sábado, 17 de noviembre de 2007

La consciencia como factor liberador

Mencioné en un post anterior la reciente publicación de El nihilismo de Franco Volpi (Siruela, 2007) Este ensayo ilustra con acierto el origen histórico de la idea de 'nihilismo' y sus diferentes interpretaciones tanto literarias como filosóficas. Volpi sitúa la primera concepción filosófica que puede calificarse de 'nihilismo' en la obra de Johann Caspar Schmidt (más conocido como Max Stirner, seudónimo con el que sus amigos le apodaron debido a su amplia frente, en alemán Stirn) La obra de este filosófo que aglutina su pensamiento lleva por título El Único y su propiedad (Valdemar, 2004) En ella prefigura algunas de las intuiciones más geniales de su coetáneo Friedrich Nietzsche, quien no sólo no le menciona en sus obras, sino que además reconoció su temor a que un día le acusaran de haberle plagiado. El nihilismo que se deriva del lema de Stirner, 'Yo no he fundado mi causa sobre nada', no está basado en una afirmación filosófica de la Nada, sino en la negación y el rechazo de toda causa que trascienda la existencia propia e irrepetible de cada individuo concreto. El Único de Stirner rechaza todo modo de vida que se base en el seguimiento de cualquier ideal trascendente a Él mismo. De hecho, gran parte de su obra, es una denuncia implacable y severa contra todo sistema filosófico o movimiento cultural que, como el hegelianismo o la Ilustración, ensalzan valores e ideales trascendentes a la propia persona singular. La crítica de Stirner es clara: el esfuerzo de una vida por materializar un ideal (sea cual sea éste) no sólo es vano (un ideal por su propia naturaleza es inmaterializable), sino que aleja al ser humano de su verdadero derecho a la libertad.
Stirner toma plena consciencia de que una ideología no es más que un conjunto de metáforas, de conceptos y giros gramaticales, sobre el cual el hombre ha proyectado sus más sublimes ¿o ridículas? expectativas y ha erigido como guía de su vida. El acto por el que el Único se desembaraza de la ideología, de las creencias que la sostienen y del modo de vida que la secundan, pasa por tomar consciencia de la naturaleza metafórica, humana, antropomórfica de dichos ideales. El Único, el que vive sólo para sí mismo, secundando sus deseos, intereses y apetencias personales, y no ya los de un Otro (Dios, Humanidad, Estado...) inexistente en cuanto ser para sí, es Único desde el momento que se sabe Único y toma consciencia de que aquellas proyecciones e ideales formaban parte de él y de sus deseos también egoístas: "Se dice de Dios: Ningún nombre puede nombrarte. Esto vale para mí: ningún concepto me manifiesta, nada de cuanto se indica como mi esencia me satisface: son sólo nombres (...) Propietario de mi poder soy yo mismo, y lo soy en el momento en el cual sé ser único. En el Único el propietario vuelve a entrar en su nada creadora, de la cual ha nacido. Todo ser superior a mí mismo, sea Dios o el hombre, debilita el sentimiento de mi unicidad y empalidece apenas reluce el sol de esta conciencia mía. Si yo fundo mi causa sobre mí, el Único, ella se apoya sobre el efímero, mortal creador de sí que a sí mismo se consume, y yo puedo decir: he fundado mi causa sobre nada." (Stirner, 1972:412, cursiva mía)
La consciencia es, pues, el factor liberador de toda exigencia y tarea que se encomienda al hombre desde valores e ideales inventados por él mismo. Es la consciencia lo que nos devuelve a la libertad y a la posibilidad de apropiarnos de nuestros poder y de nuestros actos. El enemigo fundamental de toda ideología no es, por tanto, ninguna otra ideología de pretensiones opuestas, sino la consciencia misma, el acto por el cual toma cada hombre consciencia de que su ideología, su existencia y poder, dependen en último término de sí mismo.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Porque creemos aún en la gramática

