miércoles, 9 de enero de 2008

Belleza y Melancolía

Os presento aquí una honda reflexión de un nuevo colaborador que se ha comprometido a dedicar su tiempo a avivar este soplo de conocimiento. Es el Dr. Miguel Porcel y, como puede intuirse por el estilo y la temática tratada, ejerce de psiquiatra y psicoanalista en la actualidad.

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Me permitiré, siguiendo las leyes ortográficas que dan con cada minúsculo rasgo de escritura un valor distintivo de palabra, hablar de la Belleza y de la belleza. No hay que adjudicar un distintivo de grado a cada una de ellas, la cosa no va de más a menos ni en el significante ni en el significado.
Llamaré Belleza a aquello que se aparece como tal, al encuentro "accidental" con ella, encuentro que provocará unos efectos concretos que vamos a señalar. Guardaré el término belleza para lo que define una meta concebida por alguien pretendidamente creador, el artista por ejemplo, que pone en marcha un conjunto de operaciones para materializar tal fin.
Así, tenemos:
Belleza: aparecida, revelada, encontrada, re-encontrada.
Y belleza: la que buscada por el creador se logra en su obra.
Es decir, Belleza como algo que existe sin necesidad de nuestras capacidades para construirla o reconstruirla al menos en un sentido material, y belleza como obra fabricada, bien sea con la materia material o con la del espíritu mismo.
Aparecerán preguntas, la más elemental es si ambos conceptos son identificables, si funcionan en un contexto determinado del mismo modo o si, por el contrario, lo hacen siempre según una función específicamente asignada a cada una de ellos.
Se entenderá que la Belleza escapa, a priori, a un proceso previsto, pensado, de construcción, lo que forzosamente la desanuda de un tiempo y lugar determinados. Así, por el contrario, la belleza encierra un logos social, si acaso sea porque ha sido concebida y realizada en una red forzosamente social de la que el creador está formando parte, aunque pudiera estar en ella atrapado a su pesar.
Consecuentemente, la belleza es sometida a la crítica, nunca la Belleza.
Podemos no sólo criticar la belleza con la que hemos quedado citados a una hora y en un lugar precisos, sino también compararla, clasificarla, afirmarla y negarla. Es, a fin de cuentas, un objeto, un bien dentro de la serie de los bienes que nos proveen de bienestar.
Pero volviendo a la pregunta inicial, podemos ver que un objeto cualquiera, o una representación, funciona como Belleza en un encuentro con un observador, aun cuando pueda ser un objeto hecho con la pretensión de realizar belleza: la Belleza puede, pues, aparecerse a través de una obra de arte. Bien es cierto que ambas no son la misma cosa, y si coinciden no será sino mero accidente, aunque ciertamente deseable para el creador de la obra: La obra de arte bella no reclama automáticamente la aparición de la Belleza. Ésta apelará a un tercero a quien pueda revelársele, siempre fuera de los cálculos de ese segundo que es el creador. Nunca va a ser este encuentro, si ocurre, universal, sino particular. Aunque un crítico quede señalado por la revelación de Belleza que una obra cualquiera ha posibilitado, no conseguirá, ni con su entusiasmo ni con sus estudios eruditos transmitir su experiencia a todos sus lectores, aunque estén muy predispuestos a vivirla y deseosos de ese encuentro.
La Belleza aparecida al espectador a través de la obra bella se le revelará de un modo inefable, ácrata y único, sin un modo ni porqué que queden explicados con los saberes técnicos necesarios para diseccionar hasta el límite una obra de arte.
La Belleza no es consecuencia de un saber técnico sino que produce una conmoción en los aleatorios saberes que pueda guardar alguien a quien se le revela.
La belleza, en tanto objeto, solo es adquirida mediante una técnica, aun cuando al interrumpirse tal técnica posibilita ese cambio de belleza en Belleza, cambio que está fuera de cualquier entendimiento porque no se trata de metamorfosis alguna sino de distinto plano de función, esto es del paso de objeto (la belleza creada) a Sujeto (la Belleza aparecida). Tal paso de función, una obra de arte que de objeto de belleza pasa a ser Belleza, no significa una transubstancialización real, como se entenderá, sino una operación simbólica, y, en consecuencia, está más allá de la realidad del artefacto y del artífice, tal paso crea al alma, podemos decir para aunar conceptos universales.
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La Belleza como sujeto. La belleza como objeto, aun cuando ésta tenga la posibilidad de funcionar, a través de ese encuentro fortuito que no depende de cálculos sabidos y conscientes, para alguien determinado como Sujeto, como Belleza, pues.
Si el artista funciona como sujeto, lo mismo que el crítico y el espectador (entendido como trabajador de la mirada), aquel a quien se revela la Belleza lo hace como objeto, debiendo entender cada función como cambiante en un logos exclusivamente simbólico.
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La belleza produce satisfacción al sujeto que queda justificado por su logro.
La Belleza hiere al objeto (al espectador) que queda suspendido en un instante por la melancolía.
Se trata de un instante definitivo.
La belleza trata de colmar un proyecto que se basa en una falta consubstancial al creador, y en consecuencia, responde a la lógica de un encuentro gozoso, manifiestamente material y materno. Fecundante y generador. Generatriz, más bien.
La Belleza se le aparece a alguien que funcionando hasta ese encuentro como un sujeto más, queda desalojado de sus atributos, anclado entonces a una función de no ser sino puro objeto de aquélla. Ese encuentro pone de manifiesto, sin utilizar redes sintácticas conscientes, el estado de pérdida que habita en lo más profundo del ser de dicho sujeto (que deja de serlo).
La Belleza aparece como retorno de lo que en un momento (mítico) fue y que siempre dejó de ser, a su vez.
Es el encuentro, el hallazgo, el reencuentro con lo inevitablemente perdido.
La Belleza reaparece en un solo instante de revelación y deja de ser en el mismo instante, lo que significa una cruz de pérdida en la cara misma del placer más sublime.
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Doble operación: la Belleza nos lleva de ser sujetos a ser objetos de no se sabe qué. A la vez produce el encuentro que nos conduce a una pérdida que nunca nos ha abandonado y que nos habita siempre a lo largo de nuestra la historia.

