domingo, 15 de marzo de 2026

Acercamientos

La ingenuidad, como lo que nos hace estar junto al génesis, no es privación, sino condición. No es extraño, en este sentido, que los grandes ingenuos de la historia, como Parsifal, Aladino, Prometeo, Sócrates o Jesucristo, hayan sido los grandes resucitadores de mundos que creíamos olvidados y de aventuras que pensábamos propias de dioses. El ingenuo, precisamente por morar junto al fuego de las cosas, es el verdadero amante de los hombres y del conocimiento, aquel capaz de abrirse paso haciendo suyo lo que es de nadie y, como Eros en pleno éxtasis, batiéndose por terreno inexplorado. 

Ingenuos son los que no preguntan para qué, porque confían. Los que no necesitan saber porque ya saben lo que necesitan. Los que no invaden y dejan fluir. Los que no saben de importes ni importan, pero a los que todo les importa. Ingenuos son los que moran a solas con ellos mismos, como Heráclito con su fuego, descubriendo que a las cosas hay que dejarlas ir. Ingenuos son los que avanzan sin conseguir ni conquistar, más bien, tendiendo, acercándose, dando pasos. Hacia la luz, lo mismo que hacia el otro, se tiende. En este sentido, la ética y la política son acercamientos.




“Los ingenuos. Los frágiles. Las almas cándidas. Esos a los que llaman flojos y tibios y buenistas y cosas peores. Los que no gritan. Los que escuchan. Los que se ponen en la piel de otros, a los que no conocen. Los que cuidan y preguntan qué tal estás con una curiosidad sincera. Los honestos que van de frente y sin doblez. Los que se revuelven aunque les critiquen, porque siempre critican. Los que hacen aquello que creen que tienen que hacer. Los que dudan y, en cambio, tienen clara la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. Los que hacen preguntas pero no son equidistantes: los que se hacen preguntas para no ser equidistantes. Los que podrían dormir tranquilos y, sin embargo, se desvelan.” (José Luis Sastre)

miércoles, 18 de febrero de 2026

Profundidades

Las diferencias aparecen a una mirada superflua de las cosas, si nos detenemos en el aspecto. Esas mismas diferencias se borran cuando reparamos en una mirada profunda de las cosas, esto es, cuando dejamos a las cosas que se descubran en toda su profundidad.


sábado, 14 de febrero de 2026

Vidas conjuntas

En mis lecturas juveniles de Ortega aprendí a ver en la vida una oportunidad insustituible para realizar lo que se supone sería un verdadero proyecto vital. En su filosofía de la vida y la circunstancia entendí la importancia de vivir hacia delante y no replegarse en pasados de ninguna especie, por muy reconfortantes que estos fueran. Aprendí a distinguir lo valioso de lo superfluo en tanto que lo primero me impulsaría a realizar paso a paso lo que podría definirse como un auténtico proyecto vital. Y aprendí a ver en la circunstancia un escenario de oportunidades y dificultades con las que poder seguir haciendo futuros que acabarían, para bien o para mal, siendo parte de mí.



Ahora, sin embargo, cuando la madurez me ha alcanzado y me siento, hasta cierto punto, realizado, veo que lo verdaderamente excitante y meritorio no es proyectar la vida hacia adelante, no es encauzar las energías hacia un futuro más o menos esperanzador. No, lo realmente digno y merecedor de valor es, más bien, vivir haciendo proyecto, esto es, vivir implicando en tu vida a quienes más consideras por formar parte de ella. Así, por ejemplo, vive haciendo proyecto quien se embarca en grupos de trabajo y hace de compañeros y alumnos personas capaces de hacer cosas que antes ni siquiera imaginaban poder hacer. Vive haciendo proyecto quien es capaz de ilusionar y sembrar semillas donde antes no las había, o quien mueve voluntades hacia propósitos que se difuminan conforme el camino compartido va tomando luz. Hacer proyecto significa, en definitiva, suspender tus proyectos para mirar al otro con la misma fuerza con la que te mirarías si estuvieras en su lugar.

martes, 10 de febrero de 2026

Aprender a soñar

Ayer vi –o vimos, según se mire- Jacquot de Nantes, de la directora Agnès Varda. La película es la historia de un niño que aprende a soñar estando despierto, mientras que la manivela de su pequeño cinematógrafo hace bailar a las figuras, y moverse, y susurrarles al oído en lo oscuro de la casa. La película es, también, la historia de un refugio que transforma a un niño en una vida de pasión y movimiento. Y cuando tiene a punto la proyección baja al cuarto de abajo para que los demás vean su sueño.

