domingo, 26 de mayo de 2013

El beso imposible

Recuerdo que en los años adolescentes me enamoraba muy fácilmente. Bastaba una sonrisa, una mirada, muchas veces inintencionada, para que se desatara todo un aparato emocional que acababa revistiendo esa primera vivencia en un auténtico objeto de veneración. El amor por entonces no consistía en un deseo de unión o posesión, como gusta definir a algunos filósofos irracionalistas, sino en un proceso de sublimación o irrealización por el que una simple vivencia acababa convirtiéndose en un objeto ideal, no por imposible, sino por irreal. Es comprensible que, tras este proceso de conversión, sobreviniera la habitual frustración -o mejor, desilusión- en el primer encuentro con quien hasta entonces había constituido foco de tantos halagos y atenciones. La carne se imponía. Aun recuerdo la primera acaricia que, lejos de estimular mis apetencias, me produjo una desilusión sin precedentes. Aquella acaricia me recordó la imperfección de mi carne, su mortalidad, la imposibilidad de encontrarme con aquello que más había amado.
 
Cuanto más convertía su amor en un imposible, más profundamente traicionaba el sacerdote a Buda, pues la imposibilidad de su amor se encontraba aparejada con la imposibilidad de llegar a la iluminación. Y cuanto más advertía que su amor no podía tener esperanza, más crecía la fantasía que lo alimentaba y más se arraigaban sus pensamientos impuros. Mientras consideraba que su amor tenía alguna posibilidad, le había sido más fácil renunciar a él; pero ahora que la Gran Concubina se había convertido en una criatura fabulosa y totalmente inalcanzable, el amor del Gran Sacerdote se inmovilizaba como un gran lago de aguas calmas que cubría, inexorablemente, la superficie de la tierra.
 
Esperaba ver el rostro de su dama aún una vez más, pero temía que esa figura, que ahora se había vuelto una gigantesca flor de loto, se desvaneciera sin dejar rastros. Si aquello sucedía, el Gran Sacerdote se salvaría. Esta vez no dudaba de alcanzar la verdad. Y aquella mera perspectiva llenó al sacerdote de miedo y reverencia. (Yukio Mishima, "El sacerdote y su amor", La Perla)

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Qué se pierde en el juego del amor? El Amo absoluto no puede jugarlo. Lo dulce del objeto amoroso está en la constatación de que tras él no hay sino otro sujeto que, como el amante, pide y desea, nada de Ideales, de dioses ni demonios.
M.P.

David Porcel dijo...

Sí, es el encuentro con el otro, que pide, desea, te mira, te reclama...por eso cuando al final el sacerdote se lleva a su frente las manos de la Gran Concubina, llora tristemente. Es la pérdida del objeto sublimado, irrealizado, es la imposición de los deseos del otro, que reclaman poner en juego los tuyos. T.H.

Anónimo dijo...

Exacto. Aunque yo no hablaría de "la imposición de los deseos del otro", sino de SU PRESENCIA. Tal vez, hablar de imposición denuncia un temor ancestarl a esa presencia de los deseos del otro.
Pero, absolutamente de acuerdo con tu comentario.
MP

David Porcel dijo...

Claro, imposición en el sentido de que se impone su presencia, de que no la podemos eludir...