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Después de la Belleza queda el recuerdo, o el olvido, quedan los despojos, con mucha frecuencia transformados después en obras de belleza, plástica, poética, musical. O permanecen como puros y meros recuerdos del instante íntimo que nunca volverá a existir. Nunca. Se trata de un encuentro con la misma irreversibilidad que la muerte, aun cuando deje recuerdos compensatorios u olvidos, a menudo fecundos, que siempre perduran y hacen posible construir, como ya hemos señalado, universos artísticos, públicos o privados que vale la pena habitar.

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Respecto a la mirada:
Nosotros miramos la obra que encierra belleza.
La Belleza nos mira, es ella la que nos mira sin posible apelación, nos sorprende, generalmente nuestros ojos se muestran evasivos en ese encuentro.
Aunque la Belleza pueda mirarnos repetidas veces, aunque sea siempre desde el mismo objeto bello donde ella se aparece, cada ocasión es única. Nunca nos mira dos veces, sólo lo hace en un instante único.
Es cierto, sin embargo, que ante aquel objeto (un poema, un cuadro, una pieza musical, un paisaje, unos ojos, un olor a tierra mojada) que nos reporta encuentros frecuentes, y únicos, con la Belleza vamos creando una familiaridad que nos lleva a hacerla más soportable. Sin duda llegamos a amar ese real al que ya conocemos por su nombre.
El encuentro es inapelable, pero su frecuencia en el tiempo permite nombrar a la Belleza que encierra el objeto.
Es un real nombrado, en consecuencia amado.
Es la historia, que tejemos, de amor con ello, con la Belleza a su través. Es, ciertamente, una historia de amor, pero ¿qué amor? ¿Qué somos nosotros para ella? ¿Qué podemos darle a quien nos da no sabemos qué y que, cada vez, nos reubica en la perplejidad, en el anonadamiento, en la pérdida y en el encuentro renovado?
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Sólo cuando ocurre esta reiteración (recordemos que hecha de instantes únicos e irrepetibles, vertebrados con nuestra capacidad de nombrarlos y capaces de fecundarse entre sí y de crear otros) del encuentro, que nunca es repetición, podemos conocer algo esencial de ella.
No lo confundamos con la repetición, que se refiere siempre al encuentro estricto con la mortandad (con lo Uno idéntico de la muerte, solitario y estéril), lo que precipita al sujeto/objeto en una melancolía sólo mortífera.
Un ejemplo:
Cada vez que contemplo el paisaje familiar frente a mi casa, a la que miran permanentemente mis queridos Pirineos, después de innumerables instantes únicos, he podido encontrar lo que nunca revela la Belleza en su primera herida. A saber: que en ese objeto que la contiene, también hay una falta esencial. Llego a saber que esas montañas no son las montañas que un día perdí, fueran lo que fueran aquéllas, hayan existido alguna vez o no. Llego a comprender que en ellas hay una absoluta finitud, una anomalía que las hace próximas (crea un prójimo), a semejanza de nuestra mirada, a nuestra semejanza.
Es lo mismo que decir que he llegado a descubrir su presencia.
Y entonces sabemos que es nuestra mirada lo que ella, la Belleza, reclama, necesita. En ese juego de miradas es donde existe la Belleza, donde se teje esa historia de amor que hace posible una suerte de felicidad, más acá de la melancolía que, sin embargo, contiene conteniéndola.
La Belleza desea nuestra mirada para existir.
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Así llegamos al otro extremo de nuestro primer punto, desmintiéndolo de alguna manera. Porque en definitiva también construimos la Belleza a partir del hallazgo de que lo que le falta es nuestra mirada, haciendo de esta forma soportable la suya.
