viernes, 17 de enero de 2020

Generaciones

A mi grupo de 4º de ESO de Filosofía,
 
En las antípodas de lo esperado, allí donde el conocimiento aún es posible, una alumna en clase de Filosofía pensaba en voz alta: cuando la filosofía habla de la felicidad se hace desde la presunción de que la vida es una o está fragmentada en unidades sucesivas -los instantes-. Pero la vida ni es una ni está fragmentada. ¿O no hay experiencias que generan vida y otras que la quitan? Sí, obcecados por el resultado y los objetivos nos quedamos sin experimentar la intensidad de la vida.
 
Y es verdad. Enseguida pensé en el primer amor, vivido secretamente por temor a que el tiempo acabara con él. Y en la primera luz que, colándose por la cortina, mortalizó para siempre al sol. Y en la primera medianoche con su cielo estrellado y su luna refulgente. Y en el primer mar, que todavía en las noches de invierno aparece envolviendo cuerpos y corazas. Y en todo ello, a un sólo tiempo. Y pensé que perdiendo estas experiencias, dejándolas ir, nos perdemos para siempre.

sábado, 11 de enero de 2020

¿Por qué fuimos los elegidos?

Es curioso que una de las preguntas que de niño más me repetía y que, sin remedio, me llevó a interesarme por la filosofía, sea ahora una de las preguntas de las que pienso la filosofía no debería ni plantearse, o al menos no plantearse con la fuerza con la que presume hacerlo. Se trata de la pregunta por el origen de todo, o del ser, o de cuanto existe. Tras años de carrera y estudios opositores me quedé con la sensación de que la filosofía era una especie de saber que debía gravitar sobre ese problema nuclear, como la medicina debía hacerlo sobre la enfermedad o la jurisprudencia sobre la injusticia. Pero el caso es que ya no creo interesantes esas filosofías que se embarcan en la búsqueda de aquellas respuestas. De hecho, dudo que la pregunta haya interesado alguna vez seriamente -o gravemente- a alguien.

Más bien, más que de una precariedad epistémica, de lo que adolecemos es de una precariedad moral. Habituamos a referirnos al conocimiento como una actividad intelectual humanizadora, o un medio de adquisición de nuevas capacidades y competencias, como si la libertad y la voluntad se ampliaran conforme aquel se acrecienta. Pero me da que el conocimiento tiene, en su raíz, un componente liberador, salvífico, incluso emancipador. Me da que lo que mueve al conocimiento no es una falta de él, o una consciencia de una ignorancia, sino una pesada carga que necesitamos aliviar. Lo vemos muy bien en Vértigo de Hitchcock, en la liberación progresiva de la dolencia del vértigo del engañado Scottie. Lo vemos también en el viaje de Roy McBride (Brad Pitt) por Ad Astra, cuyo término también supone el fin de la atadura umbilical. Todas ellas reproducciones y versiones del relato que nos cuenta el Génesis sobre los primeros hombres, quienes sólo después de cargar con el peso de haber arrastrado al dolor y a la muerte a sus semejantes buscan el conocimiento: ¿Por qué tuvo que prohibir Dios? ¿Por qué tuvimos que sucumbir a la tentación? ¿Por qué fuimos los elegidos?


Indudablemente, el conocimiento lleva, en su raíz, la necesidad de liberación. Y es por ella por lo que nace la filosofía.

lunes, 6 de enero de 2020

Repelentes existenciales

¿De qué fuego nació la necesidad de abrigo? ¿Es el fuego lo que llama al fuego? ¿Llegaron los hombres de las altas montañas a desprenderse del último aliento de calidez? ¿Puede la vida desapegarse de ella misma, hasta quizá abandonarse como hace el insecto con el capullo? Y lo artificial, con su arquitectura hostil, ¿será capaz de arrebatar las raíces a lo natural? ¿Podrá negarse a los destechados la experiencia de la intemperie? ¿Llegará a ser la hospitalidad un lujo y lo inhóspito norma?

Son algunas de las preguntas que animaron mi trabajo Encuentros y desencuentros en la sociedad digital que ahora publica generosamente el Número 101/102 de la Revista Ábaco.

Aquí lo podéis obtener

                                 
  "Arquitectura hostil: una ciudad contra los sintecho"

domingo, 5 de enero de 2020

Encuentros y desencuentros en la sociedad digital

No os perdáis la siguiente entrega que la Revista Ábaco dedica al viaje como forma de conocimiento, y en la que, en respuesta a la inquietud que genera el fenómeno global de la conectividad, colaboramos con una reflexión sobre el modo como las sociedades digitales construyen nuevas formas de interacción con sus nuevos "lugares de encuentro y de desencuentro". Seguro que la lectura del número resulta un viaje apasionante.



Lo podéis solicitar en revabaco@gmail.com o por este enlace

jueves, 2 de enero de 2020

El revés de las cosas

Normalmente soñamos, sin más. A veces soñamos que soñamos. Pero muy raramente soñamos que "soñamos y despertamos". Entonces el sueño se convierte en un acto autorreferencial.

En la terraza de un bar de un día apacible la nube se deforma, las horas se desordenan, incluso la llamada se oscurece. En ese momento la camarera me recuerda que también a ella le ha pasado. 

Retomo el paseo y decido trascribir el sueño.

Sueño del primer día del año

miércoles, 25 de diciembre de 2019

Aquí amé

Un muchacho harapiento trata en vano de trascribir Aquí amé.
 
Aquí amé, repite incesantemente, mientras una ciudad liberada se deshace a sus pies.
 
                                      
Sueño de la tarde del 25 de Diciembre

Sed buenos y deciros "te quiero"

Si algo tiene nuestro tiempo es una endiablada capacidad para disponernos al orden y a la disciplina. Como por aquí estamos en tiempos de paz, por donde asoma el sol cada mañana y se pone aun en los días de niebla, la disciplina se orienta hacia metas no basadas en la confrontación ni la lucha. Pero la disciplina, de una violencia inusitada, sigue amansando a tropas de insomnes partidarios y llevándose a sus víctimas. Ahora las víctimas son los pacientes de sobrepeso, los indecisos que gastan su vida teniendo que decidir, los que esperan acallar sus egoísmos comprando y regalando a diestro y siniestro, los que invaden con sus móviles el momento pudoroso de la sorpresa, los impacientes que desenvuelven regalos porque esperaban encontrar otra cosa, siempre otra cosa...

En los días navideños la llamada disciplinaria es a "decirnos te quiero", con un regalo bajo los brazos con lo que dar fe de que se ha llevado a efecto la declaración. Que conste que yo te he regalado algo y que ha sido este regalo. Los tequieros desetiquetados no sirven en estas fechas, o no interesan a los grandes oligopolios papanoelistas. Y sin embargo alguien me dijo una vez que los mejores regalos son los que no se compran, los que nacen de la generosidad, o de la generación, que es lo mismo. Estos regalos están fuera de contexto, actúan fuera del automatismo y de la lógica del cálculo (del cuánto me tengo que gastar y de a quiénes tengo que regalar) Es verdad. El regalo, si no es comprado, si no responde a la llamada al orden, queda siempre en el corazón de quien lo da y de quien lo recibe. Es resultado de una gracia que siempre nos acompañará.