jueves, 6 de junio de 2019

Acerca de la felicidad

Comparto el enlace del nuevo número de la Revista Ábaco donde colaboramos con un ensayo sobre formas de habitar y afrontar el exceso en sus diferentes concreciones, y que en su parte monográfica trata "acerca de la Felicidad" desde una visión plural y multidisciplinar con diez artículos sobre el tema. Además en la revista se ofrecen para su lectura y debate otros trabajos sobre la discusión acerca del feminismo; notas y artículos sobre crónica y crítica de la cultura sobre Max Aub; una entrevista original a Javier Cercas realizada en el contexto del Hay Festival en el Reino Unido; así como un obituario a Vicente Álvarez Areces, matemático y político fallecido recientemente y miembro en 1986 del primer consejo editor de la revista Ábaco.




Este Ábaco tiene igualmente un valor añadido, ya que cuenta con un extraordinario reportaje fotográfico de Sara Janini que muestra en sus obras una sugerente propuesta acerca de "la felicidad", tema central de este número 99 de Abaco.

Sin duda, un buen motivo todo ello para leer sin prisa y sin pausa la revista en este tiempo que se avecina.

Para pedidos y mas información se puede escribir a revabaco@gmail.com

domingo, 2 de junio de 2019

Vidas sobrecargadas

La vida, también, puede medirse por la pesadez de la carga. Hay vidas ligeras, como la del pájaro, que echa a volar sin experimentar la gravidez de las alas, o encontrando un intenso placer en su movimiento. O la del poeta, que en su ejercicio se olvida de las referencias y situaciones del habla. Incluso la vida del filósofo, cuando le corresponde dar nombre a las intuiciones que se agolpan sobre sí, se haya desprovista de las cargas habituales del vivir. Pero son casos excepcionales, también el del amante, que ya no distingue su historia de la del mundo porque todo él lo conforma aquello que ama. Normalmente, todos soportamos cargas que aparecen en función de cuáles son nuestros quehaceres rutinarios. La imprecisión o el miedo a ser impreciso puede pesar al cirujano; el empobrecimiento de la imaginación, al modisto o al novelista; la torpeza intelectual, al matemático o al físico; la intolerancia a la fatiga y al agotamiento, al corredor... También las hay que asaltan de pasados que pudieron ocurrir o de futuros que podrían hacerlo, alejándonos entonces de nuestra realidad. Otras, mucho más comunes, proceden de nuestro entorno laboral, familiar o social. Y hay también cargas que no existen, pero que pesan, como la muerte, o la posibilidad de no ser, que pese a su abstracción tantas vidas ha arruinado o manchado de sangre.

Respecto de la carga, lo más sabio, sin duda, es aceptar su necesidad, en lugar de tratar de negarla, querer ahuyentarla o desatarnos de ella. Esto último no hace sino contribuir a aumentarla, ya que entonces, sin quererlo, sobrecargamos a la carga habitual la idea fustigante de que no merecíamos aquella. Es verdad que algunos de los primeros sabios, como ciertos filósofos órficos, los pitagóricos o Platón, vieron la carga del cuerpo como un castigo, pero sólo tras haber construido toda una mitología de la falta primordial, la culpa y la expiación.

Lo más sensato, sin duda, es aceptar la carga como parte de nosotros, quererla, integrarla a nuestro porvenir, y quizá entonces no acabar vencidos por ella:

Intentó otra vez soltarse, maldiciendo y gimiendo mientras se retorcía. No servía de nada. No podía moverse. Agotado, se llevó los brazos a la cabeza y lloró amargamente. Se hundió más y más en la nieve, y cuando un trozo suelto de broza, fría y húmeda, le rozó los labios, fue como si lo tocara en la oscuridad una mano tímida e insegura. (El manzano, Daphne du Maurier)

