lunes, 10 de octubre de 2022
Fortaleza invisible
domingo, 25 de septiembre de 2022
¿Qué es poesía?
Uno de los trabajos de carrera más estimulantes que recuerdo lo realicé para las clases de Estética que impartía en Salamanca nuestro querido José Luis Molinuevo, que luego además fue mi director de tesis. Fue un trabajo sobre la otredad, con lecturas de Octavio Paz, y alguna que otra divagación psicoanalítica del cine que, con mi padre –psicoanalista de profesión-, entonces estaba descubriendo de Robert Aldrich, Milos Forman, Luis Buñuel, Kubrick, y algunos personajes como Travis de Taxi Driver o Marnie, de Marnie, la ladrona. Fue un trabajo –lo recuerdo muy bien- que me llevó luego a seguir leyendo sobre el origen del arte y, más concretamente, sobre la difícil cuestión de la autoría y la responsabilidad del autor en la obra. ¿Hasta qué punto es responsable el creador de lo que crea? ¿Qué papel juega la subjetividad en el proceso creador? ¿Qué elementos de la biografía intervienen en el fenómeno poético-visionario? ¿A partir de qué momento termina la yoidad, o voluntad, y comienza la otredad? Fueron ya preguntas que se instalaron en mi porvenir de joven filósofo.
Y el caso es que ahora, cuando va a cumplir
setenta y dos años, mi padre me (nos) regala este poema que, como el demonio de
la mitología, hace referencia a un ser misterioso, a cuya esencia forma parte
el saber hablar. Pero se trata de una comunicación que, como decía otro
visionario, no precisa ni de una lengua materna ni de un vocabulario –más aún,
apenas necesita del sonido articulado. “Pudo ser un lenguaje del cual se ha
conservado un eco en la música” –Jünger.
Dice el poema que la poesía es como
aquello. La poesía es la otra lengua. La siempre otra.
Con un abrazo,
Más o menos, (Miguel Porcel, 19 de septiembre de 2022)
sábado, 24 de septiembre de 2022
El joven que quiso aprender lo que era el miedo
A los hermanos Grimm se les conoce por cuentos como Caperucita Roja, Hänsel y Gretel, La Cenicienta, Pulgarcito, Los músicos de Bremen, El sastrecillo valiente, y tantos otros que llenaron nuestra infancia en aquellas largas noches de colegio. Y es interesante el modo como en otros muchos de sus relatos, la mayoría desconocidos –pienso ahora en La niña de María, El fiel Juan, Hermanito y hermanita, Los tres hombrecillos del bosque…-, trata temas muy presentes en la filosofía y el pensamiento de la época, como las tensiones entre el amor y el odio –como fuerzas cosmológicas, pero también psicológicas-, el papel combativo de virtudes como el valor y la curiosidad frente a la adversidad, o el valor de la amistad y la lealtad como vínculos que sobreviven a los poderes presentes corroyentes. Es muy interesante el modo como los hermanos Grimm plantean lo que en su tiempo, y antes que ellos, otros filósofos estaban tematizando con arduas y sesudas teorías sobre el ser humano y las emociones.
Todavía no ha llegado el segundo tomo, pero ha habido un cuento, o más precisamente, un fragmento que me ha llamado especialmente la atención. Es un cuento titulado Cuento del que fue a aprender lo que era el miedo. Trata de un hijo que, debido a una estupidez natural, y que a los ojos de su padre era minusvalorado frente a su hermano mayor, no podía comprender ni aprender nada. Sin embargo, y he aquí lo genial del cuento, este joven algo testarudo y falto de luces, por un afán natural de aprender a sentir el miedo –pues no podía hacerse una idea de lo que significaba la expresión “se me ponen los pelos de punta”-, termina envuelto en una situación por la que acaba viviendo en sus carnes el secreto del dolor, y del amor. De alguna manera, este joven personaje, por el que nadie daba un duro, descubre en él mismo lo que otros en una vida llena de sesudas y arduas reflexiones nunca llegaron a comprender:
“Ése es el problema del protagonista del
Cuento del que fue a aprender lo que era el miedo, un muchacho al que todo le
da igual porque desconoce lo que es el miedo. Hasta que termina casándose con
una princesa, y ésta, con ayuda de una de sus doncellas, le arroja por encima
un balde lleno de agua y de pececillos, que al moverse sobre su cuerpo le hacen
temblar por primera vez. Una cama empapada, un mundo de aletas y colas,
escalofríos, una novia que quiere jugar… Sea lo que sea lo que significa todo
eso, es indudable que tiene que ver con el amor. Por eso tiembla, porque no
sabe lo que le pasa ni lo que tiene que hacer, que es lo que suele sucedernos
cuando descubrimos que amamos a alguien.” (Gustavo Martín Garzo)
viernes, 23 de septiembre de 2022
Sueños
Una de las noches más deliciosas es aquella en la que las palabras se amontonan en lo inconsciente, cuando la consciencia baja la guardia, y de ellas aparecen sueños formados, que si de soles que aparecen en la noche, o de lunas que bajan a la tierra y puedes pasear en ellas. La noche es tiempo de descanso, de somnolencia, cuando los párpados caen y la vigilia se cierra con intermitencia. Pero es también tiempo de sedimentación, de generación, y de luz que no se puede clausurar. Así de clarividente era Victoria Cirlot en una entrevista que le hice sobre el asunto, publicada íntegramente la Revista Ábaco Nº 108/109, y que ahora ocuparán mis clases de Psicología:
P. Hablemos ahora de otro de los grandes misterios: los sueños. La luz del sueño es de una intensidad diferente a la luz de la vigilia. Es, además, una luz que no podemos apagar. Si la luz de la razón aporta inteligibilidad, ¿qué aporta la luz del sueño?
