domingo, 26 de mayo de 2013

El beso imposible

Recuerdo que en los años adolescentes me enamoraba muy fácilmente. Bastaba una sonrisa, una mirada, muchas veces inintencionada, para que se desatara todo un aparato emocional que acababa revistiendo esa primera vivencia en un auténtico objeto de veneración. El amor por entonces no consistía en un deseo de unión o posesión, como gusta definir a algunos filósofos irracionalistas, sino en un proceso de sublimación o irrealización por el que una simple vivencia acababa convirtiéndose en un objeto ideal, no por imposible, sino por irreal. Es comprensible que, tras este proceso de conversión, sobreviniera la habitual frustración -o mejor, desilusión- en el primer encuentro con quien hasta entonces había constituido foco de tantos halagos y atenciones. La carne se imponía. Aun recuerdo la primera acaricia que, lejos de estimular mis apetencias, me produjo una desilusión sin precedentes. Aquella acaricia me recordó la imperfección de mi carne, su mortalidad, la imposibilidad de encontrarme con aquello que más había amado.
 
Cuanto más convertía su amor en un imposible, más profundamente traicionaba el sacerdote a Buda, pues la imposibilidad de su amor se encontraba aparejada con la imposibilidad de llegar a la iluminación. Y cuanto más advertía que su amor no podía tener esperanza, más crecía la fantasía que lo alimentaba y más se arraigaban sus pensamientos impuros. Mientras consideraba que su amor tenía alguna posibilidad, le había sido más fácil renunciar a él; pero ahora que la Gran Concubina se había convertido en una criatura fabulosa y totalmente inalcanzable, el amor del Gran Sacerdote se inmovilizaba como un gran lago de aguas calmas que cubría, inexorablemente, la superficie de la tierra.
 
Esperaba ver el rostro de su dama aún una vez más, pero temía que esa figura, que ahora se había vuelto una gigantesca flor de loto, se desvaneciera sin dejar rastros. Si aquello sucedía, el Gran Sacerdote se salvaría. Esta vez no dudaba de alcanzar la verdad. Y aquella mera perspectiva llenó al sacerdote de miedo y reverencia. (Yukio Mishima, "El sacerdote y su amor", La Perla)

viernes, 17 de mayo de 2013

Homenaje a la Palabra

Nuestro querido colaborador M.P. nos regala en esta ocasión un poema sobre la palabra, o mejor, la Palabra, con mayúscula, porque palabras hay muchas. Dicen que la palabra -con minúscula- es capaz de movilizar ejércitos, de cautivar a las amadas más indispuestas, de embaucar a los más incrédulos...pero eso dicen los que, escuchando sin entender, hacen de ella una propiedad del ser humano. No tenemos la Palabra, precisamente, porque es ella la que nos tiene, nos hace, nos piensa, nos da motivos para seguir buscando. En ella, en la Palabra, se hacen una la poesía y la ciencia, quedan unidas en una comunidad que reune más que separa. Quien limita es la razón, o mejor, un determinado uso del lenguaje, que ya presupone ese don constituyente. Decía en un aforismo anterior que No filosofamos porque somos, sino que somos porque filosofamos. Lo mismo cabe decir de la Palabra, que es fundación, apertura. ¿Y qué hay de su relación con el tiempo, que lo sobrevive, lo aniquila?: porque el tiempo ya no cuenta y al final sólo cabe el retorno, desalojando a ese progreso seductor que perpetúa el olvido del Ser.

En fin, disfrútenlo:


"Esta noche no acabará nunca.

El teatro de los sueños levantó su carpa un día de sol,
sólo queda la materia de la oscuridad.

La luz es una tramoya de una comedia olvidada, otrora falsa y constructora de mundos,
que han dejado abandonada de cualquier manera en las prisas de la huida.
Y mis ojos, pobres, no recuerdan la verdadera luz porque han envejecido y se han hecho
necios.

Las ruedas de los carromatos que se llevaron el teatro de los sueños chirriaban, resistiéndose
al viaje, y desde entonces el mundo se ha rodeado de un llanto que ya no callará.

Que nada entiendo.

Así que esperaré a que el tiempo, la oscuridad y su materia se consuman.

Sin vana esperanza, sé que los pájaros ya no cantarán,
que no volverán las golondrinas a construir sus palacios,
enmarañados quedaron sus alas en un verano que se deshizo en un silencio espeso.

Si ni siquiera pudiera llorar en esta noche, ¿qué podría?: si acaso, cerrar los párpados y jugar a ser el amo de la oscuridad.

