lunes, 26 de julio de 2021

Náufragos en lo desconocido (ideas para un Dilema)

Viendo ayer Náufragos, de Hitchcock, una de tantas películas que las nuevas generaciones de estudiantes desconocen por tratarse de un film en blanco y negro, se me ocurrió plantear un dilema ético para futuros alumnos de Bachillerato. Un dilema basado en el siguiente escenario, planteado desde el minuto 22 hasta el 25, por si alguien lo puede visionar. En plena Segunda Guerra Mundial un barco de las fuerzas aliadas es hundido por un submarino alemán y nueve personas quedan náufragos en una barca con escasas provisiones. Entre ellos un capitán nazi que, por su experiencia y condición, entiende de navegación, pero del que nada saben. Enseguida surge la cuestión de quién debe asumir la responsabilidad de tomar el timón de la barca que va a la deriva. Ninguno de los civiles británicos y norteamericanos tiene nociones de navegación.

¿A quién confiar el destino de todos? ¿Quién debería asumir el timón? ¿Nos guiamos por la experiencia o por la ideología? ¿Qué factores debemos tener en cuenta para decidir por el bien de todos? ¿Qué procedimiento seguimos para decidir? ¿Dejamos el mando al capitán de las fuerzas enemigas? ¿Pero por qué tendríamos que fiarnos de él? ¿Lo dejamos entonces en manos de alguien inexperto? 

La epistemología tradicional se ha iniciado en la preocupación de qué es lo que podemos conocer y qué podemos hacer con lo que conocemos. Sin embargo, esta situación muestra que es mucho más preocupante lo que desconocemos que lo que conocemos. ¿Debe ser el desconocimiento un factor a tener en cuenta en la toma de decisiones? ¿De qué forma el desconocimiento puede influir en el resultado? ¿Qué actitud/es deberíamos asumir ante lo desconocido? ¿Y hasta qué punto somos responsables de lo que desconocemos? ¿Es la acción de desconocer una acción libre y responsable? ¿Podemos hacer por evitar que el desconocimiento nos influya negativamente? ¿Tenemos algún tipo de control sobre lo que nos es desconocido? ¿Existen estrategias inteligentes para afrontar lo desconocido?

Sobre el mismo asunto, puede consultare el libro de Mar Cabezas Dilemas morales: entre la espada y la pared., concretamente el que lleva por título Hoy por ti, ¿mañana por mí? Confianza y cooperación.

sábado, 24 de julio de 2021

Distracciones deseducativas

Dicen los alumnos que los buenos profesores son aquellos que les estimulan a plantearse nuevas preguntas. Embotados en la cultura del resultado y de la persecución, olvidamos con facilidad la sensibilidad de quienes la tienen a flor de piel, en las primeras filas, afanosos de ser notados, o en las últimas, cuando les ves cerrar un libro que acaba de abrirles los diez siguientes. Dicen aquellos que por qué seguimos planteándoles exámenes como si su solución les fuera a salvar de las dificultades del camino que habrán de recorrer, y en su lugar no proponerles desafíos, preguntas, enigmas, o emboscadas, cuya solución no pasará por encontrar la corrección sino por abrirles paso entre el defecto y el exceso. Y también dicen, incluso los que ya sólo piensan en el boletín y la medalla, que por qué nos plantamos ante ellos sujetando la palabra, y no la dejamos correr, entre las ventanas, por los rincones, bajo sus pupitres, y que germine en un pensamiento del que puedan decir que lo han formado y labrado ellos, como el jardinero dice de sus frutos o el padre de su hijo.


"El fin fundamental de la educación es ayudar a los alumnos a aprender, y esta función es competencia del profesor. Pero lo sistemas educativos modernos están atestados de toda clase de distracciones. Hay objetivos políticos, prioridades nacionales, posturas sindicales, normativas de construcción, perfiles profesionales, ambiciones de los padres, presiones de los compañeros... La lista es larga. Pero la base de la educación es la relación entre profesor y alumno. Todo lo demás depende de lo fructífero y eficaz que sea ese vínculo. Si esto falla, el sistema también fallará. Si los alumnos no aprenden, entonces no hay educación. Tal vez se trate de otra cosa, pero desde luego no es educación." (Ken Robinson, Escuelas creativas)

Los amantes de Lloret

Anoche, mientras paseábamos por la Cala Dona Marinera, donde se levanta la "Estatua de la mujer de un pescador", imaginé a un hombre misterioso viviendo entre las rocas, y escribí sobre él....


