domingo, 15 de septiembre de 2013

Tarea de la universidad

En su libro autobiográfico Adiós a la universidad. El eclipse de las humanidades, el profesor Jordi Llovet alude a la visión que el filósofo  Friedrich Schleiermacher (1768-1834) tenía de la universidad, para quien ésta debía "despertar el ideal de la erudición (Gelehrsamkeit) en los jóvenes de noble espíritu ya provistos de un conocimiento en materias muy diversas; ayudarles a dominar el saber en el campo particular de conocimiento al que quieren dedicarse, de modo que, para ellos, se convierta en una suerte de segunda naturaleza el considerar cualquier cosa desde el punto de vista de la erudición, y ver cualquier materia concreta no aisladamente, sino en sus eruditas, estrechas conexiones, relacionando constantemente esta materia individual con la unidad e integridad del saber (cursivas nuestras), de manera que a lo largo de toda su formación aprendan a ser conscientes de los principios de la erudición, y, así, adquieran, por sí mismos, la habilidad de llevar a cabo la investigación, lograr innovaciones y presentarlas a los demás generando conocimiento merced al estudio de tales cosas por sí mismas. Esta es la tarea de la universidad." (en p.52, 53)

Y continúa citando a Schleiermacher:
 
"El verdadero espíritu de la universidad consiste en dejar que reine la mayor libertad en el seno de cada una de sus facultades. Es completamente estúpido ordenar normativamente el orden en que los cursos deben sucederse, o dividir el conjunto de los saberes en sectores delimitados. (...) Ello significaría un acicate al estancamiento; por el contrario, cada dominio científico queda insuflado con una nueva vida cuando otros individuos, sobre todo de formación diferente, retoman su estudio desde sus fundamentos. (...) A ello se debe que la preponderancia de enseñanzas con un título fijo manifieste una mentalidad más escolar que verdaderamente universitaria." (en p. 53)
 
"Si un Estado destruye el centro y la cuna de todo conocimiento y aísla toda empresa científica (...) arrancándola de sus interrelaciones más vivas, entonces la intención, o, al menos, el efecto inconsciente de dicha acción, no será otro que la asfixia de la libertad de la educación superior y de toda suerte de espíritu científico, con la consecuencia infalible del predominio del espíritu profesional y una lamentable estrechez en el conjunto de los estudios (cursivas nuestras). Las propuestas que aspiren a transformar y a diseminar las universidades convirtiéndolas en escuelas especializadas emanan de personas que actúan sin reflexionar y que se hallan contaminadas por un sentimiento pernicioso." (en p. 54)
 
Ese ideal de erudición, de sabiduría, que ha de despertar la universidad es precisamente un referente del que, en nuestros días, el sistema educativo nos va alejando. No es que la universidad, y en general las instituciones educativas actuales, den la espalda a dicho ideal, sino que, con su pretensión de vertebrar y sectorizar el conocimiento, contribuyendo de ese modo a una superespecialización del conocimiento, nos va alejando de él. Apenas podemos ya apreciar su presencia, que no se muestra ni siquiera en forma de ausencia. El verdadero problema, en este sentido, no es tanto que dicho ideal no impulse el aprendizaje como que ya no se tenga constancia de su presencia, máxime cuando en nuestros días las futuras leyes educativas pretenden erradicar todas aquellas disciplinas que tienen que ver con la historia de las ideas, de las concepciones que han resultado de ese espíritu -filosófico- del que habla Scheleiermacher. Y es que ese ideal de erudición es propio del filósofo, del amante del conocimiento, de quien renuncia a la especialización en aras de una comprensión profunda del conocimiento humano, de quien opta por la libertad en lugar de quedarse en el género y la especie, en la plaza y la oferta.

