No buscamos, sino que somos enviados al origen. Nos empeñamos en recordar, en construir vidas que no fuimos, en conquistar cimas que poco o nada tienen que ver con nosotros. Nos empeñamos en conducir, cuando somos llevados de la mano.
No buscamos, sino que somos enviados al origen. Nos empeñamos en recordar, en construir vidas que no fuimos, en conquistar cimas que poco o nada tienen que ver con nosotros. Nos empeñamos en conducir, cuando somos llevados de la mano.
Hay un momento a partir del cual lo peligroso, lo abrasador, no es la luz que nos llega de fuera sino la que brota poderosamente desde nuestro interior. Es el momento en el que el espectador descubre, no sin asombro, que su mirada, escondida, persistente, incisiva, ha producido sobre el mundo cambios lo suficientemente graves como para tener que protegerse de una amenaza que antes no existía. Es la reacción del voyeur, del morboso mirón, del insaciable curioso, que descubre atónito que lo que empezó siendo una mirada ingenua, distraída, puede terminar convirtiéndose en verdadera tragedia. Y es que la mirada, cuando no es la del niño que mira a su madre o a la luz del primer día; cuando es intencionada y se clava sobre el objetivo como haría el cazador agazapado; y más todavía, cuando es persistente, obsesiva, visceral, es potencialmente agresora e hiriente. Hay miradas que matan, que destruyen no sólo lo mirado sino el cuerpo que mira. El cine y la literatura se llenan de mirones de todas clases, de morbosos personajes que no terminan de soportar la monotonía de una vida vulgar y se lanzan a escenarios provocados por una mirada que parece haberlos escogido para desplegarse en todo su potencial.
El cine de David Lynch es una mirada hacia las profundidades del ser humano de quien se sitúa fuera de sí mismo, retirándose del parloteo interior de las preocupaciones y asomándose a lo que el mundo pueda disponer. Es una mirada paciente, persistente, escondida. La mirada escondida es también refugio de quien teme ser mirado. Sitúa a los personajes de sus películas –pienso, por ejemplo, en Terciopelo azul y Mulholland drive- en primera escena, como haría el maestro Alfred Hitchcock de La ventana indiscreta. Son personajes asfixiados por la cotidianidad que buscan en lo otro lo que no encuentran en sí mismos. Se esconden bajo la cama, en la oscuridad de un armario ropero, en la soledad de la noche alumbrada, y esperan a que se sucedan las cosas que no pueden ver quienes viven apegados al murmullo interior y a las preocupaciones cotidianas. Su morbosa curiosidad los obliga a retirarse del escenario de la existencia y a salir de la trama de obligaciones para situarse en el espacio de lo recóndito. Como el personaje de Wakefield del relato de Nathaniel Hawthorne, abandonan la penosa tarea de cargar con su vida para situarse fuera de cualquier alcance y ver con mirada telescópica lo que el mundo tiene que mostrar.
Noches de
ensueño y desenfreno, de ríos que pasan mientras las aguas se llevan las
impurezas de la memoria. Apagones temporales y vahídos amarillos en la terraza
de los fumetas. Palabras afectivas que se dicen con las manos y bailes
infantiles mientras los corazones laten con la fuerza de entonces. Cubatas de
exceso arrojados al vacío, y otros que vuelven para seguir bailando hasta el
último de los ratos. Compañeros que son amigos cuando preguntan por el sentido
de tu último libro, o cuando ves que otros han hecho casa en el instituto de
Miralbueno. Familias que se recogen para emprender el nuevo día, o la semana,
con eso de que también hay lunes y martes. Palabras temblorosas que no sabías
si decirlas hasta la segunda cerveza. Abrazos que te dicen que irás también el curso
que viene, compañeros que se van y otros que quedan. Bancos desalojados,
canciones olvidadas, chupitos no bebidos, sonidos que no llegan, y recuerdos
que no arrancan. Noches de luz donde los gestos dicen más que las palabras
porque ya no importa lo que digas. Pequeños rencores y aclaraciones, perdones y
gracias, que se van con el último cubata antes de abandonar la sala. Rituales
necesarios, que nos devuelven a la vida y hacen del siguiente curso el curso que viene. Momentos de amistad, gozo, desvergüenza, donde ya solo quedan
las hojas para taparnos los genitales y seguir bailando el resto del verano.