LOS AMANTES DE LLORET

Las gentes del lugar decían de él que se apagaba con las noches. Yacería escondido bajo alguna roca, donde los amantes no llegan y los prófugos no ven. Cuando la Luna se hacía llena sus ojos se entreveían como estrellas suspendidas. -¡Míralos. Ahí a lo lejos!, avisaban los niños. 




Nunca discutía y se mantenía al margen de lo opinable, y de lo valorable. Se abrigaba con lo primero que encontraba, a veces en un manto de arena, otras bajo algunas algas huérfanas, pero siempre dejando un tubito de caña para respirar y poder contar los graznidos de las gaviotas. Pasaba las horas viendo los barcos pasar, y se preguntaba cuál sería el último antes de que el mar dejara de ser navegable. 




Por las noches, escuchaba las palabras de los amantes, y de sus pasos, siempre solitarios. Esperaba junto a ellos hasta que la última luz se hubiera apagado y sus labios enmudecido. Entonces poco importaba si estaba de pie o recostado. Ningún grito lo podría despertar.



domingo, 18 de julio de 2021

Las preguntas que no me supieron responder

Después de quince años dedicándome a la enseñanza uno descubre que los alumnos, antes que profesores expertos, disciplinados y exigentes, necesitan de personas que confíen en ellos. Personas, antes que profesores. Semejantes, como ellos, que apuesten por ellos, que les hagan creer y necesitar de ellos mismos. No se trata de ilusionarles con vanas ideas o falsos propósitos, sino de hacer por que ellos asuman consciente y responsablemente la tarea de aprender. Y la condición, trascendental y a priori, es que confíen en sus posibilidades y en que sus ambiciones tendrán un lugar en algún momento. Por ello, un sistema educativo normalizado como el nuestro, o normativizado, basado en la presunción de que todos somos engranajes de una maquinaria que hay que mover como sea, está condenado a producir desechos sociales que resolverán muy bien problemas de álgebra o recitarán de memoria la teoría académica de las Ideas, pero que, aun viéndose con una decena de dieces, se preguntarán qué tipo de educación han recibido y para qué. Y se lo preguntarán consternados, a escondidas, cuando nadie a su alrededor pueda reprocharles el haber silenciado su profunda y más honda hostilidad.

"Cuando Laurie empezó a preguntarse qué era realmente importante para sus alumnos, entonces las cosas comenzaron a cambiar en Smokey Road: «Lo que es importante para el alumno tiene que serlo también para nosotros. Ninguna disciplina es más relevante que otra: el fútbol, la orquesta, las matemáticas o la lengua. No íbamos a decirles a aquellos alumnos a los que les encantaba el fútbol que lo más importante eran las matemáticas. Así que haríamos todo lo necesario para que pudieran practicarlo. Cuando empezamos a adoptar este método de actuación, los alumnos se dieron cuenta de que valorábamos lo que para ellos era importante. Entonces nos fueron dando lo que nosotros queríamos. En cuanto creamos ciertos vínculos con ellos, los alumnos se sintieron culpables por defraudarnos. Puede que las matemáticas no les gustaran, pero no querían decepcionar a sus profesores. Entonces, estos por fin pudieron enseñar, en vez de repartir partes de castigo.» (Ken Robinson, Escuelas creativas)

lunes, 12 de julio de 2021

El aparato

En el suelo aparecen amontonados tres sobres cerrados destinados a cada profesor corrector de la prueba de acceso a la Universidad: en uno aparecen los exámenes para corregir, en otro un código de figuras para acceder a un determinado sistema, y en el tercero un aparato electromecánico, similar a un escáner, con un manual de instrucciones que exige estudiarse para introducir en él las notas de las pruebas. Mientras uno de los profesores, auxiliado por el conserje, pone a funcionar el aparato para instalar el código de figuras, el resto de profesores lo contempla con expectación.

Sueño del 12 de Julio



sábado, 3 de julio de 2021

Secretos incandescentes

¿Quién no ha vivido secretamente alguna vez? ¿Quién no ha necesitado del secreto, o de una llave secreta con la que abrir la vida de los otros? ¿No topamos con el otro cada vez que queremos secretarnos? ¿No nacemos del secreto?

