viernes, 18 de febrero de 2022

La naranja infinita

Me decía un alumno esta mañana, de 4º de ESO, que la ciencia completa lo que no alcanzan a conocer nuestros sentidos. A su entender, y a propósito de un texto de Ortega que teníamos entre manos -sobre una naranja imaginada que nunca llega a conocerse-, nuestra condición de seres precarios explica que necesitemos de la ciencia y de la filosofía, precisamente, para completar aquello que un conocimiento inmediato sobre el mundo no nos proporciona. Como seres enjaulados, aprisionados por la situación siempre irremediable, echamos mano de la imaginación y de la razón para hacer mapas sobre el mundo y, de esa manera, compensar la limitación del anclaje a la corporeidad. ¿Y no es entonces -nos preguntábamos- también nuestra ciencia un saber precario, frágil, algo enclenque, incluso a veces moribundo? ¿No nacen de la misma consciencia de precariedad las teorías filosóficos más elaboradas sobre las condiciones del entendimiento o de la sensibilidad estética y moral? ¿No es, en definitiva, nuestra consciencia de seres indefensos lo que dispara a las facultades a buscar luz allí donde sólo hay oscuridad?

Y el caso es que, mientras dialogábamos, pensaba que «la naranja imaginada que nunca llega a cortarse» consistía en otro intento de completar lo que no alcanzan a ver nuestros sentidos.



“¿Qué es lo que pensamos o a qué nos referimos mentalmente cuando pensamos en el objeto naranja? Es una cosa que tiene muchos atributos: además de su color tiene una figura esférica que es sólida, constituida por una materia más o menos resistente. La naranja en que pensamos tiene un exterior y un interior y, al ser un sólido esferoidal, tendrá dos mitades o hemisferios. ¿Podemos ver, en efecto, todo esto? Pronto caemos en la cuenta de que la naranja sólo podemos ver en cada caso la mitad, aquella mitad o hemisferio que da hacia nosotros. Por inexorable ley visual, la mitad de la naranja que tenemos ante nuestros ojos ocultará la otra mitad que queda tras ella. Podemos dar la vuelta en torno a ella y ver entonces esa otra mitad, mediante otro acto de visión distinto del primero. Pero entonces dejaremos de ver el hemisferio anterior. Juntos no estarán jamás ante nuestros ojos. Pero, además, sólo vemos, por lo pronto, el exterior del fruto; el interior queda oculto por la superficie. Podemos cortar la naranja en capas y ver así en nuevos actos visuales su interior, pero nunca serán esas capas tan finas que nos permitan decir con rigor que hemos visto íntegra la naranja, tal y como la pensamos. De donde resulta, con toda evidencia, que cometemos un error cuando decimos que vemos una naranja.” (José Ortega y Gasset¿Qué es filosofía?)

jueves, 17 de febrero de 2022

Sueños

Unos hombres de semblante serio y cuerpo siniestro aparecen en la ciudad con propósitos desconocidos. Nadie sabe de ellos y comienzan a ocupar las grandes avenidas.

Lanzado a un desierto rojizo, un rostro ovalado envejece a gran velocidad mientras ríe enérgica y despreocupadamente.



Sueño de la Noche del 16 de Febrero

lunes, 14 de febrero de 2022

Centros de ensueño

Una piel amurallada rodeaba el centro, donde los únicos artefactos que había eran relojes, con sus campanas, que avisaban de la hora de entrada, y pantallas que se desplegaban del techo para disfrutar las tardes de cine. En los jardines que lo acompañaban podía uno sentarse a contemplar las flores, o simplemente a escuchar las historias de Heráclito mientras el agua fluía y los pájaros se acercaban. En su interior, una biblioteca de estantes de roble, con las colecciones más cuidadas, invitaba a un silencio que volvía vergonzosa cualquier interrupción. Incluso los insectos dejaban de zumbar para que siguiera el silencio del conocimiento.



Ese iba a ser mi destino, tan sólo hacía falta que complementara los papeles de mi traslado, y rompía a llorar.