Cuando era estudiante pasaba horas dibujando bocetos de paisajes o preguntándome qué habría al otro lado del Universo. ¿Por qué sentimos lo que sentimos cuando nos enamoramos? ¿Por qué el cielo es azul y el fuego no se puede apresar? Recuerdo que esas preguntas venían una y otra vez sin que nadie fuera a darme una respuesta. Veía el colegio, y luego el instituto, como lugares encerrados entre paredes y timbres, donde se nos obligaba a memorizar series de contenidos que poco o nada tenían que ver con nuestra realidad y lo que en ella había de preocupación. Sabía que tenía que cumplir con los preceptos de profesores y tutores y guardaba para mí aquellas preguntas que luego, en la vida adulta, aparecieron en forma de reflexiones y textos más elaborados. “¿Por qué sentimos lo que sentimos cuando nos enamoramos?” Me animé a preguntar anónimamente a uno de aquellos sexólogos que venían de paso, y cuya respuesta fue obviar la pregunta: “¿Por qué va a ser? Porque nos enamoramos”. Ahora veo en muchos de mis alumnos lo que antes veía en mí mismo: apatía hacia el aprendizaje impuesto, desinterés camuflado, libretas llenas de dibujos y palabras de baúles imaginarios. Ahora veo en muchos de ellos que la escuela, si algo debe ser, es lugar para el acogimiento y la estimulación de esas primeras grandes inquietudes:
“Como profesor de enseñanzas medias, siempre he sentido predilección por
los malos alumnos. Algunos eran mucho más creativos e inteligentes que sus
compañeros, con notas más brillantes y actitudes más previsibles. Conservo un
recuerdo particularmente afectuoso de Jimmy. Era un chico delgado, con el pelo
alborotado y unas gafas de pasta roja. Se pasaba las clases dibujando. No le
preocupaba suspender. Era educado y respetuoso, pero se aburría y prefería dar
rienda suelta a su imaginación. Sus dibujos reflejaban sus lecturas: Poe,
Tolkien, Lovecraft. Hablar con él resultaba agradable, pues era apasionado,
reflexivo y soñador. Vivía en un mundo diferente al de los demás. Sus compañeros lo tenían por un bicho raro y
le hacían el vacío. Suspendía cinco o seis materias cada trimestre, pero
aprobaba las recuperaciones y, a duras penas, pasaba de curso. Los profesores
lamentaban su escasa motivación. Lo consideraban un vago y un irresponsable. Por
supuesto, ninguno se planteaba que el problema no era Jimmy, sino el sistema
educativo.” (Elogio del amor, Rafael Narbona)
Los vínculos y raíces son más poderosos de lo que pensamos. Empezamos a caminar, en dirección contraria, y pronto sentimos que nos tiran hacia la raíz. No puedo estar más lejos de mi madre, no puedo faltar el día que ella espera que estemos todos, no me puedo olvidar de desearle un feliz cumpleaños. Los ritmos, calendarios, estaciones, relojes, todo baila al son de una música que gravita en torno a los mismos centros. Centros que son de todos, porque no somos tan distintos como nos quieren hacer creer quienes fabrican músicas pasajeras. Nuestro tiempo es un tiempo ilusorio, ingrávido, en el que las cosas, pesando, parece que no pesan. Es un tiempo de simulaciones. Ahora todo se presenta con el disfraz de la simulación, incluso realidades como la vida y la muerte, la amistad y el sexo, la palabra y el arte. Podemos simular que alguien fallecido está vivo. Podemos simular que alguien vivo se muere. Podemos simular que soy amigo de alguien a quien no conozco ni conoceré, que soy productor de obras que encantan a millones de espectadores, también simulados. Los tiempos nos han convertido en artistas de la simulación. ¿Pero cuánto puede resistir la realidad simulada antes del derrumbamiento? ¿Durante cuánto tiempo más seguiremos mirando la pantalla? La realidad, con sus ciclos y desechos, acaba imponiéndose. Se impone la muerte del prójimo, el deseo que nos saca y lleva fuera del paraíso, luz que viene de fuera y nos despierta en la noche para descubrir que ahí los móviles no centellean y sólo cabe orientarse mirando las estrellas. Se impone la última petición, que me laven el pelo para iniciar el tránsito hacia el otro lado. Se impone el olvido del tiempo, del aquí y del ahora, de eso que tanto proclaman quienes disfrazan la vida de felicidad y bienestar. Y se impone, por fin, el semen desparramado en la noche salvaje.