Está claro que las humanidades no sirven para hacer cohetes que nos lleven al espacio, infraestructuras que faciliten las comunicaciones o nuevas vacunas que curen enfermedades, ¿pero quién ha dicho que la legitimidad del conocimiento reside en su practicidad o rentabilidad? No todo el conocimiento está pensado para abrir nuevas posibilidades al ser humano; más aún, no todo el conocimiento necesita de una legitimación para tener lugar. De hecho, hay un tipo de conocimiento que no está orientado a ningún fin, ni siquiera al de resolver problemas. Este conocimiento, por el que aboga Schleiermacher, es el filosófico, que no aspira a ninguna meta -como no sea la de buscar desinteresadamente la verdad-, sino que nace como respuesta a una necesidad, a un afán. Por su parte, la historia de las ideas y de las concepciones del mundo nos enseña que es precisamente este afán de conocimiento lo que permite al científico armarse con todo lo necesario para idear teorías sobre el mundo y el ser humano, que toda revolución científica viene precedida de una comprensión de los principios metafísicos y epistemológicos que toda teoría contiene; en definitiva, que la libertad es el presupuesto del conocimiento.

lunes, 12 de agosto de 2013

O manipuladores o tiranos

En su estudio sobre las posibilidades tecnológicas aplicadas al control y manipulación de la naturaleza humana, el escritor medievalista C.S. Lewis advierte la necesidad de asumir dogmáticamente principios éticos absolutos y universales que disuadan de cualquier tentativa de aplicar dichas técnicas según el capricho o la arbitrariedad de aquellos que las posean. Este dogmatismo -piensa él- no es arbitrario, no responde a un capricho, más bien resulta necesario, urgente, ahora que el hombre en su ascenso al poder, con el dominio de la manipulación genética y prenatal, está más próximo de alcanzar el control absoluto sobre la Naturaleza. Somos más poderosos que nunca, de ahí que tengamos que ser más impositivos que nunca. De otra forma, se pregunta Lewis, ¿qué razón habría para suponer que los Manipuladores, poseedores de la técnica para inculcar en la naturaleza de las generaciones venideras una nueva conciencia moral, no optaran por crear auténticos esclavos, sociedades enteras regidas por el principio ético de que, en toda circunstancia, debe obedecerse a los tiranos? Ninguna, piensa Lewis.

Nosotros vamos a optar por asumir el fracaso de la propuesta de Lewis, vamos a considerar que, en una situación así, los Manipuladores resolvieran deshacerse de cualquier principio ético y universal que les limitara u obstaculizara en su afán de poder, y, de esta forma, pudieran ejercer libremente el dominio sobre la humanidad. Esta pequeña élite de hombres, poseedora de aquellas técnicas manipulativas, se encontraría, sin embargo, con una dificultad insalvable: si, para ejercer su poder sin temor a represalias y prevenir cualquier indicio de inconformismo que diera origen a la sublevación, los Manipuladores optaran por ofrecer todo cuanto desearan a los sometidos, contentándolos en todo, estos verdaderamente no estarían subyugados, ya que, en tal circunstancia, no habría ninguna imposición u opresión externas sobre su voluntad; si, por el contrario, haciendo uso de su poder manipulativo, los Manipuladores desproveyeran a los sometidos de la capacidad de querer, de oponer resistencia, de luchar por lo que se cree justo, salvando así la posibilidad de la rebelión, entonces someterían a bestias, salvajes, pero en ningún caso a seres humanos. En ambos casos los Manipuladores fracasarían en su pretensión de someter a la humanidad.

La única forma de que estos fuesen tiranos sería negando derechos y atribuciones a los ciudadanos, pero preservando su naturaleza, es decir, permitiéndoles la posibilidad de la lucha y la sublevación. En este caso, los Manipuladores podrían alcanzar su objetivo de ejercer un dominio total sobre el ser humano, pero a condición de renunciar a parte de su poder manipulativo (por ejemplo, no podrían alterar la naturaleza humana de forma que ésta dejara de ser "humana") El Manipulador, por tanto, se encuentra en todo caso con una limitación insalvable: si decide ejercer todo su poder manipulativo, ya no puede comportarse como un tirano; si, por el contrario, se comporta como un verdadero tirano, tiene que renunciar a su condición de Manipulador. Y es que el tirano necesita contar con la libertad del súbdito para apoderarse de ella.

miércoles, 17 de julio de 2013

Aforismos XV

La filosofía no sirve para vivir mejor, pero se vive mejor con la filosofía.

La filosofía sirve a quien busca la verdad.

Una crítica previene de errores futuros.