R. Estupenda la metáfora de la luz para entender lo que es el conocimiento. Siempre ha habido, y hay, conflicto de luces. Me vuelvo a referir al mito del grial. Cuando Chrétien de Troyes imaginó a su protagonista, Perceval, delante del cortejo del grial, lo sometió a un conflicto de luces: por un lado, los candelabros con las velas que iluminaban con gran intensidad la sala, pero por otro, el grial, que cuando apareció sostenido por una doncella hizo palidecer la luz de las velas, tanta era la claridad que arrojaba. Una luz natural se opone aquí a una luz sobrenatural. También existe una luz de la razón que puede oponerse a la luz del sueño, el reino en que la razón está suspendida. Para responder a su pregunta, diría que la luz del sueño también aporta conocimiento, como la de la razón, pero se trata de un conocimiento diferente, que tiene que ver con el sentimiento y las emociones.
P. Del sueño podría aplicarse aquello que dijo Epicuro de nuestra relación con la muerte: Mientras el sueño está presente yo no soy, y cuando yo estoy presente el sueño no es. Sin embargo, como la realidad de la muerte, el sueño nos afecta, nos incumbe, hasta el punto de llegar a elaborar todo tipo de filosofías sobre él, o utilizarlo como fuente de conocimiento –por ejemplo, en la técnica psicoanalítica-. ¿Cómo explica el hecho paradójico de que el sueño no vaya con nosotros y, al mismo tiempo, que nos afecte hasta el punto de querer asimilarlo a nuestras vidas?
R. Habría que añadir que cuando yo estoy presente el sueño no
es, "pero lo recuerdo". Quiero decir que aunque en realidad no soy
“yo” quien sueña, sino el sueño quien me sueña a mí (como se dice en lengua
alemana), queda la memoria. La vida onírica puede dejar en muchas ocasiones una
profunda huella en la vida de vigilia, y no resulta extremadamente difícil
lanzar los puentes entre una vida y otra. Integrar la vida onírica en la vida
de vigilia ensancha la realidad. En la vida onírica vemos otros mundos, todos
los elementos de la llamada realidad son combinados de otra forma (como en un
collage) y, sobre todo, sentimos de otra manera, a veces con una intensidad
desconocida en la vida diurna. Mi padre, Juan Eduardo Cirlot, le confesaba a
André Breton en una carta que en los sueños amaba de un modo mucho más intenso
que en la vida real. Pero quizás lo más interesante de todo sea adoptar la
mirada onírica en la vida despierta, esa que, como decíamos antes con Louis
Aragon, tiñe el mundo de color salmón. Giorgio de Chirico llamó ‘metafísica’ a
esa mirada que ve la realidad, incluso la más banal, envuelta en el misterio.
sábado, 17 de septiembre de 2022
Invitación a los hermanos Grimm
Una delicia el prólogo a los Cuentos completos de los hermanos Grimm que hace Gustavo Martín Garzo. Dibuja la esencia de la narración, de la búsqueda y el deseo.
"Sea lo que sea lo que
significa todo eso, es indudable que tiene que ver con el amor. Por eso
tiembla, porque no sabe lo que le pasa ni lo que tiene que hacer, que es lo que
suele sucedernos cuando descubrimos que amamos a alguien. Eso es un personaje
de cuento, alguien que tiembla. Y los personajes de los cuentos de los hermanos
Grimm lo hacen sin parar. También de frío, de miedo, de placer, de pena. Pero
¿acaso es posible otra cosa? No, porque la vida es deseo, y los deseos nos
llevan al encuentro con los demás, incluidos los miembros de las otras
especies; y por eso nos exponen, pues nos enfrentan a lo incierto y lo
desconocido de la vida y el mundo. Puede que nuestra razón no tenga mucho que
decir, por ejemplo, sobre el deseo, tan antiguo como el pecado original, de
comprender mágicamente la lengua de los animales, pero los cuentos empiezan
justo donde nuestra razón se detiene. Por eso son tan necesarios. Nos enseñan
que la vida está llena de reinos con los que el hombre ha roto sus relaciones y
que debemos explorar."
