jueves, 25 de agosto de 2022

Suelos movedizos

Sigue siendo válida la tesis que a comienzos de siglo enunciara el norcoreano Byung-Chul Han en su ya célebre La sociedad del cansancio. Recuerdo que cuando leí la traducción que llegó a España enseguida lo recomendé a colegas y amigos por la claridad y lucidez de sus palabras. Es verdad que tiene algo de producto comercial, de panfleto político (apenas son cuarenta páginas), pero sin duda dice algo que, desde entonces, se ha agudizado en nuestras sociedades hiperconsumistas: el trabajador de hoy quiere trabajar más, y más concienzudamente. Como sin pretenderlo se ha convertido él mismo en el verdadero sujeto de rendimiento decidido a explotarse a sí mismo. La explotación del trabajador que tan bien clarificó Marx se traduce ahora en autoexigencia y autoexplotación. En muchas ocasiones, es uno mismo quien se impone los niveles tan altos de exigencia a los que estamos habituados.



Lo llamativo del asunto no es que se produzca, sino el hecho de que sea extensible a todos los ámbitos de la vida. También el tiempo de ocio se ve afectado por esta autoexigencia de rendimiento, como tan bien refleja la nueva oleada de publicaciones que, desde la crítica social –muy recomendable Esperando a los robots, del sociólogo francés Antonio A. Casilli-, pone en evidencia el engaño que hay detrás de formas aparentes de ocio consistentes en entrenar y regular concienzudamente las inteligencias artificiales que invaden nuestro espacio, y ofrece una mirada crítica de la realidad que se esconde bajo la máscara de la libertad de uso y consumo de los productos digitales: la explotación que se imponen miles de personas con sueldos de subsistencia -cuando los hay-, y sometidos a la gestión algorítmica de las plataformas. En este contexto, también labores vocacionales como la enseñanza, que se les supone impregnadas de aventura, riesgo y deseo, están siendo más dictadas por verdaderos burócratas y gestores del conocimiento, reducidos a información y conducidos por canales que se ajustan a los nuevos lenguajes algorítmicos. Cada vez veo más en el panorama que a comienzos de siglo dibujaba Byung-Chul Han suelo movedizo que nos va engullendo sin pretenderlo.


Una invitación: resiliencia e innovación

Muy interesante el nuevo número de la Revista Ábaco donde colaboramos reflexionando sobre los desafíos éticos en la era digital, a propósito del último libro de la colección joven Nandibú Zeta: ¿En qué piensan los robots? Disponible en versión digital o impresa.



viernes, 19 de agosto de 2022

Viejos amigos y amigos viejos

Hay viejos amigos que dejan de serlo, y amigos que se hacen viejos. En los primeros el tiempo ejerce de guadaña, como el péndulo de Poe, imperdonable, implacable, oxidante. Son los que a tu paso se convierten en unos simples saludados, con quienes te une recuerdos de un pasado compartido, pero que, tras ponerlos sobre la mesa, queda un ¿y ahora qué? A estos viejos amigos, después de algún reencuentro fortuito, les ves, preguntas por su vida, pero sabiendo que cabalgáis en trenes distintos, y enseguida sobreviene un sentimiento de extrañeza y lo mucho que ha cambiado Fulanito. Pero hay también amigos viejos, que el tiempo, por dentro, no envejece. Son los amigos que sobreviven al péndulo, con quienes puedes darte un buen chapuzón en el mismo río, a la misma hora, casi en el mismo lugar. Son los amigos por los que el tiempo no pasa, y basta un brillo, una mirada, para descubrir que apenas nada ha cambiado, que sigues siendo el mismo de siempre que busca abrirse paso en un mundo que nadie acaba de entender muy bien. Con estos amigos nació algo bello, fulgurante, inmortal. El alma se abrió para ti, y tú para él, o para ella, y entonces entreviste que nadie –ni el tiempo con su guadaña- os arrebataría ese momento de luz compartida. Son los amigos que no mueren, y pueden pasar décadas que quedan ahí. Poso inmemorial. Ríos en los que nos podemos bañar dos veces seguidas, y no tan seguidas.



lunes, 15 de agosto de 2022

Ya no llueve más

Solemos pensar que los terrenos áridos lo son porque no han recibido la lluvia que necesitaban, cuando, por lo mismo, podría suponerse que no han recibido esa agua debido a su aridez. Como la tierra, también la piel se hace vieja. Comparto en el día de hoy este hermoso poema de mi padre:




Ya no llueve más.