 


El caso es que viendo la película recordé estas palabras de George Steiner, pensando que también los profesores deberían soñar, y equivocarse, y despeñarse. Y así crear, acompañados: “Estoy asqueado con la educación escolar de hoy. Veo cómo se ha convertido en una fábrica de incultos, donde no se respeta la memoria, el silencio ni el valor del error. Me duele ver cómo se entrena a los niños para repetir sin pensar, para vivir acelerados, sin tiempo para tener tiempo. Yo siempre he creído que la poesía, la filosofía y la literatura forman el alma, y que aprender de memoria no es una pérdida, sino una forma de llevar dentro lo esencial. Me preocupa que estemos criando generaciones incapaces de soñar, de equivocarse y, por lo tanto, de crear. La educación debería formar seres humanos completos, no consumidores vacíos.”

lunes, 9 de febrero de 2026

Cuando las cosas se mostraban

En un mundo en que se nos escamotean las cosas, con su luz y sus sombras, traigo este hermoso poema que escribe mi padre, y que recuerda al tiempo dibujado de memoria y deseo. Pudo ser un instante, un atardecer en el mar perezoso, un día entero, cuando las cosas se mostraban y no había donde esconderse salvo en ellas.


viernes, 6 de febrero de 2026

Aquí hay conocimiento

Nueva experiencia inolvidable la decimotercera Olimpiada de Filosofía. Viéndola crecer, uno se siente parte de algo. Reencuentros acompañados. Hojas y hojas de guiones y esquemas previos a la ejecución. Luces dirigidas al papel valioso. Bolígrafos relevando a otros. Miradas atónitas de que aquí hay conocimiento. Semillas del mañana que son ya el hoy. Alumnos y alumnas venidos de todas partes para abordar desafíos y dilemas que, a trompicones o de una vez, los acercarán a ellos mismos.



Personas que se hacen más personas por confiarse a su pensamiento. Miradas que se elevan porque ha llegado la palabra buscada. Palabras que no llegan y que, por eso mismo, ceden a la siguiente. Líneas completas que hay que seguir para dar con el conjunto y cuidar la última de las comas. Caminos de vuelta porque hay que reescribir esa letra de dedos torpes, o doblar la idea que quedó huérfana. Aventuras de quien marcha solo confiando en el conocimiento que una vez proveyeron profesores y familiares. Colegas anónimos que están en las mismas que tú y que, por eso mismo, formamos la decimotercera olimpiada aragonesa de Filosofía.

domingo, 1 de febrero de 2026

Luz de sueño, luz de la razón

¿Cómo es posible que lo inerte produzca tanta fascinación como lo vivo? ¿O que Leibniz demostrara en el siglo XVII que lo único que se necesitaba para realizar todas las operaciones de la lógica y la aritmética eran el uno y el cero? ¿O que un vacío -un agujero, una ausencia-, debidamente encajada, fuera capaz de dar vida con los primeros telares mecánicos a la cornucopia de guirnaldas, rosas, leones, corderos, vírgenes, ángeles y santos que adornaban las paredes de los hogares más lujosos de Europa? ¿O que un telar, que es una máquina primitiva según los estándares modernos, como revela Benjamín Labatut en el capítulo que dedica a 'Nicholas Augustus von Neumann' en Maniac, “pudiera encerrar en su interior la semilla de una tecnología que iba a afectar, para bien y para mal, todos los aspectos de la experiencia humana”?



Fascinación y espanto es lo que el mismo telar mecánico -convertido en insecto metálico de diez mil patas para una mirada literaria- produce en dos hermanos que lo reciben de su padre plantado en medio de su casa. En el mayor la fascinación lo lleva a querer saber todo de él, a perderse en su infraestructura y a querer desentrañar cada uno de sus secretos y entresijos: “No dejó de hurgar dentro del aparato, desarmándolo pedazo a pedazo, llegó a estar tan inmerso que el segundo día se saltó el té y la cena, y todavía estaba intentando descifrar sus secretos, arrastrándose por el suelo para meterse dentro del mecanismo principal, o reptando a cuatro patas para encontrar dónde iba la pieza que había sacado, cuando yo me rendí y dejé de insistir en que lo dejara en paz y viniera conmigo a jugar al jardín antes de que nos obligaran a irnos a la cama.”


Mientras, el pequeño, más temeroso y retraído, sueña angustiado con el gran artefacto de diez mil patas cobrando vida y, montado encima su hermano mayor, queriéndolo devorar.

*

Esta fue la actitud que asumí cuando recibí el primer Cinexin de mis padres. En lugar de querer saber de su funcionamiento destripándolo y matando sus secretos, seguía una y otra vez aquellas dulces proyecciones en el cuarto oscuro de las dos camas, a veces a solas, otras acompañado, pero siempre girando una y otra vez la manivela para recrear la misma historia a la velocidad que dictara la mano. ¿Qué contenía esa luz que me hacía seguir viéndola?