lunes, 12 de mayo de 2014

Deseo sin objeto (el caso de Woody Grant)

La sociedad a veces puede ser nuestra peor enemiga. Puede, incluso, aprisionar nuestro ser hasta casi ahogarlo, destruirlo definitivamente. La indignación comienza en el momento en que hablan, piensan, deciden, incluso sienten por ti. El otro no deja lugar para expresarte, para manifestarte. Es lo que le ocurre a Woody Grant de Nebraska (2013), un anciano al que ya nada le queda por hacer salvo "comprarse una furgoneta  nueva, un compresor de aire y dejar algo a sus hijos." Woody vive tranquilo, en paz, nada le falta, y sin embargo no desea más que salir de su casa (y de su mujer) en busca de un premio millonario del que todo el mundo le dice que es un timo, una mentira. Woody siempre ha sabido que lo es, pero a pesar de ello, se afana en conseguirlo. Sabedor de que no hay objeto de deseo, posibilidad de satisfacción, se afana en secundarlo; y es que lo importante para él, aquello que le puede devolver su identidad, no es perseguir metas realizables (como los demás pretenden), sino secundar sus deseos, por irrealizables que sean. Al final, al volante de su furgoneta, el anciano recobra su identidad, ese ser que, a fuerza de ser oprimido por sus seres más cercanos, se le estaba yendo de las manos. Ahora los demás ya saben quién es Woody Grant.

sábado, 10 de mayo de 2014

El sueño de Kleist

Se dice que somos seres sociales porque necesitamos de la sociedad para vivir y sobrevivir. ¿Acaso alguien puede ser médico, maestro, sastre, zapatero..... de sí mismo? De hecho, modelos políticos pujantes de la antigüedad como la República o la democracia, en un principio, se plantearon como respuesta al problema de cómo organizarse ante la incapacidad de vivir como células independientes. Sin embargo, en un sentido más profundo, somos seres sociales en la medida que, lo mismo que las abejas, hormigas e infinidad de especies, no podemos vivir de otro modo. De alguna forma, estamos constituidos para tener que contar con el otro y establecer con éste relaciones amistosas o enemigas. No sólo vivimos en sociedad, sino que somos sociedad, y por ello nos resulta, si no imposible, muy difícil vivir prescindiendo de ésta (quizá, uno de los ejemplos más logrados de ello sea el del monje budista que ha conseguido petrificar sus pasiones y deseos) 

Una de las pasiones que obra con más fuerza en el ser humano y nos liga a la sociedad de un modo radical es la ambición. La ambición es la pasión por la cual queremos ocupar un lugar en el mundo, en el tiempo. Es la pasión con la que pretendemos combatir el olvido y la disolución del yo. Es, quizá, la única medicina que nos alivia del nihilismo. Que el hombre sea un ser ambicioso se traduce en el establecimiento de relaciones de poder, jerarquías sociales e instituciones políticas. La ambición nos sitúa entre otros, pero también nos abre al otro de una forma tan radical que acabamos definiéndonos por nuestra relación con éste.
Sin embargo, hay quienes no soportan la sociedad. Se trata de personas solitarias, que prefieren el retiro a vivir con los demás, de ahí que su esfuerzo no lo pongan tanto en encontrar los medios para saciar su ambición como en tratar de desprenderse de ésta:

Kleist busca una actividad pausada que lo proteja de la complicada y carente de sentido cadena de acciones de la sociedad. Su idea, de inspiración rousseauniana, consiste en instalarse en Suiza y vivir como un campesino: Labrar el campo, plantar un árbol, criar un hijo.