Este relato, que recrea Chantal Maillard, a propósito de la descripción que el autor guineano Camara Laye hace de algunos rituales de iniciación, muestra que no es tanto que el secreto dependa de nosotros como que nosotros dependamos del secreto:

"En la noche llamada de Kondén Diara, los hombres vienen a buscar a los niños a sus chozas y se los llevan, entre cantos y sonidos de tambores, a un claro del bosque. Los niños saben que ahí se encontrarán con Kondén Diara, un ser del que no tienen una idea clara salvo que es aterrador. Una vez llegados al claro, deben arrodillarse, agachar la cabeza en el suelo y taparse los ojos. Por nada del mundo los abrirían. En ese momento empiezan a escucharse rugidos terroríficos. Kondén Diara ha salido del bosque, anda entre ellos, les roza, planea, ruge. El miedo paraliza a los niños, pero saben que han de pasar la prueba, la del miedo, de eso se trata, lo saben, se trata de controlar el miedo, de estarse quieto con el miedo, de aguantar el miedo dentro del propio temblor. A Kondén Diara, bestia, león, hombre-león, le acompañan veinte o treinta leones más, pequeños y grandes, porque los rugidos son muchos y diversos. Los niños gimen en su interior: "Aléjate, Kónden Diara, vuelve a tu selva...". Por fin, de repente, los ruidos cesan: "Levantáos". Y entonces los chicos se sientan alrededor del fuego, donde se les enseñará los cantos de los no circuncisos. Han pasado la prueba. La que les prepara para la otra prueba, la circuncisión, en la que el miedo, esta vez, tendrá un objeto concreto: el dolor físico. 

No sólo los niños, también las mujeres temen a Kondén Diara. Sólo los hombres saben de qué se trata, saben que ellos producen aquellos ruidos por medio de unos instrumentos de madera especialmente tallados en los que hacen girar una rueda que corta el viento produciendo un sonido parecido al rugir de un león. Un juego, tal vez, una farsa, pero no: el miedo es real, el aprendizaje también. Y el que esto sea una prueba y una iniciación depende de que lo que ocurre en esa noche sea mantenido en secreto, absolutamente, por todos. Por la misma regla de tres, todo aquello que pudiese dañar la dignidad del grupo se protege con el secreto. El secreto bien guardado resguarda a quienes lo guardan. De lo que se trata, obviamente, es de proteger no el secreto mismo, sino a quienes pertenece. El secreto es, a un tiempo, lo que, reforzando la unidad del grupo, les hace fuertes, y su talón de Aquiles." ("Secretos y misterios", Archipiélago, Nº 52)

miércoles, 30 de junio de 2021

El niño que se escondía tras los arbustos

De niño, se escondía tras un arbusto, de esos que recorren vallados en las urbanizaciones más lujosas, o a las afueras, reclinado bajo algún puente abandonado, y podía pasar ahí horas. Se preguntaba qué sería de sus amigos ahora que él ya no estaba. Incluso si el mundo habría podido cambiar en algo. Cuando anochecía, salía de su escondrijo y volvía a su cotidianidad con la tranquilidad de quien se ha tomado unas pequeñas vacaciones. Sabía que nadie habría notado su ausencia, aunque siempre llevaba una historia inventada por si alguien preguntaba. ¿Pero por qué habría de inventarla si no había hecho nada malo? En las noches de invierno, cuando el sol se escondía y el frío helaba las hojas, buscaba lugares cerrados, como agujeros por donde entrar a las Iglesias o ventanas de aire abandonadas. Entonces la reclusión se hacía más difícil, y es que el frío no dejaba salir los pensamientos.


A esta práctica, que le fue dando forma con los años, incorporándola a su vida adulta, llena de obligaciones y responsabilidades, la llamó la emboscadura. Irse al bosque, decía él. Irse al bosque significaba salir de los usos, convenciones y obligaciones de su vida presente, recluirse secretamente en un universo donde sólo lo intemporal podía tener lugar. Sólo aquello que no envejece, ni pasa, ni deviene. Sólo aquello que verdaderamente nos tiene, pero que por ello mismo nos protege, y nos salva. Donde las palabras no interpelan y los pájaros no cantan para nadie. Irse al bosque, para él, era el modo de hacer más pequeño el mundo, a la medida de unos ojos que siempre necesitaron distancia y algo de calor.