Hay viejos amigos que dejan de serlo, y amigos
que se hacen viejos. En los primeros el tiempo ejerce de guadaña, como el
péndulo de Poe, imperdonable, implacable, oxidante. Son los que a tu paso se
convierten en unos simples saludados, con quienes te une recuerdos de un pasado
compartido, pero que, tras ponerlos sobre la mesa, queda un ¿y ahora qué? A
estos viejos amigos, después de algún reencuentro fortuito, les ves, preguntas
por su vida, pero sabiendo que cabalgáis en trenes distintos, y enseguida sobreviene
un sentimiento de extrañeza y lo mucho que ha cambiado Fulanito. Pero hay
también amigos viejos, que el tiempo, por dentro, no envejece. Son los amigos
que sobreviven al péndulo, con quienes puedes darte un buen chapuzón en el
mismo río, a la misma hora, casi en el mismo lugar. Son los amigos por los que
el tiempo no pasa, y basta un brillo, una mirada, para descubrir que apenas
nada ha cambiado, que sigues siendo el mismo de siempre que busca abrirse paso
en un mundo que nadie acaba de entender muy bien. Con estos amigos nació algo
bello, fulgurante, inmortal. El alma se abrió para ti, y tú para él, o para
ella, y entonces entreviste que nadie –ni el tiempo con su guadaña- os
arrebataría ese momento de luz compartida. Son los amigos que no mueren, y pueden
pasar décadas que quedan ahí. Poso inmemorial. Ríos en los que nos podemos
bañar dos veces seguidas, y no tan seguidas.
viernes, 19 de agosto de 2022
Viejos amigos y amigos viejos
lunes, 15 de agosto de 2022
Ya no llueve más
Solemos pensar que los terrenos áridos lo son
porque no han recibido la lluvia que necesitaban, cuando, por lo mismo,
podría suponerse que no han recibido esa agua debido a su aridez. Como la
tierra, también la piel se hace vieja. Comparto en el día de hoy este hermoso
poema de mi padre:
Ya no llueve más.
Miro al cielo y lo oscuro promete con su aliento de frío.
Pero el cielo miente.
Nunca volverá a llover.
Nunca cerraré los ojos empapados en mi cuerpo gozoso.
No hay ni mañanas ni tardes.
El cielo pregona sus ciclos con versos aritméticos.
¿Será que he muerto?
Estiro mi mano a través de la ventana, como cuando niño,
y noto la sequía en mi piel,
llamándome.
Miguel Porcel,
22/06/22
El filo de la palabra
Ahora
que entraremos en el curso con la nueva asignatura de Educación en valores ético-cívicos,
nuevamente de una hora a la semana y para todos los alumnos de 3º de ESO, sería
interesante aprovechar este curso para introducir –aunque brevemente por
exigencias del guion- los textos clásicos a los alumnos. Nuestros alumnos
verían que hay problemas que preocupan al hombre de hoy similares a los
que preocupaban al de hace más de dos mil años, y que las soluciones
que estos dieron nos pueden servir para afrontarlos.
Tendemos a pensar que es necesario innovar para solucionar y a olvidar la sabiduría de nuestros infinitos antecesores. La historia no es
sólo historia del pasado sino también, y fundamentalmente, memoria viva contada
desde el presente. Y el caso es que, a través de una de mis lecturas veraniegas,
Momentos estelares, de Stefan Zweig,
que presenta la obra política de Cicerón como una defensa de las bases para el
buen gobierno y una prevención de aquello que amenaza con destruir cualquier
forma de poder, pueden encontrarse ideas interesantes sobre la importancia
de la práctica de la virtud y la (i)legitimidad del uso de la violencia.
Cicerón, y así lo describe el escritor austriaco, descubre que lo perdurable es perdurable porque se asienta en tierra fértil, suelo sólido, de ahí la necesidad de fundar el Estado en virtudes humanas duraderas como la templanza, el respeto al prójimo y la generosidad. Y de ahí su rechazo de la violencia como germen y causa de inhumanidad. La violencia engendra violencia. La violencia degrada tanto a quien la recibe como a quien la comete, por lo que cualquier tentativa de fundar una relación –ya sea política, familiar o amistosa- en la violencia, que enseñe aquella parte del ser humano más abyecta y deshonrosa, acabará despertando rechazo en nuestros semejantes y disolviendo la relación: “Pero lo que eleva su testamento tan sorprendentemente por encima de su época es ese sentimiento nuevo que medio siglo antes del cristianismo se expresa por vez primera: el humanitarismo. En una época de la más atroz crueldad, en la que hasta César cuando conquista una ciudad manda cortar las manos a dos mil prisioneros, en la que los mártires y las luchas de gladiadores, las crucifixiones y lapidaciones son hechos cotidianos y naturales, Cicerón es el primero y el único que alza la voz para protestar contra cualquier abuso de poder. Condena la guerra como el método de los beluarum, de las bestias, así como el militarismo y el imperialismo de su propio pueblo, la explotación de las provincias, y solicita que la anexión de otras tierras al imperio romano sólo se haga por medio de la cultura y de las costumbres, jamás por la espada."