Su sueño: encerrarse en un lugar cercano y formar parte allí del curso de la naturaleza, dejar simplemente que prospere la naturaleza exterior e interior. He aquí la ilusión del retorno a la coherencia del fenómeno de la vida en su estadio precultural, un sueño que persigue recuperar la inmediatez perdida. Para hacerlo realidad ha de alejarse de todo aquello que pueda llegar a despertarlo. Pero no lo logra: la ambición de prestigio social lo hace salir de ese sueño. Kleist había querido desprenderse de una ambición que lo ligaba al mundo exterior de la sociedad. Poco antes de su llegada a Suiza escribía a su prometida:

La despiadada ambición es el veneno de toda dicha. Por eso quiero cortar con todas las relaciones que me impulsan a sentir envidia y a competir. Pues sólo en el mundo es doloroso no ser gran cosa, fuera de él no. (en Rüdiger Safranski, ¿Cuánta verdad necesita el hombre?)

viernes, 2 de mayo de 2014

La revista Fedro cumple diez años


La revista de Estética y Teoría de las artes cumple con su número 13 diez años. La estética de la arquitectura, la técnica y la teoría artística de Deleuze son los temas principales de este volumen, que viene acompañado por una ilustración del novelista gráfico Antonio Hitos.




  • Construir, habitar, proyectar. Claves para una idea romántica de arquitecturaJavier Hernández-Pacheco
  • El lugar en el espacio. Fenomenología y ArquitecturaLuis Álvarez Falcón
  • La digitalización del cuerpo en los smartphonesAlejandro Lozano Muñoz
  • Retorno a la poiesis como camino y apertura ante el dominio de la técnicaDavid Porcel Dieste
  • La cosa en su presencia. Gilles Deleuze y la pinturaAntonio Castilla Cerezo
  • Arte y pensamiento en Gilles Deleuze. Una experiencia lúdico-estética más allá de la interpretación,Santiago Diaz
  • Reseñas

jueves, 24 de abril de 2014

Próximo café filosófico con Safranski



                              ¿CUÁNTA VERDAD NECESITA EL HOMBRE?, de Rüdiger Safranski



Os dejamos aquí algunos enlaces de interés:

"Aspirar directamente a la felicidad es de bobos"

¿Cuánta verdad necesita el hombre?

Contra las grandes verdades


ACORDAOS QUE EL ENCUENTRO SERÁ EL ÚLTIMO MIÉRCOLES DE MAYO EN EL CAFÉ PARLAMENTO (PARTE DE ARRIBA) A LAS SEIS DE LA TARDE, Y QUE HAY YA SIETE EJEMPLARES PEDIDOS EN CASTROVIEJO

domingo, 13 de abril de 2014

El derecho a ser escuchado

Una entrada reciente del filósofo Fernando Broncano me ha hecho pensar en la importancia de la atención no sólo para la vida pública, sino también privada, íntima. Quién no ha tenido alguna vez la sensación de no ser escuchado en conversaciones con colegas, compañeros de trabajo, superiores, incluso con familiares o amigos. Hay muchísimos motivos para no escuchar, aunque ninguno justificable: el cansancio, el desinterés, la prisa por hablar, cierta incapacitación para la atención, el pasotismo, una actitud displicente hacia el otro, el dogmatismo, el autoritarismo.... El tema no es baladí, pues creo que la atención es el fundamento de cualquier relación. Es decir: no hay relación si los dos no (se) escuchan. Y es que una relación -ya sea de amistad, de colaboración, de odio, deliberativa....- no puede llegar a establecerse si no existe, por parte de los dos interlocutores, un esfuerzo atencional. Por ello, quizá una de las mayores faltas de respeto sea no escuchar al otro. Quien no sabe escuchar, tampoco puede compartir. Así, si existieran mecanismos para detectar el grado de atención de las personas cabría pensar en introducir en  la Declaración de Derechos el "derecho a ser escuchado", condenando gravemente su incumplimiento pues éste conllevaría ipso facto la imposibilidad de respetar otros derechos fundamentales para la vida pública, como considerar al otro como un igual, atender a las demandas razonadas de los demás, no interrumpir al otro en el acto deliberativo....

viernes, 4 de abril de 2014

Café filosófico con Byung-Chul Han

El pasado miércoles 26 de marzo tuvo lugar el segundo encuentro de nuestro recién fundado Café filosófico. La sesión giró en torno a las tesis que el joven filósofo coreano Byung-Chul Han esboza en su reciente libro La sociedad del cansancio (2012) Las intervenciones de los que allí estábamos se centraron en destacar aspectos valorables de la obra de Byung-Chul Han por su cualidad de arrojar luz sobre una sociedad que, sumida en el agotamiento y el dopaje, necesita urgentemente de un diagnóstico. Sin embargo, tampoco faltaron voces críticas respecto a su propuesta final del cansancio como condición posibilitante del encuentro con el otro.