sábado, 1 de junio de 2019

Bienvenidos al espacio Ikea

Decía Ortega hace ya casi un siglo que el ser humano necesita de bienestar, y esto explica que renunciaría a vivir si se le proveyera únicamente de lo necesario para hacerlo. En la naturaleza del hombre está desear cocer el alimento, recostarse cómodamente, viajar por todo el mundo, o prolongar el placer de la sexualidad. Pero ya no sé si aquel mensaje, que en su tiempo no hizo sino ampliar el programa humanista de Pico della Mirandola, serviría a quien, durante la tarde del fin de semana, visita cualquiera de los grandes establecimientos comerciales. En ellos la comodidad, la durabilidad o la seguridad, que Ortega categorizaba de realidades superfluas, favorecedoras de bienestar, quedan soterradas bajo el manto de la sofisticación. Los nuevos dependientes ya no venden el producto destacando su confortabilidad, durabilidad o elegancia -cualidades que ahora se suponen ya en todos los productos-, sino recurriendo a nuevos lenguajes que sólo el nuevo consumidor logra entender. Por ejemplo, si nos vamos a la sección de mobiliarios de la casa, los cajones de estantes y mesas pueden ser silenciosossuaves o extraíbles; las mesas y sillas, elevables, giratorias o auxiliares; las camas, plegables, reversiblesapilables; las lámparas, incandescentes, halógenas o fluorescentes; y así un largo etcétera hasta agotar todos los muebles y estancias de la casa.


El tiempo de consumo se ha convertido en un tiempo dedicado al registro y a la constatación. No importa probar las cosas, sino constatar que reúnen todas las condiciones y exigencias que propone el mercado. No es casual, en este sentido, que se hayan disparado en los últimos años las televentas. ¿Quién necesita conocer el producto si lo que interesa es que responda a los estándares de funcionalidad e idoneidad?

El ser humano busca «estar bien», sí, pero porque primero tiene que estar en el mundo. El calor de la manta precisa de un cuerpo que calentar, y el cuerpo de un suelo donde pisar. Me pregunto si ahora, al nuevo consumidor, que busca constatar que todo está bien, le apremia «estar bien» con la misma urgencia con la que al hombre que buscaba bienestar le apremiaba estar en el mundo.

domingo, 26 de mayo de 2019

La torre prohibida

Algo habría en aquellas viejas películas de Hitchcock para que, como los antiguos cinematógrafos que marchaban hacia adelante y hacia atrás, volviera a verlas una y otra vez en mis años de adolescencia. Quizá fuera la belleza de sus imágenes, la elegancia del estilo, o su capacidad para conectar con nuestro inconsciente.  Sea como fuere, es indudable que la lógica discursiva de sus películas no es la lógica de la argumentación y de la deducción, sino del repliegue y el despliegue. Algo que estaba plegado, ocultado, deliberada o accidentalmente, acaba haciéndose patente. Es decir: Hitchcock no cuenta historias convincentes, sino necesarias. O no las cuenta para convencer, sino porque hay que terminar de contarlas.

He vuelto a ver Vértigo, una de las más bellas obras de su filmografía, y del cine en general. Sí, el vértigo es lo que separa a Scottie de la escena primordial que se (le) acaba desplegando. En esta ocasión la escena primigenia no ocurre en un pasado ancestral o en lugares recónditos de viejas mansiones, sino en la torre de un campanario y durante un pasado muy reciente. Allí acontece un suceso que es ocultado a los ojos del espectador, y de Scottie. Escuchamos un grito, vemos caer un cuerpo, y hacerlo de lo alto de un campanario al que no podemos acceder. Precisamente, este ocultamiento es lo que mueve la acción hasta la reconstrucción de Madeleine y la expiación final. ¿Por qué Madeleine tuvo que elegir precisamente esa torre para quitarse la vida? Una torre que es, en realidad, territorio prohibido para Scottie y el espectador.

Tampoco los primeros hombres, según relata el Génesis, pudieron ver la escena primordial por la que el Árbol del conocimiento se constituyó como el árbol prohibido. ¿Por qué tuvo que ser precisamente ése el árbol prohibido? ¿Y por qué tuvo que dirigirse a ellos la prohibición? Este ocultamiento, previo a la transgresión, despierta el deseo de conocimiento y lleva a la pregunta por el origen de la ley, de Dios y de la legitimidad del poder, apareciendo la filosofía y el mito como fuerzas liberadoras.

Scottie no debió dejarse vencer por el vértigo y salvar a Madeleine, pero este imperativo, como la prohibición a comer del Árbol del paraíso, pertenece al reino del deber y, como tal, está fuera de lo tangible. En el fondo, Scottie sólo es culpable de mirar hacia abajo en lugar de tratar de ascender a lo alto, como Eva lo fue de escuchar a la serpiente en lugar de desoírla. Pero la culpa, por sí sola, no basta para llegar a la verdad. Se necesita de cierta confusión y desconocimiento como puntos de partida.

viernes, 24 de mayo de 2019

Ramé. Reflexión de una joven filósofa.