OLIMPIADA DE LOCURA. Muy sugerente y atrayente el título de la nueva
Olimpiada de Filosofía que nuestros compañeros manchegos han elegido para
acogernos el próximo curso en la sede nacional. Un título muy atractivo que
invita a pensar en formas quijotescas de conocimiento y adentramiento de lo
real, traspasando quizá los límites de las viejas dicotomías de razón y
sinrazón, realidad y apariencia, cordura y locura, sueño y vigilia. Cuando Euclides dictó sentencia y estableció aquello de que
el punto es la unidad mínima del espacio y el todo es mayor que cada una de las
partes, quienes le siguieron se considerarían unos locos. Y, sin embargo, ahora
está loco quien se aparta de lo que se espera que uno haga en clase de matemáticas. Todos nos hemos vuelto
euclidianos, hasta el punto de que la revolución ha sido las matemáticas no
euclidianas. ¿Tendría razón Cervantes con aquello de que "cuando los locos
se hacen mayoría, la locura se vuelve razón"? Por ello Kant, en su estudio
sobre el fundamento de la validez de las ciencias formales y empíricas, adopta
la locura normalizada, esa locura diluida en el sentido de lo común. Y es que
lo común ahora es lo que antes sólo compartían unos pocos locos.
Quien quiere estar en lo alto no quiere
subir la montaña. Subir la montaña significa emprender viaje, decir adiós a
quienes dejamos atrás y vérnoslas solos en la noche. Es la aventura de quien
marcha solo a caminar, sin ninguna seguridad de que vaya a encontrar respuesta
o no se pierda en el camino. Estar en lo alto nos priva de lo esencial, que es
el camino, la dificultad de subirlo, la necesidad de ir superando las
dificultades, la alegría de ver que una idea ilumina nuestro paso y nos permite
seguir adelante, el placer del descanso cuando la travesía ha sido larga. La
obcecación por estar en lo alto nos aleja del camino, infinitamente, que deja
de verse como algo concreto, cercano, próximo, y, en su lugar, aparece en forma
de «no lugar», de posibilidad, de inmaterialidad. «Estar en lo alto» cancela el
deseo, la voluntad de aventurarse.
En la actualidad el imperialismo de la apetencia nubla el deseo, no lo deja salir, no aparece, y ya no sabemos de él. La apetencia funciona como eclipse del deseo, y entonces la vida se hace imposible: “El escenario de la modernidad convierte el deseo en apetencia. Si el deseo es algo que tiene como objeto un imposible, algo que nunca puede alcanzarse del todo, en el caso de la apetencia ocurre todo lo contrario. El aburrimiento parece surgir cuando el deseo no puede satisfacerse. Ahora bien, un placer cómodo y fácil de obtener también aburre. Por un lado, el actor no soporta ningún estar ahí que no le produzca un placer inmediato y constante, pero al mismo tiempo ese placer deja de tener interés para él. Es demasiado fácil. En ambos casos, su vida ordinaria queda colapsada por la depresión. Antaño, la depresión se caracterizaba básicamente por la incapacidad de sentir placer; en los actuales escenarios de la modernidad sucede lo contrario; hay depresión porque hay incapacidad de no sentir nada que no sea placer.” (Joan-Carles Mèlich, El escenario de la existencia)
El acto de graduación es un ritual de transición, hacia la vida adulta. Y es esencial que quien lo inicia se sienta acompañado. Así nos sentimos, también, quienes acompañamos, en una noche de risas y sorpresas, de sueños incumplidos, de salones que se abrían para conversar con nuestra copa de plástico, de relojes que nos decían que la hora era importante, pero sólo para detenerlos y no marchar más. Noche de alumnos que se daban la mano para decirse que no estarían solos, de adolescentes que bailaban eléctricos mientras imaginaban que alguien los vería. Noche de historias personales que tan pronto salían se recogían. Noche y día mezclados, de baile, confusión, despreocupación, y móviles apagados. Noche de excesos que ahí se volvían defectos. Noche de revelaciones, de media luna, de autobuses vacíos y lágrimas evaporadas. Noche de miradas futuras, atentas, reposadas en palabras que quizá no fueran a sonar más. Un año más. Gracias.
