El barco debe al mar lo que el mar debe al barco.
martes, 2 de agosto de 2022
lunes, 1 de agosto de 2022
Mapas secretos
Es reconfortante descubrir que las ideas que pare uno, y que en su momento despertaron algo, también las han expresado autores a los que estimas o admiras. Son encuentros que ya te acompañarán, como los viejos amigos o los buenos recuerdos. Y el caso es que me ha pasado recientemente con Jordi Soler, y sus reflexiones sobre las oportunidades perdidas en un mundo obstinado por la hipercomunicacion y la intoxicación informativa. Y a ello nos encomendamos en los próximos días, retirándonos a bosques y senderos para los que no sirven mapas ni brújulas, apenas el equipaje necesario para saber perderse. Porque de eso se trata, o así también lo cree Jordi Soler, de hacer mapas secretos de eso que transitamos.
jueves, 28 de julio de 2022
Malvados
El mal a veces basa su poder en el disfraz y el secreto, inconfesable para sus víctimas. Es el mito del Diablo disfrazado de serpiente, llevado a la gran pantalla en el magnate de astilleros de Vértigo (Hitchcock) o en el actor frustrado de La semilla del diablo (Polanski), por citar dos clásicos. Otras, el mal se alimenta de la incapacidad humana para penetrar en lo inconmensurable, dando lugar a toda una mitología del misterio y la locura. Pero, hay otras en las que el mal se nutre de los límites de la voluntad humana, y entonces la pregunta ya no es cómo destapar o comprender al malhechor, sino qué hacer cuando el mal ya no puede hacerse más presente.
¿Acaso quedarnos de brazos cruzados y esperar que nos aniquile? ¿Tratar de eludirlo viviendo precariamente? ¿O no resistirnos a la idea de hacerle frente para continuar existiendo? Es lo que plantean los guiones extraordinarios de Richard Matheson, con relatos como Duel, El hombre menguante o Soy leyenda. Todas las narraciones son la historia de una llamada, de una invocación al enfrentamiento y la lucha. El camión oscuro de Spielberg (Duel fue su primera película con veinticuatro o veinticinco años) puede representar el infortunio, la desdicha, pero también la enfermedad, el dolor o la carga de tener que soportar una vida monótona y vulgar. La naturaleza no es el lugar que prometieron los cuentos de Disney o la industria de los parques y paraísos artificiales. Es infierno incontrolado, salvaje, esencialmente devorador, atrozmente cruel. Es la enseñanza de que hay males que, haciéndose cada vez más presentes e insoportables, acabarán gobernando nuestras vidas si no acabamos antes con ellos.
miércoles, 20 de julio de 2022
Momentos estelares
Ahora
que los timbres han dejado de sonar y los correos de gotear, me refugiaré en los rincones para escribir sobre lo secreto, y su poder transfigurador. En los rincones de los bares y playas que frecuente, o al resguardo de una roca
escondida entre muchas, o a la sombra de una palmera que me cobije cuando todo el
mundo sestee. Y la intuición de inicio es que lo secreto esconde, y al esconder
protege, pero también nos abre al otro de una manera distinta. Lo secreto, considerado como lo que
oculta y guarda, sostiene, estabiliza, contiene fuerzas que, de desatarse,
producirían un grave quebranto. Secretos ancestrales, como el secreto de la
lámpara, de la caverna o el del grial, dividen el mundo antiguo en poderosos y
súbditos, sabios e ignorantes, bienaventurados y extraviados. Cuenta Chantal
Maillard en “Secretos y misterios” que ya en culturas primitivas los rituales
de iniciación se mantenían en secreto. El secreto protege el ritual en sí, su
posibilidad y, con ello, el modo estamental de organizarse la sociedad y el
sentido de la existencia para la tribu y el individuo. ¡Casi nada!
lunes, 18 de julio de 2022
Industrias del retiro
Muchas veces producimos sin ser conscientes de que producimos y de lo que producimos. En su entrada de hoy, “Tiempo libre”, el filósofo Fernando Broncano advierte de esta nueva forma de laboriosidad disfrazada con el traje del tiempo libre y ocio, y cito: “¿Cuán libre es el tiempo libre? Si observamos atentamente, si nos observamos atentamente, en los tiempos de ocio y no caemos en los autoengaños que genera la industria de la felicidad productiva, concluiremos que el tiempo libre está mucho más limitado de lo que parece: trabajamos emocionalmente creando presentaciones de la persona en un espacio social definido por marcas, iconos, formas de comportamiento que apuntan a una presencia constante de apariencias de felicidad y experiencia de libertad como modo de relación. Pero tales experiencias están profundamente marcadas y reguladas por los entornos sociales y técnicos. “Escuchar música”, es decir, crear autoespacios de intimidad definidos por los nichos de aparatos técnicos de escucha que crean subjetividades separadas. O lo contrario: “ir a un concierto” que no es un concierto de cuerpos sino una industria de viajes, consumos, alojamientos, preparaciones de escucha mediante compras de discos o atención a las plataformas de la escucha,… O cultivar una huerta facilitada por el ayuntamiento o comprada en los alrededores de la ciudad, en donde el trabajo parece no ser asalariado aunque sigue siendo productivo en el consumo de las inmensas industrias del bricolage y el tiempo libre organizado. O el deporte, el turismo y el viaje, que exigen una preparación de vestimenta deportiva adecuada, de branding, de presentación productiva del cuerpo en sociedad, subido a una bicicleta de marca o calzado por unas deportivas reconocibles. O simplemente permanecer libremente en el sofá atendiendo a la televisión, a las plataformas de series o a las plataformas de las redes sociales.”