Nada me parece más extraordinario a la hora de pensar en nosotros, en los humanos, que haya alguien capaz de construir esa belleza con un mandamiento ético que va más allá de un interés exigido por el yo, que haya quien deje su vida por encontrar un rasgo exacto, casi siempre desgarrador para el creador, que encaje con su proyecto íntimo. Es un sujeto que no pretende el canto que infle las velas megalomaniacas de los patriotas cantando al unísono por un bien, pretendidamente bello, que los autorizaría a recriminar a los otros su fealdad y diferencia.
Es, por el contrario, alguien desasistido que se ofrece como don para que todos lleven a su casa al menos una briznas de belleza, y para que la Belleza sea ya un lugar que nos necesite y nos reclame.
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No es necesario ser artista para poder construir la Belleza cuando nos mira y somos capaces de devolverle nuestra mirada liberada de la alienación que supone la obligación de capturar y de juzgar. Cuando le devolvemos la mirada que vitaliza, siquiera en un instante, la brecha entre ella y nosotros.
Ya no es, pues, la Belleza que nos llevó a la melancolía, sino la que nos devuelve a un espacio donde la belleza tiene su lugar y que nos libera de aquélla, donde hay un indicio fértil de amor, de narración del encuentro que, como único, sigue alimentando un fuego encendido en las pérdidas constituyentes que intentamos contener con nuestro ejercicio, que es la vida.

jueves, 13 de diciembre de 2007

Cioran y el sueño

El sueño, esa disolución temporal del yo, nos familiariza con la muerte, y cuanto más profundo es el sueño, más familiar nos es. El pobre de Cioran era insomne, y quizá por ello nunca acabó de despreocuparse de la muerte, de familiarizarse con ella. Se diría que Cioran quiso hasta el final mantener viva su consciencia, como un enfermo que en estado terminal se resiste a conciliar el sueño por temor a que en ese momento se desvanezca su yo.
Entre exámenes, correcciones, evaluaciones, y otros menesteres, aprovecho este momento para mostraros un pensamiento genial del escritor rumano que ejemplifica lo dicho:

"Se cambia de ideas como de corbatas, pues toda idea, todo criterio viene de lo exterior, de las configuraciones y los accidentes del tiempo. Pero hay algo que viene de nosotros mismos, que es nosotros mismos, una realidad invisible, pero interiormente verificable, una presencia insólita y de siempre, que puede concebirse en todo instante y que no nos atrevemos jamás a admitir, y que no tiene actualidad más que antes de su consumación: es la muerte, el verdadero criterio..." (Emil Cioran, Breviario de podredumbre, Taurus, Madrid, 1972, p.27)

martes, 4 de diciembre de 2007

Emil M. Cioran, un pesimista seductor

Creo que es en Anni Hall ¿o era en Manhattan? donde Woody Allen se acerca a un estante de libros de filosofía y tomando uno confiesa a Diane Keaton su obsesión por el tema de la muerte. Bien pudiera tratarse de un ensayo de Emil M. Cioran (1911-1995), por entonces ya un pensador de culto y traducido a numerosos idiomas. Frente a algunos de sus referentes, como Platón, Shopenhauer, Nietzsche, Kierkegaard, más literato que filósofo, Cioran no convierte la muerte en problema, de ahí que sea absurdo pretender ver en su pensamiento un sistema, una propuesta, una preparación. Se limita a expresar con sus armas literarias, aforísticas, poéticas, la inquietud que le despierta la muerte o fenómenos derivados como el hastío, el suicidio, el deseo...

