Noches de
ensueño y desenfreno, de ríos que pasan mientras las aguas se llevan las
impurezas de la memoria. Apagones temporales y vahídos amarillos en la terraza
de los fumetas. Palabras afectivas que se dicen con las manos y bailes
infantiles mientras los corazones laten con la fuerza de entonces. Cubatas de
exceso arrojados al vacío, y otros que vuelven para seguir bailando hasta el
último de los ratos. Compañeros que son amigos cuando preguntan por el sentido
de tu último libro, o cuando ves que otros han hecho casa en el instituto de
Miralbueno. Familias que se recogen para emprender el nuevo día, o la semana,
con eso de que también hay lunes y martes. Palabras temblorosas que no sabías
si decirlas hasta la segunda cerveza. Abrazos que te dicen que irás también el curso
que viene, compañeros que se van y otros que quedan. Bancos desalojados,
canciones olvidadas, chupitos no bebidos, sonidos que no llegan, y recuerdos
que no arrancan. Noches de luz donde los gestos dicen más que las palabras
porque ya no importa lo que digas. Pequeños rencores y aclaraciones, perdones y
gracias, que se van con el último cubata antes de abandonar la sala. Rituales
necesarios, que nos devuelven a la vida y hacen del siguiente curso el curso que viene. Momentos de amistad, gozo, desvergüenza, donde ya solo quedan
las hojas para taparnos los genitales y seguir bailando el resto del verano.
sábado, 28 de junio de 2025
Final de curso
martes, 17 de junio de 2025
¿Malos alumnos o malas escuelas?
Cuando era estudiante pasaba horas dibujando bocetos de paisajes o preguntándome qué habría al otro lado del Universo. ¿Por qué sentimos lo que sentimos cuando nos enamoramos? ¿Por qué el cielo es azul y el fuego no se puede apresar? Recuerdo que esas preguntas venían una y otra vez sin que nadie fuera a darme una respuesta. Veía el colegio, y luego el instituto, como lugares encerrados entre paredes y timbres, donde se nos obligaba a memorizar series de contenidos que poco o nada tenían que ver con nuestra realidad y lo que en ella había de preocupación. Sabía que tenía que cumplir con los preceptos de profesores y tutores y guardaba para mí aquellas preguntas que luego, en la vida adulta, aparecieron en forma de reflexiones y textos más elaborados. “¿Por qué sentimos lo que sentimos cuando nos enamoramos?” Me animé a preguntar anónimamente a uno de aquellos sexólogos que venían de paso, y cuya respuesta fue obviar la pregunta: “¿Por qué va a ser? Porque nos enamoramos”. Ahora veo en muchos de mis alumnos lo que antes veía en mí mismo: apatía hacia el aprendizaje impuesto, desinterés camuflado, libretas llenas de dibujos y palabras de baúles imaginarios. Ahora veo en muchos de ellos que la escuela, si algo debe ser, es lugar para el acogimiento y la estimulación de esas primeras grandes inquietudes:
“Como profesor de enseñanzas medias, siempre he sentido predilección por
los malos alumnos. Algunos eran mucho más creativos e inteligentes que sus
compañeros, con notas más brillantes y actitudes más previsibles. Conservo un
recuerdo particularmente afectuoso de Jimmy. Era un chico delgado, con el pelo
alborotado y unas gafas de pasta roja. Se pasaba las clases dibujando. No le
preocupaba suspender. Era educado y respetuoso, pero se aburría y prefería dar
rienda suelta a su imaginación. Sus dibujos reflejaban sus lecturas: Poe,
Tolkien, Lovecraft. Hablar con él resultaba agradable, pues era apasionado,
reflexivo y soñador. Vivía en un mundo diferente al de los demás. Sus compañeros lo tenían por un bicho raro y
le hacían el vacío. Suspendía cinco o seis materias cada trimestre, pero
aprobaba las recuperaciones y, a duras penas, pasaba de curso. Los profesores
lamentaban su escasa motivación. Lo consideraban un vago y un irresponsable. Por
supuesto, ninguno se planteaba que el problema no era Jimmy, sino el sistema
educativo.” (Elogio del amor, Rafael Narbona)
jueves, 5 de junio de 2025
miércoles, 4 de junio de 2025
Pechos eternos
Los vínculos y raíces son más poderosos de lo que pensamos. Empezamos a caminar, en dirección contraria, y pronto sentimos que nos tiran hacia la raíz. No puedo estar más lejos de mi madre, no puedo faltar el día que ella espera que estemos todos, no me puedo olvidar de desearle un feliz cumpleaños. Los ritmos, calendarios, estaciones, relojes, todo baila al son de una música que gravita en torno a los mismos centros. Centros que son de todos, porque no somos tan distintos como nos quieren hacer creer quienes fabrican músicas pasajeras. Nuestro tiempo es un tiempo ilusorio, ingrávido, en el que las cosas, pesando, parece que no pesan. Es un tiempo de simulaciones. Ahora todo se presenta con el disfraz de la simulación, incluso realidades como la vida y la muerte, la amistad y el sexo, la palabra y el arte. Podemos simular que alguien fallecido está vivo. Podemos simular que alguien vivo se muere. Podemos simular que soy amigo de alguien a quien no conozco ni conoceré, que soy productor de obras que encantan a millones de espectadores, también simulados. Los tiempos nos han convertido en artistas de la simulación. ¿Pero cuánto puede resistir la realidad simulada antes del derrumbamiento? ¿Durante cuánto tiempo más seguiremos mirando la pantalla? La realidad, con sus ciclos y desechos, acaba imponiéndose. Se impone la muerte del prójimo, el deseo que nos saca y lleva fuera del paraíso, luz que viene de fuera y nos despierta en la noche para descubrir que ahí los móviles no centellean y sólo cabe orientarse mirando las estrellas. Se impone la última petición, que me laven el pelo para iniciar el tránsito hacia el otro lado. Se impone el olvido del tiempo, del aquí y del ahora, de eso que tanto proclaman quienes disfrazan la vida de felicidad y bienestar. Y se impone, por fin, el semen desparramado en la noche salvaje.