Había que construir el alma
la de los hombres
la de los pueblos
eso que se llamaba mundo estaba muerto
fue un albañil y su cuadrilla
quien tomó la iniciativa
pronto se sumó el herrero a la empresa
y el carpintero
y un guardia civil de paisano y fuera de servicio que se vio interpelado por la obra
y un abogado para pasar lista a los trabajadores
y un sacerdote epiléptico y desnortado en busca de un recuerdo perdido
y un poeta
y un filósofo que se encargaría de limpiar los cristales
los rumanos cobraban menos pero ayudaban con sus paladas llenas
y los negros que sonreían siempre y daban de comer a los pájaros testigos
había que construir el alma
no había planos
un ingeniero buscó en google algunos datos y nada halló
salvo encíclicas pasadas de moda y que estaban fuera del ámbito de la ciencia
alguien leyó un poema menor
de amor
y encontró un camino que pronto desembocó en un solar vacío
todos seguían manos a la obra
el alma estaba arriba
en la frontera del infinito
creían
como el tejado de la torre de babel
pero no hubo confusión de lenguas porque el silencio era la condición
y así el alma se fue haciendo
empezó de la nada y fue haciéndose una nada cada vez distinta
una nada necesaria
era la obra de todos los que trabajaban mirando arriba.
a un final que nunca llegaba y les daba la mano.
Miguel Porcel,
8 de mayo de 2025
El mito de la caverna nos habla de la incomunicación, claro; o de la imposibilidad de comunicar, cuando la naturaleza nos lleva hasta ver transformados y distintos. Quien ha sido llevado a la luz no puede ver las sombras como las ven quienes todavía no saben de aquella. Por ello, al final, aparece el terror a ser arrancado del antiguo compañerismo, de la morada donde todo eran imágenes difusas y confusas aunque acogedoras. La incomunicación, o la imposibilidad de comunicar, lleva muchas veces a la desesperación y a la violencia. ¿Podríamos contactar, caso de encontrarnos, con lo que desde aquí llamamos ‘inteligencia extraterrestre’? ¿Podría ella contactar si diera con nosotros? Es uno de los grandes temas de la novela Solaris, de Stanislaw Lem, que cuestiona de un plumazo toda la ciencia y la literatura basadas en la presunción del contacto entre humanos y alienígenas, como si cualquier existencia, por ser extraterrestre, tuviera como la terrestre que funcionar entendiendo, sintiendo, queriendo, amando. Cuando miramos el mundo lo hacemos, y al hacerlo, lo habitamos. ¿Acaso sabemos vivir de otra manera?