Sueño de la noche del 13 de Febrero

sábado, 12 de febrero de 2022

Fabricantes digitales

Es sabido que nuevas bridas nos ahogarán un poquito más con la nueva política de la competencia digital. Le ha llegado el turno a los lenguajes digitales y ahora, según el Plan de Acción de Educación Digital, también los profesores seremos catalogados con niveles que irán desde el A1 hasta el C2 para evaluar nuestra competencia digital o informática. Y no es que no queramos saber, o curiosear, o trastear con los nuevos lenguajes y plataformas digitales, que tantos buenos ratos nos hacen pasar, como hacíamos de niños con aquellos legos y Tentes ochenteros. Pero a lo que nos resistimos, o me resisto, porque a veces ya no sé si hablo también a las paredes, es que nos traten –a nosotros, los profesores - como piezas de una fábrica que es preciso reactivar y reiniciar. Sin previo aviso, llega el día en que un responsable –normalmente un compañero que por su sentido de la responsabilidad es foco de diana para los equipos directivos- informa al claustro del nuevo plan al que todos habremos de someternos.



Por el momento, a hacer una encuesta de obligado cumplimiento, para conocer que efectivamente necesitamos de una urgente formación digital ante la borrachera de información que nos llega todos los días desde diferentes medios y vías. Y, así, que a nuestras autoridades les quede claro que necesitamos contar con esa formación y quedarse con la conciencia tranquila de que nos dan lo que necesitamos. ¿En serio alguien se cree que una evaluación de nuestra competencia digital nada a favor de la formación de nuestros alumnos? ¿En serio alguien se cree que necesitamos ocupar con formaciones digitales el poco tiempo de ocio que nos queda a enseñantes y profesores en nuestro día a día? ¿En serio necesita el conocimiento de redes, líneas y conexiones? ¿En serio seremos mejores profesores cumpliendo el Plan? Que la tecnología, o más precisamente, los nuevos lenguajes digitales, no son medio ni servicio, que podemos utilizar según voluntad y conocimientos, queda claro desde el momento en que formamos ya parte de un entramado –deliberadamente perfeccionado- desde el que no podemos sino recibir órdenes y tener que vernos forzados a cumplirlas, o a salir corriendo de la fábrica.

domingo, 6 de febrero de 2022

Maestros del Mal

Uno de los diálogos más clarividentes sobre la necesidad del destino, o la inevitabilidad del Mal, lo escuchamos en las palabras finales de Orson Welles y Rita Hayworth en La dama de Shanghai. Ahí se dice que al mal no se le puede vencer, que hay que pactar con él, negociar, si no queremos que al final imponga sus condiciones. Podemos hacerle frente, oponerle resistencia, incluso retrasar sus efectos, pero nunca destruirlo. Hay que vivir reconociendo su superioridad, su incontestable dominio. El Mal admite muchos disfraces, y como se dice ahora, incluso invisibles, pero en todos los casos está ya demasiado adentro para que podamos eludirlo. El cine es una de las artes que mejor lo expresa, y cabría añadir a los ya existentes un «género del Mal», de villanos, criaturas -extrañas y cercanas-, monstruos, magos, dictadores, fuerzas naturales, planetas, microorganismos, androides, máquinas, muñecos, familiares, vecinos, incluso amantes, que acaban convirtiéndose en verdadera fuente de mal y destrucción.

Sin duda, una excelente ocasión para aprender de los maestros del Mal que con sus obras nos siguen haciendo reflexionar sobre las maneras de afrontarlo. Una incursión por el universo chapliniano de la nación de Tomania, los intrincados laberintos de El proceso de Welles, el vecindario indiscreto que Hitchcock recrea en espacios como Greenwich Village o la costa maldita de Bahía Bodega, las infinitas carreteras acompañadas de la lucha entre el coche rojo y el camión innominado, la reunión final antes de la hecatombe de Melancolía, o la criatura que aflorará desde el corazón de Nostromo, puede ser tan producente como el estudio de los más completos tratados acerca del bien y de sus virtudes.




“Una cosa tan pequeña como un virus, un bichito tan minúsculo que ni siquiera podemos verlo a simple vista, ha podido con un mundo tan grande; lo ha tumbado y puesto patas arriba. Nos envanecíamos por no haber tenido que afrontar en nuestras vidas ninguna gran hecatombe colectiva propiamente dicha durante las últimas generaciones, porque ninguna catástrofe de arrasadoras dimensiones nos hubiese pillado en realidad nunca llevándose por delante ciegamente vidas y haciendas y modos de vida. Es más, creíamos de veras, algunos a pie juntillas, que eso ya no iba con nosotros, que era cosa de otras latitudes físicas y mentales y, sobre todo, que era cosa de la Historia y la Historia ya había terminado. Pues ahí está, de nuevo y como siempre, pillándonos el destino, dándonos alcance y arrollándonos la antigua parca, las viejas Moiras hilando y devanando y cortando hilos.” (J.Á. González Sainz, La vida pequeña)

