigos que la socorran sabiendo que haciéndolo pueden perder su vida? ¿Podemos demandar de un amigo que ponga en juego su vida para salvar la nuestra? Al hacer de un amigo un instrumento salvavidas, ¿no estamos con ello traicionando nuestra amistad? El asunto no es baladí, porque de antemano no está clara la naturaleza de ese hilo especialísimo que es la amistad ni el límite que separa. Algo similar ocurre con la relación entre alumno y profesor. En un acto de generoso atrevimiento el otro día una alumna me cuestionaba el hecho de que mis alumnos me importasen de verdad. Y me decía que para nosotros, sus profesores, ellos eran solo personas a las que tendríamos que examinar y evaluar, pero que, fuera de ese contexto educativo, significaban poco o nada para sus profesores. Un profesor puede despertar los sentimientos más nobles y hermosos hacia sus alumnos, queriendo verdaderamente su bien e importándoles de verdad, pero, indudablemente, no puede ni seguramente debe atender todas las demandas de sus alumnos, por muy necesitadas, hermosas y nobles que sean estas.

El dilema, quizá, no sea tanto si los amigos me deben ayudar como si yo debo pedirles ayuda.

sábado, 25 de diciembre de 2021

Los ojos de Chiyono

En un monasterio había una monja, llamada Chiyono, muy trabajadora, disciplinada y responsable, pero enormemente insegura en sus labores y quehaceres. Nunca sentía que hacía bien su trabajo, y ello aunque las gentes de su alrededor así se lo hicieran ver. Los más sinceros elogios de amigos y compañeros no bastaban para que se sintiera bien y todos los días se retiraba convencida de que no había realizado bien su trabajo.

Uno de sus compañeros monjes, observando su pesar, decidió llevarla al maestro de la Montaña, de quien se decía que curaba todas las penas y pesares.



Habiendo escuchado su historia, el maestro de la Montaña quiso ayudar a Chiyono:

- Te voy a dar mis ojos para que dejes a un lado los tuyos y te veas como te ven los demás. Y te voy a dar mi corazón, para que te sientas como te sienten los demás.

- ¿Y cómo verás y sentirás entonces, si tus ojos y corazón ya no están en ti? -interrumpió la monja-

Al escucharla, el maestro comprendió la bondad del mundo y se convirtió en el primer discípulo de la monja Chiyono.