jueves, 31 de diciembre de 2009

Harold Bloom

Harold Bloom
Nada hay que decir
Excepto con los ojos, a través de los ojos,
Agujeros vivos, mudos, que dejan pasar la luz
Y así el dolor,
Así la letra, las letras que bordean la verdad
Dibujando la desolación, catando su amargura,
Llenándola de bosques, si procede:
Eso es un castillo,
Eso es un hombre y en algún sitio una mujer lo espera...
Nada hay que decir
Salvo Abre los ojos,
Aunque la luz que los penetre esté poblada
De miasmas, de serrín de catafalco,
De aire puro también, de aire resinoso, ambarino.
Abre los ojos así sea gritar nacer de nuevo, pues
No pasarán las palabras que nada significan,
Las letanías del incienso que pululan
Alrededor de los ojos cerrados desde siempre y muertos
Para siempre,
Luego, ojos ciegos o inútiles.

Miguel Porcel Berdala
13 de Diciembre de 2002

martes, 22 de diciembre de 2009

Meditación sobre el concepto

Vale la pena reparar en la extraña singularidad del concepto. Es fácil ver la relación de semejanza que existe entre la impresión y la cosa percibida, contrariamente a como ocurre entre el concepto y la cosa, cuya relación es más difícil de determinar. ¿Qué tiene el concepto de caballo que asemeje a la naturaleza de cualquier caballo? Se ha tratado de explicar esta singular relación ateniéndose al acto de visión: El acto de ver, la visión de cualquier caballo originaría la imagen de 'caballo' que ya dispondría de aquellos aspectos compartidos por todos los caballos. Al concepto le restaría fijar dichos aspectos en el término. Pero esta concepción, por la cual la visión fundamenta la conceptualización, yerra si consideramos que el acto de ver es ya un acto de conocer. Porque, ¿podemos distinguir - o siquiera ver - un caballo sin reconocer que esa cosa es un caballo?, ¿podemos relacionarnos con las cosas del mundo sin conocer lo que ya son?, ¿no es el concepto el fundamento de la visión?
Entonces, podemos aventurar que convivimos con entes que no sólo están ahí, ocupando un lugar y un tiempo, sino que son algo determinado, fijado en la definición. Considerando, en este sentido, que la definición se identifica con lo que la cosa es, podemos suponer, contra el sentido común, que necesitamos contar con los conceptos, más que con cualquier otro instrumento, para poder convivir y relacionarnos con las cosas del mundo, cuando menos, para poder reconocerlas, nombrarlas u organizarlas. Igualmente, suponemos, hemos de contar con el lenguaje para integrar las cosas - en tanto que son - en un sistema organizado, acercándolas unas a otras, pero a la vez delimitándolas para que no se confundan y aniquilen.
Jamás nos dará el concepto lo que nos da la impresión, a saber: la carne de las cosas. Pero esto no obedece a una insuficiencia del concepto, sino a que el concepto no pretende tal oficio. Jamás nos dará la impresión lo que nos da el concepto, a saber: la forma, el sentido físico y moral de las cosas. De suerte que, si devolvemos a la palabra percepción su valor etimológico - donde se alude a coger, apresar - el concepto será el verdadero instrumento u órgano de la percepción y apresamiento de las cosas. Agota, pues, su misión y su esencia, con ser no una nueva cosa, sino un órgano o aparato para la posesión de las cosas. (Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote)