“La solarística, decía Muntius, es un
sucedáneo de religión de la era cósmica, fe disfrazada de ciencia; el Contacto,
el objetivo que pretende, no es menos vago y oscuro que el trato con los santos
o el sacrificio del Mesías. Empleando fórmulas metodológicas, la exploración
equivale a liturgia, el humilde trabajo de los investigadores se traduce en
espera de una epifanía, de una Anunciación, ya que no existen, ni deben existir
puentes entre Solaris y la Tierra. Ese paralelismo obvio, al igual que muchos otros
(falta de experiencias comunes, carencia de ideas transmisibles) es rechazado
por los solaristas, de la misma forma que los creyentes rechazaban los
argumentos que cuestionan su dogma de fe. ¿Qué es lo que espera la gente que
suceda, una vez establecida la «conexión informativa» con los mares
inteligentes? ¿Un registro de vivencias relacionadas con una existencia
interminable, tan remota que no recuerda ni siquiera sus inicios? ¿La
descripción de los deseos, pasiones, esperanzas y sufrimiento liberados durante
los momentáneos partos de las montañas vivas? ¿La transformación de la
matemática en existencia encarnada, y de la soledad y el abandono en absoluta
plenitud? Todo ello constituye una amalgama de conocimientos intransferibles y
si intentamos traducirlos a cualquier lenguaje terrestre, los valores y
significados pretendidos se perderán, quedándose para siempre al otro lado.” (Solaris)
Comparto este poema de Laura, que lo leyó el día del recital de poesía que tuvo lugar en la Biblioteca del instituto. Lo leyó de manera improvisada, apartándose del guion, abriendo uno de sus cuadernos negros.
no tiene remedio
contaré la historia
que me dejó sin aliento.
Estoy en una balanza
no entiendo mi mirada,
¿Me quiero?, ¿Me odio?, ¿Me duele?, ¿Me arrepiento?...
¿Acaso son estos celos?
No entiendo lo que estoy sintiendo.
Indiferencia, yo no importo,
quemadas para siempre mis alegrías, yo no importo;
solo es él, no hay otro.
Soy alguien que siente demasiado,
me siento como un alíen, con un corazón roto;
soy el cuervo, yo no importo
hundida en un pozo negro, en el que yo, no importo.
Siempre es alguien más en tu alrededor
y yo, me siento como un estorbo
como sabes que para ti siempre estoy
soy irrelevante y lloraré sola hoy.
Hoy y siempre,
solamente quise un hombro en el que apoyarme.
Noto mi corazón partirse
de ver cómo me estoy derrumbando y tu fácilmente puedes irte.
Seré para ti remplazable
no puedo asimilar lo indudable.
-Todos, todos cambian, todos ven y todos creen-
encontré a la persona que más quiero
hace años en una temporada de caos
nada tenía sentido y yo era una niña que “con todo siempre puedo”.
Y odio creer que te he perdido
y ya no me salen las palabras porque tú te has ido
robándome, todo mi cariño.
Muerta e incomprendida, sola en un reloj de arena,
golpeando con furia los cristales me rompo la cabeza.
Mírame y dime que no es así, que tú aún no estás fuera
grítame a la cara y confiesa,
pero pasa el tiempo, me ahogo en la arena.. rompiste nuestra promesa.
Te cegaste, dejaste mi corazón roto,
porque en el fondo,
yo no importo.
Laura Serban, alumna de 4ºESO
Me dicen que hoy cumplo años, tantos, que ya se pueden
decir en voz baja. Y me dicen que el sol, cuando nací, no era muy distinto del
que es ahora, y que también a la luna le han pasado inadvertidos. El caso es
que, para mí, cada sol y cada luna son distintos, porque los miro distinto. Y
leo los libros, distinto. Y miro a mis padres, distinto. Y te doy la mano,
distinto. Y sueño, distinto. Y duermo, distinto. Y veo mis manos, distintas. Y
mastico, distinto. Y corro, distinto. Y me enamoro, distinto. Y recuerdo,
distinto. Y espero, distinto. Y vivo, distinto. Pero es lo que tiene cumplir
años, que en el intervalo regalado que es la vida, un día uno se despierta
transformado, extrañado, con un deseo muy vivo de que los demás también te
extrañen. Así me sienta cumplir años, o eso dicen, quienes los han visto
cumplir.
Hoy es distinto, y os deseo que sigáis aquí, como yo, cumpliendo años, viéndonos crecer y madurar, advirtiendo cada día, cada noche, cada vida.