Miro al cielo y lo oscuro promete con su aliento de frío.

Pero el cielo miente.

Nunca volverá a llover.

Nunca cerraré los ojos empapados en mi cuerpo gozoso.

No hay ni mañanas ni tardes.

El cielo pregona sus ciclos con versos aritméticos.

¿Será que he muerto?

Estiro mi mano a través de la ventana, como cuando niño,

y noto la sequía en mi piel,

llamándome.

 

Miguel Porcel,

22/06/22

El filo de la palabra

Ahora que entraremos en el curso con la nueva asignatura de Educación en valores ético-cívicos, nuevamente de una hora a la semana y para todos los alumnos de 3º de ESO, sería interesante aprovechar este curso para introducir –aunque brevemente por exigencias del guion- los textos clásicos a los alumnos. Nuestros alumnos verían que hay problemas que preocupan al hombre de hoy similares a los que preocupaban al de hace más de dos mil años, y que las soluciones que estos dieron nos pueden servir para afrontarlos. Tendemos a pensar que es necesario innovar para solucionar y a olvidar la sabiduría de nuestros infinitos antecesores. La historia no es sólo historia del pasado sino también, y fundamentalmente, memoria viva contada desde el presente. Y el caso es que, a través de una de mis lecturas veraniegas, Momentos estelares, de Stefan Zweig, que presenta la obra política de Cicerón como una defensa de las bases para el buen gobierno y una prevención de aquello que amenaza con destruir cualquier forma de poder, pueden encontrarse ideas interesantes sobre la importancia de la práctica de la virtud y la (i)legitimidad del uso de la violencia.



Cicerón, y así lo describe el escritor austriaco, descubre que lo perdurable es perdurable porque se asienta en tierra fértil, suelo sólido, de ahí la necesidad de fundar el Estado en virtudes humanas duraderas como la templanza, el respeto al prójimo y la generosidad. Y de ahí su rechazo de la violencia como germen y causa de inhumanidad. La violencia engendra violencia. La violencia degrada tanto a quien la recibe como a quien la comete, por lo que cualquier tentativa de fundar una relación –ya sea política, familiar o amistosa- en la violencia, que enseñe aquella parte del ser humano más abyecta y deshonrosa, acabará despertando rechazo en nuestros semejantes y disolviendo la relación: “Pero lo que eleva su testamento tan sorprendentemente por encima de su época es ese sentimiento nuevo que medio siglo antes del cristianismo se expresa por vez primera: el humanitarismo. En una época de la más atroz crueldad, en la que hasta César cuando conquista una ciudad manda cortar las manos a dos mil prisioneros, en la que los mártires y las luchas de gladiadores, las crucifixiones y lapidaciones son hechos cotidianos y naturales, Cicerón es el primero y el único que alza la voz para protestar contra cualquier abuso de poder. Condena la guerra como el método de los beluarum, de las bestias, así como el militarismo y el imperialismo de su propio pueblo, la explotación de las provincias, y solicita que la anexión de otras tierras al imperio romano sólo se haga por medio de la cultura y de las costumbres, jamás por la espada."