domingo, 13 de diciembre de 2009

Pedagogía de la alusión

La ciencia, la filosofía, tienen algo de mágico, en sentido literal. Un acto de magia nos cautiva siempre y cuando no descubramos el truco que lo anima. Desde el momento que damos con la explicación lógica del fenómeno que hasta hace poco había avivado nuestra ilusión, el acto de magia pierde su atractivo y dejamos de entusiasmarnos con él. Con la verdad ocurre algo parecido. Ésta nos cautiva mientras la intuimos y finalmente la descubrimos en el acto de la revelación, de la iluminación; luego, una vez adquirida, como quien ya conoce cuál es la clave secreta, el truco explicativo, pierde su valor primigenio y deja de entusiamarnos.
Quien quiera enseñarnos una verdad que no nos la diga: simplemente que aluda a ella con un breve gesto, gesto que inicie en el aire una ideal trayactoria, deslizándonos por la cual lleguemos nosotros mismos hasta los pies de la nueva verdad. Las verdades, una vez sabidas, adquieren una costra utilitaria; no nos interesan ya como verdades, sino como recetas útiles. Esa pura iluminación subitánea que caracteriza a la verdad, tiénela ésta sólo en el instante de su descubrimiento. Por esto su nombre griego, alétheia, significó originariamente lo mismo que después la palabra apocalipsis, es decir, descubrimiento, revelación, propiamente desvelación, quitar de un velo o cubridor. Quien quiera enseñarnos una verdad, que nos sitúe de modo que la descubramos nosotros. (Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote)

jueves, 10 de diciembre de 2009

Apología de la sabiduría

Rastreando en la blogsfera acabo de dar con esta página de citas famosas que no he podido evitar enlazar. Ahí os dejo una breve selección de ellas. Disfrutadlas...

La diligencia en escuchar es el más breve camino hacia la ciencia, Juan Luís Vives
Piensa como piensan los sabios, mas habla como habla la gente sencilla, Aristóteles

Las proposiciones matemáticas, en cuanto tienen que ver con la realidad, no son ciertas; y en cuanto que son ciertas, no tienen nada que ver con la realidad, Albert Einstein
Sólo los sabios más excelentes y los necios más acabados son incomprensibles, Confucio

La ciencia es como la tierra; sólo se puede poseer un poco de ella, François-Marie Arouet Voltaire

La ignorancia afirma o niega rotundamente; la ciencia duda, François-Marie Arouet Voltaire

El hombre nada puede aprender, sino en virtud de lo que ya sabe, Aristóteles

El sabio consigue más ventajas por sus enemigos que el necio por sus amigos, Benjamin Franklin

El saber es la única propiedad que no puede perderse, Blas de Priene

Saber mucho da ocasión de dudar más, Michel de Montaigne

Los grandes conocimientos engendran las grandes dudas, Aristóteles

domingo, 29 de noviembre de 2009

Animales tecnológicos

Me parece que vale la pena recuperar la reflexión que Javier Marías hace en El País Semanal del pasado domingo sobre la educación en nuestro país (Esos saberes irrelevantes). Diría que dicha reflexión - que también recoge nuestro blog amigo Antes de las cenizas - es, en el fondo, un diagnóstico de la nueva sensibilidad dominante que existe en nuestra sociedad hacia el conocimiento. Esta nueva sensibilidad se traduce en la tendencia a enjuiciar y valorar el conocimiento desde las categorías de la 'utilidad' y la 'rentabilidad', tan presentes en la mentalidad del hombre contemporáneo. La consecuencia más inmediata de este hecho consiste, como deja entrever el escritor español, en una especie de apatía generalizada respecto al valor mismo del conocimiento. Hoy día, gran parte del conocimiento se concibe como algo irrelevante, inútil, inservible, bien porque se considera sustituible por la tecnología, como pasa con la aritmética o la geometría tras la aparición de las modernas calculadoras, o bien porque se piensa que carece ya de relevancia, como le ocurre a la historia, al latín o al griego. Ahora sólo el conocimiento tecnológico - no el conocimiento sobre el funcionamiento de la tecnología, sino el conocimiento rudimentario y primitivo de cómo utilizarla -, es considerado valioso por su supuesta eficiencia y rentabilidad, lo cual hace que nos planteemos si de veras vamos por el buen camino o si, por el contrario, no estamos dando un paso atrás con respecto a nuestras culturas ancestrales que veían en el ser humano y en el conocimiento un bien en sí mismo.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Tiempo demoníaco