No estamos tan lejos
los unos de los otros. Y es así como me hicieron sentir los alumnos mientras les
escuchaba recitar sus poemas o leer atentamente el cuadernillo coloreado al
otro lado. De pronto, un alumno elevaba su mirada, y se daba cuenta de que todo
aquello era algo más que un mero encuentro académico orquestado. De pronto,
una alumna sacaba su cuaderno negro, y, apresurada, leía atentamente su poema
no fuera a ser que esas palabras se
perdieran para siempre. Otra, temblorosa, hacía vibrar su voz con cada verso,
porque estaba segura de que en cada palabra se adivinaría algo de su universo recóndito,
y escondido. Como árboles que enseñan sus raíces, lunas que se acercan hasta
hacerse vulnerables, así me hicieron sentir quienes tuvieron el coraje de
desnudar su alma en el día de ayer.
Luces tenues, palabras que entran, miradas cómplices, relojes que no se miran, nos recuerdan que no estamos tan lejos los unos de los otros.
Con esto de que la Inteligencia Artificial se está instalando en nuestras vidas –o nuestras vidas en ella- hasta el punto de tener que hacernos convivientes, se va haciendo extensiva cierta inclinación, nefasta para el conocimiento, a preguntar sin sentir verdadera curiosidad hacia lo que se pregunta. Realmente, ahora los humanos, en la esfera pública o privada, en los colegios y fuera de ellos, ya no preguntan. Más bien formulan a la espera de obtener una respuesta inmediata. Si antes nos quejábamos de que los jóvenes habían perdido la facultad de cálculo porque ya no ejercitan las multiplicaciones y las divisiones, ahora el problema es que han perdido la facultad de preguntar. Preguntar significa vivir la pregunta, admirarse de su misterio, situarse en el mundo reconociendo una limitación singular que interpelará a otros a su búsqueda. Preguntar, sobre casi cualquier tema de relativa gravedad, supone interrumpir la vida y los quehaceres diarios para disponerse a emprender un viaje para el que uno, de primeras, cuenta con sus solas fuerzas. Preguntar supone, precisamente, renunciar a todo lo que puede dar la Inteligencia Artificial.
La pregunta abisma. De pronto ya no hay escaleras ni puentes con los que cruzar. Nos sitúa como protagonistas de una historia que está por comenzar. De repente todo nuestro alrededor –la circunstancia, que diría Ortega- se vuelve mochila y recurso, siendo el ChatGPT una provisión más. La pregunta, cuando de veras importa y queremos emprender viaje, la experimentamos sabiendo que no dejaremos de preguntar. Decían los filósofos escépticos que hay conocimientos que es mejor no buscarlos, por aquello de que con nuestra mochila de estar por casa no podremos hallarlos. Pero tampoco los escépticos cayeron en la cuenta de que la pregunta no nace de la posibilidad, de la impaciencia, o de la molestia de quien no conoce algo en un preciso momento. La pregunta no nace de la acumulación ni de la obtención. La pregunta, si es honesta, vivida, nace del coraje de quien decide dejar todo para hacer de ella hoja de ruta. Es así, por otra parte, como se inicia cualquier civilización humana. En Las mil y una noches encontramos un cuento que trata de dos hermanos que viven en un palacio donde tienen todo lo que pueden querer: Sirvientes que satisfacen sus caprichos, un jardín esplendoroso lleno de bellos animales y flores que parecen soñadas. Aguardan felices en él, hasta que un día un anciano les habla de un misterioso lugar donde encontrar un árbol que canta, un pájaro que habla y una fuente de oro. A partir de ese momento, aquellos niños que todo lo tenían viven sólo para encontrar la manera de abandonar su casa y buscar aquel lugar milagroso. La pregunta ha entrado en sus vidas, claro, y ya no pueden dejar de buscar.
La pregunta no puede ser encerrada en ningún algoritmo ni correr por los circuitos de la información y la aceleración. No puede tampoco postergarse demasiado o delegarse a otro, natural o artificial. La pregunta no puede ser encerrada en ningún peso informativo ni formulada para ser respondida a continuación. Los niños abandonan su palacio, su rutina, su semejanza, y emprenden viaje, hacia la luz, claro. Hacia aquello que no somos y quizá nunca seremos.
