jueves, 21 de diciembre de 2023

Días como los de hoy

Días como los de hoy, que nos hemos dado libros, y abierto sus páginas aguardando la historia de compañeros que apenas conocíamos, o si conocíamos, de secretos que siempre habían estado ahí, sedimentados. Días como los de hoy, de nubes coloreadas y pasillos llenos de vida que vosotros, sin quererlo, nos prestabais; de voces consumidas por el alborozo y envoltorios olvidados sobre mesas de colores; de un papel regalado que cariñosamente hemos guardado en el fondo de la mochila, o un compañero dormilón al que, con el corazón en mano, esperamos de verdad. Días como los de hoy, cuando el reloj, y los timbres, sirven solo de trasfondo para la función principal y ya no importan el mañana ni el ayer. 



Y entonces miramos al cielo, para volverlo a mirar, y ver en el otro el brillo de nuestros ojos. Ojos cansados, batallados, de una vida que nos recuerda que seguimos anclados en el trasiego diario, pero que, por un momento, han vuelto a soñar.


sábado, 25 de noviembre de 2023

La silla rota

A veces, los objetos nos hablan, nos dicen cosas, a quien sabe escucharlos. Objetos fragmentados, rotos, frágiles, que nos recuerdan que la vida es demasiado valiosa como para malgastarla rompiendo sillas, o viéndolas romper. En este día tan señalado, Día de la eliminación de la violencia contra la mujer, comparto este microrrelato que nos regala Anni, alumna de 1º de Bachillerato. 

                                                                



                                                        LA SILLA ROTA

Ella se miraba en el espejo; sus dedos pasaban delicadamente sobre aquel círculo rojizo-morado que yacía en su mejilla.

-Solo fue esta vez - pensó, sin embargo una lágrima se resbaló justo por encima de la marca.

Unas manos bruscas la limpiaron con falsa delicadeza.

-Prometo que no volverá a pasar - habló abrazándola. Ella se quedó en sus brazos sin decir nada.

Una semana después la volvió a sujetar con más fuerza de la necesaria; luego rompió el plato en el que comía porque “esto está frío”, y al mes rompió una silla porque la hizo sentar de un manotazo.

En ese momento ella ya no tenía el pequeño círculo morado, de hecho ya era casi imperceptible, pero en su lugar estaban las marcas rojas de unos dedos en su brazo, tenía el labio roto y un moratón en sus costillas.

La silla se veía en el reflejo del espejo y eso hizo que un pensamiento resonara en su cabeza.

- Tengo que irme - esa tarde tomó una decisión difícil.

“No te puedes ir”, “¿Me dejarás solo?”, “ No volverá a pasar”. Esas frases invadieron su mente mientras guardaba con prisa sus cosas en una maleta; no tenía mucho tiempo, él volvería pronto. “No puedo vivir sin ti”. Esa última frase la hizo detenerse por un momento, pero entonces recordó aquella silla rota.

-¿Y si la próxima vez no es la silla y soy yo?

Decidida salió de allí con una maleta, un corazón hecho añicos y desilusión. Él llegó horas después con un peluche, la buscó por todas partes, pero ella ya no estaba. El peluche terminó destrozado junto a la silla.

¿Y ella? Ella buscó ayuda y ahora está feliz viviendo una nueva vida, una vida que creía que no existía. Todo, gracias a la silla rota.

 

Anni Roa (alumna de 1º de Bachillerato)

sábado, 18 de noviembre de 2023

Con o sin rodilleras

Que sí, que antes usábamos rodilleras, y camisas de cuadros que se adentraban bien en los pantalones de chándal. Otros tiempos. Años 90. Años de despreocupación, cuando no importaba la hora y no había pantallas que hechizaran. Daba igual porque no había relojes salvo el que marcara el sol o la entrada de la noche cuando jugábamos a “pillar 2”. Claro que no había ruido para todos y alguno siempre se quedaba fuera. Jefes y subjefes eran los que a lo sumo regían el orden de las “cabañetas”, cuando fumábamos con cerillas de paja, y nos tumbábamos sobre sacos y cuerdas al abrigo de lo demás. No había pantallas pero había refugios, eso sí. Diríamos que el mundo era demasiado grande como para no tener algo nuestro, en forma de intemperie, desviado del camino, y de las estrellas, lo suficiente como para reconocerlo solo nosotros. Ahí que íbamos, a celebrar que íbamos, aunque alguno se quedara sin ruido. Años 90. Principios. Con o sin rodilleras.


