miércoles, 10 de agosto de 2022

Vidas móviles

Suelo escribir algo con el primer café, o cuando llegamos de alguna excursión, al atardecer, tumbado a la bartola. Y el caso es que estos días lo he hecho desde el móvil, en una zona del camping reservada de conexión WiFi. Es un lugar agradable, con sus mesas y sombrillas, por si quieres acompañar tu navegación de un café o un refresco. Lo que me llama la atención es que, al menos durante esta hora en la que escribo algo o aprovecho a compartir alguna foto con familiares y amigos, me siento formando parte de la nueva oleada de adolescentes y niños, de no más de siete u ocho años, que, sin café ni refresco, y mientras sus padres toman el sol en la piscina, pasan la tarde pegados a sus móviles. Ávidamente. De pronto sonríen, se sonrojan o profieren algún abrupto comentario como buahhh, ohhhh. Y es que está claro que esta otra vida, la conectada, les satisface si cabe tanto como la vida común, la del aire libre, ahora también llamada desconectada. Les satisface y confiere identidad, porque para ellos el móvil nunca ha representado un mero utensilio o juguete con el que pasar buenos ratos, sino que es una manera de trazar y labrar su entramado vital. El móvil, a diferencia de un reloj o unas gafas, no es un accesorio o un recurso para vivir mejor, sino un puente desde el que construir vida. La vida, decía, Ortega, es un ocuparme con las cosas y los otros. Pero ahora son las cosas y los otros los que, a través de ellas, ocupan nuestra vida: "La tecnología no es neutra, por mucho que un sentido común simplón se empeñe en repetirlo una y otra vez; la idea de la neutralidad de la tecnología es una trampa que hay que señalar, un mantra que hay que poner en duda desde el inicio. Esta es la labor que muchos filósofos han intentado llevar a cabo. Langdon Winner reclamaba la necesidad de una crítica de la tecnología parecida a la crítica artística y cultural. De nuevo, no se trata de una salida de tono o una excentricidad. Bien pensado, la tecnología forma parte de la cultura; son los seres humanos quienes la crean. Y esas creaciones, parecidas en cierto sentido a las de la pintura, la literatura o la música, podrían someterse también a consideraciones críticas." (El desencanto del Progreso)

lunes, 8 de agosto de 2022

Ordet

Antes de que la oscuridad me cerrara los ojos, vi, acompañado, Ordet, pero no la de Dreyer, sino una anterior que lo inspiró. Una sueca, de Gustaf Molander. Es una película sobre la fe y la crisis de fe, pero también sobre la niñez y la locura que, en proporciones diversas, todos llevamos dentro. Y de cómo esa ingenuidad loca, o locura ingenua, puede penetrar en misterios inadvertidos para la razón y el sentido común. La idea de que la sinrazón desbroza caminos que pasan desapercibidos al resabido y al culto la encontramos en grandes relatos fundaciones de nuestra cultura. Las mil y una noches están llenos de ellos, pero también Platón, Chrètiene de Troyes, Cervantes, y tantos otros, presentan a grandes locos quebrando la oscuridad, la tradición y el dogma. Ordet vuelve sobre esta idea, representada en esta ocasión por un joven aspirante a la vida religiosa, pero desilusionado por una sociedad descreída y carente de fe. ¿Tiene sentido servir a Dios en sociedades nihilistas y nihilizadoras? Es la pregunta que inquieta a este joven hijo de una tradición de clérigos. Sin embargo, lo interesante de la historia, a mi modo de ver, es precisamente aquello que no se puede contar explicativamente, y que se relaciona, como decíamos, con el hecho, inaudito, anómalo, pero perfectamente real, de que el loco puede lo que no puede el cuerdo. Solo quien tiene el coraje suficiente de mantenerse impermeable a las ideas y valores circundantes, parece decirnos Ordet, puede hacer realidad lo que nadie podía concebir. Y esto es precisamente lo milagroso: hacer real lo inverosímil. Gran película para una noche de estrellas, o de lluvia.

domingo, 7 de agosto de 2022

Campomoro-Cala Genovese

Creo que es en Japón donde los alumnos pueden disfrutar de un reconocimiento escolar por realizar largas caminatas, como el Camino de Santiago, o estancias duraderas en la naturaleza. Y es que la naturaleza se aprende viviéndola, conociendo sus ritmos y los dictados que ella impone. En las clases de biología se aprende a analizar, examinar y diseccionar la naturaleza, una de tantas maneras de comportarnos respecto de ella y las reacciones que aparecen como consecuencia de esa relación analítica y observacional propia de la ciencia moderna. Pero, precisamente por aparecer la naturaleza de esa forma determinada, se ignora casi todo de ella. La naturaleza hay que vivirla, comprendiendo su necesidad, su belleza, sus reclamos y concesiones, y así, de paso, poder reconocer que, por más que nos pese, no somos los protagonistas de la película de la vida. Ahí seguimos. Sumergidos en la naturaleza, con dos latas de lentejas y previsión de tormentas.