A aquellos alumnos, y en general a las personas interesadas, que sienten cierta curiosidad por conocer el pensamiento de ese filósofo cuyo nombre resulta tan difícil de escribir, me refiero naturalmente a Friedrich Nietzsche, os recomiendo la lectura del fabuloso ensayo de Fernando Savater Idea de Nietzsche (publicado en Ariel, 2007), que seguro cautiva a especialistas incluidos.
Os dejo aquí uno de los fragmentos de El ocaso de los ídolos que intercalan las páginas de este ensayo y que tan bien ilustra la lucha ¿metafísica? de Nietzsche contra la idea misma de 'ser', que tanto da que hablar:
"Nada posee tan ingenua fuerza de persuasión como el error del ser; tal como fue, por ejemplo, formulado por los eleáticos; tiene en su favor cada palabra, cada período que pronunciamos. Los mismos adversarios de los eleáticos sucumbieron a la seducción de su concepto del ser; Demócrito, entre otros, cuando encontró su átomo... La 'razón' en el lenguaje: ¡oh, qué vieja hembra engañadora¡ Yo creo que no nos vamos a desembarazar de Dios porque creemos aún en la gramática." (cursiva mía)

sábado, 27 de octubre de 2007

Schrödinger y el nuevo lema

Cuando el Premio Nobel de Física Erwin Schrödinger comunicó a sus colegas su intención de abandonar provisionalmente sus investigaciones en mecánica cuántica a mediados del siglo pasado, ninguno de ellos podía creerse que la razón de ello fuera un deseo del físico de retornar al conocimiento de los primeros científicos como Protágoras, Parméndies o los pitagóricos. Sus colegas se sintieron desconcertados ante la nueva inlinación intelectual del físico astruiaco y éste se vio en la necesidad de justificar su nueva inclinación. Por ello en 1948 publicó unas Conferencias que 'Metatema' edita con el título de La naturaleza y los griegos, una obrita ciertamente recomendable para los deseosos de conocer los motivos que animaron en Occidente el nacimiento de la ciencia.

El físico austriaco, al comienzo de dichas Conferencias, aclara que su interés por conocer la historia de la ciencia obedede a un deseo de descubrir las causas de la crisis que por entonces padecía la física y, sobre todo, a un intento de delimitar el papel de la ciencia en la comprensión del ser humano y del mundo. Schrödinger reniega del cientifismo que invade la ideología del momento y que arrincona otras formas de conocimiento como la metafísica, la epistemología, la estética o la filosofía moral en la tarea de llegar a una comprensión global del ser humano y del mundo. El impulso del científico de leer a los clásicos obedece por tanto a un deseo de descubrir los presupuestos de la investigación científica desde sus comienzos con el fin de entender las razones de esa actual ideología cientificista tan equivocada y abominable.
Examinando las ideas de los pitagóricos, de la cultura jónica, a filósofos y científicos como Protágoras y Parménides, ensayos de sus numerosos comentaristas, Schrödinger concluye que uno de los presupuestos fundamentales que subyace y anima la actividad científica en dichas escuelas se resume en el lema de excluir la persona que comprende (el sujeto de conocimiento) de la representación racional del mundo que se va a construir (el otro gran presupuestos sería la asunción de que el mundo puede ser entendido) La falta de consciencia de dicha exclusión, argumenta el físico, se traduce y refleja en el intento de conocer el sujeto en el seno mismo de la imagen material del mundo bajo la forma de un alma o de una psique. Lo notorio, concluye Schrödinger, es que ese mal hábito de excluir el sujeto del conocimiento de la construcción científica de la realidad, adquirido y practicado durante siglos por los científicos hasta el día de hoy, conlleva a la falsa creencia de que la ciencia, la construcción científica de la realidad, permite un conocimiento completo del hombre y del mundo y explica, por otra parte, las constantes discordias entre científicos y metafísicos. Por tanto, sólo una consciencia de los límites de la ciencia puede hacernos entender, por un lado, las deficiencias de la ciencia actual y, por otro, la necesidad de acudir a la epistemología, a la estética, a la ética, a la metafísica, e incluso a la religión para una comprensión global del hombre (en el repertorio de Schöringer queda fuera la poesía y el arte en general, aunque se desconoce si intencionadamente)
Resulta fácil de entender la manera como ese mal hábito ha ocasionado el abandono de otras formas de conocimiento alternativas a la ciencia. Ésta, en su intento de describir y comprender la naturaleza, simplifica el problema al que se enfrenta. De forma inconsciente, el científico simplifica dicho problema al ignorar (o desconectar de la imagen del mundo a construir) su propia personalidad, su persona en cuanto sujeto que conoce, por lo que ésta deja de ser problema. Piénsese, como lo hizo fabulosamente Kant, que los mecanismos del conocimiento pueden ser considerados como elementos integrantes del mundo material, pero también como elementos constituyentes de la mente, de ahí que junto a las ciencias empíricas sea necesaria una ciencia del conocimiento humano cuyo problema sea justamente averiguar dichos elementos. Por otra parte, advierte Schrödinger, con enorme dificultad podemos pensar ambas cosas al mismo tiempo: o bien reconstruimos lo que percibimos, con lo cual quedamos fuera en tanto sujetos conocedores, o bien nos miramos a nostros mismos a fin de hallar esos mecanismos que posibilitan el conocimiento científico, y entonces queda fuera el mundo observado.
Por tanto, este mal hábito, que implica el olvido del sujeto y de sus condiciones posibilitantes del conocimiento para una comprensión global del ser humano, es lo que a juicio del físico explica que la visión científica no contenga en sí misma valores éticos, ni estéticos o epistemológicos, y hace por tanto necesario contar de nuevo con esas disciplinas en la construcción científica de la realidad.