miércoles, 2 de febrero de 2022

Elogio del error

Es curioso el modo como seguimos condenando el error y alabando el acierto, o el logro, o la conquista. Y es llamativo que tras más de dos mil quinientos años de ciencia y filosofía, de las más extravagantes pero hermosas teorías, de las más mentirosas pero elocuentes palabras, todavía sigamos escribiendo aquella que estimamos valiosa por sus triunfos y aciertos. ¿Por qué seguimos aferrándonos a valores maquinales como la eficiencia, el rendimiento o el éxito? ¿Por qué seguimos pensando que sólo el más capaz –de esfuerzo, de recursos, de propósitos y resultados- será quien tenga un lugar en este mundo? ¿Por qué seguimos mirándonos con el prisma con el que los primeros ingenieros e inventores veían a sus máquinas? ¿Y por qué nos creemos piezas de un engranaje sin tregua ni fin, y sin guardián que lo custodie?

«Así está bien. Todo perfecto. Ahora la cosa funciona. El colmo de la eficiencia. Enhorabuena, un diez. Eres el mejor. ¡Qué potente! Estarás en proceso de logro. Eres una máquina.» Expresiones de un juego aburrido, tedioso, incapacitante, que nos obstina a seguir dominando la técnica del encaje, y a olvidarnos del riesgo y el tanteo que acompañan a la verdadera aventura:



“Que para nuestro desarrollo resulte tan útil perder el camino, o ir por uno desconocido –aunque no todos lo aprecien-, depende de un dato de hecho universal: la evolución de la vida se basa en las desviaciones. La naturaleza misma usa el error para generar la maravillosa variedad de seres vivos y la biodiversidad. En nuestro planeta no habría más que bacterias primordiales, o quizá ni siquiera estas, si un cierto número de procesos de duplicación del ADN de las células no «perdiese el camino» con errores de replicación o pérdida de una parte de la herencia genética, llevándose a cabo una mutación (…) Pensando en todo lo que he vivido, no podría afirmar nunca que la naturaleza es indiferente. Su lenguaje no es humano, no hace ruido, vuela y no permanece escrito, no demuestra pero convence, está hecho de todo y de nada. Y, sin embargo, se me queda más grabado que ningún otro. Se suele decir que nuestro cerebro crea este mundo poético, restando importancia al lado trágico o impasible de la naturaleza. Pero yo no me refiero a los pensamientos ni a las acciones, sino al hecho material y continuo de hallarme en el buen camino cuando la lógica parecería indicar que me he perdido.” (Franco Michieli, La vocación de perderse)

domingo, 23 de enero de 2022

Día a la Violencia

¿Por qué no dedicar en nuestros centros escolares un día a la Violencia? Contra ella, pero un Día. Es que se habla de la violencia de género, que está muy bien, de la violencia por el maltrato animal, que está ocurriendo, de la que atenta contra bienes públicos, que también está creciendo, pero apenas se dice nada de la violencia a secas, sin aditivos ni mezclas. Ahí, ella, desnuda, no acompañada ni adjetivada, despojada de atributos como el de machista, física, verbal, económica o cultural, y de agencias como la disrupción, la ira o el salvajismo.

¿Será que no existe y me la estoy inventando? ¿Pero no es la misma la violencia que atenta contra la mujer que la que daña inmuebles, árboles, jardines y cuanto precisa del cuidado y atención de quienes nos empeñamos en hacer de nuestro centro un lugar más acogedor? ¿Y no es la misma la violencia que hay detrás de actitudes adolescentes como el bullying que la que podemos sufrir como profesores de la indiferencia del compañero de trabajo o de los alumnos incapaces de hacer fluir la explicación? ¿O no es la misma la violencia que sufrimos cuando somos invadidos que la que podemos ejercer como invasores? ¿O la que se desprende de la acción como la que lo hace de la inacción? ¿Verdaderamente no tiene la violencia suficiente sustancia como para que no le podamos dedicar aunque sea sólo un día? A pensarla, tratarla, condenarla, combatirla, pactar con ella. Pero un Día.

¿Por qué no un Día escolar contra la Violencia? A secas, sin aditivos ni mezclas, y abriendo paso a la pluralidad de miradas.