En esta
mañana de lunes, sin vosotros, pero llenándome de nuevos estímulos para el
próximo curso, releo una obrita muy recomendable de Friedrich Nietzsche,
titulada Sobre verdad y mentira en
sentido extramoral. En unas pocas páginas, amables además, Nietzsche, cuyo
nombre aprenderéis a escribir sin titubear, evidencia la naturaleza vanidosa y
engreída del ser humano, que lo ha llevado a construir toda una tradición de
pensamiento -esa que se inicia con Sócrates y Platón- basada en la presunción
de que la realidad está ahí para ser conocida y dispuesta para ser
transformada. Es la misma presunción que muestran Adán y Eva cuando ya han
comido del fruto del conocimiento del bien y del mal, y que les lleva a pensar
-ilusamente- que pueden y deben esconderse de los ojos de Dios. Es la soberbia
cegadora y engañadora. Diríamos que hemos comido de un veneno que ha inflado
nuestro ego hasta no poder ver más allá de él. ¿Será que el fruto del
conocimiento del bien y del mal nos engañó hasta tal punto de crearnos una sensación
permanente e insustituible de ser el centro del universo, queriendo incluso ver
a Dios como aquel de quien ahora debemos escondernos?

“Este arte
de la ficción llega a su cima en el ser humano: aquí el engaño, la adulación,
la mentira y el fraude, las habladurías, la hipocresía, el vivir de lustres
heredados, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, el teatro ante
los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante en torno a
la llamada de la vanidad es hasta tal punto la regla y la ley, que casi no hay
nada más inconcebible que el modo en el que haya podido introducirse entre los
hombres un impulso sincero y puro hacia la verdad (...) En realidad, ¡qué sabe
de sí mismo el hombre! ¿Sería capaz de percibirse por completo, aunque sólo
fuese por una vez, tendido como en una vitrina iluminada? ¡Acaso no le oculta
la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso sobre su propio cuerpo, para
así, al margen de las circunvoluciones de los intestinos, del rápido flujo de
las corrientes sanguíneas y de los intrincados estremecimientos de sus fibras,
recluirle y encerrarle en una conciencia orgullosa y embaucadora!”