El valor de una teoría no se mide por la cantidad o la complejidad de los conceptos utilizados, sino por la cantidad y la complejidad de las respuestas a las que puede dar lugar.

No hay filosofía sin discusión; no hay discusión sin interpelación.

No son las ideas las que trabajan para el filósofo, sino que es éste quien trabaja para ellas.

Se acaba escribiendo por un exceso de incredulidad.

miércoles, 3 de julio de 2013

Tecnodependientes a la fuerza

Las máquinas, siendo por sí incapaces de lucha, lograron que el hombre luchara por ellas. Mientras desempeña su cometido debidamente, todo va bien, por lo menos él así lo cree; pero tan pronto como deja de esforzarse en hacer progresar la maquinaria, fomentando la que es buena y destruyendo la mala, queda rezagado en la carrera de la competencia; lo cual equivale a condenarle a toda clase de penalidades y tal vez a la muerte. De manera que hoy mismo las máquinas sólo sirven a condición de que las sirvan, e imponiendo ellas sus condiciones. (Samuel Butler, Erewhon)
 
En efecto, parece que en el mundo tecnificado la fuerza normativa de la ética acaba cediendo al imperialismo de la tecnociencia que, con sus normas y preceptos, va modelando una nueva manera de vivir basada en un modo de sentir, de pensar y de actuar específicos. Como vaticina Franco Volpi, la ciencia y la técnica imponen obligaciones que vinculan más que todas las éticas escritas en el pasado. Frente a ellas, la ética y la moral tienen ya la belleza de fósiles raros. Pero estas normas y preceptos apenas vinculan si no hay detrás una imposición de mayor peso para el ser humano, un condicionante incondicional, de ésos que no admiten condiciones. En la sociedad que describe Erewhon el reclamo es la vida misma, de modo que llega un momento en que la maquinaria -el sistema, en general- tiene asegurada su supervivencia. En la nuestra, no son, como nos prometen, la seguridad y el bienestar las cualidades que se ponen en juego, sino una de mayor trascendencia, y que bien podríamos definir como la cualidad de ser. En un mundo en que la condición para ingresar en el orden de lo real es la de contribuir de una manera efectiva al rendimiento del sistema, cabe suponer que no hay otra forma de ser que no sea la que determine el camino que el sistema dicta; y es que el modo de ser en el mundo tecnificado no es algo que se conquiste o realice, en el sentido de la vocación, sino algo que se forja como una respuesta a las demandas que éste impone.

domingo, 16 de junio de 2013

Intrusismo profesional

Todavía recuerdo a uno de mis profesores de inglés del instituto advirtiéndome la necesidad de estudiar más inglés para sacar el curso adelante, y no es que odiara la asignatura, sólo que no me gustaba tener que desentenderme de mi castellano natural. Siempre he vivido el aprendizaje de lenguas extranjeras como un intrusismo a mi ser, ilusorio claro, pero intrusismo al fin y al cabo, como si estudiando inglés o alemán fuera a verse mermado mi conocimiento del castellano. Quizá, después de todo, toda xenofobia lingüística tenga su raíz en un apego desmesurado a la lengua propia.
 
Por mis resultados académicos no creo que hubiera sido de los alumnos elegidos para participar de  los programas bilingües que ahora se imponen en nuestras institutos, aunque de haberlo sido, seguro me hubiera supuesto un esfuerzo continuo -añadido al que ya se presupone- tener que renunciar a mi castellano para aprender historia, matemáticas o ciencias naturales. Si ya de por sí la historia de los reyes, de las guerras y de los números resultaba ajena a mi cotidianidad, no quiero imaginarme tener que haberla estudiado en otro idioma.
 
Mucho amor a lo extranjero (u odio a lo propio) debe suponerse en el alumno para que éste se aventure con soltura en aquel conocimiento.
 
Esta invasión lingüística de lo extranjero, que cada vez va arrinconando más a lo propio, no sólo acontece en el ámbito de las lenguas. También existe la tendencia creciente a vehicular la enseñanza por medio de las nuevas tecnologías, en lugar de hacerlo por vía de la oralidad o del uso de la tiza. Se va imponiendo, de una u otra forma, la necesidad de hacer uso de todo tipo de artilugios y artefactos para enseñar a nuestros alumnos. Un sin fin de nuevas herramientas toman cada vez mayor presencia en nuestras aulas: pizarras digitales, tabletas, proyectores, portátiles..., hasta el punto que resulta cada vez más difícil poder dar la clase haciendo meramente uso del conocimiento y de su expresión oral.
 