lunes, 29 de agosto de 2022
Nuevo curso. Vida nueva
El nuevo curso escolar se avecina como los
nacimientos, con la pereza de quien ha vivido un tiempo largo de sol y playa,
pero con
la ilusión temblorosa de quien no sabe con qué va a encontrarse. Y es que no
hay curso que sea viejo ni novedad que no se dé en curso. Desde que andamos en
esto de la enseñanza –aventura y búsqueda desde su inicio- no ha habido curso
que no haya encontrado su impronta, o estilo, por novedoso. Cada uno de los
dieciocho que llenan mi carrera profesional ha ido recorrido por un hilo que
casi se ha formado al principio y terminado al final. Un hilo con el que se han
tejido las ramas que luego compondrán hojas, ramillas y árbol entero. Ese hilo a veces lo ha compuesto un
grupo singular de alumnos, del que comenzamos asumiendo su tutoría y acabamos
tan entremezclados con sus vidas que salimos del curso con más amigos de
los que entramos. Otras veces el hilo se ha caracterizado por alguna de tantas
novedades legislativas que sacuden nuestra educación y entonces, desde el
comienzo, y todos los profesores a una, nos llenamos de tropezones y
trompicones para plantear cualquier iniciativa o saber qué decidir en las
reuniones. Hay años en los que uno ha tenido que estrenarse como Jefe de
Estudios, los más desafortunados, por decreto de Inspección –con eso de que
está en la función pública atender cuantas necesidades requieran los centros-,
y ya se sabe que el veranito, en lugar de ser de amigos y playa, lo será de deberes
e informes, como cuando de críos arrastrábamos alguna asignatura y con el Libro gordo de Petete o el de Santillana nos
marcaban un horario veraniego de repaso.
También
hay cursos en los que al comienzo, muy al comienzo, ocurre algo, diríamos que insólito,
sorpresivo, increíble. Quizá el comportamiento extraño de algún adolescente, de
esos que desbaratan cualquier tentativa de comprensión de los equipos
orientadores, o una idea genial de algún lumbrera, fuera de tiempo, propio de
aventajados, que aviva nuestro cuerpo neuronal y ya hay materia de reflexión
para el resto del curso. O quizá al poco se presenta un compañero o compañera de
trabajo de una categoría moral excepcional, que rebosa generosidad por su
brillo empático e intelectual y sabes que ganarás el curso si logras su amistad.
Sí, los amigos de la verdad son los mejores compañeros.
El
caso es que el nuevo curso es siempre aventura, tejimiento y crecimiento, para
profesores, equipos, padres y alumnos. Y ahora, mientras damos los últimos
coletazos de diversión y nos zambullimos buscando los últimos restos de verano,
todos y a una nos preparamos para ver qué nos deparará eso que, de inicio,
llamamos nuevo curso escolar.
jueves, 25 de agosto de 2022
Suelos movedizos
Sigue
siendo válida la tesis que a comienzos de siglo enunciara el norcoreano
Byung-Chul Han en su ya célebre La
sociedad del cansancio. Recuerdo que cuando leí la traducción que llegó a
España enseguida lo recomendé a colegas y amigos por la claridad y lucidez de
sus palabras. Es verdad que tiene algo de producto comercial, de panfleto
político (apenas son cuarenta páginas), pero sin duda dice algo que, desde
entonces, se ha agudizado en nuestras sociedades hiperconsumistas: el
trabajador de hoy quiere trabajar más, y más concienzudamente. Como sin
pretenderlo se ha convertido él mismo en el verdadero sujeto de rendimiento decidido a explotarse
a sí mismo. La explotación del trabajador que tan bien clarificó Marx se traduce ahora en autoexigencia y autoexplotación. En muchas ocasiones, es uno mismo quien se impone los niveles tan
altos de exigencia a los que estamos habituados.
Lo llamativo del asunto no es que se
produzca, sino el hecho de que sea extensible a todos los ámbitos de la vida.
También el tiempo de ocio se ve afectado por esta autoexigencia de rendimiento,
como tan bien refleja la nueva oleada de publicaciones que, desde la crítica
social –muy recomendable Esperando a los
robots, del sociólogo francés Antonio A. Casilli-, pone en evidencia el engaño que hay detrás de formas aparentes de ocio consistentes en entrenar y regular concienzudamente las inteligencias artificiales que invaden nuestro espacio,
y ofrece una mirada crítica de la realidad que se esconde bajo la máscara de la
libertad de uso y consumo de los productos digitales: la explotación que se imponen miles de personas
con sueldos de subsistencia -cuando los hay-, y sometidos a la gestión algorítmica de las
plataformas. En este contexto, también labores vocacionales como la
enseñanza, que se les supone impregnadas de aventura, riesgo y deseo, están siendo más dictadas por verdaderos burócratas y gestores del conocimiento,
reducidos a información y conducidos por canales que se ajustan a los nuevos
lenguajes algorítmicos. Cada vez veo más en el panorama que a comienzos de
siglo dibujaba Byung-Chul Han suelo movedizo que nos va engullendo sin pretenderlo.