En su Libro del reloj de arena Jünger advierte del retroceso espiritual al que conlleva la expansión de la forma mecánica de cuantificar el tiempo.
Los primeros relojes mecánicos, aquellos que consiguieron dar las horas y los segundos durante la totalidad del día y de la noche, con independencia de las intemperancias de las estaciones y del clima, introdujeron, sin quererlo, una infinidad de posibilidades vitales todas ellas regidas por las manecillas de estos siniestros aparatos. Hoy día el tiempo es algo que se puede comprar o vender, ganar o gastar, sincronizar, acelerar, dinamizar..., en fin, se ha convertido en algo imprescindible para organizar y marcar las pautas de nuestros quehaceres cotidianos. El tiempo mecánico constituye, en este sentido, un valor del que no podemos prescindir en nuestras actividades diarias. Forma ya parte insustituible de nuestra circunstancia y debemos contar con él si queremos participar en la vida contemporánea.


Pero el tiempo que nos brindan los relojes mecánicos, el mismo que nos abre la posibilidad de organizar y sincronizar el conjunto de nuestras actividades, paradógicamente, también coarta y limita peligrosamente nuestra libertad más primitiva y espiritual. Ese tiempo demoníaco, nos advierte Jünger, consigue subordinar el tiempo de la naturaleza a su tempo mecánico, uniforme y sincrónico. Muestra de ello es el deporte, en el que el ritmo natural del corazón debe adaptarse a las exigencias del tiempo mecanizado y numérico, haciéndose cada vez más preciso y uniforme. El verdadero problema radica, quizá, en que ese proceso de imparable subordinación alcance incluso aquellos espacios reservados para la vida espiritual y creadora. Estos ambientes, como el que se muestra en la obra de Alberto Durero San Jerónimo en su gabinete (1514), demandan nuevas formas de vivir el tiempo, más pausadas y sosegadas, imposibles de encontrar en la vorágine de las pequeñas y grandes ciudades donde impera ese ritmo demoníaco del que habla Jünger.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Woody Allen, Sócrates, el carnicero, la hormiga y la cigarra

Cabe definir la personalidad de Woody Allen como antisocrática. Era Sócrates quien se desprendía de todo bien material con el fin de disponer de lo estrictamente necesario para cultivar el bien del cuerpo y la felicidad del alma. Con su ejemplo no sólo pretendía conquistar dichos valores, sino que sus conciudadanos hicieran lo propio, porque sólo así, pensaba el filósofo, podría fundarse una sociedad justa y bienaventurada. Contra las enseñanzas de este maestro, que ha impulsado los principales sistemas morales desde el período clásico hasta nuestros días, al menos en Occidente, Woody Allen aconseja cuidar los bolsillos y no empeñar la vida en cultivar la salud del cuerpo, siempre tan caprichosa, ni mucho menos la del alma, que la pobre no existe. De lo que se trata, más bien, es de saborear los buenos momentos, por insignificantes que parezcan, no vaya a ser que el futuro traicione nuestras esperanzas:
Mientras uno pasa por la vida, es extremadamente importante conservar el capital, y no se debe gastar el dinero en simplezas, como licor de pera o un sombrero de oro macizo. El dinero no lo es todo, pero es mejor que la salud. A fin de cuentas, no se puede ir a la carnicería y decirle al carnicero: "Mira qué moreno estoy, y además no me resfrío nunca", y suponer que va a regalarte su mercancía (A menos, naturalmente, que el carnicero sea un idiota.) El dinero es mejor que la pobreza, aunque sólo sea por razones financieras. No es que con él se pueda comprar la felicidad. Tomad el caso de la hormiga y la cigarra: la cigarra se divirtió todo el verano, mientras que la hormiga trabajaba y ahorraba. Cuando llegó el invierno, la cigarra no tenía nada, pero la hormiga se quejaba de dolores en el pecho. La vida es dura para los insectos. Y no creáis que los ratones se lo pasan muy bien tampoco. La cuestión es que todos necesitamos un nido en el que refugiarnos, pero no mientras se lleve un traje bueno. Para terminar, tengamos presente que es más fácil gastar dos dólares que ahorrar uno. Y, por amor de Dios, no invirtáis dinero con ninguna agencia de Bolsa en la que uno de los socios se llame Casanova. (Woody Allen, 'Sobre la frugalidad' en Cuentos sin plumas)