viernes, 12 de abril de 2013

Pesadilla de la noche del 25 de marzo

Una autopista cruza la casa de mis padres que se encuentra sola en medio del desierto. Es un día soleado y hace calor. A lo alto un avión hace extraños giros cuando escucho a mi padre quejarse desde su estudio del ruido del vaivén. Una esfera metálica cae, de no se sabe dónde, produciendo al momento una gran explosión. El avión ya no se escucha, ya no lo hay. Me resguardo bajo una piedra.

Aterrado, sintiendo llegar la fuerza expansiva, trato en vano de arrojar de mi cabeza semillas invisibles al suelo alquitranado, como queriendo prolongar mi ser en tierra fértil, cuando escucho la voz de mi hermano que me advierte que no hay nada que hacer, que ahora sí nos ha llegado la hora. Al momento me doy cuenta que de mi gesto sólo queda la voluntad, pues no hallo ya cuerpo, manos ni semillas. Soy una nada que está a punto de difuminarse.

 
Noche del 25 de marzo

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Freud padeció las heridas incurables de un conocimiento real y sin artificios: ninguna creatividad humana (biológica, intelectual, artística, académica...) puede consolarnos definitivamente de la in-espereada lucidez que sólo el sueño puede contener, o que sólo puede contenerse a través de él, y es que nada puede librarnos de la inevitabilidad de la in-existencia (ex-sistencia) del ser humano. Las peguntas del neurótico (¿soy un hombre, una mujer? ¿estoy vivo, estoy muerto?) las certezas del psicótico (yo soy Yo) son vueltas y revueltas a la incierta realidad que nos sostiene y que nos llena de amor y que nos mata (de miedo).
Pero es la vida, y existe el placer, incluso más allá de sus principios.
M.P.

David Porcel dijo...

Gracias por tu reflexión. T.H.