lunes, 13 de agosto de 2012
jueves, 2 de agosto de 2012
¿Hacia el fin de la historia?
Como toda forma histórica, tiene la guerra dos aspectos: el de la hora de su invención y el de la hora de su superación. En la hora de su invención significó un progreso incalculable. Hoy, cuando se aspira a superarla, vemos de ella sólo la sucia espalda, su horror, su tosquedad, su insuficiencia. Del mismo modo, solemos, sin mas reflexión, maldecir de la esclavitud, no advirtiendo el maravilloso adelanto que representó cuando fue inventada. Porque antes lo que se hacía era matar a todos los vencidos. Fue un genio bienhechor de la humanidad el primero que ideó, en vez de matar a los prisioneros, conservarles la vida y aprovechar su labor.
Ortega y Gasset, La rebelión de las masas
Si se admite que la historia avanza conforme ese patrón de conservación y superación y que nuestro presente conserva todos los errores del pasado, primero habrá que tener claro que existe algo llamado "Verdad" o "Bien" hacia lo cual la historia tiende, ¿pero acaso puede alguien asegurar la existencia de dichos ideales?, ¿no necesitamos, más bien, contar con éstos para admitir que la historia se rige por algún patrón?, ¿no es todo una hipótesis sostenida sobre otra hipótesis?, ¿y no es vano cualquier intento de fundamentación, pues la idea misma de "fundamentación" es ya una hipótesis montada sobre otra?
Etiquetas:
Filosofía e historia,
Reflexiones
lunes, 30 de julio de 2012
sábado, 14 de julio de 2012
Adoración al aspecto
El culto al bienestar y a la apariencia gobierna el alma del hombre contemporáneo. Acupuntores, osteópatas, homeópatas, naturópatas, aromaterapeutas.... llenan páginas de anuncios en una sociedad en la que la medicina alternativa compite con la científica en la búsqueda del ideal salvífico de "vida saludable". La salud ahora consiste en la ausencia de dolor y en cierto aspecto de eterno rejuvenecimiento. ¿Será que el hombre medio actual no sabe qué hacer con su tiempo y necesita consumir bienestar y belleza?, ¿será que se le emplaza a vivir instalado en cierto canon de vida impuesto por la industria farmacéutica y estética? El hecho es que el dolor se ha independizado de la enfermedad de que es origen y ya no se ve en él un medio para comprender ésta, sino un fin en sí mismo. El dolor se ha quedado sin raíz, puesto ahí, cosificado, dispuesto a ser tratado por sí mismo. Muestra de ello es que el paciente que acude a la consulta, aguardando una anestesia que alivie su dolor, se interesa en describir no tanto la sintomatología de su presunta enfermedad como la intensidad o localización de su malestar. La imagen, el aspecto, también se ha independizado del cuerpo, corruptible por esencia, y ahora prolifera un mercado encargado en vender y comerciar productos que reducen los síntomas del proceso irreversible temporal. El nuevo reto no es, como nos prometen, retardar el proceso de envejecimiento -por el momento, imposible-, sino camuflar de la mejor manera posible las huellas naturales que nos deja el paso del tiempo.
El aspecto preocupante, desesperanzador, no es el afán de bienestar y juventud, sino el carácter exclusivo de éste, que ahora invade el espacio vacío dejado por el advenimiento del nihilismo. Mucho debemos, sin embargo, a la conciencia del dolor y del paso del tiempo, gracias a la cual nos convertimos en seres indivisos, singulares, distintos de lo otro y de los otros. No es por el pensamiento como llegamos a diferenciarnos del mundo y del otro, sino por la opresión -siempre dolorosa- que éstos provocan en nosotros. Quizá, por ello, debiéramos preguntarnos por qué no adoramos al Dolor y a la Muerte en lugar de tratar vanamente de eliminarlos.
viernes, 13 de julio de 2012
Julio de 1.916. La Batalla del Somme
Qué fácil es disparar sin pensar, con los ojos cerrados y que sea lo que Dios quiera, qué complicado actuar una vez desarmado,
y cómo retumba la maldita pregunta, ¿queda algo con vida en
las líneas enemigas?.
Comienzas
a razonar cuando se te acaban las balas, ironías de la vida, y lo duro llega
ahora, en la inmensidad del silencio.
Hay que
tirar de bayoneta, se exige el cuerpo a cuerpo, la muerte ronda fuera y no
sabes a qué te enfrentas,
¿habré
hecho diana?, pero has tirado a ciegas y no sabes nada.
La
panorámica da paso al primer plano, siempre más lento, cosas del maldito cara a
cara.
Cuando la
guadaña fumiga los campos de Francia al son de la artillería no hay reloj en el
mundo capaz de seguir su ritmo,
y ahora,
a solas con el enemigo, cada escalón recorrido por la aguja rechina en tu
cabeza, te arden los tímpanos.
Ya no
reconoces el punto de partida, sólo vislumbras el círculo rojo marcado por el
General en su cómodo despacho.