Os dejo aquí una de sus reflexiones más entrañables sobre la inquietud misma por la muerte, tomada del ensayo Cioran: el pesimista seductor:

"En mi infancia, mis amigos y yo nos divertíamos mirando trabajar al enterrador. A veces nos dejaba un cráneo con el que jugábamos al fútbol. Ése era para nosotros un placer que ningún pensamiento fúnebre empañaba. Durante muchos años viví en un ambiente de sacerdotes que habían oficiado miles de extremaunciones; a pesar de ello, no conocí ninguno a quien la muerte intrigara. Más tarde comprendí que el único cadáver del que se puede sacar algún provecho es del que se prepara en nosotros."(Silogismos de la amargura, Tusquets, Barcelona, 1990)

viernes, 23 de noviembre de 2007

¿Educación u orientación para la ciudadanía?

Ojeando los libros de texto de la nueva asignatura Educación para la ciudadanía y los Derechos Humanos uno se da cuenta de la diferencia que hay tan abismal entre los propósitos que se pretenden y los resultados que pueden llegar a obtenerse. Los diferentes bloques temáticos de la mayoría de los libros de texto hacen referencia fundamentalmente al aprendizaje de estrategias y habilidades para la buena sociabilidad y la relación con el prójimo: El alumno debe aprender a identificar el sentimiento de la ira y del odio poque sólo de esa forma podrá controlarlo y dominarse a sí mismo, o debe tratar de favorecer un sentimiento cooperativo para relacionarse favorablemente con los demás, o de cuidar de no olvidarse de los métodos anticonceptivos para que no haya disgustos, o darse cuenta de las consecuencias a las que conlleva el incumplimiento de las normas de tráfico... Parece que a algunos profesores de filosofía, o de historia, nos ha tocado ejercer de padres y madres antes de tiempo. De lo que se trata pues es de 'orientar' a los jóvenes en su andadura por la vida. Esta pretensión, está concepción de la 'Educación para la Ciudadanía' que encontramos en muchos manuales, me parece que es una labor que debería estar adscrita al 'Departamento de Educación Familiar', o todavía, al Departamento de Orientación, que dado el creciente número de casos de alumnos conflictivos no se entiende que carezca de medios y del personal suficiente. Me pregunto cómo recibirán esta educación aquellos alumnos rebeldes por naturaleza, incapaces de empatizar con los otros, con un deseo único de incumplir las normas y la disciplina, o una tendencia a encontrar satisfacción en el daño al prójimo.
A pesar del título de la nueva asignatura, apenas ningún libro profundiza ya en la fundamentación teórica de la ética cívica y la mayoría parecen conformarse con que el alumno 'sepa' lo que significa portarse bien y ser bueno. Y es que ya no interesa que el alumno se esfuerce en comprender las razones históricas y filosóficas por las que en la actualidad el sistema político predominante y deseable sea el democrático, no vaya a ser que los futuros ciudadanos entiendan su lugar en la historia.