Si el tiempo libre no comienza con el fin de
la jornada laboral, cabría establecer otro criterio para delimitar la ociosidad
que no sea el de entenderla como oposición al trabajo (o tiempo de producción)
Pero no sé si es retirándonos como puede encontrarse esa frontera, porque el
caso es que, pese a quienes se amparan en la impenetrabilidad de la
interioridad ante la fuerza invasiva neocapitalista, ya existe una
poderosísima «industria del retiro», que gestiona, financia y regula un sinfín de
actividades encaminadas al refugio espiritual. Cuando hace solo unos años
veíamos en los bosques lugares donde refugiarnos -aunque imaginativamente- del
trasiego del tráfico y la ciudad, leemos en la prensa que los “baños en el bosque” (Shinrin Yoku) son acogidos cada año por
miles de trabajadores y turistas agotados que imploran una ocasión para reconectar consigo mismos y la naturaleza perdida. Y ahora, también, las estancias monacales se ofertan como
tiempo de paz espiritual para que el caminante pueda encontrar algo de sosiego
y estabilidad emocional en el magma de atolondramiento generalizado. Incluso experiencias de
sublimidad galáctica y onírica –los infinitos de Pascal- ya forma parte de las siguientes
proyecciones comerciales de grandes empresas del sector turístico y espacial, que ya hablan de ofertar paquetes de viajes oníricos o astrales elegidos por el consumidor.
No, no es comportándonos como turistas del retiro
como habremos de hallar el modo de apartar la disciplina del trabajo y
de la producción.
sábado, 16 de julio de 2022
Tardes de vértigo
Ayer
noche volví a ver la película de Richard Fleischer, Viaje alucinante (1966), no excepcionalmente considerada por la crítica, pero una
experiencia deliciosa para una tarde de viernes, o de domingo. Es la historia
de una aventura hacia los confines del cuerpo humano, pero también la
experiencia compartida de quienes, motivados o forzados, viven el desasimiento
en el más absoluto de los confinamientos. Ahí, miniaturizados, siendo reducidos
al tamaño de una bacteria, deben adentrarse por la arteria carótida para matar
el tumor de un científico poseedor de información que cambiaría el acontecer de la Guerra Fría. Y, junto a ellos, Fleischer consigue que también el espectador acabe experimentando el
vértigo de quien no tiene más remedio que ser reducido hasta nivel de lo
microscópico, llevado por la tendencia a ser radicalmente otro. ¿Para quién puedo ser si
me he apartado definitivamente del mundo de lo macroscópico? Pero es ahí,
precisamente, como el submarino Proteus puede cambiar el rumbo de la historia. De lo invisible -así lo anunció un siglo atrás el Romanticismo alemán- lo visible puede adquirir una nueva manifestación.
Deliciosa película para una tarde viernes, o de domingo.
viernes, 15 de julio de 2022
Ventanas con solera
En su artículo que hoy trae el blog literario Boomerang Víctor Gómez Pin
llama la atención sobre el hecho de que la defensa y desarrollo de las éticas
del deber -como la kantiana o la animalista- supone la entrada en escena de un
sentimiento esencialmente moral. Se trata del sentimiento de la compasión. Por
él dejamos de pensar en nosotros mismos, en nuestra individualidad, y salimos
al otro como quien abre la ventana en un día de sol para mirar al exterior. Por la compasión dejamos de estar en el mundo como está quien espera ser
o no correspondido, para vernos como parte de un todo sufriente y sufrido.
El ser humano ya no está concentrado en sí mismo, sino que, por decirlo así, se
hace transparente y experimenta lo propio en lo extraño. Por la compasión el
mundo de los otros se abre a nosotros. Y así, a propósito del auge de las
éticas animalistas, se pregunta Gómez Pin si no es esta actitud de puro y
kantiano desinterés por el bien de otras especies una prueba de la
radical y absoluta singularidad de nuestra especie.
Sería interesante, en este sentido, volcarse sobre este sentimiento de la compasión –esencialmente misterioso, incógnito- y así aclarar algo más el origen de tantas construcciones que, como la ética kantiana o animalista, se han formado a partir de él. Porque, por lo mismo que la compasión nos lleva a esa actitud de puro desinterés por el bien de otras especies, nos pone ante esta otra actitud de desinterés por el bien de nuestra propia especie; salvando, claro está, los reduccionismos e ilusionismos de quienes enarbolan banderas por apatía o desasimiento: «Desconfía de aquel que dice: si no ayudamos exclusivamente al gran todo, es imposible prestar ninguna ayuda. Esa es la mentira de la vida de aquellos que no quieren ayudar en la realidad y se excusan con grandes teorías de su obligación en el caso concreto y determinado. Racionalizan su falta de humanismo»”. (Horkheimer)