jueves, 13 de diciembre de 2018

El eterno retorno de la nieve

La tradición nos enseña a pisar firme para seguir avanzando. Donde no hay suelo ni camino, como enseña Parménides, no hay tránsito ni final posibles. La ciencia es el camino, y la verdad su terminación. Sin embargo, no sólo puede avanzarse caminando. Es el caso de aquellos malogrados que, por una razón u otra, viven anclados en una imposibilidad. No habitan la posibilidad porque no encuentran donde pisar, de ahí que no les sea dado el camino. Se trata de personajes, por lo general, atormentados, aquejados de un mal constituyente. No conocen la frustración porque no tienen nada que realizar ni nada por lo que sentirse irrealizados. Sencillamente, habitan más acá de la posibilidad y la expectación.

Llevado al cine de Tim Burton, lo encontramos en el personaje de Edward (a quien debemos el título de Eduardo manostijeras) Sus tijeras delatan su naturaleza artificial, pero también la imposibilidad del abrazo ("no te puedo abrazar", le dice a la joven Kim), del compromiso y de la unión. No es que no pueda ver realizados sus sueños de conquistar a Kim, sino que ni siquiera puede soñar con conquistarla. Vive, digámoslo así, sustraído del dominio de la posibilidad, del camino y de la conquista. Una imposibilidad le ata, más que a nadie, a no poder encauzar su amor. Y un amor no concretado, no posibilitado, extirpado de inicio, no puede llegar a nada.



De ahí la escultura. Eduardo introduce el arte en el colorido vecindario. Introduce la novedad, quebrando la uniformidad de las líneas y la regularidad de las formas. Esculpe los jardines, los cabellos, el hielo. Esculpe porque es capaz de habitar más acá del camino, y del tránsito. Esculpe porque es capaz de vivir la imposibilidad del amor: ahora, eternamente generador, de tiempo, y de nieve.

7 comentarios:

Robbin de los Bosques dijo...

Me resulta inquietante pensar en la idea que dio a luz a un personaje como Edward. Capacitado para amar, incapacitado para acercarse al amor. Podría matar si se acercase demasiado pero a su vez puede crear belleza por tal condición.

David Porcel Dieste dijo...

Exacto. Justamente ahí radica el origen de su condición de ser malogrado, que también observamos en la novela de Frankenstein. También la criatura, por su condición, está condenada a buscar amparo en un mundo que no se lo puede dar. Por ello está condenada a errar, a vivir desconsoladamente. Pero claro, precisamente en esa imposibilidad se abre una nueva posibilidad, que en el caso de Eduardo, y por su cualidad de "manostijeras", se traduce en la escultura. Y en este caso se nos abre una cuestión: la generación, ¿necesita de la posibilidad (entendida como apoyo, soporte) o de la imposibilidad (entendida como la negación de toda posibilidad, proyección y materialización)? De una imposibilidad, eso sí, vivida hasta las entrañas. Un abrazo

Robbin de los Bosques dijo...

Respondiendo a la pregunta que planteas, fíjate en Frankenstein, los humanos le niegan la convivencia por su condición y aspecto. Esto le transforma en un nómada, siempre huyendo. Le es imposible generar nada. Solo tiene dolor.
Yo creo que la producción siempre se sitúa en la posibilidad, una privación relativa.

David Porcel Dieste dijo...

Al hilo de lo que planteas diría que lo que salva a Edward es el amor. Le salva de no vivir en la desesperación. El amor, aunque imposible de concretarse, genera belleza, orden, tiempo. Y, precisamente por no poder concretarse, proyectarse en una vida común, basada en el cuidado y amparo mutuos, la generará perpetuamente.

Robbin de los Bosques dijo...

Y al monstruo de Frankenstein le mantiene el odio. En ambos casos el motor es una tensión que no encuentra resolución. Uno huye, el otro crea.

Anónimo dijo...

Un deseo imposible es un deseo enquistado. Queda siempre ahí, quizá realizándose una y otra vez, pero sin agotarse jamás. Estupenda entrada. Gracias

David Porcel Dieste dijo...

En efecto, gracias a ti.