sábado, 17 de noviembre de 2007

La consciencia como factor liberador

Mencioné en un post anterior la reciente publicación de El nihilismo de Franco Volpi (Siruela, 2007) Este ensayo ilustra con acierto el origen histórico de la idea de 'nihilismo' y sus diferentes interpretaciones tanto literarias como filosóficas. Volpi sitúa la primera concepción filosófica que puede calificarse de 'nihilismo' en la obra de Johann Caspar Schmidt (más conocido como Max Stirner, seudónimo con el que sus amigos le apodaron debido a su amplia frente, en alemán Stirn) La obra de este filosófo que aglutina su pensamiento lleva por título El Único y su propiedad (Valdemar, 2004) En ella prefigura algunas de las intuiciones más geniales de su coetáneo Friedrich Nietzsche, quien no sólo no le menciona en sus obras, sino que además reconoció su temor a que un día le acusaran de haberle plagiado. El nihilismo que se deriva del lema de Stirner, 'Yo no he fundado mi causa sobre nada', no está basado en una afirmación filosófica de la Nada, sino en la negación y el rechazo de toda causa que trascienda la existencia propia e irrepetible de cada individuo concreto. El Único de Stirner rechaza todo modo de vida que se base en el seguimiento de cualquier ideal trascendente a Él mismo. De hecho, gran parte de su obra, es una denuncia implacable y severa contra todo sistema filosófico o movimiento cultural que, como el hegelianismo o la Ilustración, ensalzan valores e ideales trascendentes a la propia persona singular. La crítica de Stirner es clara: el esfuerzo de una vida por materializar un ideal (sea cual sea éste) no sólo es vano (un ideal por su propia naturaleza es inmaterializable), sino que aleja al ser humano de su verdadero derecho a la libertad.
Stirner toma plena consciencia de que una ideología no es más que un conjunto de metáforas, de conceptos y giros gramaticales, sobre el cual el hombre ha proyectado sus más sublimes ¿o ridículas? expectativas y ha erigido como guía de su vida. El acto por el que el Único se desembaraza de la ideología, de las creencias que la sostienen y del modo de vida que la secundan, pasa por tomar consciencia de la naturaleza metafórica, humana, antropomórfica de dichos ideales. El Único, el que vive sólo para sí mismo, secundando sus deseos, intereses y apetencias personales, y no ya los de un Otro (Dios, Humanidad, Estado...) inexistente en cuanto ser para sí, es Único desde el momento que se sabe Único y toma consciencia de que aquellas proyecciones e ideales formaban parte de él y de sus deseos también egoístas: "Se dice de Dios: Ningún nombre puede nombrarte. Esto vale para mí: ningún concepto me manifiesta, nada de cuanto se indica como mi esencia me satisface: son sólo nombres (...) Propietario de mi poder soy yo mismo, y lo soy en el momento en el cual sé ser único. En el Único el propietario vuelve a entrar en su nada creadora, de la cual ha nacido. Todo ser superior a mí mismo, sea Dios o el hombre, debilita el sentimiento de mi unicidad y empalidece apenas reluce el sol de esta conciencia mía. Si yo fundo mi causa sobre mí, el Único, ella se apoya sobre el efímero, mortal creador de sí que a sí mismo se consume, y yo puedo decir: he fundado mi causa sobre nada." (Stirner, 1972:412, cursiva mía)
La consciencia es, pues, el factor liberador de toda exigencia y tarea que se encomienda al hombre desde valores e ideales inventados por él mismo. Es la consciencia lo que nos devuelve a la libertad y a la posibilidad de apropiarnos de nuestros poder y de nuestros actos. El enemigo fundamental de toda ideología no es, por tanto, ninguna otra ideología de pretensiones opuestas, sino la consciencia misma, el acto por el cual toma cada hombre consciencia de que su ideología, su existencia y poder, dependen en último término de sí mismo.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Porque creemos aún en la gramática

A aquellos alumnos, y en general a las personas interesadas, que sienten cierta curiosidad por conocer el pensamiento de ese filósofo cuyo nombre resulta tan difícil de escribir, me refiero naturalmente a Friedrich Nietzsche, os recomiendo la lectura del fabuloso ensayo de Fernando Savater Idea de Nietzsche (publicado en Ariel, 2007), que seguro cautiva a especialistas incluidos.
Os dejo aquí uno de los fragmentos de El ocaso de los ídolos que intercalan las páginas de este ensayo y que tan bien ilustra la lucha ¿metafísica? de Nietzsche contra la idea misma de 'ser', que tanto da que hablar:
"Nada posee tan ingenua fuerza de persuasión como el error del ser; tal como fue, por ejemplo, formulado por los eleáticos; tiene en su favor cada palabra, cada período que pronunciamos. Los mismos adversarios de los eleáticos sucumbieron a la seducción de su concepto del ser; Demócrito, entre otros, cuando encontró su átomo... La 'razón' en el lenguaje: ¡oh, qué vieja hembra engañadora¡ Yo creo que no nos vamos a desembarazar de Dios porque creemos aún en la gramática." (cursiva mía)

sábado, 27 de octubre de 2007

Schrödinger y el nuevo lema

Cuando el Premio Nobel de Física Erwin Schrödinger comunicó a sus colegas su intención de abandonar provisionalmente sus investigaciones en mecánica cuántica a mediados del siglo pasado, ninguno de ellos podía creerse que la razón de ello fuera un deseo del físico de retornar al conocimiento de los primeros científicos como Protágoras, Parméndies o los pitagóricos. Sus colegas se sintieron desconcertados ante la nueva inlinación intelectual del físico astruiaco y éste se vio en la necesidad de justificar su nueva inclinación. Por ello en 1948 publicó unas Conferencias que 'Metatema' edita con el título de La naturaleza y los griegos, una obrita ciertamente recomendable para los deseosos de conocer los motivos que animaron en Occidente el nacimiento de la ciencia.