domingo, 14 de agosto de 2022
Lo que la ciencia esconde
La ciencia se llena de descubrimientos que son rechazados porque la sociedad en la que son concebidos no está preparada para asimilarlos. Es el caso trágico de las aventuras que llevaron al doctor húngaro Ignaz Semmelweis a mediados del siglo XIX a descubrir el motivo por el que cientos de mujeres parturientas morían al poco de dar a luz en un hospital de Viena, y que, pese a la importancia clínica del descubrimiento, este fue crudamente rechazado por sus colegas científicos. En aquellos años nadie podía imaginar que unos seres diminutos e invisibles, lo que hoy sabemos son los gérmenes, podían causar anualmente cientos de miles de contagios mortales en pacientes recién operados. Los cirujanos solían operar con mandiles de carnicero llenos de sangre seca, sencillamente, porque nadie creía ni practicaba la esterilización de los instrumentos. Y fue en esta situación donde germinó, pero para bien, el descubrimiento de Semmelweis. Como miembro del equipo médico de la Primera División de Maternidad del hospital, Semmelweis se sentía angustiado al ver que una gran proporción de las mujeres que habían dado a luz en esa división contraía una seria y fatal enfermedad conocida como fiebre puerperal. En 1845, el índice de muertes era del 6'8%, y en 1846, del 11'4. Estas cifras eran sumamente desconcertantes, porque en la adyacente Segunda División de Maternidad del mismo hospital, controlada por parteras en lugar de por médicos, en la que se hallaban instaladas casi tantas mujeres como en la Primera, el porcentaje de muertes por fiebre puerperal era mucho más bajo: 2'3, 2'0 y 2'7 en los mismos años.
En un libro que escribió más tarde sobre las causas y la prevención de la fiebre puerperal, Semmelweis relata sus esfuerzos por resolver este terrible rompecabezas, ensayando todo tipo de hipótesis explicativas y sometiéndolas a contrastación. La historia de cómo el doctor descubrió la verdadera causa de la muerte de tantas mujeres parturientas se suele utilizar para aclarar el modelo hipotético-deductivo de las ciencias empíricas, porque es perfecta para distinguir la observación, la elaboración de hipótesis, la deducción empírica y la contrastación por experimentación. A nuestros estudiantes de Bachillerato les sirve para comprender que la ciencia no avanza siempre por sendero seguro y que, en muchas ocasiones, se lanza mediante la prueba de ensayo y error hasta el hallazgo final. Sin embargo, en esta ocasión, también ejemplifica como pocas historias el origen de ciertos bloqueos emocionales y de cómo estos pueden entorpecer y retrasar el progreso científico. Y es que, una vez que Semmelweis viera en la infección la causa del problema y descubriera la necesidad de esterilizar los instrumentos quirúrgicos, no pudo convencer a sus colegas, como es natural, que habían sido ellos los responsables de las muertes de sus pacientes al manipularlos con las manos infectadas. Todo lo contrario, su idea generó animadversión y rechazo por ser considerada absurda y enemiga del sentido común. ¿Qué tipo de sustancia era esa de la que hablaba Semmelweis que no se podía ver ni entender? ¿Y cómo los ilustres doctores podían asumir que eran ellos mismos los responsables de la muerte de sus pacientes?
La imagen habitual de la ciencia es la de un
saber que realizan personas que, dejando a un lado sentimientos y emociones, actúan
según parámetros y protocolos debidamente construidos de acuerdo con principios
lógicos y racionales. Pero casos como el de Semmelweis revelan la importancia
de considerar el elemento emocional para comprender cómo se puede llegar a un determinado descubrimiento, y cómo luego este hallazgo puede o no fecundar en nuevas ideas.
