martes, 23 de noviembre de 2010

La lección del profesor estudiante

El ejercicio de la profesión de profesor pasa sin duda por estudiar continuamente. Un profesor que se precie debe ser ante todo un alumno inquieto y ávido de conocimientos, deseoso de profundizar en aquellos conocimientos que luego por su profesión tendrá que transmitir lo más rigurosa y claramente posible a sus pupilos. Pero no solo este profesor estudiante proporcionará conocimientos bien expuestos a sus alumnos, sino quizá lo que es más importante, les transmitirá una valiosa lección.
Bien pensado, la lección que un profesor así pueda dar a sus alumnos es incomparable con ninguna otra. Pensemos la situación en la que un profesor en su hora de atención educativa, la alternativa a la clase de religión, en lugar de pasearse por la clase para matar el tiempo, saca un libro de su disciplina o unos apuntes ya usados de su cartera y empieza a leerlos ávidamente, o comienza a utilizar la pizarra ahora vacía para expresar unas ideas que tenía en mente o repasar una serie de comprobaciones matemáticas. Es fácil imaginar a los alumnos preguntándose para sus adentros por qué este profesor, con la vida ya solucionada, con su plaza de funcionario, se empeña ahora tanto en seguir estudiando. Ver esta situación seguro les hace reparar en un hecho cuando menos sorprendente e inaudito: quizá, después de todo, estudiar y aprender pueda ser interesante, quizá valga la pena dedicar parte de nuestro tiempo a estudiar y podamos sacar algún provecho de dicha actividad, por ella misma y no como un medio para otra cosa. La sensación de extrañamiento de estos alumnos se avivaría si supieran que este enorme esfuerzo por aprender permanece generalmente en secreto, es anónimo, nadie o casi nadie repara en él, muchas veces ni siquiera nuestros compañeros de profesión o la administración educativa, que apenas valora y fomenta el estudio y la investigación en los profesores.

2 comentarios:

Philip Muller dijo...

Mi padre ha sido profesor durante muuuchos años y admiro mucho la profesión --tal vez porque me veo incapaz de llegar a algo parecido.

Es cierto que los profesores inquietos, por lo general, transmiten la inquietud a los alumnos. También que el alumno valora esa inquitud o apertura. Por ejemplo: es impresionante cuando haces una pregunta que abre un horizonte al profesor, que nunca se la había planteado.

Sin embargo, es difícil que los profesores no se apoltronen en sus cátedras. Primero, porque es más comodo. Y segundo, porque "ya saben". También porque es una profesión poco reconocida, pese a que es clave. ¿Cómo puede un profesor mantener viva la inquietud? ¿Por qué debería, si de ordinario sus alumnos pasan de él?

David Porcel dijo...

Las preguntas que planteas tiene su miga. Pienso que la sabiduría es algo que se va alcanzando, pero siempre quedan cosas por saber. De hecho, la sabiduría siempre es un islote en medio del inmenso mar de la ignorancia, que es lo que domina, y no porque no pretendamos conquistar más islotes de sabiduría. El profesor, antes que enseñar, tiene que ser un amante del conocimiento. Por otra parte, generalmente los profesores más inquietos suelen buscar otros lugares desde los que enseñar además de las aulas. Se enseña a quien tiene algo que aprender, en eso llevas razón, pero como profesores pienso que no hay que hacer caso al desinterés del alumnado y seguir con nuestra tarea de formar a los alumnos. Esta es nuestra responsabilidad.