El físico austriaco, al comienzo de dichas Conferencias, aclara que su interés por conocer la historia de la ciencia obedede a un deseo de descubrir las causas de la crisis que por entonces padecía la física y, sobre todo, a un intento de delimitar el papel de la ciencia en la comprensión del ser humano y del mundo. Schrödinger reniega del cientifismo que invade la ideología del momento y que arrincona otras formas de conocimiento como la metafísica, la epistemología, la estética o la filosofía moral en la tarea de llegar a una comprensión global del ser humano y del mundo. El impulso del científico de leer a los clásicos obedece por tanto a un deseo de descubrir los presupuestos de la investigación científica desde sus comienzos con el fin de entender las razones de esa actual ideología cientificista tan equivocada y abominable.
Examinando las ideas de los pitagóricos, de la cultura jónica, a filósofos y científicos como Protágoras y Parménides, ensayos de sus numerosos comentaristas, Schrödinger concluye que uno de los presupuestos fundamentales que subyace y anima la actividad científica en dichas escuelas se resume en el lema de excluir la persona que comprende (el sujeto de conocimiento) de la representación racional del mundo que se va a construir (el otro gran presupuestos sería la asunción de que el mundo puede ser entendido) La falta de consciencia de dicha exclusión, argumenta el físico, se traduce y refleja en el intento de conocer el sujeto en el seno mismo de la imagen material del mundo bajo la forma de un alma o de una psique. Lo notorio, concluye Schrödinger, es que ese mal hábito de excluir el sujeto del conocimiento de la construcción científica de la realidad, adquirido y practicado durante siglos por los científicos hasta el día de hoy, conlleva a la falsa creencia de que la ciencia, la construcción científica de la realidad, permite un conocimiento completo del hombre y del mundo y explica, por otra parte, las constantes discordias entre científicos y metafísicos. Por tanto, sólo una consciencia de los límites de la ciencia puede hacernos entender, por un lado, las deficiencias de la ciencia actual y, por otro, la necesidad de acudir a la epistemología, a la estética, a la ética, a la metafísica, e incluso a la religión para una comprensión global del hombre (en el repertorio de Schöringer queda fuera la poesía y el arte en general, aunque se desconoce si intencionadamente)
Resulta fácil de entender la manera como ese mal hábito ha ocasionado el abandono de otras formas de conocimiento alternativas a la ciencia. Ésta, en su intento de describir y comprender la naturaleza, simplifica el problema al que se enfrenta. De forma inconsciente, el científico simplifica dicho problema al ignorar (o desconectar de la imagen del mundo a construir) su propia personalidad, su persona en cuanto sujeto que conoce, por lo que ésta deja de ser problema. Piénsese, como lo hizo fabulosamente Kant, que los mecanismos del conocimiento pueden ser considerados como elementos integrantes del mundo material, pero también como elementos constituyentes de la mente, de ahí que junto a las ciencias empíricas sea necesaria una ciencia del conocimiento humano cuyo problema sea justamente averiguar dichos elementos. Por otra parte, advierte Schrödinger, con enorme dificultad podemos pensar ambas cosas al mismo tiempo: o bien reconstruimos lo que percibimos, con lo cual quedamos fuera en tanto sujetos conocedores, o bien nos miramos a nostros mismos a fin de hallar esos mecanismos que posibilitan el conocimiento científico, y entonces queda fuera el mundo observado.
Por tanto, este mal hábito, que implica el olvido del sujeto y de sus condiciones posibilitantes del conocimiento para una comprensión global del ser humano, es lo que a juicio del físico explica que la visión científica no contenga en sí misma valores éticos, ni estéticos o epistemológicos, y hace por tanto necesario contar de nuevo con esas disciplinas en la construcción científica de la realidad.