La ciencia se alimenta de lo que el ser humano puede concebir, pero siempre sobre
un trasfondo de ideas que esperan, como escondidas, a que se allane el terreno para ser recibidas y asimiladas por
la sociedad científica. En este
sentido, y pensando ahora en la psicología como ciencia social, puede ser interesante
explorar aquellos mecanismos y factores que, en terreno fronterizo entre lo
natural y lo cultural, lo emocional y lo racional, actúan en los individuos para
hacer posible lo que hasta ese momento aparecía sobre el trasfondo de lo
inconcebible. Y, de esta manera, la pregunta que puede animar el asunto ya
no es cómo explicó Semmelweis lo que estaba ocurriendo, sino cómo fue posible
que lo que estaba ocurriendo fuera, finalmente, asimilado por la comunidad
científica y la sociedad de su tiempo.
sábado, 13 de agosto de 2022
Bonifacio-Puerto Torres
Desde niño que siento una debilidad especial hacia las ciudades portuarias, y los barcos. Será que son lugares de tránsito. Será que la mar es fuente de eternidad. Puerto Torres. Ciudad de tempestades. Museo marítimo nocturno, de obras enclavadas sobre acantilados, nos enseña la fragilidad humana y la necesidad del cuidado, incluso cuando las perspectivas son favorables y el tiempo apacible.
miércoles, 10 de agosto de 2022
Vidas móviles
Suelo escribir algo con el primer café, o cuando llegamos de alguna excursión, al atardecer, tumbado a la bartola. Y el caso es que estos días lo he hecho desde el móvil, en una zona del camping reservada de conexión WiFi. Es un lugar agradable, con sus mesas y sombrillas, por si quieres acompañar tu navegación de un café o un refresco. Lo que me llama la atención es que, al menos durante esta hora en la que escribo algo o aprovecho a compartir alguna foto con familiares y amigos, me siento formando parte de la nueva oleada de adolescentes y niños, de no más de siete u ocho años, que, sin café ni refresco, y mientras sus padres toman el sol en la piscina, pasan la tarde pegados a sus móviles. Ávidamente. De pronto sonríen, se sonrojan o profieren algún abrupto comentario como buahhh, ohhhh. Y es que está claro que esta otra vida, la conectada, les satisface si cabe tanto como la vida común, la del aire libre, ahora también llamada desconectada. Les satisface y confiere identidad, porque para ellos el móvil nunca ha representado un mero utensilio o juguete con el que pasar buenos ratos, sino que es una manera de trazar y labrar su entramado vital. El móvil, a diferencia de un reloj o unas gafas, no es un accesorio o un recurso para vivir mejor, sino un puente desde el que construir vida. La vida, decía, Ortega, es un ocuparme con las cosas y los otros. Pero ahora son las cosas y los otros los que, a través de ellas, ocupan nuestra vida: "La tecnología no es neutra, por mucho que un sentido común simplón se empeñe en repetirlo una y otra vez; la idea de la neutralidad de la tecnología es una trampa que hay que señalar, un mantra que hay que poner en duda desde el inicio. Esta es la labor que muchos filósofos han intentado llevar a cabo. Langdon Winner reclamaba la necesidad de una crítica de la tecnología parecida a la crítica artística y cultural. De nuevo, no se trata de una salida de tono o una excentricidad. Bien pensado, la tecnología forma parte de la cultura; son los seres humanos quienes la crean. Y esas creaciones, parecidas en cierto sentido a las de la pintura, la literatura o la música, podrían someterse también a consideraciones críticas." (El desencanto del Progreso)
lunes, 8 de agosto de 2022
Ordet
Antes de que la oscuridad me cerrara los ojos, vi, acompañado, Ordet, pero no la de Dreyer, sino una anterior que lo inspiró. Una sueca, de Gustaf Molander. Es una película sobre la fe y la crisis de fe, pero también sobre la niñez y la locura que, en proporciones diversas, todos llevamos dentro. Y de cómo esa ingenuidad loca, o locura ingenua, puede penetrar en misterios inadvertidos para la razón y el sentido común. La idea de que la sinrazón desbroza caminos que pasan desapercibidos al resabido y al culto la encontramos en grandes relatos fundaciones de nuestra cultura. Las mil y una noches están llenos de ellos, pero también Platón, Chrètiene de Troyes, Cervantes, y tantos otros, presentan a grandes locos quebrando la oscuridad, la tradición y el dogma. Ordet vuelve sobre esta idea, representada en esta ocasión por un joven aspirante a la vida religiosa, pero desilusionado por una sociedad descreída y carente de fe. ¿Tiene sentido servir a Dios en sociedades nihilistas y nihilizadoras? Es la pregunta que inquieta a este joven hijo de una tradición de clérigos. Sin embargo, lo interesante de la historia, a mi modo de ver, es precisamente aquello que no se puede contar explicativamente, y que se relaciona, como decíamos, con el hecho, inaudito, anómalo, pero perfectamente real, de que el loco puede lo que no puede el cuerdo. Solo quien tiene el coraje suficiente de mantenerse impermeable a las ideas y valores circundantes, parece decirnos Ordet, puede hacer realidad lo que nadie podía concebir. Y esto es precisamente lo milagroso: hacer real lo inverosímil. Gran película para una noche de estrellas, o de lluvia.