viernes, 5 de agosto de 2022

Olmeto

Sigo dándole vueltas al asunto del mal. Y no es que me invada el mal. Todo lo contrario, aquí, entre bosquedales y pueblos corsos, la paz ha venido a instalarse y hay tiempo para pequeñas disquisiciones bajo alguna sombra con móvil en mano. Pero fue una lectura juvenil de Safranski, El Mal o el drama de la libertad, lo que incendió una pregunta que aún persiste: ¿Que papel juega el mal, o más precisamente, el modo como este se presenta, en la construcción de la cultura? Decíamos en una reflexión anterior que hay males, o malvados, que escapan a los límites de cualquier forma de comprensión y de voluntad. Poníamos el ejemplo de algunos relatos de Mathesson, pero también encontramos este principio en series como las de Alien o cuantas versiones se hayan realizado de la hitchcockiana ventana indiscreta (o de La ventana, una película deliciosa anterior del 49) En ellas aparece el mal como lo que no admite distancia, y por ello no sirven para combatirlo ni la técnica del desenmascaramiento ni la del conocimiento (de causas o de esencias). El alienígena se resiste a cualquier forma de red o asidero. De hecho, ni siquiera la portentosa Nostromo escapa a su poder corrosivo. Y tampoco el inválido Jefferies de La ventana indiscreta puede evitar que el confiado asesino le dé alcance y lo dejé aún más inválido (salvo disparar vanamente el flash de su cámara haciéndose todavía más patente su fragilidad). Y es que la situación respecto al mal basado en la indistancia es, pese a todos los empeños transhumanistas, de absoluta precariedad y vulnerabilidad. Ni el conocimiento como revelación ni el conocimiento como explicación pueden servir frente a lo que no busca engaño ni admite clasificación.


jueves, 4 de agosto de 2022

Malas ideas

Como educadores nos esforzamos en transmitir a nuestros alumnos ideas con las que tender puentes y construir juntos nuevas y más enriquecedoras ideas. La cultura, sin duda, es edificante y edificadora. Sin embargo, hay también ideas que destruyen, que matan; ideas orientadas a la dinamización de la diversidad y pluralidad de lo existente y la aniquilación de la diferencia. Reconocer este lado sombrío de la cultura, inseparable de aquel otro, y entender que el bien y el conocimiento no tienen por qué ir necesariamente de la mano, es un primer paso para practicar políticas y planes formadores que consciencien y prevengan a nuestras futuras generaciones de estas malas ideas. Hay que enseñar a construir, pero también a entender por qué es bueno que aprendamos sólo a construir: "Frente a quienes ven la cultura como un componente decorativo de nuestra vida cotidiana, toca constatar que casi todo lo importante que ocurre a nuestro alrededor es propiamente cultura, hasta aquello que nos conduce a la destrucción de la naturaleza. Se lucha y se mata por cultura: la mayor parte de los conflictos violentos que desgarran nuestro mundo tienen una base cultural, étnica, religiosa, de legados coloniales o memoria de agravios históricos. Ni el Brexit ni la victoria de Donald Trump se explican sin tener en cuenta que tanto los populismos como los nacionalismos responden a dinámicas culturales. Las tensiones identitarias, los flujos migratorios, los choques raciales, intergeneracionales y de género que agitan nuestras sociedades son manifestaciones de factores culturales. Aunque no lo parezca, es imposible separar el rostro hostil de la cultura de su faceta benévola y edificante y de su vinculación con las más elevadas actividades humanas." (Como el aire que respiramos, Antonio Monegal)


miércoles, 3 de agosto de 2022

Muros de cristal

Un hombre se asoma a las vistas y contempla, relajado, el pueblo al otro lado del golfo, con el mar estrechándose a sus pies más allá del bosque. El paisaje es hermoso y son pocos los que se resisten a mirar. Al hacerlo, nadie repara en el hecho de que es un filo de cristal lo que les separa del abismo, y de la muerte. Un cristal sobre el que, a pesar de su delgadez, no dudan en apoyarse. Nadie llama la atención en ello y no hay motivo para alarmarse. El cristal parece firme, asentado, seguro, tanto que nadie concibe que se venga abajo. En nuestra metáfora, el paisaje al otro lado es el modo como la técnica contemporánea (representada en el cristal) presenta el mundo: transparente, reconocible, atractivo, a la vista de todos. Y quien se apoya confiado es el hombre medio, convertido en espectador, que no alcanza a experimentar lo que sí experimentaría quien no tuviera ante sí ningún muro de cristal.


Camping

Vuelve la leche cuando es vertida, con su espesura líquida cayendo al fondo del vaso. Y los pasos pacientes vuelven a sonar, haciéndose eco de la pesadez de los cuerpos y de la tierra. Y vuelve a ser importante que el sol salga por el este y se ponga por el oeste, y que la noche cubra con su oscuridad a las cosas,  cuando los niños vienen de fregar los platos o de beber de la fuente. Vivir con lo puesto, apenas con una tienda y unos cuantos utensilios, sin mucho cachivache, y descubrir que la sobrenaturaleza tecnológica es más bien una cápsula que nos aparta y no uniforme de posibilidades.