Sí, sí, me temo que llegará un momento en que ya no podamos hablar para enseñar, y entonces será cuando rompamos los últimos lazos que todavía nos unen a nuestros antepasados.
 
Que quede claro que no me resisto a las nuevas tecnologías, sino a la idea de renunciar a lo que soy para enseñar...porque, desde luego, la idea de que éstas son neutras a la hora de determinar los fines de la educación es totalmente falaz. Lo mismo que la historia en inglés no puede ser la misma que la historia en nuestra lengua vernácula, la teoría de la matemática o de la filosofía de Descartes no puede ser la misma expresada conceptualmente que mediante diagramas, imágenes o ejercicios interactivos. Creo que quien está en disposición de enseñar es el profesor, y no un programa basado en la interactividad y adecuada manejabilidad para el usuario...y es que, mucho me temo, al profesor se le va a agotar el tiempo para explicar. Pronto, y si no al tiempo, su tarea va a quedar reducida a controlar el proceso de autoaprendizaje del alumno. Y entonces el verdadero sujeto de la enseñanza no será el profesor, sino esa circunstancia virtual que las TIC van a proporcionar... 
 
De todas formas, lo llamativo de esta tendencia invasiva de lo ajeno sobre lo propio no es tanto su creciente expansión como su ineficiencia a la hora de resolver los problemas ya existentes en nuestra educación. La explicación es que esta sobrenaturaleza lingüística y tecnológica no se ha pensado para afrontar los problemas que genera nuestra ya compleja naturaleza educativa, por lo que ineludiblemente aquélla acabará montando nuevas dificultades sobre las ya existentes; y es que, después de todo, en la vida resulta más fácil crear nuevos problemas que afrontarlos.

domingo, 26 de mayo de 2013

El beso imposible

Recuerdo que en los años adolescentes me enamoraba muy fácilmente. Bastaba una sonrisa, una mirada, muchas veces inintencionada, para que se desatara todo un aparato emocional que acababa revistiendo esa primera vivencia en un auténtico objeto de veneración. El amor por entonces no consistía en un deseo de unión o posesión, como gusta definir a algunos filósofos irracionalistas, sino en un proceso de sublimación o irrealización por el que una simple vivencia acababa convirtiéndose en un objeto ideal, no por imposible, sino por irreal. Es comprensible que, tras este proceso de conversión, sobreviniera la habitual frustración -o mejor, desilusión- en el primer encuentro con quien hasta entonces había constituido foco de tantos halagos y atenciones. La carne se imponía. Aun recuerdo la primera acaricia que, lejos de estimular mis apetencias, me produjo una desilusión sin precedentes. Aquella acaricia me recordó la imperfección de mi carne, su mortalidad, la imposibilidad de encontrarme con aquello que más había amado.
 
Cuanto más convertía su amor en un imposible, más profundamente traicionaba el sacerdote a Buda, pues la imposibilidad de su amor se encontraba aparejada con la imposibilidad de llegar a la iluminación. Y cuanto más advertía que su amor no podía tener esperanza, más crecía la fantasía que lo alimentaba y más se arraigaban sus pensamientos impuros. Mientras consideraba que su amor tenía alguna posibilidad, le había sido más fácil renunciar a él; pero ahora que la Gran Concubina se había convertido en una criatura fabulosa y totalmente inalcanzable, el amor del Gran Sacerdote se inmovilizaba como un gran lago de aguas calmas que cubría, inexorablemente, la superficie de la tierra.
 
Esperaba ver el rostro de su dama aún una vez más, pero temía que esa figura, que ahora se había vuelto una gigantesca flor de loto, se desvaneciera sin dejar rastros. Si aquello sucedía, el Gran Sacerdote se salvaría. Esta vez no dudaba de alcanzar la verdad. Y aquella mera perspectiva llenó al sacerdote de miedo y reverencia. (Yukio Mishima, "El sacerdote y su amor", La Perla)