jueves, 25 de octubre de 2007

Sentidos de 'lo infinito'

Os prometí un post sobre 'lo infinito' y con ocasión de ello se me ha ocurrido introduciros en algunas ideas que trabajaréis durante el curso que viene:
Se ha pensado mucho (y se sigue haciendo) sobre el origen de la idea de 'infinito'. Han sido numerosos los momentos de la historia del pensamiento occidental en los que se ha debatido la cuestión del origen de esta idea, por otra parte, muy ligada a la idea del Dios cristiano. Algunos filósofos, como el racionalista René Descartes, pensaron que se trataba de una idea innata, constitutiva de la razón, una propiedad de ésta que había sido ahí puesta por Dios para posibilitar en última instancia una fe inquebrantable en el conocimiento científico. Otros, como el empirista John Locke, pensaron que se trataba únicamente de un concepto surgido de la combinación de la idea de 'finito' y de su 'negación', y que éstas habían sido aprendidas de la experiencia sensible (un reto para los empiristas consiste en explicar cómo puede formarse la idea de 'negación' a partir de la experiencia sensible, si ésta no hace más que proporcionar información positiva)
En cualquier caso, pensad que para que cualquier debate filosófico o científico pueda llegar a buen término y florecer en una explicación satisfactoria (al menos provisionalmente) es necesario definir rigurosamente los conceptos con los que se trabaja y aclarar el sentido que se les está dando. De otra forma se llegará a malentendidos y el esfuerzo habrá resultado vano. En concreto, el concepto de infinito se ha entendido de muy diversas maneras. Por ejemplo, en los albores del pensamiento griego (pienso en Jenófanes, Anaxágoras, o Anaxímenes) se entendía como lo 'indefinido', lo que no es definible, porque carece de determinación, porque no está determinado; otros filósofos durante el Helenismo (Epicuro, por ejemplo) atribuyeron al Universo la propiedad de ser infinito, entendiendo ese Universo infinto como 'lo ilimitado', lo que carece de límites, pero no porque tenga una extensión inabarcable, sino porque por definición el Universo (o 'todo cuanto hay') no puede tener límites que lo separen y distingan de cualquier otra entidad (si tuviera esos límites ya no sería el Universo, en todo caso una parte de él)
Pero esto es sólo una pequeña muestra de algunas ideas relativas a este concepto que tanto interés y fascinación sigue suscitando.

lunes, 22 de octubre de 2007

Franco Volpi y el nihilismo

Aprovecho este momento para anunciaros un ensayo recién publicado del ensayista y profesor de filosofía Franco Volpi, que actualmente trabaja en la Universidad de Padua. Lleva por título El nihilismo (Siruela, Madrid, 2007, 219 págs) y por lo que sé de alguna reseña que he leído realiza un análisis conceptual e histórico del concepto de 'Nihilismo' que puede resultar interesante. Este pensador es un gran conocedor de la obra de filósofos como Nietzsche, Heidegger y Jünger. Sobre este último también ahora se han reeditado las conversaciones que F. Volpi y A. Gnoli mantuvieron con el escritor alemán y decidieron publicar con el título Ernst Jünger, Los titanes venideros, Ideario último recogido por A. Gnoli y F. Volpi (Península, Barcelona, 1998, 140 páginas.) Interesante ensayito para introducirse en el pensamiento de Jünger.