lunes, 13 de noviembre de 2023

Aves de ciudad

Estamos en esa extraña condición de «seres misteriosos», que vagan sin saber hacia dónde ni por qué. Estamos en esta cueva tan oscura, en la niebla más espesa, y solo alcanzamos a seguir la luz que al otro lado se divisa. ¿O no somos niños en un mundo creado a nuestra imagen y semejanza? ¿O no son las casas cabañas y las torres intentos de alcanzar el cielo? ¿Y las ciudades santuarios por donde vagar y refugiarnos? Ahí, en los callejones, es donde pensamos, y esperamos, y leemos. En los rincones de la ciudad, donde nadie nos advierte, precisamente porque hay ciudad. Se dice que las primeras ciudades se hicieron para honrar a los muertos, o para enterrarlos, ¿pero no será que así nos espantábamos a los espíritus? ¿No será que así nos escondíamos del hombre del saco o de quienes podían todavía hacernos daño? La ciudad es, también, lugar donde dormitar, y emboscarse, y replegarse, hasta decir abiertamente lo que uno piensa, sin temor a ser oído, pero para ser oído. ¿No es la ciudad lumbre en la oscuridad? ¿No es el Titanic luz en el silencio? Luz que va apagándose, pero que por lo mismo puede volver a encenderse. Este carácter de provisionalidad, de menesterosidad, de acompañamiento, no habría de dejarnos nunca. Habríamos de verlo en todas partes. Incluso en lo aparentemente más alejado, cerrado, eclipsado, abstracto. También en lo artificial, y precisamente más en ello.



Fotografía tomada por Clara Marta

viernes, 3 de noviembre de 2023

Vivir en la mentira

De nuevo, interesantísima la clase de hoy de Iniciación a la Filosofía, que me ha recordado una de las películas que con más devoción veía en los años noventa. ¿Qué película? Rashomon, de Akira Kurosawa. Tendría diecisiete o dieciocho años cuando me llamó la atención esa frase magistral de uno de los personajes que afirma aquello de que, más terrible que las catástrofes, accidentes, barbaries, crímenes e injusticias humanas, es el no poder confiar en los demás. ¿Por qué habríamos de confiar cuando nadie cuenta de veras la verdad? Hay que ver la película para comprender el sentido profundo de la idea... Pero también me ha sugerido que no es lo mismo mentir que "vivir en la mentira", y que Kant, el filósofo de la luz y de la ilustración, que con tanto apasionamiento explicamos en clase, no ve esta diferencia cuando condena la mentira como una violación del orden establecido por una moralidad burguesa. Vivir en la mentira es mucho más corrosivo y perjudicial que mentir, limitado siempre a un número de ocasiones, porque mientras que el daño de una mentira puede pagarse con el reconocimiento y el perdón, el daño de vivir en la mentira, la mayoría de las ocasiones, se paga con la vida, y entonces ya es demasiado tarde.


domingo, 29 de octubre de 2023

El anciano de la aldea de los molinos de agua

Decía Hitchcock que podría llegar el momento en el que los pájaros se rebelasen contra los intentos de enjaulamiento humanos y acabasen con la idea misma de civilización. Lo decía seguramente movido por un sentimiento de fascinación por las criaturas que nos concede la naturaleza, a veces eclipsado por la ilusión de velocidad y poder de quien se cree dueño de lo que en realidad es siervo. Ayer, viendo al viejo Kurosawa, recordé estas palabras de "la aldea de los molinos de agua":


                                        Fotografía tomada por Clara Marta


“Lo único que nosotros pretendemos es llevar una vida natural tal y como solía hacer la gente antes. Hoy día los seres humanos olvidan que también ellos forman parte de la naturaleza, y que a ella le deben su existencia, pero la gente suele tratarla negligentemente creyendo que son capaces de crear algo mucho mejor, especialmente los científicos. Puede que intelectualmente estén bien preparados, pero lo malo de ellos es que muchos ignoran el verdadero significado de la naturaleza, y esos son los que se sienten orgullosos inventando cosas que solo acarrearán tragedias a los seres humanos. Y lo que todavía es mucho peor: La mayoría de la gente suele conceder un gran valor a todos esos inventos absurdos, y como si de milagro se tratara los adoran. Ellos no saben que esas cosas arruinan la naturaleza y consecuentemente se están destruyendo a sí mismos. Las cosas más importantes para los seres humanos son el aire puro y el agua pura. Los árboles y las plantas nos proporcionan ambas cosas, pero absurdamente la gente continúa contaminándolas a su antojo. El aire y el agua contaminados contaminan incluso la mente de los seres humanos.” (Akira Kurosawa)

viernes, 27 de octubre de 2023

Cegueras

Es una delicia escuchar a quienes con la edad de catorce años se introducen en la Filosofía, me refiero a los alumnos de la nueva asignatura de "Iniciación a la Filosofía", de dos horas a la semana, música celestial en medio del tumulto y la cháchara diarias. Ahí los alumnos se despegan de sus miedos y, como son pocos, con eso de que han sentido curiosidad por saber qué significa la palabra "Filosofía", también de su timidez, y rompen el hielo, a pesar de que el corazón les palpita hasta que ya no aguantan más y asaltan el silencio. Ahí se expresan, sí, y lo hacemos juntos, a partir de cuentos de los hermanos Grimm, de fábulas y cuentos de Esopo, de mitos clásicos, desafíos y dilemas varios que, no sé si suenan a situaciones de aprendizaje, pero les pone en camino del pensamiento. Hoy, especialmente, me ha sorprendido la agudeza de sus comentarios, primero, sobre las cegueras del yo, a raíz de un lobo que, creyéndose león, olvida su condición, y que han derivado en algunas ideas sobre el origen del egoísmo y de por qué nos inclinamos a cuidar lo nuestro antes de atender al prójimo.