martes, 27 de mayo de 2025
Olimpiada de Locura
OLIMPIADA DE LOCURA. Muy sugerente y atrayente el título de la nueva
Olimpiada de Filosofía que nuestros compañeros manchegos han elegido para
acogernos el próximo curso en la sede nacional. Un título muy atractivo que
invita a pensar en formas quijotescas de conocimiento y adentramiento de lo
real, traspasando quizá los límites de las viejas dicotomías de razón y
sinrazón, realidad y apariencia, cordura y locura, sueño y vigilia. Cuando Euclides dictó sentencia y estableció aquello de que
el punto es la unidad mínima del espacio y el todo es mayor que cada una de las
partes, quienes le siguieron se considerarían unos locos. Y, sin embargo, ahora
está loco quien se aparta de lo que se espera que uno haga en clase de matemáticas. Todos nos hemos vuelto
euclidianos, hasta el punto de que la revolución ha sido las matemáticas no
euclidianas. ¿Tendría razón Cervantes con aquello de que "cuando los locos
se hacen mayoría, la locura se vuelve razón"? Por ello Kant, en su estudio
sobre el fundamento de la validez de las ciencias formales y empíricas, adopta
la locura normalizada, esa locura diluida en el sentido de lo común. Y es que
lo común ahora es lo que antes sólo compartían unos pocos locos.
jueves, 22 de mayo de 2025
Estar en lo alto
Quien quiere estar en lo alto no quiere
subir la montaña. Subir la montaña significa emprender viaje, decir adiós a
quienes dejamos atrás y vérnoslas solos en la noche. Es la aventura de quien
marcha solo a caminar, sin ninguna seguridad de que vaya a encontrar respuesta
o no se pierda en el camino. Estar en lo alto nos priva de lo esencial, que es
el camino, la dificultad de subirlo, la necesidad de ir superando las
dificultades, la alegría de ver que una idea ilumina nuestro paso y nos permite
seguir adelante, el placer del descanso cuando la travesía ha sido larga. La
obcecación por estar en lo alto nos aleja del camino, infinitamente, que deja
de verse como algo concreto, cercano, próximo, y, en su lugar, aparece en forma
de «no lugar», de posibilidad, de inmaterialidad. «Estar en lo alto» cancela el
deseo, la voluntad de aventurarse.
En la actualidad el imperialismo de la apetencia nubla el deseo, no lo deja salir, no aparece, y ya no sabemos de él. La apetencia funciona como eclipse del deseo, y entonces la vida se hace imposible: “El escenario de la modernidad convierte el deseo en apetencia. Si el deseo es algo que tiene como objeto un imposible, algo que nunca puede alcanzarse del todo, en el caso de la apetencia ocurre todo lo contrario. El aburrimiento parece surgir cuando el deseo no puede satisfacerse. Ahora bien, un placer cómodo y fácil de obtener también aburre. Por un lado, el actor no soporta ningún estar ahí que no le produzca un placer inmediato y constante, pero al mismo tiempo ese placer deja de tener interés para él. Es demasiado fácil. En ambos casos, su vida ordinaria queda colapsada por la depresión. Antaño, la depresión se caracterizaba básicamente por la incapacidad de sentir placer; en los actuales escenarios de la modernidad sucede lo contrario; hay depresión porque hay incapacidad de no sentir nada que no sea placer.” (Joan-Carles Mèlich, El escenario de la existencia)
sábado, 17 de mayo de 2025
Graduación
El acto de graduación es un ritual de transición, hacia la vida adulta. Y es esencial que quien lo inicia se sienta acompañado. Así nos sentimos, también, quienes acompañamos, en una noche de risas y sorpresas, de sueños incumplidos, de salones que se abrían para conversar con nuestra copa de plástico, de relojes que nos decían que la hora era importante, pero sólo para detenerlos y no marchar más. Noche de alumnos que se daban la mano para decirse que no estarían solos, de adolescentes que bailaban eléctricos mientras imaginaban que alguien los vería. Noche de historias personales que tan pronto salían se recogían. Noche y día mezclados, de baile, confusión, despreocupación, y móviles apagados. Noche de excesos que ahí se volvían defectos. Noche de revelaciones, de media luna, de autobuses vacíos y lágrimas evaporadas. Noche de miradas futuras, atentas, reposadas en palabras que quizá no fueran a sonar más. Un año más. Gracias.