domingo, 7 de octubre de 2007

Educación y nuevos ciudadanos

Os dejo aquí un ya célebre artículo que publicó no hace mucho el filósofo y escritor español Fernando Savater justificando la conveniencia para la sociedad española de la introducción de la nueva asignatura Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos. En síntesis, la razón fundamental que el pensador da para justificar la necesidad de dicha asignatura es que es un deber moral del Estado instruir en valores morales a sus ciudadanos para permitir y fomentar un marco de convivencia democrático y plural. De lo que se trata es de fortalecer una educación que prepare y conciencie a los futuros ciudadanos de los principios que deben imperar en países, como el nuestro, democráticos; algo similar a lo que en otro tiempo trataron los filósofos sofistas, aunque en un contexto muy diferente. El tiempo dirá si este tipo de iniciativas logrará resultados, ¿vosotros qué pensáis?
El artículo de Fernando Savater que a continuación se reproduce íntegro fue publicado por EL PAÍS el 12/08/2006.

"Aunque el trazo grueso y la exageración truculenta son el pan nuestro de cada día en los comentarios políticos de los medios de comunicación españoles, las descalificaciones que ha recibido la proyectada asignatura de Educación para la Ciudadanía superan ampliamente el nivel de estridencia habitual. Los más amables la comparan con la Formación del Espíritu Nacional franquista y otros la proclaman una "asignatura para el adoctrinamiento", mientras que los feroces sin complejos hablan de "educación para la esclavitud", "catecismo tercermundista" y lindezas del mismo calibre. Muchos convienen en que si entra en vigor esta materia, el totalitarismo está a la vuelta de la esquina: como una imagen vale más que mil palabras -en especial, para los analfabetos, claro-, el suplemento piadoso Alfa y Omega del diario Abc ilustraba su denuncia de la Educación para la Ciudadanía con una fotografía de un guardia rojo enarbolando el librito también bermejo del camarada Mao. En fin, para qué seguir.

Con tales planteamientos, no puede extrañar que algunos clérigos y otros entusiastas recomienden nada menos que la "objeción de conciencia" docente contra semejante formación tiránica (desde que no hay leones en la arena, los voluntarios para el martirio se van multiplicando). Quienes abogamos desde hace años profesionalmente -es decir, con cierto conocimiento del tema- por la inclusión en el bachillerato de esta asignatura que figura en los programas de relevantes países democráticos europeos podríamos sentirnos ofendidos por esta retahíla de dicterios que nos pone quieras que no al nivel abyecto de los sicarios propagandistas de Ceaucescu y compañía. Pero lo cochambroso y raído de la argumentación empleada en estas censuras tremendistas demuestra que su objetivo no es el debate teórico, sino el más modesto de fastidiar al Gobierno y halagar a los curas integristas, por lo que haríamos mal tomándolas demasiado a pecho.

La objeción más inteligible contra esta materia viene a ser que el Estado no debe pretender educar a los neófitos en cuestiones morales porque ésta es una atribución exclusiva de las familias. Como ha dicho monseñor Rouco, la asignatura culpable no formaría a los estudiantes, sino que les transmitiría "una forma de ver la vida", que abarcaría "no sólo el ámbito social, sino también el personal". Francamente, no me resulta fácil imaginar una formación educativa que no incluya una forma de ver la vida, ni una educación de personas que omita mencionar la relación entre la conciencia de cada cual y las normas sociales que comparte con su comunidad. Pero de lo que estoy convencido es de que la enseñanza institucional tiene no sólo el derecho sino la clarísima obligación de instruir en valores morales compartidos, no para acogotar el pluralismo moral, sino precisamente para permitir que éste exista en un marco de convivencia. Los testigos de Jehová tienen derecho a explicar a sus hijos que las transfusiones de sangre son pecado; la escuela pública debe enseñar que son una práctica médica para salvar vidas y que muchas personas escrupulosamente éticas no se sienten mancilladas por someterse a ellas. Los padres de cierta ortodoxia pueden enseñar a sus hijos que la homosexualidad es una perversión y que no hay otra familia que la heterosexual; la escuela debe informar alternativamente de que tal "perversión" es perfectamente legal y una opción moral asumible por muchos, con la que deben acostumbrarse a convivir sin hostilidad incluso quienes peor la aceptan.

