miércoles, 3 de agosto de 2022

Muros de cristal

Un hombre se asoma a las vistas y contempla, relajado, el pueblo al otro lado del golfo, con el mar estrechándose a sus pies más allá del bosque. El paisaje es hermoso y son pocos los que se resisten a mirar. Al hacerlo, nadie repara en el hecho de que es un filo de cristal lo que les separa del abismo, y de la muerte. Un cristal sobre el que, a pesar de su delgadez, no dudan en apoyarse. Nadie llama la atención en ello y no hay motivo para alarmarse. El cristal parece firme, asentado, seguro, tanto que nadie concibe que se venga abajo. En nuestra metáfora, el paisaje al otro lado es el modo como la técnica contemporánea (representada en el cristal) presenta el mundo: transparente, reconocible, atractivo, a la vista de todos. Y quien se apoya confiado es el hombre medio, convertido en espectador, que no alcanza a experimentar lo que sí experimentaría quien no tuviera ante sí ningún muro de cristal.


Camping

Vuelve la leche cuando es vertida, con su espesura líquida cayendo al fondo del vaso. Y los pasos pacientes vuelven a sonar, haciéndose eco de la pesadez de los cuerpos y de la tierra. Y vuelve a ser importante que el sol salga por el este y se ponga por el oeste, y que la noche cubra con su oscuridad a las cosas,  cuando los niños vienen de fregar los platos o de beber de la fuente. Vivir con lo puesto, apenas con una tienda y unos cuantos utensilios, sin mucho cachivache, y descubrir que la sobrenaturaleza tecnológica es más bien una cápsula que nos aparta y no uniforme de posibilidades.


martes, 2 de agosto de 2022

El barco y el mar

El barco debe al mar lo que el mar debe al barco.


lunes, 1 de agosto de 2022

Mapas secretos

Es reconfortante descubrir que las ideas que pare uno, y que en su momento despertaron algo, también las han expresado autores a los que estimas o admiras. Son encuentros que ya te acompañarán, como los viejos amigos o los buenos recuerdos. Y el caso es que me ha pasado recientemente con Jordi Soler, y sus reflexiones sobre las oportunidades perdidas en un mundo obstinado por la hipercomunicacion y la intoxicación informativa. Y a ello nos encomendamos en los próximos días, retirándonos a bosques y senderos para los que no sirven mapas ni brújulas, apenas el equipaje necesario para saber perderse. Porque de eso se trata, o así también lo cree Jordi Soler, de hacer mapas secretos de eso que transitamos.



jueves, 28 de julio de 2022

Malvados

El mal a veces basa su poder en el disfraz y el secreto, inconfesable para sus víctimas. Es el mito del Diablo disfrazado de serpiente, llevado a la gran pantalla en el magnate de astilleros de Vértigo (Hitchcock) o en el actor frustrado de La semilla del diablo (Polanski), por citar dos clásicos. Otras, el mal se alimenta de la incapacidad humana para penetrar en lo inconmensurable, dando lugar a toda una mitología del misterio y la locura. Pero, hay otras en las que el mal se nutre de los límites de la voluntad humana, y entonces la pregunta ya no es cómo destapar o comprender al malhechor, sino qué hacer cuando el mal ya no puede hacerse más presente. 



¿Acaso quedarnos de brazos cruzados y esperar que nos aniquile? ¿Tratar de eludirlo viviendo precariamente? ¿O no resistirnos a la idea de hacerle frente para continuar existiendo? Es lo que plantean los guiones extraordinarios de Richard Matheson, con relatos como Duel, El hombre menguante o Soy leyenda. Todas las narraciones son la historia de una llamada, de una invocación al enfrentamiento y la lucha. El camión oscuro de Spielberg (Duel fue su primera película con veinticuatro o veinticinco años) puede representar el infortunio, la desdicha, pero también la enfermedad, el dolor o la carga de tener que soportar una vida monótona y vulgar. La naturaleza no es el lugar que prometieron los cuentos de Disney o la industria de los parques y paraísos artificiales. Es infierno incontrolado, salvaje, esencialmente devorador, atrozmente cruel. Es la enseñanza de que hay males que, haciéndose cada vez más presentes e insoportables, acabarán gobernando nuestras vidas si no acabamos antes con ellos.