La mayoría convino con el autor en que el exceso de información y de (auto)rendimiento -visible además en el mundo del adolescente- lleva a un estado de estrés y aturdimiento que estrecha el lugar para la lucidez y la creatividad. Como se dijo, este aparente progresismo tecnológico, que parece pretender convencernos de que en todo y para todo hay que hacer uso de los dispositivos tecnológicos -para comer, vestirse, enseñar, relacionarse....-, en ocasiones no constituye más que la ocasión perfecta para huir de nosotros mismos y de los demás. Es el horror al vacío, el temor a reconocer nuestra condición de seres arrojados, necesitados, lo que nos impulsa a aferrarnos a las promesas de felicidad y seguridad que irradian de la sociedad del bienestar. Vivimos -como dice Ortega- alterados. Más bien, es nuestra manera de estar en el mundo lo que propicia la alteración y vuelve prescindible el recogimiento. Cierta actitud sosegante -como se dijo- debe ser el presupuesto para la reflexión y la contemplación: "Solo la profunda atención impide la versatilidad de los ojos y origina el recogimiento que es capaz de cruzar las manos errantes de la naturaleza. Sin este recogimiento contemplativo, la mirada vaga inquieta y no lleva nada a expresión." (pp. 38)


Una pregunta clave que se planteó es si la educación puede reconducir a nuestros adolescentes y librarles de este aturdimiento que propicia esta sobredosis de información que recibimos diariamente. La pregunta no es baladí, pues debemos ser conscientes que nosotros -profesores y educadores-, querámoslo o no, estamos también inmersos en la sociedad del cansancio y, por ello, seguramente contagiados del virus de la (sobre)información y de la (hiper)atención. Algunos de los presentes todavía confiamos en la libertad como presupuesto para (re)crear nuevas circunstancias posibilitadoras de experiencias y encuentros con lo otro; otros, en cambio, veían con desesperanza un futuro que vislumbra el triunfo del homo videns sobre la vida teorética. En cualquier caso, la mayoría convino en afirmar la importancia de la narración y de la historia como maneras de hacer transparente una interioridad casi siempre soterrada deliberadamente o encubierta por aquellos estados de somnolencia y aturdimiento a los que tan acostumbrados estamos.

Recientemente se han traducido otros títulos del autor:

La sociedad de la transparencia

La agonía de Eros

Café filosófico con Nuccio Ordine

Ayer nos encontramos por primera vez en el Café filosófico, y la verdad es que resultó muy gratificante compartir nuestra experiencia como lectores de esta magnífica obra La utilidad de lo inútil de Nuccio Ordine. La idea es crear un espacio de encuentro abierto a todo tipo de público para compartir ideas e inquietudes con ocasión de una lectura mensual que uno de los tertulianos proponga. Así fue como entre pinta y pinta (y algunos entre médico y médico) debatimos sobre cuestiones relacionadas con la democratización de la cultura, el lugar de la cultura en nuestra sociedad, la naturaleza de lo superfluo en su relación con la cultura y el juego, o la presunción (para algunos injustificada) de que la cultura humaniza y dignifica al ser humano.



Creo que el fondo del libro de Ordine se encuentra en el libro mismo, quiero decir, en el hecho de que haya tenido que ser necesario escribirlo y darlo a conocer, porque, señores, pregúntense: ¿no resulta claro y evidente que el conocimiento mismo, movido por esa extraña pasión que es la curiosidad, es un bien en sí mismo, capaz de entusiasmarnos y de ampliar nuestras horizontes,.... y que todo cuanto somos y hacemos se lo debemos al conocimiento?...Pues bien, lo mismo que en su día alguien tuvo que poner por escrito que "todos los seres humanos merecemos vivir", porque para muchos no resultaba tan claro, hoy en día, ante la amenaza incesante de la anticultura, alguien ha tenido que plasmar que "el conocimiento es la mayor de las (in)utilidades." Confiemos, eso sí, que siga habiendo un lugar para libros y encuentros como estos.

El libro propuesto para el próximo Café filosófico es La sociedad del cansancio, del filósofo coreano Byung-Chul Han, editado en Herder