Los alumnos deben saber que una cosa son los pecados y otra los delitos: los primeros dependen de la conciencia de cada cual; los segundos, de las leyes que compartimos. Y sólo los fanáticos creen que no considerar delito lo que ellos tienen por pecado es corromper moralmente a la juventud. Por otro lado, es rotundamente falso que la moral sea un asunto estrictamente familiar: no puede serlo, porque nadie vive solamente dentro de su familia, sino en la amplia interacción social, y no serán sólo sus parientes quienes tengan que soportar su comportamiento. Hace tiempo escribí que las democracias deben educar en defensa propia, para evitar convertirse en semillero de intransigencias contrapuestas y de ghettos incomunicados de dogmas tribales. Nada veo hoy en España ni en Europa que me incline a cambiar de opinión.

Resulta verdaderamente chocante que la oposición considere la Educación para la Ciudadanía un instrumento doctrinal que sólo puede beneficiar al Gobierno. Deberían ser los más interesados en preparar futuros votantes bien formados e informados que no cedan a seducciones demagógicas. En un artículo que analiza muy críticamente la situación política actual en nuestro país ("Cómo se estropean las cosas", Abc, 18/7/06), Álvaro Delgado-Gal se pregunta: "¿Estamos los españoles educados democráticamente? La pregunta es pertinente, ya que la buena educación democrática no se adquiere así como así, ni florece, como las malvas, en terrenos poco trabajados". No parece por tanto que tronar contra la asignatura que pretende remediar estas carencias sea demasiado lógico.

Al menos los críticos deberían distinguir entre la necesidad de este estudio, que es evidente, y la orientación temática que finalmente reciba, sobre la que puede haber mayores recelos y objeciones. En cualquier caso, la menos válida de éstas es sostener que cada familia tiene el monopolio de la formación en valores de sus vástagos... mientras se expresa preocupación por la posible apertura de escuelas de orientación islámica en nuestro país. O nos preocupa el silencio de Dios o nos alarma el guirigay de los dioses, pero todo a la vez, no. Los mismos que reclaman homogeneidad entre los planes de estudio de las diferentes autonomías no pueden negar al ministerio su derecho a proponer un común denominador ético y político en que se base nuestra convivencia. También por coherencia, quienes exigen a Ibarretxe que sea lehendakari de todos los vascos y no sólo de los nacionalistas no deberían censurar que Gallardón se comporte como alcalde de todos los madrileños y no sólo de los heterosexuales. Por lo tanto, produce cierta irritada melancolía que el líder de la oposición, tras una conferencia en unos cursos de verano dirigidos por el cardenal Cañizares, afirmase (según la prensa) que "la laicidad y la Educación para la Ciudadanía llevan al totalitarismo". Vaya, hombre: y seguro que la electricidad y el bidé son causantes de la decadencia de Occidente.

Sin duda, hay muchos malentendidos en torno a la asignatura polémica que deberán ser cuidadosamente discutidos. Como vivimos en una época enemiga de las teorías, cuyo santo patrono es Campoamor ("nada es verdad ni mentira, todo es según el color..., etc."), es de temer que predomine ante todo el afán práctico de lograr comportamientos recomendables. Pero a mi juicio, la Educación para la Ciudadanía no debería centrarse en fomentar conductas, sino en explicar principios.

Para empezar, en qué consiste la ciudadanía misma. Podríamos preguntárselo a los inmigrantes, por ejemplo, pues lo que vienen a buscar en nuestros países -sean más o menos conscientes de ello- no es simplemente trabajo ni aún menos caridad o amparo, sino precisamente ciudadanía; es decir, garantía de derechos no ligados a la etnia ni al territorio sobre los que poder edificar su vida como actores sociales. Los neófitos oyen hablar a todas horas de las carencias de nuestro sistema, pero no de sus razones ni de la razón de sus límites. La ciudadanía exige constituir un "nosotros" efectivo que no sea "no a otros", por utilizar el término propuesto antaño por Rubert de Ventós. Ser ciudadano es estar ligado con personas e instituciones que pueden desagradarnos: obliga a luchar por desconocidos, a sacrificar nuestros intereses inmediatos por otros de gente extraña pero que pertenece a nuestra comunidad, y a asumir como propias leyes que no nos gustan (por eso es imprescindible intervenir en política, ya que luego el "no en mi nombre" es un subterfugio retórico y equívoco). Vivir en democracia es aprender a pensar en común, hasta para disentir: algo que con la moda actual de idolatrar la diferencia no resulta precisamente fácil ni obvio.