Comparto con vosotros esta reflexión de una alumna de 1º de Bachillerato muy especial, Ahyssa Ramírez, prometedora filósofa. Su mirada, llena de sabiduría e ingenuidad, nos invita a ver la savia de las palabras, y su raíz, y sus hojas: "Deberíamos cuestionarnos e ir más allá de cada cosa nueva que aprendemos, saber que hay detrás de una palabra tan sencilla como ramé, y no seguir los cánones, sino romperlos e incluso fusionarlos."


Ramé




Algo que es hermoso y caótico al mismo tiempo.
La palabra “caos” tiene un significado más allá del desorden que nos podemos imaginar, es una palabra que te hace pensar, sentir.
¿Qué es el caos? Una respuesta obviamente muy personal, el interés de esta palabra es lo que nos puede hacer sentir.
Si cerramos los ojos y lo imaginamos, puedes sentir ansiedad, al imaginar algo tan desordenado, sin pies ni cabeza.
Pero también te puede parecer bonito e interesante, la belleza de lo complicado.
Asociamos al caos una connotación negativa que nos priva de encontrar la belleza a las cosas complicadas.
¿Por qué una sola palabra nos puede transmitir tanto? ¿El caos puede resultar bello?
De la misma manera que el caos mayormente causa un efecto negativo, la belleza produce el contrario.
Algo bello es algo digno de ver, de apreciar, cuando algo le parece bello a mucha gente y no encontramos esa belleza nos sentimos diferentes por no encajar; pero realmente, ¿qué es la belleza?
¿Por qué para la gente es bello lo que para mí no lo es?
¿Puede el caos ser algo bello?
¿Pueden convivir caos y belleza en un mismo elemento?
Y la belleza, ¿puede ser caótica?
El sentido a las palabras lo atribuimos nosotros, y lo que nos transmiten también. Que haya tanta variedad de pensamientos sólo refleja la complejidad de la mente humana, que a pesar de ser algo caótico, es hermoso.
Deberíamos cuestionarnos e ir más allá de cada cosa nueva que aprendemos, saber que hay detrás de una palabra tan sencilla como ramé, y no seguir los cánones, sino romperlos e incluso fusionarlos.
De alguna manera, siempre encontraremos la belleza que tanto gusta personalmente.

Ahyssa Ramírez

sábado, 18 de mayo de 2019

Montaña amada

Saber escuchar las piedras, sus quejidos, su belleza. ¿Podría alguien vivir de esa sabiduría? ¿Podría alguien acampar en ella y librarse de la historia? Andantes las visitan, quizá para recordarse que todavía son mortales. O las escalan, para sentirse más próximos a ellas, como quien recorre el cuerpo de la amada para cerciorarse de su pasión. Montaña amada, y abrazada.
 
 
Sí, también las montañas se arrugan, y esperan inconscientes el momento de deshacerse. Los relojes, mientras, sincronizan, fijan, regulan, desechan, hasta que ya no pueden dar la hora.

viernes, 10 de mayo de 2019

Hospitales transparentes

Un hospital aparece a mi paso. No se distribuye en plantas, consultorios y especialidades, sino que, como un gran expositor, de paredes y techo de cristal, se provee de todo cuanto pueda necesitar un sanatorio. Extendidos sobre una vasta superficie, diferentes aparatos, a veces integrando a su funcionamiento cuerpos vivos e inconscientes, se muestran a los ojos de un espectador atónito. Una enfermera se aproxima y enseguida detecta mi historial.

Mientras aguardo al médico de cabecera, entre aquellos aparatos que recuerdan a ciertos relatos de Kafka, observo bajo el cristal de mis pies unos conductos transportar sangre. El médico extiende sobre mí tres sobres, advirtiéndome que debo dejar de tomar café y frutos secos. Veo que en uno de ellos pone tuberculosis. Alarmado, le pregunto si no ha equivocado el historial, porque no recuerdo estar enfermo. Al escucharlo, las dos enfermeras con vestimenta de secretaria se alejan riéndose burlonamente.

Una de ellas, cogiéndome del brazo, me conecta a uno de esos aparatos implacables que me retira la sangre devolviéndomela poco después. Querría poder sentir dolor y gritarlo a las paredes, pero no puedo.

Alejándome, le pregunto a la enfermera si todavía podré vivir cien años.

Sueño de la noche del 9 de Mayo