miércoles, 20 de julio de 2022

Momentos estelares

Ahora que los timbres han dejado de sonar y los correos de gotear, me refugiaré en los rincones para escribir sobre lo secreto, y su poder transfigurador. En los rincones de los bares y playas que frecuente, o al resguardo de una roca escondida entre muchas, o a la sombra de una palmera que me cobije cuando todo el mundo sestee. Y la intuición de inicio es que lo secreto esconde, y al esconder protege, pero también nos abre al otro de una manera distinta. Lo secreto, considerado como lo que oculta y guarda, sostiene, estabiliza, contiene fuerzas que, de desatarse, producirían un grave quebranto. Secretos ancestrales, como el secreto de la lámpara, de la caverna o el del grial, dividen el mundo antiguo en poderosos y súbditos, sabios e ignorantes, bienaventurados y extraviados. Cuenta Chantal Maillard en “Secretos y misterios” que ya en culturas primitivas los rituales de iniciación se mantenían en secreto. El secreto protege el ritual en sí, su posibilidad y, con ello, el modo estamental de organizarse la sociedad y el sentido de la existencia para la tribu y el individuo. ¡Casi nada!


lunes, 18 de julio de 2022

Industrias del retiro

Muchas veces producimos sin ser conscientes de que producimos y de lo que producimos. En su entrada de hoy, “Tiempo libre”, el filósofo Fernando Broncano advierte de esta nueva forma de laboriosidad disfrazada con el traje del tiempo libre y ocio, y cito: “¿Cuán libre es el tiempo libre? Si observamos atentamente, si nos observamos atentamente, en los tiempos de ocio y no caemos en los autoengaños que genera la industria de la felicidad productiva, concluiremos que el tiempo libre está mucho más limitado de lo que parece: trabajamos emocionalmente creando presentaciones de la persona en un espacio social definido por marcas, iconos, formas de comportamiento que apuntan a una presencia constante de apariencias de felicidad y experiencia de libertad como modo de relación. Pero tales experiencias están profundamente marcadas y reguladas por los entornos sociales y técnicos. “Escuchar música”, es decir, crear autoespacios de intimidad definidos por los nichos de aparatos técnicos de escucha que crean subjetividades separadas. O lo contrario: “ir a un concierto” que no es un concierto de cuerpos sino una industria de viajes, consumos, alojamientos, preparaciones de escucha mediante compras de discos o atención a las plataformas de la escucha,… O cultivar una huerta facilitada por el ayuntamiento o comprada en los alrededores de la ciudad, en donde el trabajo parece no ser asalariado aunque sigue siendo productivo en el consumo de las inmensas industrias del bricolage y el tiempo libre organizado. O el deporte, el turismo y el viaje, que exigen una preparación de vestimenta deportiva adecuada, de branding, de presentación productiva del cuerpo en sociedad, subido a una bicicleta de marca o calzado por unas deportivas reconocibles. O simplemente permanecer libremente en el sofá atendiendo a la televisión, a las plataformas de series o a las plataformas de las redes sociales.



Si el tiempo libre no comienza con el fin de la jornada laboral, cabría establecer otro criterio para delimitar la ociosidad que no sea el de entenderla como oposición al trabajo (o tiempo de producción) Pero no sé si es retirándonos como puede encontrarse esa frontera, porque el caso es que, pese a quienes se amparan en la impenetrabilidad de la interioridad ante la fuerza invasiva neocapitalista, ya existe una poderosísima «industria del retiro», que gestiona, financia y regula un sinfín de actividades encaminadas al refugio espiritual. Cuando hace solo unos años veíamos en los bosques lugares donde refugiarnos -aunque imaginativamente- del trasiego del tráfico y la ciudad, leemos en la prensa que los “baños en el bosque” (Shinrin Yoku) son acogidos cada año por miles de trabajadores y turistas agotados que imploran una ocasión para reconectar consigo mismos y la naturaleza perdida. Y ahora, también, las estancias monacales se ofertan como tiempo de paz espiritual para que el caminante pueda encontrar algo de sosiego y estabilidad emocional en el magma de atolondramiento generalizado. Incluso experiencias de sublimidad galáctica y onírica –los infinitos de Pascal- ya forma parte de las siguientes proyecciones comerciales de grandes empresas del sector turístico y espacial, que ya hablan de ofertar paquetes de viajes oníricos o astrales elegidos por el consumidor.

No, no es comportándonos como turistas del retiro como habremos de hallar el modo de apartar la disciplina del trabajo y de la producción.