No soy de los que dan por hecho el despedazamiento de España a corto plazo, pero la verdad es que también veo apagarse más luces de las que se encienden. Con una izquierda cautiva de los nacionalistas y una derecha cautivada por los obispos, la imbecilización política del país es más que probable. Afortunadamente, gran parte de la ciudadanía no se siente obligada al cien por cien a alinearse con unos o con otros. Hay votantes del PSOE que consideran injustificable la mesa de partidos que nadie se molesta en justificar y votantes del PP que prefieren el teléfono móvil a las palomas mensajeras, a pesar del comprobado parentesco de éstas con el Espíritu Santo. A los hijos de todos estos relapsos les vendrá muy bien aprender Educación para la Ciudadanía, aunque no sea la panacea mágica de nuestros males. Para tantos otros, ay, llega la asignatura demasiado tarde. "

FERNANDO SAVATER. Catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

domingo, 30 de septiembre de 2007

Sed de justicia

Se ha dicho que Sed de mal (1958) es una película sobre la traición, y es que los personajes se traicionan unos a otros sin importarles el sentido de la ley, de la integridad, de la amistad: Orson Welles encarna el detective Hank Quinlan, tachado de corrupto y de padecer un incurable alcoholismo, cuyos métodos policiales más que dudosos son fatalmente descubiertos por su fiel amigo (Akim Tamiroff); el policía Mike Vargas (Charlon Heston) traiciona los procedimientos administrativos y policiales para obtener pruebas que inculpen los métodos utilizados por el detective Quinlan en sus investigaciones; éste transforma a su conveniencia los escenarios del crimen añadiendo pruebas falsas para culpar a los criminales... Indudablemente la traición, tema fetiche en la filmografía de Orson Welles, está muy presente en el desarrollo de la cinta.
En la entrevista que el director neoyorkino Peter Bogdanovich realiza a Orson Welles en Ciudadano Welles (Grijalbo Mondadori S.A. Barcelona, 1995), éste declara que el personaje del detective Quinlan actúa en todo momento desde fuera de los dominios de la ley - la que regula la sociedad, se entiende - porque sólo así puede llevar a cabo sus investigaciones con éxito. Este personaje, en efecto, se otorga el derecho a juzgar de culpables a los presuntos sospechosos basándose en el sola fuerza de su intuición. Quinlan se guía por la intuición, dejando a un lado las reglas del juego policial públicas. Se sitúa al margen de éstas. Se erige por tanto como monarca supremo en un mundo en el que los derechos y deberes no tienen para él ninguna significación, no le atan ni vinculan a nada, tan sólo pueden favorecerle o entorpecerle. Es su intuición y no otro el único criterio del que hace uso para juzgar sin miedo a errar a los sospechosos. Y por un fiel sentido de la justicia hace todo lo posible para incriminar a los sospechosos que cree culpables, manipulando y tergirversando pruebas, ya que los procedimientos ordinarios de la justicia común resultan en muchas ocasiones insuficientes para culpar a los sospechosos.
La película deja claro que la experiencia y la intuición de Quinlan son armas más poderosas y eficientes que los métodos policiales usuales a la hora de inculpar con éxito a los criminales. En este sentido queda claro que el detective contribuye a los fines últimos de la ley y al bien de la sociedad, pero incumpliendo con ello el conjunto de las leyes que regulan la vida de los ciudadanos, criminales o no. Enseguida por tanto se plantea el problema de la legitimidad del uso de estas armas y de su validez, de si debe ser castigado (como al final ocurre) o no este personaje que actúa de acuerdo a los fines de la ley por medio de procedimientos prohibidos. En este caso, ¿el fin justifica los medios?