domingo, 14 de agosto de 2022

Lo que la ciencia esconde

La ciencia se llena de descubrimientos que son rechazados porque la sociedad en la que son concebidos no está preparada para asimilarlos. Es el caso trágico de las aventuras que llevaron al doctor húngaro Ignaz Semmelweis a mediados del siglo XIX a descubrir el motivo por el que cientos de mujeres parturientas morían al poco de dar a luz en un hospital de Viena, y que, pese a la importancia clínica del descubrimiento, este fue crudamente rechazado por sus colegas científicos. En aquellos años nadie podía imaginar que unos seres diminutos e invisibles, lo que hoy sabemos son los gérmenes, podían causar anualmente cientos de miles de contagios mortales en pacientes recién operados. Los cirujanos solían operar con mandiles de carnicero llenos de sangre seca, sencillamente, porque nadie creía ni practicaba la esterilización de los instrumentos. Y fue en esta situación donde germinó, pero para bien, el descubrimiento de Semmelweis. Como miembro del equipo médico de la Primera División de Maternidad del hospital, Semmelweis se sentía angustiado al ver que una gran proporción de las mujeres que habían dado a luz en esa división contraía una seria y fatal enfermedad conocida como fiebre puerperal. En 1845, el índice de muertes era del 6'8%, y en 1846, del 11'4. Estas cifras eran sumamente desconcertantes, porque en la adyacente Segunda División de Maternidad del mismo hospital, controlada por parteras en lugar de por médicos, en la que se hallaban instaladas casi tantas mujeres como en la Primera, el porcentaje de muertes por fiebre puerperal era mucho más bajo: 2'3, 2'0 y 2'7 en los mismos años.


                


En un libro que escribió más tarde sobre las causas y la prevención de la fiebre puerperal, Semmelweis relata sus esfuerzos por resolver este terrible rompecabezas, ensayando todo tipo de hipótesis explicativas y sometiéndolas a contrastación. La historia de cómo el doctor descubrió la verdadera causa de la muerte de tantas mujeres parturientas se suele utilizar para aclarar el modelo hipotético-deductivo de las ciencias empíricas, porque es perfecta para distinguir la observación, la elaboración de hipótesis, la deducción empírica y la contrastación por experimentación. A nuestros estudiantes de Bachillerato les sirve para comprender que la ciencia no avanza siempre por sendero seguro y que, en muchas ocasiones, se lanza mediante la prueba de ensayo y error hasta el hallazgo final. Sin embargo, en esta ocasión, también ejemplifica como pocas historias el origen de ciertos bloqueos emocionales y de cómo estos pueden entorpecer y retrasar el progreso científico. Y es que, una vez que Semmelweis viera en la infección la causa del problema y descubriera la necesidad de esterilizar los instrumentos quirúrgicos, no pudo convencer a sus colegas, como es natural, que habían sido ellos los responsables de las muertes de sus pacientes al manipularlos con las manos infectadas. Todo lo contrario, su idea generó animadversión y rechazo por ser considerada absurda y enemiga del sentido común. ¿Qué tipo de sustancia era esa de la que hablaba Semmelweis que no se podía ver ni entender? ¿Y cómo los ilustres doctores podían asumir que eran ellos mismos los responsables de la muerte de sus pacientes?

La imagen habitual de la ciencia es la de un saber que realizan personas que, dejando a un lado sentimientos y emociones, actúan según parámetros y protocolos debidamente construidos de acuerdo con principios lógicos y racionales. Pero casos como el de Semmelweis revelan la importancia de considerar el elemento emocional para comprender cómo se puede llegar a un determinado descubrimiento, y cómo luego este hallazgo puede o no fecundar en nuevas ideas. La ciencia se alimenta de lo que el ser humano puede concebir, pero siempre sobre un trasfondo de ideas que esperan, como escondidas, a que se allane el terreno para ser recibidas y asimiladas por la sociedad científica. En este sentido, y pensando ahora en la psicología como ciencia social, puede ser interesante explorar aquellos mecanismos y factores que, en terreno fronterizo entre lo natural y lo cultural, lo emocional y lo racional, actúan en los individuos para hacer posible lo que hasta ese momento aparecía sobre el trasfondo de lo inconcebible. Y, de esta manera, la pregunta que puede animar el asunto ya no es cómo explicó Semmelweis lo que estaba ocurriendo, sino cómo fue posible que lo que estaba ocurriendo fuera, finalmente, asimilado por la comunidad científica y la sociedad de su tiempo.

sábado, 13 de agosto de 2022

Bonifacio-Puerto Torres

Desde niño que siento una debilidad especial hacia las ciudades portuarias, y los barcos. Será que son lugares de tránsito. Será que la mar es fuente de eternidad. Puerto Torres. Ciudad de tempestades. Museo marítimo nocturno, de obras enclavadas sobre acantilados, nos enseña la fragilidad humana y la necesidad del cuidado, incluso cuando las perspectivas son favorables y el tiempo apacible.