Esa
maldita marca en el mapa ha terminado con tus balas y ahora amenaza tu
paciencia y estás bien jodido.
Sólo
queda avanzar hacia la luz del túnel, con la cabeza baja o altiva mirada, eso
lo dejan a tu elección.
Aquí las
cosas funcionan por aplastamiento, que la munición del enemigo tampoco es
infinita,
o eso
piensa el Alto Mando mientras añade tu nombre a la lista de bajas.
Debes
asumir que tu misión es raer al enemigo hasta que alguien llegue a los
tuétanos,
sino la
noche se te hará muy larga y la batalla interminable.
Samuel
Porcel Dieste.
jueves, 28 de junio de 2012
Apología del deporte
Cuando se habla de «minorías selectas», la habitual bellaquería suele tergiversar el sentido de esta expresión, fingiendo ignorar que el hombre selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir en su persona esas exigencias superiores. Y es indudable que la división más radical que cabe hacer de la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva.
José Ortega y Gasset. La rebelión de las masas.
Sin duda el deportista pertenece a esa clase de hombres que se exigen mucho y acumulan sobre sí nuevas dificultades y deberes, que no se conforman con lo que son sino que anhelan trascender las limitaciones que les impone su naturaleza. Desde siempre me ha causado extrañeza el fenómeno del deporte. ¿Qué es lo que busca el gimnasta tras una vida dedicada al cultivo del cuerpo?, ¿o el atleta que desde que tiene uso de razón se somete a los entrenamientos más exigentes? No es desde luego un deseo masoquista lo que anima al boxeador en su lucha por la victoria. Tampoco el afán de gloria y poder parece mover a miles de deportistas que triunfan en deportes minoritarios y de escasa trascendencia social. No, la cosa no va de esto. Se trata, más bien, de la búsqueda desinteresada de la excelencia, la virtud, que ya Platón intuyó antes de modelar la República y que ahora Ortega nos recuerda como el aspecto idiosincrásico del ser humano.
Este ideal de perfección, de excelencia que se pretende con el ejercicio deportivo no es un medio para conseguir la victoria, sino su presupuesto. No se busca la excelencia para vencer, sino que se vence porque se ha alcanzado la excelencia. En este sentido, cabe definir el deporte, lo mismo que el arte o la ciencia, como un esfuerzo progresivo de aproximación a un ideal solo estimable por el género humano y cuya consecuencia más inmediata consiste en la expansión de los límites que impone la naturaleza. En efecto, lo mismo que el artista, en su juego con colores, formas e imágenes, acaba ensanchando los límites naturales de su imaginación y sensibilidad, o el filósofo, que expande las fronteras del entendimiento humano con el cuño de nuevos conceptos en beneficio de la verdad, el deportista transforma para siempre los ritmos y procesos que le impone su naturaleza tras el ensayo continuado de su ejercicio acostumbrado. Porque, como pone de manifiesto cualquier expresión cultural, el hombre es ese ser que necesita ser otro, hacerse otro, para vivir. Y esto es lo verdaderamente misterioso.
miércoles, 27 de junio de 2012
25 de Junio de 1.876. La batalla de Little Big Horn.
El hombre blanco hizo su oferta: balas o reserva.
Para Caballo Loco no era un pedazo de tierra lo que estaba en juego, era el paisaje, y sabía que le acabarían usurpando la lluvia,
los búfalos, el ayer y el mañana, y se quedaría sin nada por mucho que le garantizasen un reservado donde dormir y comer.
Él lo quería todo, y no hablo de propiedades, como pensó en su día rostro pálido.
Este Jefe Indio no querría ver a sus Dioses, en el momento del tránsito, riéndose de él,
¡llegas con el pecho zurcido y los nudillos inmaculados! y te han tomado el pelo.
Y obró en consecuencia, eligió luchar.
Pero un grupo de personas haciendo el indio no pudo plantar cara a los Estados Unidos,
la realidad no es un cuento de romanos y galos, y fueron fulminados.
Se dieron un baño con su sangre y nadie les explicó el motivo,
¿Por qué aniquilarnos si sólo queremos el bien para nuestro tesoro más preciado? sollozaron con voz baja.
Caballo Loco podría haber sido capaz de convivir con las cicatrices esculpidas en su amada por los fríos y feroces ferrocarriles,
toda vez que hubiese visto llover sobre inertes pastizales de hormigón. Pero no se fiaron de él y no le dieron opción.
Quizá si le hubiesen escuchado con atención los EEUU hubiesen ganado una grandísima cultura ecológica,
pero no, eligieron lo fácil, lo cobarde, masticarle, escupirle y si te he visto no me acuerdo,
carnaza para las sobremesas hollywoodienses a cuenta de la fecha del título. O eso pienso yo.
"Puerto de Bagüés (Zaragoza). El asfalto también recibe nevadas, aunque nada le aporten".
Samuel Porcel Dieste.
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