Pero, va a hacer tanto frío que acabaré derrotado y como un villano imploraré cobijo, calor y
luz a los espacios hasta que mi boca se hiele y se descuelgue como un carámbano de carne
helada.

Aun así soñaré que alguien encuentra mi boca caída, que arranca de ella una palabra todavía
viva que allí se refugió y que lanza al vacío con vigoroso amor hasta perderse.
Y como una semilla que encontrara su insecto, la palabra liberada hará su trabajo, su viaje y la
posible fecundación.

De lo que retornase nada podremos saber, pues ¿qué saben del mundo los que duermen
o mueren, los que sueñan?"

M.P.

Noviembre 2012, mayo 2013

jueves, 2 de mayo de 2013

Cartas al Director: Contra el proyecto de mejora de la LOMCE


Por estas y otras razones no estamos de acuerdo con este proyecto educativo, que, como decimos, no sólo es la expresión de una ley reguladora de la educación, sino la constitución de un nuevo horizonte para la educación en nuestro país....y si no nos oponemos todos, padres, alumnos y profesores, acabaremos emplazados a ocupar un puesto en este modelo reduccionista en el que sólo tiene cabida la formación para la rentabilidad y la productividad......¡como si fuera antes el producto que el conocimiento!

domingo, 14 de abril de 2013

La sociedad de Byung-Chul Han

Recomiendo desde aquí la lectura del ensayo recién publicado La sociedad del cansancio, de Byung-Chul Han. Se trata de un filósofo coreano (inesperado bestseller) que en términos hedeiggerianos hace un certero análisis de un tiempo consumido por el agotamiento y la sobreabundancia de información y rendimiento. El libro ahonda en la comprensión del nuevo tipo de enfermedad del hombre del siglo XXI: que ya no será bacterial ni viral, sino neuronal. El enemigo ya no es lo otro, lo extraño o negativo (virus,..), sino lo idéntico, lo positivo, o mejor, el exceso de positividad, que resulta de la superproducción, el superrendimiento o la supercomunicación. Por ello los métodos de diagnóstico y curación del pasado siglo ya no sirven para comprender ni curar esta nueva enfermedad. En definitiva, el problema no es la invasión de lo otro, que trata de anular lo propio, sino la (auto)exigencia de rendir más, de asimilar o abarcar más, olvidando con ello que cierto sosiego es necesario para practicar la atención sobre problemas perennes.
 
Los logros culturales de la humanidad, a los que pertenece la filosofía, se deben a una atención profunda y contemplativa. La cultura requiere un entorno en el que sea posible una atención profunda. Esta es reemplazada progresivamente por una forma de atención por completo distinta, la hiperatención. Esta atención dispersa se caracteriza por un acelerado cambio de foco entre diferentes tareas, fuentes de información y procesos. Dada, además, su escasa tolerancia al hastío, tampoco admite aquel aburrimiento profundo que sería de cierta importancia para un proceso creativo (Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio)

viernes, 12 de abril de 2013

Estruendo

Una autopista cruza la casa de mis padres que se encuentra sola en medio del desierto. Es un día soleado y hace calor. A lo alto un avión hace extraños giros cuando escucho a mi padre quejarse desde su estudio del ruido del vaivén. Una esfera metálica cae, de no se sabe dónde, produciendo al momento una gran explosión. El avión ya no se escucha, ya no lo hay. Me resguardo bajo una piedra.

Aterrado, sintiendo llegar la fuerza expansiva, trato en vano de arrojar de mi cabeza semillas invisibles al suelo alquitranado, como queriendo prolongar mi ser en tierra fértil, cuando escucho la voz de mi hermano advertirme que no hay nada que hacer, que ahora sí nos ha llegado la hora. Al momento me doy cuenta que de mi gesto sólo queda la voluntad, pues no hallo ya cuerpo, manos ni semillas. Soy una nada que está a punto de difuminarse.

 
Noche del 25 de marzo

martes, 9 de abril de 2013

Los desasosegados

Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna época, se han cotizado más los activos, es decir, los desasosegados. Cuéntase, por tanto, entre las correcciones necesarias que deben hacérsele al carácter de la humanidad el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo (Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado humano)

Los desasosegados viven perpetuamente conectados, dentro y fuera de su intimidad. Se comportan como insectos ante paneles de luz, atónitos, nerviosos, alterados, y entonces van perdiendo, sin darse cuenta, esa atención duradera y profunda que es menester para el recogimiento. Sólo una vitalidad rebosante, una necesidad de llenar y vaciarse, puede salvar a la civilización del desasosiego.



Pueblo abandonado de Lascort