Publicado en El Imparcial, 5 de abril de 2025
Calles de colores y altas, muy estrechas, me llevan en autobús hasta un patio interior, donde yace una familia, y al fondo una anciana a punto de osificarse. La veneran porque debe esconder algo que nadie sabe.
Sueño de marzo
Hay una luz que calma, apacigua, aquieta. Es la
luz de la vela en las noches de tormenta, la luz de los conceptos que ordena y
depura, la luz que espera al final de la cueva. Pero hay otra luz que arde, que
quema a quien se acerca a ella. Es la luz de quien ya no puede soñar, luz que
el poema no puede cicatrizar.
Hoy, tanta luz para ver solo
los hilos
perdidos de la noche recien muerta,
las agonías de
la esperanza,
las horas que
agitan las manos para que las escuchemos
tanta luz
para ver el
horizonte a lo lejos
como una boca
cerrada que no puede llorar.
Miguel Porcel,
25 de marzo de 2025
Estupenda la acogida de este encuentro que reunirá a alumnas, profesores, alumnos, profesoras, y algún que otro moderador sobre un tema que ocupa y preocupa. Pronto.
Miramos el mundo con el prisma de lo que queremos que sea. Proyectamos sobre él nuestras ilusiones, hacemos de él campos de juego, lo combatimos introduciendo nuevos principios, hacemos que sea lo que creemos que debería ser. El ser humano introduce sus propios planes en la naturaleza, los inserta en ella con su visión y luego vuelve a extraerlos de allí. Pero al actuar así vivimos proyectivamente, fuera de sí, y nos medimos por la alegría de nuestros juegos o la precisión de nuestros juguetes. ¿Y qué hay de aquella otra medida que no admite retirada? ¿Qué hay de aquella otra medida frente a la que no cabe combate? La consciencia nos abre el mundo, situándonos en él como actores de una escena. ¿Y ahora qué historia representamos?
A veces deberíamos parar la representación, cesar en nuestro empeño combativo, dejar que la vida, simplemente, sea. Caminar sintiendo el peso de nuestros pasos, amar viviendo más cerca las cosas, comulgar experimentando el cuerpo transformado. Ahí se iguala la vida del emperador con la del mendigo o la del pobre carretero. Cuando paramos y cesamos en nuestra lucha individual, cuando nos sentamos a reponer fuerzas y nos decidimos a continuar viviendo con lo puesto, esas diferencias que tanto significaban en los escenarios de la existencia se borran, ya no se tienen en cuenta. Fuimos todos arrancados, y ya no practicamos las éticas del bien y de la justicia, ya no pretendemos hacer del mundo un lugar a imagen y semejanza de nuestras ilusiones. Más bien, conscientes ahora del peso y gravedad de la existencia, de lo incompartible e inmodificable, aspiramos consentidamente a «lo bien que podemos estar», que no es poco.
Tienes el mismo cuerpo, con los mismos órganos y energías que el hombre de Cro-Magnon hace treinta mil años. Al vivir una vida humana en la ciudad de Nueva York, o al vivirla en las cavernas, pasas por los mismos estadios de la infancia, la llegada a la madurez sexual, la transformación de la dependencia infantil en la responsabilidad de la vida adulta, el matrimonio; después, la decadencia del cuerpo, la pérdida gradual de sus poderes, y la muerte. Tienes el mismo cuerpo, las mismas experiencias corporales, de ahí que respondas a las mismas imágenes. (Joseph Campbell, El poder del mito)
A veces me detengo a contemplar la naturaleza que nace de nuestro instituto, ¿o es nuestro instituto el que nace de la naturaleza? Y ver el juego de las nubes, o a las ramas estirarse con sus hojas, me llena de paz mientras me preparo para la clase del momento siguiente. Y mientras procedo así, me pregunto si no convendría que aprendiéramos todos un poco más de la naturaleza; por ejemplo, contemplando las partículas que contiene un rayo de luz, o las rugosidades de la hoja caída en el alféizar de la ventana. Y de esa manera que se avivara la llama del asombro, y de la curiosidad.